Desafío vertical
Una nueva generación de superescaladores pone a prueba sus límites en el Parque Nacional Yosemite.
Es sábado por la mañana, un día radiante de septiembre. Un joven se aferra a la superficie pétrea del Half Dome, una pared vertical de granito de 650 metros en el corazón del valle Yosemite. Está solo, y a tanta altura que quizá sólo reparen en él las águilas. Agarrado únicamente con las puntas de los dedos a una regleta fina como el papel de fumar, los pies de gato adheridos a las ondulaciones de la roca y Eminem a todo volumen en el iPod, Alex Honnold pretende lograr lo que nadie ha intentado: escalar sin cuerda la vía Regular de la cara noroeste del Half Dome. Le quedan menos de 30 metros para coronar cuando ocurre algo que puede salirle caro: pierde un átomo de confianza.
Honnold lleva dos horas y tres cuartos extremadamente concentrado, ejecutando cientos de movimientos atléticos con impecable precisión, uno detrás de otro, sin vacilar ni una sola vez. En la práctica del solo integral, es decir, la escalada libre en solitario con la única ayuda de una bolsa de magnesio y pies de gato (sin cuerda, ni arnés, nada que te ayude a adherirte a la roca salvo tu propia fe y habilidad), dudar es peligroso. Si a Honnold le fallan los dedos, o si simplemente cree que pueden fallarle, se precipitará a una muerte segura. Y ahora, cuando el hechizo se rompe de repente a causa del cansancio mental ante la superficie lisa y casi cristalina de la roca que tiene delante, se queda paralizado.
«Ahí no se me pega el pie ni de broma –se dice Honnold, los ojos clavados en una protuberancia resbaladiza de la pared–. De esta no salgo.»
Dos días antes, cuando escaló con cuerda la misma vía a toda velocidad, no se había sentido así. La ascensión fue tan bien que estaba seguro de poder repetirla en solo integral. La primera vez que se escaló el Half Dome, en 1957, el californiano Royal Robbins y su equipo tardaron cinco días. Para llegar a la cima, a 1.475 metros sobre el valle, clavaron en la roca alrededor de 100 pitones, unas finas cuñas de acero en las que enganchaban las cuerdas de escalada (un estilo llamado escalada artificial). Una generación
más tarde, en 1976, Art Higbee y Jim Erickson, de Colorado, escalaron el Half Dome prácticamente en libre (a base de introducir pies y manos en las fisuras, y usar las cuerdas sólo para frenar posibles caídas) en 34 horas. El solo integral de Honnold elevaría el listón a cotas inconcebibles.
Aferrado al granito, Honnold vacila, con sumo cuidado se unta magnesio en una mano, luego en la otra; atento, coloca los pies en unas presas tan mínimas que se dirían invisibles. Y de repente reanuda la ascensión, avanza un pie, frotando el pie de gato contra el saliente resbaladizo. Se agarra. Desplaza la mano a otro resalte, agarrotando los dedos en torno al minúsculo saliente. En cuestión de minutos ha alcanzado la cumbre.
«Me sobrepuse porque no tenía más remedio –me cuenta Honnold más tarde, dejando escapar una risa juvenil–. Subí un pie, confié en aquella presa imposible y me liberé de la cárcel en la que llevaba cinco minutos, paralizado y mudo.»
La noticia de que ha escalado el Half Dome en dos horas y 50 minutos en solo integral recorre el mundo. Deja boquiabiertos a los escaladores, los blogs están que arden. Este cálido día otoñal de 2008, un chico de 23 años de un barrio de Sacramento ha batido un nuevo récord en el mundo de la escalada de élite.
Esa es la magia de Yosemite: forja héroes. No importa de donde sea, desde los Alpes hasta los Andes, todo escalador que se precie ansía peregrinar a «el Valle» para medirse con sus colosos: El Capitan, una proa rocosa tan inmensa que los pinos ponderosa que a sus pies alcanzan 30 metros de altura parecen diminutos; las Cathedral Rocks, una fortaleza oscura siempre umbría, y el Half Dome, un domo de granito similar a una manzana hendida por la mitad, con una cara noroeste que tienta a los escaladores más intrépidos del planeta. Escalar aquí es un rito de iniciación.
Yo conocí el valle en los años setenta, siendo un adolescente que, con un billete de 20 dólares en el bolsillo y una cuerda de escalada, hizo autoestop desde Wyoming. Habiéndome criado en las Altas Llanuras y tras medir mis fuerzas en las Rocosas, creía estar preparado. Una familia de Iowa que iba de vacaciones en su coche familiar me dejó en un prado a la sombra de El Capitan; debí de quedarme allí plantado, mirando embobado hacia arriba, un cuarto de hora.
Me instalé en el bullicioso campo 4, famoso entre los escaladores. Por entonces era un hervidero de pantalones de campana y collares de cuentas, tiendas rasgadas y sacos de dormir raídos. Los escaladores eran rebeldes melenudos, fiesteros empedernidos, adictos a la independencia y al subidón de escalar rocas enormes, que traían de cabeza a los guardas del parque.
La antipatía era mutua. Una noche, tras lograr por los pelos escalar una gran pared, mis amigos y yo volvimos al campo 4 y nos encontramos con que los guardas habían confiscado nuestra tienda por haber agotado el plazo máximo de acampada. Esa noche dormimos en el suelo, y desde entonces vivaqueamos con sigilo: desplegábamos los sacos en el bosque o entre las rocas, dormíamos al raso y regresábamos a las paredes antes del alba (práctica que sigue siendo habitual). Recogíamos latas de aluminio para sacar unos dólares y subsistíamos a base de mantequilla de cacahuete y cerveza barata, y no podíamos ser más felices.
Pero en el campo 4 yo era un simple turista que pronto volvería a Wyoming. Las leyendas de ese campamento giraban en torno a quienes pasaban allí todo el verano, todos los veranos, como reyes del vagabundeo. Hoy, las historias del campo 4 amenizan las fogatas en cualquier lugar del mundo. Una vez se estrelló en las montañas el avión de un traficante de droga, cargado de fardos de hierba y fajos de billetes. Los tipos del campo 4 se pasaron el día yendo y viniendo por la nieve para agenciarse el botín. Durante una temporada las latas de sardinas dieron paso a los chuletones. Algunos se largaron a los Alpes con sueños de grandeza, pero no pasaron de un burdel de Burdeos y volvieron al año siguiente gordos y sin blanca.
Pero eso era entonces. Ahora las cosas han cambiado. Quien visita hoy un campamento de escalada de Yosemite tiene la misma probabilidad de encontrar un abogado de Delaware especializado en divorcios que un hippy greñudo. Caminando por el campo 4 una mañana, distingo un montón de idiomas (checo, chino, tailandés, italiano) y conozco escaladores de lo más diverso. Un joven ingeniero alemán que sonríe de oreja a oreja acaba de completar una ascensión de cinco días a «El Cap». Una joven oriunda de Dinamarca, con pendiente en la nariz, rastas y tatuaje, camina descalza por una cuerda floja tensada entre dos árboles a un metro del suelo. Una pareja del estado de Washington enseña a escalar a sus dos niños. La escalada en roca ya no es un deporte marginal. Se practica mucho. Y a diferencia de lo que ocurría en sus inicios, en la roca se ven casi tantas mujeres como hombres, un cambio bien recibido que se refleja en las hazañas de una persona: Lynn Hill.
«Empecé a venir al campo 4 a los 15 años –dice Hill, que hoy tiene 50–. Prácticamente era la única chica.» Tras haber practicado gimnasia en el instituto, era una escaladora intrépida. A los 17, Hill ya había escalado el Half Dome. «Lynnie era todo un fenómeno de la genética –dice el escalador John Long–. Era la escaladora más fuerte, más empecinada y mejor dotada que había visto en mi vida. Tenía una combinación de peso y fuerza increíble.»
Tras perfeccionar su técnica en Yosemite, Hill progresó hacia otros escenarios y ganó muchas competiciones en Europa. En 1994, a los 33 años, regresó a Yosemite con un plan audaz: escalar El Capitan por la vía The Nose, en libre y en un solo día. «Los agoreros dijeron que era imposible –explica Hill–. Pero John no.» The Nose, de 889 metros de largo, tal vez sea la vía de escalada en roca más famosa del mundo. Para ascenderla hay que someter a dolorosas torsiones manos, pies y dedos, e introducirlos en grietas verticales. En 1975 Long completó, junto con Jim Bridwell y Billy Westbay, la primera ascensión de The Nose en un solo día, si bien es cierto que su equipo recurrió a la escalada artificial para superar el Great Roof, un desplome espeluznante a dos tercios del camino.
Decidida a liberar (encadenar una vía artificial en libre) el Great Roof, Hill se aferró a los agarres más pequeños, colgada boca abajo, con los pies tanteando la pared lisa. Valiéndose de lo que ella llama «delicados pasos de danza y tai chi», superó el techo a fuerza de avanzar lateralmente con las yemas de los dedos. Coronó El Cap en 23 horas, proeza que muchos consideran la mayor hazaña en escalada de finales del siglo XX.
Con independencia de su habilidad, todo escalador que viaja a Yosemite llega con un sueño concreto: una ruta en particular que anhela completar. En mi caso ese objeto de deseo era la Steck-Salathé de la Sentinel Rock: una vía que exige encajar el cuerpo entero en una grieta ancha. Por desgracia, a la hora de la verdad la pared resultó ser muy alta y mi compañero y yo, muy bisoños. A medio camino nos rajamos ignominiosamente.
Ahora, 30 años después, Dean Potter se ofrece a subirla conmigo. Potter es uno de los últimos rebeldes melenudos que aún viven en el valle. Tiene 38 años, una fuerte personalidad, la complexión de Tarzán y una fama ganada en ascensiones sin cuerda y audaces saltos BASE (saltos en paracaídas desde un precipicio). Pero me impone unas normas: nada de agua ni comida, tampoco mochila ni impermeable, ni siquiera casco. «Es la única forma de ir rápido», dice.
La velocidad se ha convertido en el credo de los nuevos superescaladores. Para aligerar peso, Potter recorre descalzo el camino áspero y cubierto de matojos que lleva hasta la pared. En la base, tras calzarnos los pies de gato, nos encordamos y comenzamos a subir los 457 metros de la vía como monos, encajando las manos en las fisuras, encogiéndonos para salvar chimeneas (grietas de gran tamaño), subiendo por los resaltes de la pared como si fuesen una escala. Terminamos la vía en menos de cuatro horas. A mí me da la sensación de que hemos subido como una moto, hasta que Potter me dice que él suele tardar una hora en escalarla en solo integral.
Es la moda. La mayoría de las vías ya se conocen bien, y tanto los materiales como la técnica han mejorado enormemente. Por eso la competencia de un escalador se pondera hoy en función de la velocidad, y ya no de la exploración. En 1950, cuando Allen Steck y John Salathé completaron la vía que lleva su nombre, tardaron cinco días. La primera ascensión de The Nose fue un asedio de 47 días a lo largo de año y medio, de 1957 a 1958, a cargo de Warren Harding. Hoy, los grupos más lentos tardan de tres a cinco días, y pasan la noche colgados en unas hamacas de pared; los escaladores rápidos lo hacen en un día. El récord de ascensión de The Nose está en unas inconcebibles dos horas, 36 minutos y 45 segundos, logrado el pasado mes de noviembre por Potter y Sean «Stanley» Leary.
En la década de 1970 la escalada tenía tanto de aventura como de ejercicio físico. Hoy ha evolucionado hacia una gimnasia vertical. Los escaladores de élite son atletas disciplinados que se entrenan constantemente, repitiendo ciertos movimientos hasta dominarlos a la perfección. Están obsesionados con su peso, porque completar una vía no es más que desafiar a la gravedad. Tomemos como ejemplo a la treintena de escaladores que acuden a una fiesta en la cabaña de Potter. En los viejos tiempos se habría montado un jolgorio sin tregua hasta el amanecer. Ahora ya no. Nadie fuma, casi nadie bebe. Potter sirve un plato equilibrado de arroz con verduras, otros traen pastel de manzana casero, y antes de las doce están todos en la cama.
Alex Honnold y Ueli Steck están entre los asistentes. Steck, uno de los mejores alpinistas suizos, ejemplifica esta nueva raza, ya que sigue un estricto régimen de nutrición y ejercicio. Cuando está entrenándose, este hombre de 34 años recorre 3.500 metros de desnivel al día. Tras batir las marcas de velocidad en las tres caras norte más importantes de los Alpes –el Eiger (2:48), el Matterhorn (1:56) y las Grandes Jorasses (2:21)–, Steck ha venido a Yosemite para perfeccionar su técnica en grietas de granito. El año pasado Honnold y él se ventilaron El Capitan en tres horas y 50 minutos.
A diferencia de los profesionales europeos como Steck, que disfrutan de generosos patrocinios, la mayoría de los escaladores estadounidenses subsisten como pueden. Muchos ganan lo justo para permitirse dormir en la furgoneta y vivir de judías y arroz. Kate Rutherford (de 30 años) y Madeleine Storkin (de 29), que completaron en pareja la primera escalada libre femenina del Half Dome, viven en sus respectivas furgonetas. Honnold vive en la suya. El escalador de Colorado Tommy Caldwell, de 32 años, uno de los mejores exponentes estadounidenses de la escalada libre en granito, vive en su furgoneta cuando está en Yosemite… y eso que es un profesional de la escalada desde los 16 años.
Con todo y con eso, siempre vuelven. Desde 2007 Caldwell está trabajando en una nueva vía de El Cap, cerca de Mescalito, que quizá sea la escalada libre en Big Wall (pared grande) más dura del mundo. «Llevo escalando toda la vida –dice–. Yosemite tiene algo magnético. Tanta historia… Cuando levanto la vista, alucino.»
Unos cuatro millones de personas visitan Yosemite cada año, de los cuales apenas unos miles son escaladores. Pero éstos continúan siendo el corazón vital del valle. «Llegué cuando aún iba al instituto y nunca volví a casa –dice Ron Kauk, de 53 años–. Este sitio, Yosemite, fue mi escuela. Si le dejas, puede inculcarte un sistema de valores.» Con esa finalidad, Kauk ha puesto en marcha el programa Sacred Rok para llevar chicos con problemas a Yosemite y enseñarles a pensar y sentir por sí mismos.
Kauk abrió algunas de las rutas más duras del valle, casi siempre escalando con cuerda (lo que quizás explique que no sea uno de los 83 escaladores que han perdido la vida en Yosemite desde 1955). Pero en solo integral no hay margen de error. Potter lo expresa sin reservas: «Un solo error, y despídete». Escalar sin cuerda acabó pasando factura a dos de los mejores «solistas» de Yosemite: Derek Hersey, un británico que se precipitó de la Steck-Salathé en 1993, y el californiano John Bachar, que había sido compañero de escalada de Kauk y murió en 2009 haciendo un solo integral cerca de Mammoth Lakes.
No obstante, Honnold insiste en que todavía no se ha llegado al límite del solo integral. «En teoría, debería escalarse a más ritmo sin cuerda porque llevas menos peso y haces menos movimientos», opina. Más allá del Half Dome hay muchas vías que nunca se han escalado en solo integral. Es sólo cuestión de tiempo.
En mi última noche en el valle paseo al anochecer por el campo 4. Flota en el aire el olor de la savia de pino y de las fogatas, y ya asoman un par de estrellas. Se oyen risas y alguien toca la guitarra. Dos chicos organizan el material (cuerdas, mosquetones…) mientras hablan con seriedad sobre lo que confían que ocurra en la pared al día siguiente. En otra mesa de picnic tres mujeres lloran y se abrazan tras haber regresado de una ascensión de tres días. Como todos los que han hecho la peregrinación antes que ellas y todos los que la harán después, han venido a Yosemite para medirse con la roca. Saben que estas paredes son más que montañas: son espejos gigantes que reflejan sin contemplaciones lo que cada escalador lleva dentro.
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