1-El Barril de Amontillado
Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando
llegó el insulto, juré vengarme. Vosotros, que conocéis tan bien la naturaleza de
mi carácter, no llegaréis a suponer, no obstante, que pronunciara la menor
palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un
punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había
resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía que
castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su
justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando
esta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.
Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo
para que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de
costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa,
entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.
Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un
hombre digno de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía
siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero
talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia
a lo que el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a
los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato,
como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a
vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente
de él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y
siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.
Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi
amigo. Me acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El
buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un
vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico
adornado con cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber
estrechado jamás su mano como en aquel momento.
-Querido Fortunato -le dije en tono jovial-, este es un encuentro afortunado.
Pero ¡qué buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de
algo que llaman amontillado, y tengo mis dudas.
-¿Cómo? -dijo él-. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!
-Por eso mismo le digo que tengo mis dudas -contesté-, e iba a cometerla
tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin
consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.
-¡Amontillado!
-Tengo mis dudas.
-¡Amontillado!
-Y he de pagarlo.
-¡Amontillado!
-Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a
Luchesi. El es un buen entendido. El me dirá...
-Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez.
-Y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el
de usted.
-Vamos, vamos allá.
-¿Adónde?
-A sus bodegas.
-No mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene
usted algún compromiso. Luchesi...
-No tengo ningún compromiso. Vamos.
-No, amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene
usted mucho frío. Las bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente
cubiertas de salitre.
-A pesar de todos, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a
usted, y Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado.
Diciendo esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda
negra y, ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire, me dejé conducir por él hasta
mi palazzo.
Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la
festividad del Carnaval. Ya antes les había dicho que yo no volvería hasta la
mañana siguiente, dándoles órdenes concretas para que no estorbaran por la
casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo sabía yo, para asegurarme la
inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las espaldas.
Cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le
guié, haciéndole encorvarse a través de distintos aposentos por el abovedado
pasaje que conducía a la bodega. Bajé delante de él una larga y tortuosa
escalera, recomendándole que adoptara precauciones al seguirme. Llegamos,
por fin, a los últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro, sobre el
suelo húmedo de las catacumbas de los Montresors.
El andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico
resonaban a cada una de sus zancadas.
-¿Y el barril? -preguntó.
-Está más allá -le contesté-. Pero observe usted esos blancos festones que
brillan en las paredes de la cueva.
Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las
lágrimas de la embriaguez.
-¿Salitre? -me preguntó, por fin.
-Salitre -le contesté-. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos?
-¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!...!
A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos.
- No es nada -dijo por último.
- Venga -le dije enérgicamente-. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo
mío. Es usted rico, respetado, admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he
sido en otro tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que mí respecta, es
distinto. Volvámonos. Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa
responsabilidad. Además, cerca de aquí vive Luchesi...
-Basta -me dijo-. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré
de tos.
-Verdad, verdad -le contesté-. Realmente, no era mi intención alarmarle sin
motivo, pero debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de
la humedad.
Y diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila
de otras análogas, tumbadas en el húmedo suelo.
-Beba -le dije, ofreciéndole el vino.
Llevóse la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me
saludo con familiaridad. Los cascabeles sonaron.
-Bebo -dijo- a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro.
-Y yo, por la larga vida de usted.
De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino.
-Esas cuevas -me dijo- son muy vastas.
-Los Montresors -le contesté- era una grande y numerosa familia.
-He olvidado cuáles eran sus armas.
-Un gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente
rampante, cuyos dientes se clavan en el talón.
-¡Muy bien! -dijo.
Brillaba el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi
fantasía a causa del medoc. Por entre las murallas formadas por montones de
esqueletos, mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos
recintos de las catacumbas. Me detuve de nuevo, esta vez me atreví a coger a
Fortunato de un brazo, más arriba del codo.
- El salitre -le dije-. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo,
cuelga de las bóvedas. Ahora estamos bajo el lecho del río. Las gotas de
humedad se filtran por entre los huesos. Venga usted. Volvamos antes de que
sea muy tarde. Esa tos...
- No es nada -dijo-. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de
medoc.
Rompí un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus
ojos llamearon con ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un
ademán que no pude comprender.
Le miré sorprendido. El repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
- ¿No comprende usted? -preguntó.
- No -le contesté.
- Entonces, ¿no es usted de la hermandad?
- ¿Cómo?
- ¿No pertenece usted a la masonería?
- Sí, sí -dije-; sí, sí.
- ¿Usted? ¡Imposible! ¿Un masón?
- Un masón -repliqué.
- A ver, un signo -dijo.
- Este -le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil.
- Usted bromea -dijo, retrocediéndo unos pasos-. Pero, en fin, vamos por el
amontillado.
- Bien -dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi
brazo.
Apoyóse pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del
amontillado. Pasamos por debajo de una serie de bajísimas bóvedas, bajamos,
avanzamos luego, descendimos después y llegamos a una profunda cripta,
donde la impureza del aire hacía enrojecer más que brillar nuestras antorchas.
En lo más apartado de la cripta descubríase otra menos espaciosa. En sus
paredes habían sido alineados restos humanos de los que se amontonaban en
la cueva de encima de nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París.
Tres lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo
modo.
Del cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo,
formando en un rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que
había
quedado así descubierta por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía
otro recinto interior, de unos cuatro pies de profundidad y tres de anchura, y
con una altura de seis o siete. No parecía haber sido construido para un uso
determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre dos de los
enormes
pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se apoyaba en
una
de las paredes de granito macizo que las circundaban.
En vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de
penetrar la profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el
fondo.
- Adelántese -le dije-. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi...
- Es un ignorante -interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y
seguido inmediatamente por mí.
En un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la
roca, se detuvo atónito y perplejo. Un momento después había yo conseguido
encadenarlo al granito. Había en su superficie dos argollas de hierro, separadas
horizontalmente una de otra por unos dos pies. Rodear su cintura con los
eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de pocos segundos. Estaba demasiado
aturdido para ofrecerme resistencia. Saqué la llave y retrocedí, saliendo
del recinto.
- Pase usted la mano por la pared -le dije-, y no podrá menos que sentir el
salitre. Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese.
¿No? Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes
prestarle algunos cuidados que están en mi mano.
-¡El amontillado! -exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.
- Cierto -repliqué-, el amontillado.
Y diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes
he aludido. Apartándolos a un lado no tarde en dejar al descubierto cierta
cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda
de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho.
Apenas había colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di
cuenta de que la embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte.
El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la
profundidad del recinto. No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo
luego un largo y obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda,
la tercera y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la
cadena. El ruido se prolongó unos minutos, durante los cuales, para deleitarme
con él, interrumpí mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se
apaciguó, por fin, aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin
interrupción las quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a
la altura de mi pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por
encima
de la obra que había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en
el interior.
Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del
hombre encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás.
Durante un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tirar
estocadas
por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para
tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré
satisfecho. Volví a acercarme a la pared, y contesté entonces a los gritos de
quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así
lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.
Ya era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las
octava, novena y décima hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena,
y quedaba tan sólo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su
peso. Sólo parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero entonces
salió del nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con
una voz tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La
voz decía:
-¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos
reiremos luego en el palazzo, ¡je, je, je! a propósito de nuestro vino!
¡Je, je, je!
-El amontillado -dije.
-¡Je, je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán
esperándonos en el palazzo Lady Fortunato y los demás? Vámonos.
-Sí -dije-; vámonos ya.
-¡Por el amor de Dios, Montresor!
-Sí -dije-; por el amor de Dios.
En vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté
y llamé en alta voz:
-¡Fortunato!
No hubo respuesta, y volví a llamar.
-¡Fortunato!
Tampoco me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y
la dejé caer en el interior. Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión
en el corazón, sin duda causada por la humedad de las catacumbas. Me
apresuré a terminar mi trabajo. Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la
última piedra y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de
huesos contra la nueva pared. Durante medio siglo, nadie los ha tocado. In pace
requiescat!
2- Gato negro
Gato Negro
Edgar Allan Poe
No espero ni pido que nadie crea el extraño aunque simple relato que voy a
escribir. Estaría completamente loco si lo esperase, pues mis sentidos rechazan
su evidencia. Pero no estoy loco, y sé perfectamente que esto no es un sueño.
Mañana voy a morir, y quiero de alguna forma aliviar mi alma. Mi intención
inmediata consiste en poner de manifiesto simple y llanamente y sin comentarios
una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de estos episodios me
han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no voy a
explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos
espantosos que barroques. En el futuro, quizá aparezca alguien cuya
inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes, una inteligencia más
tranquila, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las
circunstancias que voy a describir con miedo una simple sucesión de causas y
efectos naturales.
Desde la infancia sobresalí por docilidad y bondad de carácter. La ternura de
corazón era tan grande que llegué a convertirme en objeto de burla para mis
compañeros. Me gustaban, de forma singular, los animales, y mis padres me
permitían tener una variedad muy amplia. Pasaba la mayor parte de mi tiempo
con ellos y nunca me sentía tan feliz como cuando les daba de comer y los
acariciaba. Este rasgo de mi carácter crecía conmigo y, cuando llegué a la
madurez, me proporcionó uno de los mayores placeres. Quienes han sentido
alguna vez afecto por un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en
explicarles la naturaleza o la intensidad de la satisfacción que se recibe. Hay
algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al
corazón del que con frecuencia ha probado la falsa amistad y frágil fidelidad del
hombre.
Me casé joven y tuve la alegría de que mi mujer compartiera mis preferencias.
Cuando advirtió que me gustaban los animales domésticos, no perdía ocasión
para proporcionarme los más agradables. Teníamos pájaros, peces de colores,
un hermoso perro, conejos, un mono pequeño y un gato.
Este último era un hermoso animal, bastante grande, completamente negro y de
una sagacidad asombrosa. Cuando se refería a su inteligencia, mi mujer, que en
el fondo era bastante supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia
popular de que todos los gatos negros eran brujas disfrazadas. No quiero decir
que lo creyera en serio, y sólo menciono el asunto porque acabo de recordarla.
Pluto- pues así se llamaba el gato- era mi favorito y mi camarada. Sólo yo le
daba de comer, y él en casa me seguía por todas partes. Incluso me resultaba
difícil impedirle que siguiera mis pasos por la calle.
Nuestra amistad duró varios años, en el transcurso de los cuales mi
temperamento y mi carácter, por causa del demonio Intemperancia (y me pongo
rojo al confesarlo), se habían alterado radicalmente. Día a día me fui volviendo
más irritable, malhumorado e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué,
incluso, a usar palabras duras con mi mujer, y terminé recurriendo a la violencia
física. Por supuesto, mis favoritos sintieron también el cambio de mi carácter.
No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Sin embargo, hacia
Pluto sentía el suficiente respeto como para abstenerme de maltratarlo, cosa
que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro, cuando, por casualidad o
por afecto, se cruzaban en mi camino. Pero mi enfermedad empeoraba- pues,
¿qué enfermedad se puede comparar con el alcohol?-, y al fin incluso Pluto, que
ya empezaba a ser viejo y, por tanto, irritable, empezó a sufrir las consecuencias
de mi mal humor.
Una noche en que volvía a casa completamente borracho, después de una de
mis correrías por el centro de la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi
presencia. Lo agarré y, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la
mano. Al instante se apoderó de mí una furia de diablos y ya no supe lo que
hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separaba de un golpe del cuerpo; y una
maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de
mi ser. Saqué del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras seguía
sujetando al pobre animal por el pescuezo y deliberadamente le saqué un ojo.
Me pongo más rojo que un tomate, siento vergüenza, tiemblo mientras escribo
tan reprochable atrocidad.
Cuando me volvió la razón con la mañana, cuando el sueño hubo disipado los
vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el
remordimiento ante el crimen del que era culpable, pero sólo era un sentimiento
débil y equívoco, y no llegó a tocar mi alma. Otra vez me hundí en los excesos y
pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.
El gato mientras tanto mejoraba lentamente. La cuenca del ojo perdido
presentaba un horrible aspecto, pero el animal parecía que ya no sufría. Se
paseaba, como de costumbre, por la casa; aunque, como se puede imaginar,
huía aterrorizado al verme. Me quedaba bastante de mi antigua forma de ser
para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que una vez me
había querido tanto. Pero ese sentimiento pronto cedió paso a la irritación. Y
entonces se presentó, para mi derrota final e irrevocable, el espíritu de la
PERVERSIDAD. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu. Sin embargo,
estoy tan seguro de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de
los impulsos primordiales del corazón humano... una de las facultades primarias
indivisibles, uno de los sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién
no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en los momentos en que cometía
una acción estúpida o malvada por la simple razón de que no debía cometerla?
¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que nos enfrenta con el sentido
común, a transgredir lo que constituye la Ley por el simple hecho de serlo
(existir)? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída
final. Y ese insondable anhelo que tenía el alma de vejarse a sí misma, de
violentar su naturaleza, de hacer el mal por el mal mismo, me empujó a
continuar y finalmente a consumar el suplicio que había infligido al inocente
animal. Una mañana, a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué
en la rama de un árbol, lo ahorqué mientras las lágrimas me brotaban de los ojos
y el más amargo remordimiento me retorcía el corazón; lo ahorqué porque
recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había
dado motivos para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un
pecado, un pecado mortal que pondría en peligro mi alma hasta llevarla- si esto
fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del dios más
misericordioso y más terrible.
La noche del día en que cometí ese acto cruel me despertaron gritos de
«¡Fuego!» La ropa de mi cama era una llama, y toda la casa estaba ardiendo.
Con gran dificultad pudimos escapar del incendio mi mujer, un criado y yo. Todo
quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento no
me quedó más remedio que resignarme.
No caeré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el
desastre y la acción criminal que cometí. Simplemente me limito a detallar una
cadena de hechos, y no quiero dejar suelto ningún eslabón. Al día siguiente del
incendio visité las ruinas. Todas las paredes, salvo una, se habían desplomado.
La que quedaba en pie era un tabique divisorio, de poco espesor, situado en el
centro de la casa, y contra el cual antes se apoyaba la cabecera de mi cama. El
yeso del tabique había aguantado la acción del fuego, algo que atribuí a su
reciente aplicación. Una apretada muchedumbre se había reunido alrededor de
esta pared y varias personas parecían examinar parte de la misma atenta y
minuciosamente. Las palabras «¡extraño!, ¡curioso!» y otras parecidas
despertaron mi curiosidad. Al acercarme más vi que en la blanca superficie,
grabada en bajorrelieve, aparecía la figura de un gigantesco gato. El contorno
tenía una nitidez verdaderamente extraordinaria. Había una cuerda alrededor del
pescuezo del animal.
Al descubrir esta aparición- ya que no podía considerarla otra cosa- el asombro
y el terror me dominaron. Pero la reflexión vino en mi ayuda. Recordé que había
ahorcado al gato en un jardín colindante con la casa. Cuando se produjo la
alarma del incendio, la gente invadió inmediatamente el jardín: alguien debió
cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda
habían tratado así de despertarse.
Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad
contra el yeso recién encalado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el
amoniaco del cadáver, produjo la imagen que ahora veía.
Aunque, con estas explicaciones, quedó satisfecha mi razón, pero no mi
conciencia, sobre el asombroso hecho que acabo de describir, lo ocurrido
impresionó profundamente mi imaginación. Durante meses no pude librarme del
fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento
informe, que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué incluso a lamentar la
pérdida del gato y a buscar, en los sucios antros que habitualmente frecuentaba,
otro animal de la misma especie y de apariencia parecida, que pudiera ocupar
su lugar.
Una noche, medio borracho, me encontraba en una taberna pestilente, y me
llamó la atención algo negro posado en uno de los grandes toneles de ginebra,
que constituían el principal mobiliario del lugar. Durante unos minutos había
estado mirando fijamente ese tonel y me sorprendió no haber advertido antes la
presencia de la mancha negra de encima. Me acerqué a él y lo toqué con la
mano. Era un gato negro, un gato muy grande, tan grande como Pluto y
exactamente igual a éste, salvo en un detalle. Pluto no tenía ni un pelo blanco en
el cuerpo, mientras este gato mostraba una mancha blanca, tan grande como
indefinida, que le cubría casi todo el pecho.
Al acariciarlo, se levantó en seguida, empezó a ronronear con fuerza, se
restregó contra mi mano y pareció encantado de mis cuitas. Había encontrado al
animal que estaba buscando. Inmediatamente propuse comprárselo al
tabernero, pero me contestó que no era suyo, y que no lo había visto nunca
antes ni sabía nada del gato.
Seguí acariciando al gato y, cuando iba a irme a casa, el animal se mostró
dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, parándome una y otra vez
para agacharme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró en
seguida y pronto se convirtió en el gran favorito de mi mujer.
Por mi parte, pronto sentí que nacía en mí una antipatía hacia el animal. Era
exactamente lo contrario de lo que yo había esperado, pero- sin que pueda
justificar cómo ni por qué- su evidente afecto por mí me disgustaba y me irritaba.
Lentamente tales sentimientos de disgusto y molestia se transformaron en la
amargura del odio. Procuraba no encontrarme con el animal; un resto de
vergüenza y el recuerdo de mi acto de crueldad me frenaban de maltratarlo.
Durante algunas semanas no le pegué ni fue la víctima de mi violencia; pero
gradualmente, muy gradualmente, llegué a sentir una inexpresable repugnancia
por él y a huir en silencio de su odiosa presencia, como si fuera un brote de
peste.
Lo que probablemente contribuyó a aumentar mi odio hacia el animal fue
descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual
que Pluto, no tenía un ojo. Sin embargo, fue precisamente esta circunstancia la
que le hizo más agradable a los ojos de mi mujer, quien, como ya dije, poseía en
alto grado esos sentimientos humanitarios que una vez fueron mi rasgo distintivo
y la fuente de mis placeres más simples y puros.
El cariño del gato hacia mí parecía aumentar en la misma proporción que mi
aversión hacia él. Seguía mis pasos con una testarudez que me resultaría difícil
hacer comprender al lector. Dondequiera que me sentara venía a agazaparse
bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, cubriéndome con sus repugnantes caricias.
Si me ponía a pasear, se metía entre mis pies y así, casi, me hacía caer, o
clavaba sus largas y afiladas garras en mi ropa y de esa forma trepaba hasta mi
pecho. En esos momentos, aunque deseaba hacerlo desaparecer de un golpe,
me sentía completamente paralizado por el recuerdo de mi crimen anterior, pero
sobre todo- y quiero confesarlo aquí- por un terrible temor al animal.
Aquel temor no era exactamente miedo a un mal físico, y, sin embargo, no
sabría definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de admitir- sí, aun
en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de admitir que el terror,
el horror que me causaba aquel animal, era alimentado por una de las más
insensatas quimeras que fuera posible concebir. Más de una vez mi mujer me
había llamado la atención sobre la forma de la mancha de pelo blanco, de la cual
ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre este extraño animal y el
que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque era grande,
había sido al principio muy indefinida, pero, gradualmente, de forma casi
imperceptible mi razón tuvo que luchar durante largo tiempo para rechazarla
como imaginaria, la mancha iba adquiriendo una rigurosa nitidez en sus
contornos. Ahora ya representaba algo que me hace temblar cuando lo nombroy
por eso odiaba, temía y me habría librado del monstruo si me hubiese atrevido
a hacerlo-; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra... ¡la
imagen del PATÍBULO! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen,
de la agonía y de la muerte!
Y entonces me sentí más miserable que todas las miserias del mundo juntas.
¡Pensar que una bestia, cuyo semejante yo había destruido desdeñosamente,
una bestia era capaz de producir esa angustia tan insoportable sobre mí, un
hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude
ya gozar de la bendición del descanso! De día, ese animal no me dejaba ni un
instante solo; y de noche, me despertaba sobresaltado por sueños horrorosos
sintiendo el ardiente aliento de aquella cosa en mi rostro y su enorme pesoencarnada
pesadilla que no podía quitarme de encima- apoyado eternamente
sobre mi corazón.
Bajo la opresión de estos tormentos, sucumbió todo lo poco que me quedaba de
bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban de mi intimidad; los más
retorcidos, los más perversos pensamientos. La tristeza habitual de mi mal
humor terminó convirtiéndose en aborrecimiento de todo lo que estaba a mi
alrededor y de toda la humanidad; y mi mujer, que no se quejaba de nada, llegó
a ser la más habitual y paciente víctima de las repentinas y frecuentes
explosiones incontroladas de furia a las que me abandonaba.
Un día, por una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde
nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió escaleras abajo y casi
me hizo caer de cabeza, por lo que me desesperé casi hasta volverme loco.
Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los temores infantiles que hasta
entonces habían detenido mi mano, lancé un golpe que hubiera causado la
muerte instantánea del animal si lo hubiera alcanzado. Pero la mano de mi mujer
detuvo el golpe. Su intervención me llenó de una rabia más que demoníaca; me
solté de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Cayó muerta a mis pies, sin
un quejido.
Consumado el horrible asesinato, me dediqué urgentemente y a sangre fría a la
tarea de ocultar el cuerpo. Sabía que no podía sacarlo de casa, ni de día ni de
noche, sin correr el riesgo de que los vecinos me vieran. Se me ocurrieron varias
ideas. Por un momento pensé descuartizar el cadáver y quemarlo a trozos.
Después se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Luego consideré
si no convenía arrojarlo al pozo del patio, o meterlo en una caja, como si fueran
mercancías, y, con los trámites normales, y llamar a un mozo de cuerda para
que lo retirase de la casa. Por fin, di con lo que me pareció el mejor recurso.
Decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se cuenta que los monjes de
la Edad Media emparedaban a sus víctimas.
El sótano se prestaba bien para este propósito. Las paredes eran de un material
poco resistente, y estaban recién encaladas con una capa de yeso que la
humedad del ambiente no había dejado endurecer. Además, en una de las
paredes había un saliente, una falsa chimenea, que se había rellenado de forma
que se pareciera al resto del sótano. Sin ningún género de dudas se podían
quitar fácilmente los ladrillos de esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero
como antes, de forma que ninguna mirada pudiera descubrir nada sospechoso.
No me equivocaba en mis cálculos. Con una palanca saqué fácilmente los
ladrillos y, después de colocar con cuidado el cuerpo contra la pared interior, lo
mantuve en esa posición mientras colocaba de nuevo los ladrillos en su forma
original Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé con
precaución un yeso que no se distinguía del anterior, y revoqué cuidadosamente
el enladrillado. Terminada la tarea, me sentí satisfecho de que todo hubiera
quedado bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido alterada.
Recogí del suelo los cascotes más pequeños. Y triunfante miré alrededor y me
dije: «Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano»
El paso siguiente consistió en buscar a la bestia que había causado tanta
desgracia; pues por fin me había decidido a matarla. Si en aquel momento el
gato hubiera aparecido ante mí, habría quedado sellado su destino, pero, por lo
visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera,
se cuidaba de aparecer mientras no se me pasara mi mal humor. Es imposible
describir, ni imaginar el profundo y feliz sentimiento de alivio que la ausencia del
odiado animal trajo a mi pecho. No apareció aquella noche, y así, por primera
vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude
dormir, incluso con el peso del asesinato en mi alma.
Pasaron el segundo y el tercer día y no volvía mi atormentador. Una vez más
respiré como un hombre libre. ¡El monstruo aterrorizado había huido de casa
para siempre! ¡No volvería a verlo! Grande era mi felicidad, y la culpa de mi
negra acción me preocupaba poco. Se hicieron algunas investigaciones, a las
que me costó mucho contestar. Incluso registraron la casa, pero naturalmente no
se descubrió nada. Consideraba que me había asegurado mi felicidad futura.
Al cuarto día, después del asesinato, un grupo de policías entró en la casa
intempestivamente y procedió otra vez a una rigurosa inspección. Seguro de que
mi escondite era inescrutable, no sentí la menor inquietud. Los agentes me
pidieron que los acompañara en su registro. No dejaron ningún rincón ni
escondrijo sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez bajaron al sótano. No me
temblaba ni un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente como el de quien
duerme en la inocencia. Me paseaba de un lado a otro del sótano. Había
cruzado los brazos sobre el pecho e iba tranquilamente de acá para allá. Los
policías quedaron totalmente satisfechos y se disponían a marcharse. El júbilo
de mi corazón era demasiado fuerte para ser reprimido. Ardía en deseos de
decirles, al menos, una palabra como prueba de triunfo y de asegurar
doblemente su certidumbre sobre mi inocencia.
-Caballeros- dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro de haber
disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Por
cierto, caballeros, esta casa esta muy bien construida... (En mi rabioso deseo de
decir algo con naturalidad, no me daba cuenta de mis palabras.). Repito que es
una casa excelentemente construida. Estas paredes... ¿ya se van ustedes,
caballeros?... estas paredes son de gran solidez.
Y entonces, empujado por el frenesí de mis bravatas, golpeé fuertemente con el
bastón que llevaba en la mano sobre la pared de ladrillo tras la cual estaba el
cadáver de la esposa de mi alma.
¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había
cesado el eco de mis golpes, y una voz me contestó desde dentro de la tumba.
Un quejido, ahogado y entrecortado al principio, como el sollozar de un niño, que
luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo grito,
completamente anormal e inhumano, un aullido, un alarido quejumbroso, mezcla
de horror y de triunfo, como sólo puede surgir en el infierno de la garganta de los
condenados en su agonía y de los demonios gozosos en la condenación.
Hablar de lo que pensé en ese momento es una locura. Presa de vértigo, fui
tambaleándome hasta la pared de enfrente. Por un instante el grupo de hombres
de la escalera se quedó paralizado por el espantoso terror. Luego, una docena
de robustos brazos atacó la pared, que cayó de un golpe. El cadáver, ya
corrompido y cubierto de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los
espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo de fuego,
estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había llevado al asesinato y
cuya voz delatora me entregaba ahora al verdugo. ¡Había emparedado al
monstruo en la tumba!
3- El corazón delatador
¡Es verdad! Soy nervioso, terriblemente nervioso. Siempre lo he sido y lo soy.
pero, ¿podría decirse que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis
sentidos, no los había destruido ni apagado. Sobre todo, tenía el sentido del oído
agudo. Oía todo sobre el cielo y la tierra. Oía muchas cosas del infierno.
Entonces, ¿cómo voy a estar loco? Escuchen y observen con qué tranquilidad,
con qué cordura puedo contarles toda la historia.
Me resulta imposible decir cómo surgió en mi cabeza esa idea por primera vez;
pero, una vez concebida, me persiguió día y noche. No perseguía ningún fin. No
había pasión. Yo quería mucho al viejo. Nunca me había hecho nada malo.
nunca me había insultado. no deseaba su oro. Creo que fue su ojo. ¡Sí, eso fue!
Tenía un ojo semejante al de un buitre. Era un ojo de un color azul pálido, con
una fina película delante. Cada vez que posaba ese ojo en mí, se me enfriaba la
sangre; y así, muy gradualmente, fui decidiendo quitarle la vida al viejo y
quitarme así de encima ese ojo para siempre.
Pues bien, así fue. Usted creerá que estoy loco. Los locos no saben nada.
Pero debería haberme visto. Debería usted haber visto con qué sabiduría
procedí, con qué cuidado, con qué previsión, con qué disimulo me puse a
trabajar. Nunca había sido tan amable con el viejo como la semana antes de
matarlo. Y cada noche, cerca de medianoche, yo hacía girar el picaporte de su
puerta y la abría, con mucho cuidado. Y después, cuando la había abierto lo
suficiente para pasar la cabeza, levantaba una linterna cerrada, completamente
cerrada, de modo que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza.
¡Cómo se habría reído usted si hubiera visto con qué astucia pasaba la cabeza!
La movía muy despacio, muy lentamente, para no molestar el sueño del viejo.
Me llevaba una hora meter toda la cabeza por esa abertura hasta donde podía
verlo dormir sobre su cama. ¡Ja! ¿Podría un loco actuar con tanta prudencia? Y
luego, cuando mi cabeza estaba bien dentro de la habitación, abría la linterna
con cautela, con mucho cuidado (porque las bisagras hacían ruido), hasta que
un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Hice todo esto durante siete
largas noches, cada noche cerca de las doce, pero siempre encontraba el ojo
cerrado y era imposible hacer el trabajo, ya que no era el viejo quien me irritaba,
sino su ojo. Y cada mañana, cuando amanecía, iba son miedo a su habitación y
le hablaba resueltamente, llamándole por su nombre con voz cordial y
preguntándole cómo había pasado la noche. Por tanto verá usted que tendría
que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que cada noche, a las doce,
yo iba a mirarlo mientras dormía.
La octava noche, fui más cuidadoso cuando abrí la puerta. El minutero de un
reloj de pulsera se mueve más rápido de lo que se movía mi mano. Nunca antes
había sentido el alcance de mi fuerza, de mi sagacidad. Casi no podía contener
mis sentimientos de triunfo, al pensar que estaba abriendo la puerta poco a
poco, y él ni soñaba con el secreto de mis acciones e ideas. Me reí entre dientes
ante esa idea. Y tal vez me oyó porque se movió en la cama, de repente, como
sobresaltado. pensará usted que retrocedí, pero no fue así. Su habitación estaba
tan negra como la noche más cerrada, ya que él cerraba las persianas por
miedo a que entraran ladrones; entonces, sabía que no me vería abrir la puerta y
seguí empujando suavemente, suavemente.
Ya había introducido la cabeza y estaba para abrir la linterna, cuando mi pulgar
resbaló con el cierre metálico y el viejo se incorporó en la cama, gritando:
-¿Quién anda ahí?
Me quedé quieto y no dije nada. Durante una hora entera, no moví ni un
músculo y mientras tanto no oí que volviera a acostarse en la cama. Aún estaba
sentado, escuchando, como había hecho yo mismo, noche tras noche,
escuchando los relojes de la muerte en la pared.
Oí de pronto un quejido y supe que era el quejido del terror mortal. no era un
quejido de dolor o tristeza. ¡No!Era el sonido ahogado que brota del fondo del
alma cuando el espanto la sobrecoge. Yo conocía perfectamente ese sonido.
Muchas veces, justo a medianoche, cuando todo el mundo dormía, surgió de mi
pecho, profundizando con su temible eco, los terrores que me enloquecían. Digo
que lo conocía bien. Sabía lo que el viejo sentía y sentí lástima por él, aunque
me reía en el fondo de mi corazón. Sabía que él había estado despierto desde el
primer débil sonido, cuando se había vuelto en la cama. Sus miedos habían
crecido desde entonces. Había estado intentando imaginar que aquel ruido era
inofensivo, pero no podía. Se había estado diciendo a sí mismo: "No es más que
el viento en la chimenea, no es más que un ratón que camina sobre el suelo", o
"No es más que un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de
convencerse de estas suposiciones, pero era en vano. Todo en vano, ya que la
muerte, al acercársele se había deslizado furtiva y envolvía a su víctima. Y era la
fúnebre influencia de aquella imperceptible sombra la que le movía a sentir,
aunque no veía ni oía, a sentir la presencia dentro de la habitación.
Cuando hube esperado mucho tiempo, muy pacientemente, sin oír que se
acostara, decidí abrir un poco, muy poco, una ranura en la linterna. Entonces la
abrí -no sabe usted con qué suavidad- hasta que, por fin, su solo rayo, como el
hilo de una telaraña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo del buitre.
Estaba abierto, bien abierto y me enfurecí mientras lo miraba, lo veía con total
claridad, de un azul apagado, con aquella terrible película que me helaba el
alma. Pedro no podía ver nada de la cara o del cuerpo, ya que había dirigido el
rayo, como por instinto, exactamente al punto maldito.
¿No le he dicho que lo que usted cree locura es solo mayor agudeza de los
sentidos? Luego llegó a mis oídos un suave, triste y rápido sonido como el que
hace un reloj cuando está envuelto en algodón. Aquel sonido también me era
familiar. Era el latido del corazón del viejo. Aumentó mi furia, como el redoblar de
un tambor estimula al soldado en batalla.
Sin embargo, incluso en ese momento me contuve y seguí callado. Apenas
respiraba. Mantuve la linterna inmóvil. Intenté mantener con toda firmeza la luz
sobre el ojo. Mientras tanto, el infernal latido del corazón iba en aumento. Crecía
cada vez más rápido y más fuerte a cada instante. El terror del viejo debe haber
sido espantoso. Era cada vez más fuerte, más fuerte... ¿Me entiende? Le he
dicho que soy nervioso y así es. Pues bien, en la hora muerta de la noche, entre
el atroz silencio de la antigua casa, un ruido tan extraño me excitaba con un
terror incontrolable. Sin embargo, por unos minutos más me contuve y me quedé
quieto. Pero el latido era cada vez más fuerte, más fuerte. Creí que aquel
corazón iba a explotar. Y se apoderó de mí una nueva ansiedad: ¡Los vecinos
podrían escuchar el latido del corazón! ¡Al viejo le había llegado la hora! Con un
fuerte grito, abrí la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una
vez, sólo una vez. En un momento, lo tiré al suelo y arrojé la pesada cama sobre
él. Después sonreí alegremente al ver que el hecho estaba consumado. Pero,
durante muchos minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Sin
embargo, no me preocupaba, porque el latido no podría oírse a través de la
pared. Finalmente, cesó. El viejo estaba muerto. Quité la cama y examiné el
cuerpo. Sí, estaba duro, duro como una piedra. Pasé mi mano sobre el corazón
y allí la dejé durante unos minutos. No había pulsaciones. Estaba muerto. Su ojo
ya no me preocuparía más.
Si aún me cree usted loco, no pensará lo mismo cuando describa las sabias
precauciones que tomé para esconder el cadáver. La noche avanzaba y trabajé
con rapidez, pero en silencio. En primer lugar descuarticé el cadáver. le corté la
cabeza, los brazos y las piernas.
Después levanté tres planchas del suelo de la habitación y deposité los restos
en el hueco. Luego coloqué las tablas con tanta inteligencia y astucia que ningún
ojo humano, ni siquiera el suyo, podría haber detectado nada extraño. No había
nada que limpiar; no había manchas de ningún tipo, ni siquiera de sangre. Había
sido demasiado precavido para eso. Todo estaba recogido. ¡Ja, ja!
Cuando terminé con estas tareas, eran las cuatro... Todavía oscuro como
medianoche. Al sonar la campanada de la hora, golpearon la puerta de la calle.
Bajé a abrir muy tranquilo, ya que no había anda que temer. Entraron tres
hombres que se presentaron, muy cordialmente, como oficiales de la policía. Un
vecino había oído un grito durante la noche, por lo cual había sospechas de
algún atentado. Se había hecho una denuncia en la policía, y ellos, los oficiales,
habían sido enviados a registrar el lugar.
Sonreí, ya que no había nada que temer. Di la bienvenida a los caballeros. Dije
que el alarido había sido producido por mí durante un sueño. Dije que el viejo
estaba fuera, en el campo. Llevé a los visitantes por toda la casa. Les dije que
registraran bien. Por fin los llevé a su habitación, les enseñé sus tesoros,
seguros e intactos. En el entusiasmo de mi confianza, llevé sillas al cuarto y les
dije que descansaran allí mientras yo, con la salvaje audacia que me daba mi
triunfo perfecto, colocaba mi silla sobre el mismo lugar donde reposaba el
cadáver de la víctima.
Los oficiales se mostraron satisfechos. Mi forma de proceder los había
convencido. Yo me sentía especialmente cómodo. Se sentaron y hablaron de
cosas comunes mientras yo les contestaba muy animado. Pero, de repente,
empecé a sentir que me ponía pálido y deseé que se fueran. Me dolía la cabeza
y me pareció oír un sonido; pero se quedaron sentados y siguieron conversando.
El ruido se hizo más claro, cada vez más claro. Hablé más como para olvidarme
de esa sensación; pero cada vez se hacía más claro... hasta que por fin me di
cuenta de que el ruido no estaba en mis oídos.
Sin duda, me había puesto muy pálido, pero hablé con más fluidez y en voz
más alta. Sin embargo, el ruido aumentaba. ¿Qué hacer? Era un sonido bajo,
sordo, rápido... como el sonido de un reloj de pulsera envuelto en algodón. traté
de recuperar el aliento... pero los oficiales no lo oyeron. Hablé más rápido, con
más vehemencia, pero el ruido seguía aumentando. Me puse de pie y empecé a
discutir sobre cosas insignificantes en voz muy alta y con violentos gestos; pero
el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Caminé de un lado a otro
con pasos fuerte, como furioso por las observaciones de aquellos hombres; pero
el sonido seguía creciendo. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Me salía espuma
de la rabia... maldije... juré. balanceando la silla sobre la cual me había sentado,
raspé con ella las tablas del suelo, pero el ruido aumentaba su tono cada vez
más. Crecía y crecía y era cada vez más fuerte. Y sin embargo los hombres
seguían conversando tranquilamente y sonreían. ¿Era posible que no oyeran?
¡Dios Todopoderoso! ¡No, no! ¡Claro que oían! ¡Y sospechaban! ¡Lo sabían! ¡Se
estaban burlando de mi horror! Esto es lo que pasaba y así lo pienso ahora.
Todo era preferible a esta agonía. Cualquier cosa era más soportable que este
espanto. ¡Ya no aguantaba más esas hipócritas sonrisas! Sentía que debía gritar
o morir. Y entonces, otra vez, escuchen... ¡más fuerte..., mas fuerte..., más
fuerte!
-¡No finjan más, malvados! -grité- . ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esas
tablas!... ¡Aquí..., aquí! ¡Donde está latiendo su horrible corazón!
Siles gusto o siquieren mas libros comentem grasdias
Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando
llegó el insulto, juré vengarme. Vosotros, que conocéis tan bien la naturaleza de
mi carácter, no llegaréis a suponer, no obstante, que pronunciara la menor
palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un
punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había
resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía que
castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su
justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando
esta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.
Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo
para que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de
costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa,
entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.
Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un
hombre digno de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía
siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero
talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia
a lo que el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a
los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato,
como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a
vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente
de él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y
siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.
Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi
amigo. Me acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El
buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un
vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico
adornado con cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber
estrechado jamás su mano como en aquel momento.
-Querido Fortunato -le dije en tono jovial-, este es un encuentro afortunado.
Pero ¡qué buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de
algo que llaman amontillado, y tengo mis dudas.
-¿Cómo? -dijo él-. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!
-Por eso mismo le digo que tengo mis dudas -contesté-, e iba a cometerla
tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin
consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.
-¡Amontillado!
-Tengo mis dudas.
-¡Amontillado!
-Y he de pagarlo.
-¡Amontillado!
-Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a
Luchesi. El es un buen entendido. El me dirá...
-Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez.
-Y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el
de usted.
-Vamos, vamos allá.
-¿Adónde?
-A sus bodegas.
-No mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene
usted algún compromiso. Luchesi...
-No tengo ningún compromiso. Vamos.
-No, amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene
usted mucho frío. Las bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente
cubiertas de salitre.
-A pesar de todos, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a
usted, y Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado.
Diciendo esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda
negra y, ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire, me dejé conducir por él hasta
mi palazzo.
Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la
festividad del Carnaval. Ya antes les había dicho que yo no volvería hasta la
mañana siguiente, dándoles órdenes concretas para que no estorbaran por la
casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo sabía yo, para asegurarme la
inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las espaldas.
Cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le
guié, haciéndole encorvarse a través de distintos aposentos por el abovedado
pasaje que conducía a la bodega. Bajé delante de él una larga y tortuosa
escalera, recomendándole que adoptara precauciones al seguirme. Llegamos,
por fin, a los últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro, sobre el
suelo húmedo de las catacumbas de los Montresors.
El andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico
resonaban a cada una de sus zancadas.
-¿Y el barril? -preguntó.
-Está más allá -le contesté-. Pero observe usted esos blancos festones que
brillan en las paredes de la cueva.
Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las
lágrimas de la embriaguez.
-¿Salitre? -me preguntó, por fin.
-Salitre -le contesté-. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos?
-¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!...!
A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos.
- No es nada -dijo por último.
- Venga -le dije enérgicamente-. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo
mío. Es usted rico, respetado, admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he
sido en otro tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que mí respecta, es
distinto. Volvámonos. Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa
responsabilidad. Además, cerca de aquí vive Luchesi...
-Basta -me dijo-. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré
de tos.
-Verdad, verdad -le contesté-. Realmente, no era mi intención alarmarle sin
motivo, pero debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de
la humedad.
Y diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila
de otras análogas, tumbadas en el húmedo suelo.
-Beba -le dije, ofreciéndole el vino.
Llevóse la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me
saludo con familiaridad. Los cascabeles sonaron.
-Bebo -dijo- a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro.
-Y yo, por la larga vida de usted.
De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino.
-Esas cuevas -me dijo- son muy vastas.
-Los Montresors -le contesté- era una grande y numerosa familia.
-He olvidado cuáles eran sus armas.
-Un gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente
rampante, cuyos dientes se clavan en el talón.
-¡Muy bien! -dijo.
Brillaba el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi
fantasía a causa del medoc. Por entre las murallas formadas por montones de
esqueletos, mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos
recintos de las catacumbas. Me detuve de nuevo, esta vez me atreví a coger a
Fortunato de un brazo, más arriba del codo.
- El salitre -le dije-. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo,
cuelga de las bóvedas. Ahora estamos bajo el lecho del río. Las gotas de
humedad se filtran por entre los huesos. Venga usted. Volvamos antes de que
sea muy tarde. Esa tos...
- No es nada -dijo-. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de
medoc.
Rompí un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus
ojos llamearon con ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un
ademán que no pude comprender.
Le miré sorprendido. El repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
- ¿No comprende usted? -preguntó.
- No -le contesté.
- Entonces, ¿no es usted de la hermandad?
- ¿Cómo?
- ¿No pertenece usted a la masonería?
- Sí, sí -dije-; sí, sí.
- ¿Usted? ¡Imposible! ¿Un masón?
- Un masón -repliqué.
- A ver, un signo -dijo.
- Este -le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil.
- Usted bromea -dijo, retrocediéndo unos pasos-. Pero, en fin, vamos por el
amontillado.
- Bien -dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi
brazo.
Apoyóse pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del
amontillado. Pasamos por debajo de una serie de bajísimas bóvedas, bajamos,
avanzamos luego, descendimos después y llegamos a una profunda cripta,
donde la impureza del aire hacía enrojecer más que brillar nuestras antorchas.
En lo más apartado de la cripta descubríase otra menos espaciosa. En sus
paredes habían sido alineados restos humanos de los que se amontonaban en
la cueva de encima de nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París.
Tres lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo
modo.
Del cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo,
formando en un rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que
había
quedado así descubierta por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía
otro recinto interior, de unos cuatro pies de profundidad y tres de anchura, y
con una altura de seis o siete. No parecía haber sido construido para un uso
determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre dos de los
enormes
pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se apoyaba en
una
de las paredes de granito macizo que las circundaban.
En vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de
penetrar la profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el
fondo.
- Adelántese -le dije-. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi...
- Es un ignorante -interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y
seguido inmediatamente por mí.
En un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la
roca, se detuvo atónito y perplejo. Un momento después había yo conseguido
encadenarlo al granito. Había en su superficie dos argollas de hierro, separadas
horizontalmente una de otra por unos dos pies. Rodear su cintura con los
eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de pocos segundos. Estaba demasiado
aturdido para ofrecerme resistencia. Saqué la llave y retrocedí, saliendo
del recinto.
- Pase usted la mano por la pared -le dije-, y no podrá menos que sentir el
salitre. Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese.
¿No? Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes
prestarle algunos cuidados que están en mi mano.
-¡El amontillado! -exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.
- Cierto -repliqué-, el amontillado.
Y diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes
he aludido. Apartándolos a un lado no tarde en dejar al descubierto cierta
cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda
de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho.
Apenas había colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di
cuenta de que la embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte.
El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la
profundidad del recinto. No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo
luego un largo y obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda,
la tercera y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la
cadena. El ruido se prolongó unos minutos, durante los cuales, para deleitarme
con él, interrumpí mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se
apaciguó, por fin, aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin
interrupción las quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a
la altura de mi pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por
encima
de la obra que había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en
el interior.
Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del
hombre encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás.
Durante un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tirar
estocadas
por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para
tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré
satisfecho. Volví a acercarme a la pared, y contesté entonces a los gritos de
quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así
lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.
Ya era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las
octava, novena y décima hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena,
y quedaba tan sólo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su
peso. Sólo parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero entonces
salió del nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con
una voz tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La
voz decía:
-¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos
reiremos luego en el palazzo, ¡je, je, je! a propósito de nuestro vino!
¡Je, je, je!
-El amontillado -dije.
-¡Je, je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán
esperándonos en el palazzo Lady Fortunato y los demás? Vámonos.
-Sí -dije-; vámonos ya.
-¡Por el amor de Dios, Montresor!
-Sí -dije-; por el amor de Dios.
En vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté
y llamé en alta voz:
-¡Fortunato!
No hubo respuesta, y volví a llamar.
-¡Fortunato!
Tampoco me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y
la dejé caer en el interior. Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión
en el corazón, sin duda causada por la humedad de las catacumbas. Me
apresuré a terminar mi trabajo. Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la
última piedra y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de
huesos contra la nueva pared. Durante medio siglo, nadie los ha tocado. In pace
requiescat!
2- Gato negro
Gato Negro
Edgar Allan Poe
No espero ni pido que nadie crea el extraño aunque simple relato que voy a
escribir. Estaría completamente loco si lo esperase, pues mis sentidos rechazan
su evidencia. Pero no estoy loco, y sé perfectamente que esto no es un sueño.
Mañana voy a morir, y quiero de alguna forma aliviar mi alma. Mi intención
inmediata consiste en poner de manifiesto simple y llanamente y sin comentarios
una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de estos episodios me
han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no voy a
explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos
espantosos que barroques. En el futuro, quizá aparezca alguien cuya
inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes, una inteligencia más
tranquila, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las
circunstancias que voy a describir con miedo una simple sucesión de causas y
efectos naturales.
Desde la infancia sobresalí por docilidad y bondad de carácter. La ternura de
corazón era tan grande que llegué a convertirme en objeto de burla para mis
compañeros. Me gustaban, de forma singular, los animales, y mis padres me
permitían tener una variedad muy amplia. Pasaba la mayor parte de mi tiempo
con ellos y nunca me sentía tan feliz como cuando les daba de comer y los
acariciaba. Este rasgo de mi carácter crecía conmigo y, cuando llegué a la
madurez, me proporcionó uno de los mayores placeres. Quienes han sentido
alguna vez afecto por un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en
explicarles la naturaleza o la intensidad de la satisfacción que se recibe. Hay
algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al
corazón del que con frecuencia ha probado la falsa amistad y frágil fidelidad del
hombre.
Me casé joven y tuve la alegría de que mi mujer compartiera mis preferencias.
Cuando advirtió que me gustaban los animales domésticos, no perdía ocasión
para proporcionarme los más agradables. Teníamos pájaros, peces de colores,
un hermoso perro, conejos, un mono pequeño y un gato.
Este último era un hermoso animal, bastante grande, completamente negro y de
una sagacidad asombrosa. Cuando se refería a su inteligencia, mi mujer, que en
el fondo era bastante supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia
popular de que todos los gatos negros eran brujas disfrazadas. No quiero decir
que lo creyera en serio, y sólo menciono el asunto porque acabo de recordarla.
Pluto- pues así se llamaba el gato- era mi favorito y mi camarada. Sólo yo le
daba de comer, y él en casa me seguía por todas partes. Incluso me resultaba
difícil impedirle que siguiera mis pasos por la calle.
Nuestra amistad duró varios años, en el transcurso de los cuales mi
temperamento y mi carácter, por causa del demonio Intemperancia (y me pongo
rojo al confesarlo), se habían alterado radicalmente. Día a día me fui volviendo
más irritable, malhumorado e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué,
incluso, a usar palabras duras con mi mujer, y terminé recurriendo a la violencia
física. Por supuesto, mis favoritos sintieron también el cambio de mi carácter.
No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Sin embargo, hacia
Pluto sentía el suficiente respeto como para abstenerme de maltratarlo, cosa
que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro, cuando, por casualidad o
por afecto, se cruzaban en mi camino. Pero mi enfermedad empeoraba- pues,
¿qué enfermedad se puede comparar con el alcohol?-, y al fin incluso Pluto, que
ya empezaba a ser viejo y, por tanto, irritable, empezó a sufrir las consecuencias
de mi mal humor.
Una noche en que volvía a casa completamente borracho, después de una de
mis correrías por el centro de la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi
presencia. Lo agarré y, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la
mano. Al instante se apoderó de mí una furia de diablos y ya no supe lo que
hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separaba de un golpe del cuerpo; y una
maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de
mi ser. Saqué del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras seguía
sujetando al pobre animal por el pescuezo y deliberadamente le saqué un ojo.
Me pongo más rojo que un tomate, siento vergüenza, tiemblo mientras escribo
tan reprochable atrocidad.
Cuando me volvió la razón con la mañana, cuando el sueño hubo disipado los
vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el
remordimiento ante el crimen del que era culpable, pero sólo era un sentimiento
débil y equívoco, y no llegó a tocar mi alma. Otra vez me hundí en los excesos y
pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.
El gato mientras tanto mejoraba lentamente. La cuenca del ojo perdido
presentaba un horrible aspecto, pero el animal parecía que ya no sufría. Se
paseaba, como de costumbre, por la casa; aunque, como se puede imaginar,
huía aterrorizado al verme. Me quedaba bastante de mi antigua forma de ser
para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que una vez me
había querido tanto. Pero ese sentimiento pronto cedió paso a la irritación. Y
entonces se presentó, para mi derrota final e irrevocable, el espíritu de la
PERVERSIDAD. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu. Sin embargo,
estoy tan seguro de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de
los impulsos primordiales del corazón humano... una de las facultades primarias
indivisibles, uno de los sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién
no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en los momentos en que cometía
una acción estúpida o malvada por la simple razón de que no debía cometerla?
¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que nos enfrenta con el sentido
común, a transgredir lo que constituye la Ley por el simple hecho de serlo
(existir)? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída
final. Y ese insondable anhelo que tenía el alma de vejarse a sí misma, de
violentar su naturaleza, de hacer el mal por el mal mismo, me empujó a
continuar y finalmente a consumar el suplicio que había infligido al inocente
animal. Una mañana, a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué
en la rama de un árbol, lo ahorqué mientras las lágrimas me brotaban de los ojos
y el más amargo remordimiento me retorcía el corazón; lo ahorqué porque
recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había
dado motivos para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un
pecado, un pecado mortal que pondría en peligro mi alma hasta llevarla- si esto
fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del dios más
misericordioso y más terrible.
La noche del día en que cometí ese acto cruel me despertaron gritos de
«¡Fuego!» La ropa de mi cama era una llama, y toda la casa estaba ardiendo.
Con gran dificultad pudimos escapar del incendio mi mujer, un criado y yo. Todo
quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento no
me quedó más remedio que resignarme.
No caeré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el
desastre y la acción criminal que cometí. Simplemente me limito a detallar una
cadena de hechos, y no quiero dejar suelto ningún eslabón. Al día siguiente del
incendio visité las ruinas. Todas las paredes, salvo una, se habían desplomado.
La que quedaba en pie era un tabique divisorio, de poco espesor, situado en el
centro de la casa, y contra el cual antes se apoyaba la cabecera de mi cama. El
yeso del tabique había aguantado la acción del fuego, algo que atribuí a su
reciente aplicación. Una apretada muchedumbre se había reunido alrededor de
esta pared y varias personas parecían examinar parte de la misma atenta y
minuciosamente. Las palabras «¡extraño!, ¡curioso!» y otras parecidas
despertaron mi curiosidad. Al acercarme más vi que en la blanca superficie,
grabada en bajorrelieve, aparecía la figura de un gigantesco gato. El contorno
tenía una nitidez verdaderamente extraordinaria. Había una cuerda alrededor del
pescuezo del animal.
Al descubrir esta aparición- ya que no podía considerarla otra cosa- el asombro
y el terror me dominaron. Pero la reflexión vino en mi ayuda. Recordé que había
ahorcado al gato en un jardín colindante con la casa. Cuando se produjo la
alarma del incendio, la gente invadió inmediatamente el jardín: alguien debió
cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda
habían tratado así de despertarse.
Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad
contra el yeso recién encalado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el
amoniaco del cadáver, produjo la imagen que ahora veía.
Aunque, con estas explicaciones, quedó satisfecha mi razón, pero no mi
conciencia, sobre el asombroso hecho que acabo de describir, lo ocurrido
impresionó profundamente mi imaginación. Durante meses no pude librarme del
fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento
informe, que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué incluso a lamentar la
pérdida del gato y a buscar, en los sucios antros que habitualmente frecuentaba,
otro animal de la misma especie y de apariencia parecida, que pudiera ocupar
su lugar.
Una noche, medio borracho, me encontraba en una taberna pestilente, y me
llamó la atención algo negro posado en uno de los grandes toneles de ginebra,
que constituían el principal mobiliario del lugar. Durante unos minutos había
estado mirando fijamente ese tonel y me sorprendió no haber advertido antes la
presencia de la mancha negra de encima. Me acerqué a él y lo toqué con la
mano. Era un gato negro, un gato muy grande, tan grande como Pluto y
exactamente igual a éste, salvo en un detalle. Pluto no tenía ni un pelo blanco en
el cuerpo, mientras este gato mostraba una mancha blanca, tan grande como
indefinida, que le cubría casi todo el pecho.
Al acariciarlo, se levantó en seguida, empezó a ronronear con fuerza, se
restregó contra mi mano y pareció encantado de mis cuitas. Había encontrado al
animal que estaba buscando. Inmediatamente propuse comprárselo al
tabernero, pero me contestó que no era suyo, y que no lo había visto nunca
antes ni sabía nada del gato.
Seguí acariciando al gato y, cuando iba a irme a casa, el animal se mostró
dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, parándome una y otra vez
para agacharme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró en
seguida y pronto se convirtió en el gran favorito de mi mujer.
Por mi parte, pronto sentí que nacía en mí una antipatía hacia el animal. Era
exactamente lo contrario de lo que yo había esperado, pero- sin que pueda
justificar cómo ni por qué- su evidente afecto por mí me disgustaba y me irritaba.
Lentamente tales sentimientos de disgusto y molestia se transformaron en la
amargura del odio. Procuraba no encontrarme con el animal; un resto de
vergüenza y el recuerdo de mi acto de crueldad me frenaban de maltratarlo.
Durante algunas semanas no le pegué ni fue la víctima de mi violencia; pero
gradualmente, muy gradualmente, llegué a sentir una inexpresable repugnancia
por él y a huir en silencio de su odiosa presencia, como si fuera un brote de
peste.
Lo que probablemente contribuyó a aumentar mi odio hacia el animal fue
descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual
que Pluto, no tenía un ojo. Sin embargo, fue precisamente esta circunstancia la
que le hizo más agradable a los ojos de mi mujer, quien, como ya dije, poseía en
alto grado esos sentimientos humanitarios que una vez fueron mi rasgo distintivo
y la fuente de mis placeres más simples y puros.
El cariño del gato hacia mí parecía aumentar en la misma proporción que mi
aversión hacia él. Seguía mis pasos con una testarudez que me resultaría difícil
hacer comprender al lector. Dondequiera que me sentara venía a agazaparse
bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, cubriéndome con sus repugnantes caricias.
Si me ponía a pasear, se metía entre mis pies y así, casi, me hacía caer, o
clavaba sus largas y afiladas garras en mi ropa y de esa forma trepaba hasta mi
pecho. En esos momentos, aunque deseaba hacerlo desaparecer de un golpe,
me sentía completamente paralizado por el recuerdo de mi crimen anterior, pero
sobre todo- y quiero confesarlo aquí- por un terrible temor al animal.
Aquel temor no era exactamente miedo a un mal físico, y, sin embargo, no
sabría definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de admitir- sí, aun
en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de admitir que el terror,
el horror que me causaba aquel animal, era alimentado por una de las más
insensatas quimeras que fuera posible concebir. Más de una vez mi mujer me
había llamado la atención sobre la forma de la mancha de pelo blanco, de la cual
ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre este extraño animal y el
que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque era grande,
había sido al principio muy indefinida, pero, gradualmente, de forma casi
imperceptible mi razón tuvo que luchar durante largo tiempo para rechazarla
como imaginaria, la mancha iba adquiriendo una rigurosa nitidez en sus
contornos. Ahora ya representaba algo que me hace temblar cuando lo nombroy
por eso odiaba, temía y me habría librado del monstruo si me hubiese atrevido
a hacerlo-; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra... ¡la
imagen del PATÍBULO! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen,
de la agonía y de la muerte!
Y entonces me sentí más miserable que todas las miserias del mundo juntas.
¡Pensar que una bestia, cuyo semejante yo había destruido desdeñosamente,
una bestia era capaz de producir esa angustia tan insoportable sobre mí, un
hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude
ya gozar de la bendición del descanso! De día, ese animal no me dejaba ni un
instante solo; y de noche, me despertaba sobresaltado por sueños horrorosos
sintiendo el ardiente aliento de aquella cosa en mi rostro y su enorme pesoencarnada
pesadilla que no podía quitarme de encima- apoyado eternamente
sobre mi corazón.
Bajo la opresión de estos tormentos, sucumbió todo lo poco que me quedaba de
bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban de mi intimidad; los más
retorcidos, los más perversos pensamientos. La tristeza habitual de mi mal
humor terminó convirtiéndose en aborrecimiento de todo lo que estaba a mi
alrededor y de toda la humanidad; y mi mujer, que no se quejaba de nada, llegó
a ser la más habitual y paciente víctima de las repentinas y frecuentes
explosiones incontroladas de furia a las que me abandonaba.
Un día, por una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde
nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió escaleras abajo y casi
me hizo caer de cabeza, por lo que me desesperé casi hasta volverme loco.
Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los temores infantiles que hasta
entonces habían detenido mi mano, lancé un golpe que hubiera causado la
muerte instantánea del animal si lo hubiera alcanzado. Pero la mano de mi mujer
detuvo el golpe. Su intervención me llenó de una rabia más que demoníaca; me
solté de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Cayó muerta a mis pies, sin
un quejido.
Consumado el horrible asesinato, me dediqué urgentemente y a sangre fría a la
tarea de ocultar el cuerpo. Sabía que no podía sacarlo de casa, ni de día ni de
noche, sin correr el riesgo de que los vecinos me vieran. Se me ocurrieron varias
ideas. Por un momento pensé descuartizar el cadáver y quemarlo a trozos.
Después se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Luego consideré
si no convenía arrojarlo al pozo del patio, o meterlo en una caja, como si fueran
mercancías, y, con los trámites normales, y llamar a un mozo de cuerda para
que lo retirase de la casa. Por fin, di con lo que me pareció el mejor recurso.
Decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se cuenta que los monjes de
la Edad Media emparedaban a sus víctimas.
El sótano se prestaba bien para este propósito. Las paredes eran de un material
poco resistente, y estaban recién encaladas con una capa de yeso que la
humedad del ambiente no había dejado endurecer. Además, en una de las
paredes había un saliente, una falsa chimenea, que se había rellenado de forma
que se pareciera al resto del sótano. Sin ningún género de dudas se podían
quitar fácilmente los ladrillos de esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero
como antes, de forma que ninguna mirada pudiera descubrir nada sospechoso.
No me equivocaba en mis cálculos. Con una palanca saqué fácilmente los
ladrillos y, después de colocar con cuidado el cuerpo contra la pared interior, lo
mantuve en esa posición mientras colocaba de nuevo los ladrillos en su forma
original Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé con
precaución un yeso que no se distinguía del anterior, y revoqué cuidadosamente
el enladrillado. Terminada la tarea, me sentí satisfecho de que todo hubiera
quedado bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido alterada.
Recogí del suelo los cascotes más pequeños. Y triunfante miré alrededor y me
dije: «Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano»
El paso siguiente consistió en buscar a la bestia que había causado tanta
desgracia; pues por fin me había decidido a matarla. Si en aquel momento el
gato hubiera aparecido ante mí, habría quedado sellado su destino, pero, por lo
visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera,
se cuidaba de aparecer mientras no se me pasara mi mal humor. Es imposible
describir, ni imaginar el profundo y feliz sentimiento de alivio que la ausencia del
odiado animal trajo a mi pecho. No apareció aquella noche, y así, por primera
vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude
dormir, incluso con el peso del asesinato en mi alma.
Pasaron el segundo y el tercer día y no volvía mi atormentador. Una vez más
respiré como un hombre libre. ¡El monstruo aterrorizado había huido de casa
para siempre! ¡No volvería a verlo! Grande era mi felicidad, y la culpa de mi
negra acción me preocupaba poco. Se hicieron algunas investigaciones, a las
que me costó mucho contestar. Incluso registraron la casa, pero naturalmente no
se descubrió nada. Consideraba que me había asegurado mi felicidad futura.
Al cuarto día, después del asesinato, un grupo de policías entró en la casa
intempestivamente y procedió otra vez a una rigurosa inspección. Seguro de que
mi escondite era inescrutable, no sentí la menor inquietud. Los agentes me
pidieron que los acompañara en su registro. No dejaron ningún rincón ni
escondrijo sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez bajaron al sótano. No me
temblaba ni un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente como el de quien
duerme en la inocencia. Me paseaba de un lado a otro del sótano. Había
cruzado los brazos sobre el pecho e iba tranquilamente de acá para allá. Los
policías quedaron totalmente satisfechos y se disponían a marcharse. El júbilo
de mi corazón era demasiado fuerte para ser reprimido. Ardía en deseos de
decirles, al menos, una palabra como prueba de triunfo y de asegurar
doblemente su certidumbre sobre mi inocencia.
-Caballeros- dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro de haber
disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Por
cierto, caballeros, esta casa esta muy bien construida... (En mi rabioso deseo de
decir algo con naturalidad, no me daba cuenta de mis palabras.). Repito que es
una casa excelentemente construida. Estas paredes... ¿ya se van ustedes,
caballeros?... estas paredes son de gran solidez.
Y entonces, empujado por el frenesí de mis bravatas, golpeé fuertemente con el
bastón que llevaba en la mano sobre la pared de ladrillo tras la cual estaba el
cadáver de la esposa de mi alma.
¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había
cesado el eco de mis golpes, y una voz me contestó desde dentro de la tumba.
Un quejido, ahogado y entrecortado al principio, como el sollozar de un niño, que
luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo grito,
completamente anormal e inhumano, un aullido, un alarido quejumbroso, mezcla
de horror y de triunfo, como sólo puede surgir en el infierno de la garganta de los
condenados en su agonía y de los demonios gozosos en la condenación.
Hablar de lo que pensé en ese momento es una locura. Presa de vértigo, fui
tambaleándome hasta la pared de enfrente. Por un instante el grupo de hombres
de la escalera se quedó paralizado por el espantoso terror. Luego, una docena
de robustos brazos atacó la pared, que cayó de un golpe. El cadáver, ya
corrompido y cubierto de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los
espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo de fuego,
estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había llevado al asesinato y
cuya voz delatora me entregaba ahora al verdugo. ¡Había emparedado al
monstruo en la tumba!
3- El corazón delatador
¡Es verdad! Soy nervioso, terriblemente nervioso. Siempre lo he sido y lo soy.
pero, ¿podría decirse que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis
sentidos, no los había destruido ni apagado. Sobre todo, tenía el sentido del oído
agudo. Oía todo sobre el cielo y la tierra. Oía muchas cosas del infierno.
Entonces, ¿cómo voy a estar loco? Escuchen y observen con qué tranquilidad,
con qué cordura puedo contarles toda la historia.
Me resulta imposible decir cómo surgió en mi cabeza esa idea por primera vez;
pero, una vez concebida, me persiguió día y noche. No perseguía ningún fin. No
había pasión. Yo quería mucho al viejo. Nunca me había hecho nada malo.
nunca me había insultado. no deseaba su oro. Creo que fue su ojo. ¡Sí, eso fue!
Tenía un ojo semejante al de un buitre. Era un ojo de un color azul pálido, con
una fina película delante. Cada vez que posaba ese ojo en mí, se me enfriaba la
sangre; y así, muy gradualmente, fui decidiendo quitarle la vida al viejo y
quitarme así de encima ese ojo para siempre.
Pues bien, así fue. Usted creerá que estoy loco. Los locos no saben nada.
Pero debería haberme visto. Debería usted haber visto con qué sabiduría
procedí, con qué cuidado, con qué previsión, con qué disimulo me puse a
trabajar. Nunca había sido tan amable con el viejo como la semana antes de
matarlo. Y cada noche, cerca de medianoche, yo hacía girar el picaporte de su
puerta y la abría, con mucho cuidado. Y después, cuando la había abierto lo
suficiente para pasar la cabeza, levantaba una linterna cerrada, completamente
cerrada, de modo que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza.
¡Cómo se habría reído usted si hubiera visto con qué astucia pasaba la cabeza!
La movía muy despacio, muy lentamente, para no molestar el sueño del viejo.
Me llevaba una hora meter toda la cabeza por esa abertura hasta donde podía
verlo dormir sobre su cama. ¡Ja! ¿Podría un loco actuar con tanta prudencia? Y
luego, cuando mi cabeza estaba bien dentro de la habitación, abría la linterna
con cautela, con mucho cuidado (porque las bisagras hacían ruido), hasta que
un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Hice todo esto durante siete
largas noches, cada noche cerca de las doce, pero siempre encontraba el ojo
cerrado y era imposible hacer el trabajo, ya que no era el viejo quien me irritaba,
sino su ojo. Y cada mañana, cuando amanecía, iba son miedo a su habitación y
le hablaba resueltamente, llamándole por su nombre con voz cordial y
preguntándole cómo había pasado la noche. Por tanto verá usted que tendría
que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que cada noche, a las doce,
yo iba a mirarlo mientras dormía.
La octava noche, fui más cuidadoso cuando abrí la puerta. El minutero de un
reloj de pulsera se mueve más rápido de lo que se movía mi mano. Nunca antes
había sentido el alcance de mi fuerza, de mi sagacidad. Casi no podía contener
mis sentimientos de triunfo, al pensar que estaba abriendo la puerta poco a
poco, y él ni soñaba con el secreto de mis acciones e ideas. Me reí entre dientes
ante esa idea. Y tal vez me oyó porque se movió en la cama, de repente, como
sobresaltado. pensará usted que retrocedí, pero no fue así. Su habitación estaba
tan negra como la noche más cerrada, ya que él cerraba las persianas por
miedo a que entraran ladrones; entonces, sabía que no me vería abrir la puerta y
seguí empujando suavemente, suavemente.
Ya había introducido la cabeza y estaba para abrir la linterna, cuando mi pulgar
resbaló con el cierre metálico y el viejo se incorporó en la cama, gritando:
-¿Quién anda ahí?
Me quedé quieto y no dije nada. Durante una hora entera, no moví ni un
músculo y mientras tanto no oí que volviera a acostarse en la cama. Aún estaba
sentado, escuchando, como había hecho yo mismo, noche tras noche,
escuchando los relojes de la muerte en la pared.
Oí de pronto un quejido y supe que era el quejido del terror mortal. no era un
quejido de dolor o tristeza. ¡No!Era el sonido ahogado que brota del fondo del
alma cuando el espanto la sobrecoge. Yo conocía perfectamente ese sonido.
Muchas veces, justo a medianoche, cuando todo el mundo dormía, surgió de mi
pecho, profundizando con su temible eco, los terrores que me enloquecían. Digo
que lo conocía bien. Sabía lo que el viejo sentía y sentí lástima por él, aunque
me reía en el fondo de mi corazón. Sabía que él había estado despierto desde el
primer débil sonido, cuando se había vuelto en la cama. Sus miedos habían
crecido desde entonces. Había estado intentando imaginar que aquel ruido era
inofensivo, pero no podía. Se había estado diciendo a sí mismo: "No es más que
el viento en la chimenea, no es más que un ratón que camina sobre el suelo", o
"No es más que un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de
convencerse de estas suposiciones, pero era en vano. Todo en vano, ya que la
muerte, al acercársele se había deslizado furtiva y envolvía a su víctima. Y era la
fúnebre influencia de aquella imperceptible sombra la que le movía a sentir,
aunque no veía ni oía, a sentir la presencia dentro de la habitación.
Cuando hube esperado mucho tiempo, muy pacientemente, sin oír que se
acostara, decidí abrir un poco, muy poco, una ranura en la linterna. Entonces la
abrí -no sabe usted con qué suavidad- hasta que, por fin, su solo rayo, como el
hilo de una telaraña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo del buitre.
Estaba abierto, bien abierto y me enfurecí mientras lo miraba, lo veía con total
claridad, de un azul apagado, con aquella terrible película que me helaba el
alma. Pedro no podía ver nada de la cara o del cuerpo, ya que había dirigido el
rayo, como por instinto, exactamente al punto maldito.
¿No le he dicho que lo que usted cree locura es solo mayor agudeza de los
sentidos? Luego llegó a mis oídos un suave, triste y rápido sonido como el que
hace un reloj cuando está envuelto en algodón. Aquel sonido también me era
familiar. Era el latido del corazón del viejo. Aumentó mi furia, como el redoblar de
un tambor estimula al soldado en batalla.
Sin embargo, incluso en ese momento me contuve y seguí callado. Apenas
respiraba. Mantuve la linterna inmóvil. Intenté mantener con toda firmeza la luz
sobre el ojo. Mientras tanto, el infernal latido del corazón iba en aumento. Crecía
cada vez más rápido y más fuerte a cada instante. El terror del viejo debe haber
sido espantoso. Era cada vez más fuerte, más fuerte... ¿Me entiende? Le he
dicho que soy nervioso y así es. Pues bien, en la hora muerta de la noche, entre
el atroz silencio de la antigua casa, un ruido tan extraño me excitaba con un
terror incontrolable. Sin embargo, por unos minutos más me contuve y me quedé
quieto. Pero el latido era cada vez más fuerte, más fuerte. Creí que aquel
corazón iba a explotar. Y se apoderó de mí una nueva ansiedad: ¡Los vecinos
podrían escuchar el latido del corazón! ¡Al viejo le había llegado la hora! Con un
fuerte grito, abrí la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una
vez, sólo una vez. En un momento, lo tiré al suelo y arrojé la pesada cama sobre
él. Después sonreí alegremente al ver que el hecho estaba consumado. Pero,
durante muchos minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Sin
embargo, no me preocupaba, porque el latido no podría oírse a través de la
pared. Finalmente, cesó. El viejo estaba muerto. Quité la cama y examiné el
cuerpo. Sí, estaba duro, duro como una piedra. Pasé mi mano sobre el corazón
y allí la dejé durante unos minutos. No había pulsaciones. Estaba muerto. Su ojo
ya no me preocuparía más.
Si aún me cree usted loco, no pensará lo mismo cuando describa las sabias
precauciones que tomé para esconder el cadáver. La noche avanzaba y trabajé
con rapidez, pero en silencio. En primer lugar descuarticé el cadáver. le corté la
cabeza, los brazos y las piernas.
Después levanté tres planchas del suelo de la habitación y deposité los restos
en el hueco. Luego coloqué las tablas con tanta inteligencia y astucia que ningún
ojo humano, ni siquiera el suyo, podría haber detectado nada extraño. No había
nada que limpiar; no había manchas de ningún tipo, ni siquiera de sangre. Había
sido demasiado precavido para eso. Todo estaba recogido. ¡Ja, ja!
Cuando terminé con estas tareas, eran las cuatro... Todavía oscuro como
medianoche. Al sonar la campanada de la hora, golpearon la puerta de la calle.
Bajé a abrir muy tranquilo, ya que no había anda que temer. Entraron tres
hombres que se presentaron, muy cordialmente, como oficiales de la policía. Un
vecino había oído un grito durante la noche, por lo cual había sospechas de
algún atentado. Se había hecho una denuncia en la policía, y ellos, los oficiales,
habían sido enviados a registrar el lugar.
Sonreí, ya que no había nada que temer. Di la bienvenida a los caballeros. Dije
que el alarido había sido producido por mí durante un sueño. Dije que el viejo
estaba fuera, en el campo. Llevé a los visitantes por toda la casa. Les dije que
registraran bien. Por fin los llevé a su habitación, les enseñé sus tesoros,
seguros e intactos. En el entusiasmo de mi confianza, llevé sillas al cuarto y les
dije que descansaran allí mientras yo, con la salvaje audacia que me daba mi
triunfo perfecto, colocaba mi silla sobre el mismo lugar donde reposaba el
cadáver de la víctima.
Los oficiales se mostraron satisfechos. Mi forma de proceder los había
convencido. Yo me sentía especialmente cómodo. Se sentaron y hablaron de
cosas comunes mientras yo les contestaba muy animado. Pero, de repente,
empecé a sentir que me ponía pálido y deseé que se fueran. Me dolía la cabeza
y me pareció oír un sonido; pero se quedaron sentados y siguieron conversando.
El ruido se hizo más claro, cada vez más claro. Hablé más como para olvidarme
de esa sensación; pero cada vez se hacía más claro... hasta que por fin me di
cuenta de que el ruido no estaba en mis oídos.
Sin duda, me había puesto muy pálido, pero hablé con más fluidez y en voz
más alta. Sin embargo, el ruido aumentaba. ¿Qué hacer? Era un sonido bajo,
sordo, rápido... como el sonido de un reloj de pulsera envuelto en algodón. traté
de recuperar el aliento... pero los oficiales no lo oyeron. Hablé más rápido, con
más vehemencia, pero el ruido seguía aumentando. Me puse de pie y empecé a
discutir sobre cosas insignificantes en voz muy alta y con violentos gestos; pero
el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Caminé de un lado a otro
con pasos fuerte, como furioso por las observaciones de aquellos hombres; pero
el sonido seguía creciendo. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Me salía espuma
de la rabia... maldije... juré. balanceando la silla sobre la cual me había sentado,
raspé con ella las tablas del suelo, pero el ruido aumentaba su tono cada vez
más. Crecía y crecía y era cada vez más fuerte. Y sin embargo los hombres
seguían conversando tranquilamente y sonreían. ¿Era posible que no oyeran?
¡Dios Todopoderoso! ¡No, no! ¡Claro que oían! ¡Y sospechaban! ¡Lo sabían! ¡Se
estaban burlando de mi horror! Esto es lo que pasaba y así lo pienso ahora.
Todo era preferible a esta agonía. Cualquier cosa era más soportable que este
espanto. ¡Ya no aguantaba más esas hipócritas sonrisas! Sentía que debía gritar
o morir. Y entonces, otra vez, escuchen... ¡más fuerte..., mas fuerte..., más
fuerte!
-¡No finjan más, malvados! -grité- . ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esas
tablas!... ¡Aquí..., aquí! ¡Donde está latiendo su horrible corazón!
Siles gusto o siquieren mas libros comentem grasdias