Soy un miembro de la colectividad judía. Lamentablemente, ya no cuento con ninguno de aquellos de mis antepasados que debieron huir de sus países de origen para venir a establecerse al nuestro, donde nací y al que amo, como para preguntarles cuál fue el punto límite que los obligó al exilio.
Pero sé muy bien de los “pogroms” de la Europa Oriental, así como de todas las otras formas de persecución criminal antisemita de la Europa Occidental, culminando con el Holocausto nazi.
También sé que tristemente en esos lugares hubo algunos judíos que tuvieron privilegios y fueron salvados de la tragedia, ya sea por contar con poder económico o por colaboracionismo con los regímenes que tarde o temprano masacraron a sus correligionarios.
Sé también que en todos esos casos se ha tratado de gobiernos que fueron cercenando progresivamente libertades individuales y colectivas, así como cometiendo hechos que por acción u omisión podían interpretarse antisemitas. Hechos como la miserable “desinvestigación” de parte de la Justicia argentina en los casos Embajada de Israel y AMIA, o la inaceptable intentona de acuerdo con el principal acusado de la matanza, Irán, un aliado regional presidido por alguien que niega el Holocausto, además respaldado localmente por voceros del partido en el poder.
Y por todo ello, recurriendo a “la memoria genético-cultural” que tenemos los judíos miro a mi alrededor, veo la sumatoria de hechos totalitarios y filo fascistas que acomete nuestro Gobierno paulatina e incesantemente, evoco el famoso poema de Bertolt Brecht “Primero se llevaron ...” y frente al complejo escenario de una prolífica familia construida esforzada y honestamente en el país por más de un siglo, me pregunto: ¿faltará mucho para “la culpa del desastre” la tengan los judíos? ¿Acaso será éste nuevamente el desgarrador momento de preparar las valijas? Espero darme cuenta a tiempo. O encontrar con quiénes evitarlo.