
Si crees en los vampiros, tenemos malas noticias para ti. Comencemos con el origen de esta extraordinaria leyenda, como ha ido evolucionando y luego pasemos a los estudios que concluyen en que simplemente es improbable su existencia.
Origen de los Vampiros
Drácula apareció por primera vez en la novela de Bram Stoker de 1897.

De ahí, se catapultó poco a poco a la cultura popular durante todo el siglo XX y XXI: películas, videojuegos, cómics y libros. Pero como todo mito, los vampiros nacen a partes iguales de la imaginación colectiva y de la ciencia. So origen concreto proviene de una enfermedad.

Primeras inspiraciones
Aunque es la más famosa, aquel Dracula no fue la primera historia de vampiros. En 1872, Sheridan Le Fanu había publicado Carmilla, una novela con un registro algo más tórrido en el que una mujer recibía las atenciónes lésbicas de una vampiresa. Gran parte de las connotaciones eróticas y sexuales que tienen vampiros y vampiresas nacen de aquella obra.

La otra parte es fascinante. El concepto de Dracula como un aristócrata, poderoso y refinado, nace un relato corto de John Polidory llamado The Vampyre y que a su vez nace del verano de 1816 que el autor pasó con Mary Shelley y Lord Byron junto al Lago Lemán, en la actual Suiza.

La enfermedad real de los vampiros: las Porfirias
Ese breve contexto histórico, que nos revela que el vampirismo ya formaba parte del entresijo de leyendas y folclore del siglo XIX (la pop culture del entonces, dicho mal y pronto), no es suficiente para explicar las bases científicas que en realidad tiene Drácula.

Para ello tenemos que referirnos a las porfirias. Una porfiria es un aumento desmesurado de unas proteínas que hay en la sangre, las porfirinas. Juegan un papel fundamental en la síntesis del grupo hemo. El grupo hemo forma parte de la hemoglobina que a su vez se encarga de transportar el oxígeno en la sangre y juega por tanto un papel clave en la respiración. También es el que le da ese color rojo intenso y tan... vampírico, a la sangre.
Cuando una secuencia enzimática de las porfirinas deja de funcionar, generalmente por causas genéticas, aparecen las porfirias. Son enfermedades de carácter grave. Lo interesante, dejando a un lado sus particularidades bioquímicas, es que presentan una serie de manifestaciones clínicas que resultan familiares:
- Fotosensibilidad: en las porfirias, las porfirinas se acumulan en la piel. Cuando incide la luz solar sobre la misma, reaccionan dando lugar a un proceso de oxidación sobre esas proteínas que se ponen a liberar oxígeno como locas sobre los tejidos produciendo la destrucción del tejido epiteliar de la piel, aparecen ampollas y comienza a sangrar. La piel “arde”.
- Intolerancia al ajo: Son varios los estudios que relacionan el ajo con ciertos trastornos cardiovasculares y de la sangre. En concreto, y simplificándolo un poco, porque bloquea parcialmente la coagulación de la sangre y afecta al grupo hemo, así que alguien con porfiria probablemente empeore si toma alimentos que lo contengan.
- Palidez: Como la hemoglobina se destruye, con ella se va el color rojo de la sangre y aunque la piel no es menos morena (eso corresponde a la melanina, el pigmento que la tiñe), la desaparición de ese característico color rojo sí que provoca una palidez inusitada.
- Ansiedad por sangre: Aquí se mezclan varias cosas. Por un lado, la falta de hemoglobina implica también una anemia (falta de hierro) general en todo el organismo. Aunque no está demostrado eso parece que podría producir picas. Una pica es una reacción del cuerpo humano no del todo explicada y de carácter instintivo ante la carencia de algún nutriente esencial. Por ejemplo, a niños en países en guerra con déficit de calcio se les ha visto chupar el yeso de las paredes. Por otro lado, y en un contexto más histórico, parece que los curanderos de la época hacían beber sangre de animales a los enfermos de porfirias porque, lógicamente, experimentaban cierta mejoría.
- Locura: En sí misma, y desde un punto de vista biológico, las porfirias no afectan al cerebro. Pero cuando una persona no puede salir a la luz del sol, tiene graves problemas metabólicos, tiene que beber sangre y además sufre incomprensión por parte de su entorno, los trastornos psiquiátricos no tardan en aparecer.
Hay una última, que no ha pasado a la cultura popular, pero que Stoker sí describe en su libro con la primera descripción del Conde Drácula: son tremendamente peludos. Como consecuencia a esa hiperreacción ante la luz solar la piel comienza a generar mucho pelo para protegerla.

“...Su cara era fuerte, muy fuerte, aguileña, con un puente muy marcado sobre la fina nariz y las ventanas de ella peculiarmente arqueadas y el pelo gris que le crecía escasamente alrededor de las sienes, pero profusamente en otras partes. Sus cejas eran muy espesas, casi se encontraban en el entrecejo, y con un pelo tan abundante que parecía encresparse por su misma profusión. La boca era fina y tenía una apariencia más bien cruel, con unos dientes blancos peculiarmente agudos; éstos sobresalían sobre los labios. La tez era de una palidez extraordinaria. No pude evitar notar que sus manos eran bastante toscas, anchas y con dedos rechonchos. Cosa rara, tenían pelos en el centro de la palma...”
Las personas que sufren de porfirias no suelen presentar un espéctaculo agradable, también les afecta a los dientes y al pelo, deformándolos la cara. Todo eso choca con la imagen de un aristócrata refinado y elegante así que es en cierto sentido lógico que esa parte no haya pasado a la cultura popular del Drácula que todos conocemos.
Nace la leyenda
Lo más probable es que todo este tipo de trastornos fuesen calando en el folclore y en la cultura popular de la Europa del Este a mediados del siglo XIX. Sabemos que Stoker pasó bastante tiempo estudiando ese folclore europeo, sobre todo a partir de un ensayo de 1885 publicado por Emily Gerard llamado “Supersticiones en Transilvania”. Más tarde, aclararía que gran parte de Drácula nació de una pesadilla nocturna que tuvo después de comer mucho cangrejo con mayonesa. Extraño tipo este Stoker, pero tiene su sentido, al fin y al cabo.

Otras leyendas en torno a los vampiros, como la famosa estaca al corazón, no nacen de ese folclore sino de otro más conocido, el de la Santa Inquisición, que solía emplearlo como práctica para quitarse de en medio a alguien si lo encontraba particularmente molesto.
Aunque aclamada por la crítica, Dracula no fue un éxito instantáneo, y no caló en la cultura popular directamente. Fue la película de 1931 con Bela Lugosi la principal responsable del fenómeno y de que haya llegado, relativamente intacto, hasta nuestros días.
Pero, Ojo!! Esto no quiere decir que los vampiros existan. Una cosa es la enfermedad de las Porfirias y otra muy diferente lo que cuenta la leyenda y el cine.

Si crees en los vampiros, tenemos malas noticias para ti. Los vampiros no existen. Curiosamente, los estudios que mejor explican porque estos monstruos del folklore popular son eso, leyendas, no se basan en la biología, sino en las matemáticas.

Sí. Aunque parezca mentira. No hay un solo estudio sobre los vampiros desde un punto de vista estadístico. Hay un montón, y todos ellos llegan a una misma conclusión. Los vampiros de novelas como Drácula, series como True Blood o películas como The Lost Boys no pueden existir porque, si existieran, ni tú ni ningún humano estaría leyendo este post ahora mismo. Todos los seres humanos seríamos vampiros o estaríamos muertos. Probablemente lo segundo.
Las ecuaciones de Lokta-Volterra
El primer estudio al respecto lo elaboraron los matemáticos austríacos Richard Hartl y Alexander Mehlmann, y lleva el divertido título de: “El problema transilvano con los recursos renovables”. Lo que Hartl y Mehlmann estudiaron es la viabilidad de una hipotética sociedad vampírica secreta desde el punto de vista de la sostenibilidad ecológica. El modelo resultante sencillamente se venía abajo. La muerte o vampirización de los recursos (los humanos o animales) termina en una ruptura crítica de la cadena trófica. En resumen: los vampiros terminarían por agotar las reservas de humanos disponibles más pronto que tarde. El estudio tiene en cuenta incluso que los chupasangres sean moderados en su consumo. Daría igual.
Más adelante, Hartl y Mehlmann publicaron un segundo estudio que profundizaba aún más en la cuestión, esta vez sobre la base de las ecuaciones de Lotka-Volterra. Bajo este nombre tan vampírico se esconde un conjunto de ecuaciones diferenciales de primer orden no lineales que se usan en estudios ambientales para describir dinámicas de sistemas biológicos en el que dos especies interactúan, una como presa y otra como depredador. El resultado fue el mismo. Los vampiros no existen y el hecho de que sigamos vivos es la prueba.

Todos muertos en tres años (siendo optimistas)
En 2007, otros dos matemáticos llamados Costas Efthimiou y Sohang Gandhi publicaron: “Cine de ficción contra física real: fantasmas, vampiros y zombies”. En ese estudio, los autores trataban de establecer un modelo ecológico en el que los vampiros pudieran coexistir con humanos escondiéndose de ellos. Los cálculos eran claros. Incluso asumiendo que los vampiros son seres frugales que se alimentan una vez al mes, la humanidad desaparecería en un máximo de tres años.
El estudio fue duramente criticado por el catedrático de Oxford Dino Sejdinović, que respondió con el informe: “Matemáticas del conflicto humano-vampiro”. En este documento explicaba que Efthimiou y Gandhi consideraban a los vampiros como monstruos sedientos de sangre y no como criaturas capaces de gestionar de manera inteligente los recursos.
El estudio definitivo es obra de Wadim Strielkowski, Evgeny Lisin, y Emily Welkins, y se titula: “Modelos matemáticos de interacción entre especies: coexistencia pacífica entre vampiros y humanos basada en las referencias de la literatura y el cine”. El estudio tiene en cuenta diferentes tipos de vampiros. Si nos basamos en los monstruos clásicos como los que aparecen en Drácula o El Misterio de Salem’s Lot, el 80% de la humanidad quedaría borrada del mapa en unos 165 días. El efecto es el mismo que el de una plaga mortal y terriblemente contagiosa.
Vampiros pacifistas
Un segundo escenario es el protagonizado por los estilizados y decadentes vampiros imaginados por Anne Rice en sus Crónicas vampíricas, que incluso son capaces de alimentarse de sangre de animales o de dejar vivos a los seres humanos de los que beben. El fin de la humanidad tardaría 50 años en llegar.

Finalmente, el estudio analiza la existencia de una sociedad de éfebos perfectos que brillan en la oscuridad para deleite del público femenino adolescente. Nos estamos refiriendo, cómo no, a la saga Twilight. Asumiendo que esas criaturas mortalmente aburridas puedan considerarse vampiros, y dando por bueno el concepto de sociedad imaginado por Stephenie Meyer en sus novelas, las cifras siguen siendo complejas.
Harían falta alrededor de cinco millones de mozos lánguidos y esculturales, y 6.160 millones de humanos para lograr un equilibrio poblacional estable. Cualquier variación a la baja en la población de humanos, o a la alta en la de mancebos biofosforescentes, desencadenaría una crisis que terminaría en la destrucción completa de uno de los dos grupos. Preferiblemente el segundo.

Resumen
Existe una enfermedad llamada Porfirias de la que proviene la leyenda de los vampiros, la persona afectada presenta síntomas como intolerancia a la luz solar y al ajo, palidez, ansiedad por sangre y locura. Pero lo vampiros como tal no existen!
