Pedro López, el mayor asesino de la historia

Llamado El Monstruo de los Andes, violó y mató a más de 300 nenas de entre 8 y 12 años -la mayoría aborígenes- en Colombia, Perú y Ecuador. En 1998 fue liberado tras un escandaloso fallo y el pago de 50 dólares de fianza. Desde entonces, nada más se supo de él.

Pedro fue el séptimo hijo de una mujer que, supuestamente, ejercía la prostitución. Se crió en la calle y, a los 9 años, fue echado de su hogar por su madre. Desde ese momento deambuló por distintas ciudades. Fue violado en varias oportunidades, por lo que se convirtió en un nene temeroso.
Ya viviendo en Bogotá, la capital de Colombia, cuenta la historia que de día se escondía y de noche salía a revolver los tachos de basura en búsqueda de comida. La calle, desde entonces, fue su definitivo hogar. Se convirtió en un ladrón de autos, uno de los más habilidosos de entonces, según los reportes policiales. Pero la suerte se la terminó en 1969 cuando, con 18 años, cayó preso y fue condenado a 7 años de cárcel.

Ya viviendo en Bogotá, la capital de Colombia, cuenta la historia que de día se escondía y de noche salía a revolver los tachos de basura en búsqueda de comida. La calle, desde entonces, fue su definitivo hogar. Se convirtió en un ladrón de autos, uno de los más habilidosos de entonces, según los reportes policiales. Pero la suerte se la terminó en 1969 cuando, con 18 años, cayó preso y fue condenado a 7 años de cárcel.

En el penal de Bogotá fue abusado sexualmente por otros tres presos hasta que, al conseguir un cuchillo, degolló uno a uno a sus agresores. Por estos crímenes, sólo le dieron 2 años más de cárcel, debido a que fue considerado en defensa propia. Fue la primera vez que mató, y ya no se detendría jamás.

Pedro Alonso López salió de la cárcel en 1978 convertido en un asesino serial y estaba dispuesto a ser el más prolífero de todos. Casi como un vagabundo cruzó la frontera peruana y allí comenzó a matar nenas de entre 8 y 12 años. La mayoría eran niñas de tribus aborígenes, cuyos padres ni siquiera eran escuchados por las autoridades. En ese país, jamás se abrió una causa por esos homicidios.

María Póveda era el nombre de una humilde mujer que comenzó a gritar en el estacionamiento de un supermercado, en la ciudad de Ambato, en Ecuador. Pedía ayuda porque un hombre se había llevado a su hija de 12 años. Fue tan rápida la búsqueda que rescataron a la menor en la calle y el secuestrador fue detenido. Era Pedro Alonso López.

Pedro Alonso López fue condenado a perpetua pero tras haber confesado que en Ecuador había matado 110, en Colombia otras 100 y en Perú "muchas más de cien, que ni lo recuerdo", lo declararon demente peligroso y ordenaron que quedara alojado de por vida en un hospital psiquiátrico. Aunque, en 1998, un nuevo fallo lo dictaminó sano y ordenó su libertad a cambio de una fianza de 50 dólares y la promesa de presentarse todos los meses en el juzgado y someterse a un tratamiento psicológico. Desde ese momento, nunca más se supo de él.
