InicioOfftopicRubén Orlando en la Villa 31

Rubén Orlando en la Villa 31

Offtopic6/3/2011
Rubén Orlando en la Villa 31



El estilista famoso en los ’90, que le hizo los claritos a Maradona y Caniggia, en su nuevo salón de belleza villero.

“¿Las querés redonditas o cuadraditas?”, consulta la sonrisa de una de las empleadas de la peluquería, mientras ella misma sostiene la mano derecha del jefe, el estilista Rubén Orlando . Hundido en uno de los sillones de su local a metros de Acoyte y Rivadavia —las marquesinas que dan a la calle rezan que allí hay una Beauty & Hairstyle Academy—, el dueño de todo eso aprovecha para hacerse las manos mientras espera el llamado telefónico de una radio: le van a hacer una nota por su nuevo salón de belleza —tal como este: así de blanco, de recubierto con espejos, de generoso con los cafés de cortesía para los clientes, de mesas ratonas bien petisas que sostienen revistas de moda fuera de temporada— en la Villa 31. “¿Las uñas? Hacémelas cortitas”, responde Rubén, con un diminutivo que no estaba en los planes de la manicure. “Hago esta notita y vamos para la 31, ¿dale?”, comenta y ofrece otro de los cafés de la máquina.
Mientras le dan forma y sentido a sus uñas, Orlando cuenta que no conforme con montar su nuevo local y academia en la villa que queda a metros de la terminal de Retiro, ahora tiene ganas de irse a vivir allí: “Es más cómodo y estás cerca de todo”, explica el peluquero que en los noventa tenía una casa en el country Highland y sostenía un negocio de 32 locales y 680 empleados. Durante esa época y hasta el ’99, vivió como miembro activo del glam noventoso, un poco yendo detrás de la brillantina y el personaje que sale por televisión. Pero cuando su empresa quebró —según Rubén, “por razones políticas, porque el gobierno de Menem decidió ir tras los número uno de cada rubro”, y le tocó a él—, esa postal de pompa y flashes y cenas en casa con los tipos del momento, se tornó un tanto difusa. “Cuando estás muy alto, no ves lo que pasa abajo”, define Orlando , que hoy se muestra sencillo y alejado del perfil mediático.
Cuando dice “muy alto”, se refiere a centro de atención de eventos sociales, la cara de publicidades de marcas importantes, “cortarle el pelo a Alain Delon y Liza Minnelli, tener un Mercedes Benz y otros autos de lujo, casa frente al mar en Punta del Este, viajar por todo el mundo con Carlos Monzón”. Y agrega: “Yo era íntimo de Carlitos, era mi mejor amigo, lo acompañaba a todos lados. Lo escuchaba mucho, siempre me daba buenos consejos”.
A modo de exilio, en el ’99 se fue a vivir a Brasil, donde su mujer de entonces tenía familia. Entre la lona del ’97 y el avión que lo dejó en tierra carioca, cobrevivió cortando el pelo en peluquerías de amigos o en los locales donde aun subsitía la franquicia que lleva su nombre. Salió del país por razones económicas y también porque un día, a su pareja le cruzaron el auto en el que andaba y desde una camioneta le estamparon un par de balazos en el parabrisas, y eso les dio miedo. Más miedo a ella que a él, digamos. Pero igual, el peluquero la siguió: poco le quedaba por hacer en la Argentina, amenazado —dice— y con su negocio caído. Vivieron primero en San Pablo y después en un lugar llamado Brasilandia; y ya separado de su mujer terminó sus días brasileños en Buzios, poniendo un bar con un amigo. Dice que le fue bien. En los dos primeros destinos, vivió en favelas, y como no podía montar su propia peluquería allí —se necesita una licencia que él no tenía— vendía manzanas acarameladas, las “manzanas del amor”, y las cambiaba por aluminio, que le hacían más rentable el negocio. Era levantarse cada madrugada a eso de las tres, para preparar el caramelo y envolver las manzanas en el almíbar hirviente. “Entonces capaz que al mediodía yo estaba dando vueltas haciendo el mango por la favela y me llamaba al celular Chiche Gelblung para salir en su programa de radio, todo muy loco”, recuerda.
Lo vivido en ese tiempo fue lo que lo llevó a emprender esta aventura —”que al principio cuesta explicar”, reconoce el peluquero— con fines sociales y, desde luego, expectativas económicas. Una cuestión hace a la otra: de lo recaudado, descontando los gastos, un 30% queda en manos de la ONG Asociación Civil y Deportiva Por el futuro de los chicos, organización erigida en la villa 31. Es decir que un tercio de lo que se obtenga en limpio, queda en la villa, además de asegurarle un empleo a los vecinos que tomen las clases en la academia, ya que una vez egresados y con su título en mano, pasarán a formar parte del cuerpo de peluqueros de Rubén Orlando o bien de algún amigo de suyo con una cadena de salones de belleza.
Si volvió a Buenos Aires, en buena medida fue porque lo convenció Alicia, su prima y socia. A seis meses del regreso, hoy vive con ella en un departamento de Flores, “de forma provisoria”, aclara Orlando y remata: “Quería ver si me acostumbraba”. Antes de retomar la actividad en Argentina, Rubén volvió unas pocas veces al país. “La última antes de instalarme fue hace como tres años. Esa vez traje el brushing progresivo, me hicieron quilombo y me fui. Hoy lo usan todos. Me tiraron la bronca porque se hace con formol, pero la verdad es que se calentaron porque no lo sacó a la venta una multinacional”, explica mientras chequea un mensaje en el celular. A su lado, Alicia, que bien mirada se parece bastante a Diane Keaton, confiesa que cuando su primo le dijo que pondría una peluquería en la villa, a ella le pareció raro. “Lo de la academia es espectacular, pero cuando me comentó la idea del salón de belleza... igual, confío en él, así que vamos para adelante”.
Como Rubén se reconoce “dueño del éxito y del fracaso” —”Siempre me gustó ser dueño del éxito y del fracaso”, le gusta decir, dejando un momento de silencio antes de tirar la frase—, las decisiones importantes las toma él. “Cuando en las peluquerías pusimos al hombre a la par de la mujer, no sabés lo que nos costó... hasta que Maradona y Caniggia vinieron a hacerse los reflejos, ahí cambió todo”, refuerza y se va a atender el llamado de la radio. Después de 20 minutos y un café cortado que bebe de apuro, saluda a sus empleados y a su prima, y me dice que nos vamos para el local de la 31. En subte.
Por ser sábado y de mañana, hay bastante gente en la estación Acoyte. Una vez sentados, Orlando vuelve a mirar su celular. Le llegó un mensaje de texto. “Una mina, me escribe ‘te quiero’, je”, se ataja.
—Te fue bien con las minas, ¿no?
—Eh... no me quejo.
—Hablemos en serio. Te fue bien. Estuviste en pareja con Silvana Suárez y le soplaste la mujer —una modelo brasileña— al director de los comerciales que grabaste en el ‘84.
—En la vida nadie le sopla una mina a nadie, que quede claro. Se van porque se quieren ir. Además, ¡en todo caso después me la soplaron a mí! Acordate que bajamos en la estación Lima, que tenemos que combinar.
Cuando se separó, dejó en Río a su ex y a su hija más chica, Candelaria, que todavía vive en Brasil y tiene 16 años. Con sus otros tres hijos, asegura, tiene una relación bárbara. La mayor es Paola, tiene 35 y vive en Nueva York; es maquilladora. Le sigue Martín, de 33, que heredó el oficio —como lo heredó en su momento Rubén, pero de su madre— y se puso una peluquería en Belgrano. Y la otra es Florencia, 29 años, que tiene tres bistró —dos en Villa La Angostura y uno, en Bariloche— con Martín Zorreguieta, el hermano de la princesa de Holanda. “Máxima la adora a Flor, hasta quiere que se vaya a vivir allá”, cuenta Orlando , que a todo esto tiene tres nietos.
Última estación: Retiro, y el resto a pie. Caminamos entre los puestos que venden apliques para tomacorrientes y zoquetes truchos de marcas deportivas, pasamos los locales de comida al paso, el olor a fritanga sobre fritanga, cortamos camino por adentro de la estación, esquivamos gente con bolsos y carteles con nombres y desembocamos otra vez en la calle, desde donde ya se puede ver el folclore de la villa, sus casillas pintadas en terracota, verde, azul y amarillo. El potrero de cemento y un patrullero apostado en la entrada del barrio hace de límite entre la 31 y Retiro. Los colectivos de larga distancia conocen esa frontera, y desfilan por la entrada de la villa en un impensado tour: los viajantes que salen de Buenos Aires pueden ver —aunque más no sea, en la entrada— el movimiento del barrio.
Rubén hace un par de llamados para fijar un punto de encuentro con Peter —que trabaja con él y da parte de las clases en la academia— y con Héctor Chacho Mendoza, delegado de la villa y una de las cabezas de la ONG del lugar. Chacho es el tipo que hace de puente entre el mundo del estilismo chic y la 31. Antes de entrar, Peter había anticipado: “Vos tenés que ir a donde tenés que ir. Si sabés a dónde vas, no pasa nada, pero como en cualquier barrio, si te ponés a dar vueltas y a mirar cosas que no debés mirar, te van a fichar raro”.
—¿Y qué vendrían a ser esas “cosas que no debés mirar”?
—Por ejemplo, las mujeres de otros. Acá se matan por una mina.
El lugar de encuentro es un bar al que le dicen “el paraguayo”, en honor al vecino de país limítrofe que hace pocos meses vino a instalarse en la villa, con el deseo de montar ese bar que hoy sirve a Orlando como base de operaciones. Para llegar hasta allí, pasamos la frontera que delimitan los policías y caminamos por una calle en donde unos veinte camiones cargan y descargan cajones de botellas, en su mayoría, de cerveza. Comienza a llover: acertó el pronóstico, y la gente camina y esquiva los pozos, que son varios.
Con una seña, Rubén indica que llegamos a destino: una parrilla en la puerta corona un ambiente colorido, a tono con la simpatía de los matices en las casillas de la entrada. Las mesas de madera están pintadas de un turquesa rabioso, brillante, que se repite en algunas paredes combinadas con lila. Un grito de cumbia —algo así como “si tú me quieres mi amor”, dice— estalla desde un parlante al fondo del mostrador, en donde no hay nada más que una heladera de despensa vieja, revestida en madera. En el techo, dos paneles de luces de colores que sólo se encendarán cuando el día se ponga oscuro y la gente se ponga en pedo. Acá, en este mismo salón de cabotaje, se arma el agite oficial de la 31, el levante del Retiro postergado se pergeña en este espacioso ambiente con diseño kitsch, en donde cada mesa está indicada con un número pintado a mano. En un extremo, un televisor veintitantas pulgadas avisa —placa roja de por medio— que “llueve en Capital”.
“¿El vacío está tiernito?”, le pregunta el peluquero a la mesera, que es la mujer del dueño. Le dicen que sí: entonces que sean dos porciones. Compartimos el salón con otra mesa de tres personas a la que le traen una birra envuelta en un contenedor de telgopor, y otra mesa en donde un pibe de gorrita y remera de la selección argentina devora con la mano un pata muslo mientras se chupa los dedos. Al rato, llegan dos platos con dos cortes de vacío y una porción enorme de ensalada rusa. Orlando cata: algo anda mal. “¿La rusa es de hoy? Es que está muy fuerte la mayonesa, ¿viste?”, se queja, mientras le aseguran que sí sí sí, está recién hecha, es del día. Por los dos platos de una rusa —sencilla pero que se deja comer— y uno de los más tiernos y sabrosos vacíos que haya comido en la historia, sumado al litro y medio de gaseosa que compartimos, pagamos 58 pesos.
En la sobremesa, llega Chacho con su hijo. Saludan al pibe que hasta hace instantes se lamía los dedos. Chacho no come nada porque su mujer lo espera con el almuerzo. Él, autoridad del barrio y representante de los vecinos, es uno de los encargados de impulsar las mejoras en la 31. Y es un referente de la asociación Por el futuro de los chicos. “Por lo que Macri hace en el barrio, hoy somos macristas”, se sincera Chacho cuando se le pregunta por la inauguración de la academia de belleza, evento en el que estuvo el jefe de Gobierno.
Hasta ahí, Rubén acompaña a Chacho, porque el estilista se considera “Chachista” y nada más. “Cuando vino Macri, yo estaba por mi lado. Lo mío no es político, yo no soy de ningún partido, no voy a vincularme con nadie”, marca distancia. Si bien las autoridades porteñas festejaron allí el Día Internacional de la Mujer y asistieron a la inauguración, se sacaron la foto en la villa con el jefe de Gobierno sosteniendo una peluca y hasta dejaron en la academia un póster con sus firmas estampadas, no realizaron ningún aporte de dinero. En cambio, en la academia sí recibieron ayuda de Marcelo Ercolano —dueño de la cadena Las Margaritas—, que donó muebles y equipos, y de Diego, un tipo de San Justo que puso 10.000 pesos en gráfica. Mientras Chacho vuelve a su casa, Rubén me guía hasta el local. Para cortar trayecto, caminamos por las calles internas de la villa: los pasajes son cada vez más estrechos e irregulares. “Nunca hago este camino, je”, comenta.
El salón de belleza tendrá precios diferenciales: para los vecinos, un corte de pelo costará entre 40 y 50 pesos; para los de afuera, 150, lo mismo que se cobra en el local de Caballito.
—¿Saben si la gente pagará 50 pesos por el corte?
—Hay chicas que esperaron desde el primer día para venir a cortarse.
Seis cuadras más tarde, llegamos a una intersección justo debajo de la autopista. Una de las columnas que sostiene la autovía hace de pared de una casilla. Las chapas de esa construcción tapan la frase allí escrita en sentido vertical: “CRISTO VOLVERÁ”, de modo que solo se lee “CRISTO VOLVE”. A un lado de la casilla y justo frente al galpón-centro cultural que ya funciona como Beauty & Hairstyle Academy, hay un basural poblado por cuatro contenedores que rebalsan de desechos. “Cuando hay viento el olor es insoportable”, dice una vecina.
Frente al galpón en el que Peter espera, está la peluquería: estrecha, unos tres metros por trece de fondo. “Todavía faltan hacer retoques”, aclaran. Pero en la villa, la ilusión de la peluquería glam propia ya es un hecho. Ahora resta preguntarse si las comodidades con las que cuenta el salón de belleza serán suficientes para seducir a Jorge Rial, el Coco Basile, Luis Ventura, Daniel Passarella, Graciela Borges y Belén Francese —parte de los famosos que pasaron en el último tiempo por las tijeras de Orlando — para que se hagan la toca o los reflejos en la nueva sucursal de la Villa 31.
El dueño del negocio pretende importar parte de un modelo que funciona en la Rocinha, una de las favelas más grandes de Brasil. La idea contempla la zona como centro de atracción turístico, en que los visitantes puedan entrar a la villa y observar costumbres y forma de vida de los vecinos de la 31. Esa sería otra de las razones por la cual Orlando no duda que le irá bien, y porque “a la gente le gusta lo místico, le intriga”, sostiene, mientras Peter confirma: “El otro día vinieron dos chicos holandeses”. En el basural, envuelto en una bolsa de consorcio negra, un pibito fisurado de paco rompe nylon y hurga entre la porquería en frenética busca de vaya uno a saber qué. Sostiene un encendedor verde, tiene los ojos enormes y se le caen los mocos. Desde atrás, dos tipos hacen señas de que está loco.
—¿Hasta qué punto la explotación turística de la villa no funciona como un zoológico? ¿A la gente del barrio le gusta que vengan a mirarla?
—Y... no te podés parar a mirar todo. Por eso no les entusiasma tampoco que vengan acá los políticos, que ven cómo vive la gente y después no hacen nada. Ha venido cada uno para prometer cada cosa...
Llueve con violencia y se forman charcos en el piso del galpón. Dos pibes corren de lado a lado con secadores, escurren el agua y la tiran a los costados. Afuera la gente se disipa, busca lugar entre los puestos de comida que dan a la calle. Vecinos sacuden las lonas abombadas de lluvia. Ya salieron en caravana los primeros precavidos con paraguas, enfilan para la entrada de la villa, pasan a un lado de los contenedores. Todo tranquilo, normal, cotidiano. El pibe del paco levanta la vista por primera vez ·

Fuente:
Datos archivados del Taringa! original
1puntos
1,909visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
2visitas
0comentarios
Dar puntos:

Dejá tu comentario

0/2000

Autor del Post

A
Usuario
Puntos0
Posts75
Ver perfil →
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.