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George RR Martin Danza de Dragones cap 46

Info•9/13/2011
UN FANTASMA EN INVERNALIA El muerto fue encontrado al pie de la muralla interior, con el cuello roto y sólo la pierna izquierda asomando por encima de la nieve que lo había enterrado durante la noche. Si las perras de Ramsay no lo hubieran desenterrado, podría haberse quedado enterrado hasta la primavera. En el momento que Ben Bones las alejó, Grey Jeyne había comido tanto de la cara del muerto que la mitad del día se había ido antes de saber a ciencia cierta quién habría sido: un armero de cuatro-y-cuarenta años que habían marchado al norte con Roger Ryswell. –Un borracho– declaró Ryswell. –Orinaba desde la muralla, apuesto. Se resbaló y cayó– Nadie estuvo en desacuerdo. Sin embargo, Theon Greyjoy se preguntó por qué alguien quiere escalar a las murallas por los resbaladizos escalones en el oscuridad de la noche solo para orinar. Por mañana mientras la guarnición desayunaba con el duro pan frito en grasa de tocino (los señores y caballeros se comieron el tocino), la charla en los bancos verso en torno al cadáver. –Stannis tiene amigos en el interior del castillo– Theon escuchó murmurar a un sargento. Era un antiguo hombre de Tallhart, tres árboles cosidos en su mellada cota. La guardia acababa de cambiar. Los hombres venían del frío, zapateando los pies para sacudir la nieve de las botas y pantalones mientras la comida del mediodía se servía -morcilla, puerro y pan negro todavía caliente de los hornos. –¿Stannis?– se burló uno de los jinetes de Roose Ryswell. –A Stannis le está nevado a morir por ahora. Además vuelve corriendo al Muro con el rabo congelado entre las patas– –Podrían estar acampados a cinco pies de distancia de nuestras murallas con cientos de miles de hombres– dijo un arquero vistiendo los colores Cerwyn. –Nunca podríamos verlos a través de esta tormenta. Interminable, incesante, despiadada, la nieve había caído día y noche. Los montones trepaban las murallas y llenaban las almenas a lo largo de las murallas, mantos blancos cubrían cada techo, tiendas de campaña se hundían bajo el peso. Para ayudar a los hombres a no perderse al cruzar los patios, de salón a salón, fueron tendidas cuerdas. En las torres de guardia, los centinelas se hacinaban para calentarse las manos semi-congeladas sobre los braseros incandescentes, dejando las rondas del muro a los centinelas de nieve que los escuderos habían levantado, haciéndose más grandes y extraños todas las noches conforme el viento y el tiempo obraban sobre ellos. Irregulares barbas de hielo les crecían en las lanzas cruzadas en sus puños de nieve. Al menos a un hombre de Hosteen Frey, que al que habían oído refunfuñar que no temía un poco de nieve, perdió una oreja por congelación. Fueron los caballos de los patios los que más sufrieron. Si no se cambian con frecuencia las mantas puestas para mantenerlos calientes se empapaban y congelaban. Los fuegos hicieron más daño que bien cuando se encendieron para mantener a raya al frío. Los caballos de guerra temerosos de las llamas, lucharon por escapar, hiriéndose a sí mismos y a los demás caballos amarrados en sus líneas. Sólo los caballos en los establos estaban a salvo y calientes, pero atestadas ya estaban las caballerizas. –Los dioses se han vuelto contra nosotros– se le oyó decir en el Gran Salón al viejo Lord Locke. –Esta es su ira. Un viento tan frío como el mismo infierno y la nieve que nunca terminan. Estamos malditos– –Stannis está maldito– insistió un hombre de Dreadfort. –Es quien esta afuera en la tormenta. –Lord Stannis podría estar más cáliente de lo que sabemos– argumentó un tonto librejinete. –Su hechicera puede convocar el fuego. Podría estar su dios rojo fundiendo estas nieves. «Que imprudente», comprendió Theon de inmediato. El hombre habló muy fuerte, y al alcance de los oidos de Yellow Dick y Sour Alyn y Ben Bones. Cuando la historia llegó a lord Ramsay, envió a los Chicos del Bastardo para apresar al hombre y arrastrarlo a la nieve. –Como pareces tan aficionado a Stannis, te enviaremos a él– dijo. Damon Dance-For-Me dio al librejinete unos cuantos azotes con el largo látigo engrasado. Luego, mientras que Skinner y Yellow Dick hacian apuestas sobre lo rápido que su sangre se congelaba, Ramsay arrastró al hombre hasta la Puerta Almenada . Las enormes puertas principales de Invernalia estaban cerradas y atrancadas, tan obstruidas con el hielo y la nieve que tendría que ser convertidas en astillas antes de que el rastrillo pudiera ser levantado. Lo mismo podría decirse de la Puerta del Cazador, aunque había menos hielo y no era un problema, ya que la puerta había visto uso reciente. La Puerta del Camino Real no había tenido uso, y el hielo había congelado las cadenas del puente levadizo como dura piedra. Lo cual solo dejó a la Puerta Almenada, un pequeño postigo con arco en la muralla interior. De hecho, sólo la mitad de una entrada, pues había un puente levadizo que cruzaba el foso helado, que ofrecía acceso a las defensas exteriores pero no al resto del mundo, con la correspondiente puerta a través de la muralla exterior, Todavía protestando, el sangrante jinete librefue llevado a través del puente y escaleras arriba. Luego Skinner y Sour Alyn lo sujetaron de brazos y piernas y lo lanzaron desde la muralla hasta el suelo, ochenta metros más abajo. Los montones había subido tanto, que se tragaron al hombre ... pero los arqueros en las almenas afirmaron vislumbrarlo tiempo después, arrastrándose con una pierna rota por la nieve. Uno emplumó su trasero con una flecha mientras se retorcía a la distancia. –Va a estar muerto dentro de una hora– prometió Lord Ramsay. –O va a estar chupándole la polla a Lord Stannis antes que se ponga el sol– lanzó Mataputas Umber. –Debe ser cuidadoso para no romperla– se rió Rickard Ryswell. –A cualquier hombre afuera de aquí, la polla se le congela –Lord Stannis esta perdido en la tormenta– dijo Lady Dustin. –Está a leguas de distancia, muerto o moribundo. Dejen que el invierno empeore. Un par de días más y las nieves lo enterraran a él y a su ejército juntos. «Y a nosotros también», pensó Theon, maravillado de su disparate. Lady Barbrey era del norte y debería saberlo mejor. Los viejos dioses podría estar escuchando. La cena fue sopa de chicharros y pan del día anterior, que causó murmullos entre los hombres comunes, por encima de la sal, a los señores y caballeros les vieron a comer jamón. Theon se inclinó sobre su cuenco de madera terminando lo último de su propia porción de sopa, cuando un ligero toque en el hombro le hizo soltar la cuchara. –Nunca me toques– dijo, retorciendose hacia abajo para tomar el utensilio caído al suelo antes de que una de las chicas de Ramsay pudiera apoderarse de él. –Nunca me toques. Se sentó a su lado, muy cerca, era otra de las lavanderas de Abel. Era joven, tal vez quince o dieciséis años, con el pelo rubio hirsuto que reclamaban un buen lavado y un par de labios carnosos necesitados de un buen beso. –A algunas chicas les gusta tocar– dijo, con una media sonrisa. –Si os place, mi señor, yo soy Holly. «Holly, la furcia», pensó, pero era bastante bonita. Alguna vez, él se habría reído y y la habría puesto en su regazo, pero eso ya pasó. –¿Qué quieres? –Mirar esas criptas. ¿Dónde están, mi señor? ¿Me las puede mostrar?– Holly jugó con un mechón de su pelo, enrollándolo alrededor de su dedo meñique. –En lo profundo y oscuro, dicen. Un buen lugar para tocarse. Con todos los difuntos reyes observando. –¿Abel te envió conmigo? –Podría ser. Puede ser que me envié sola. Pero si quieres a Abel, lo podría traer. Él cantaría a mi señor una dulce balada. Cada palabra que decía convencía a Theon que todo esto era un truco. «Pero ¿de quién y con qué fin?» ¿Qué podría querer de él, Abel? El hombre era un trovador, un alcahuete con un laúd y una sonrisa falsa. «Quiere saber cómo tomé el castillo, pero no para hacer una balada». La respuesta le llegó. «Quiere saber cómo hemos llegado para poder salir». Lord Bolton tenía Invernalia cosida firmemente como los pañales de un bebé. Nadie podía ir y venir sin su permiso. «Quiere huir, él y su lavandera». Theon no podía culparlo, pero aún así, dijo, –Quiero alejarme de Abel, o de tí, o de cualquiera de tus hermanas. Déjame en paz. Afuera la nieve se arremolinaba, bailaba. Theon llego a tientas a la muralla, luego la siguió hasta la Puerta Almenada. Él podría haber tomado a los guardias por un par de muñecos de nieve del Pequeño Walder, si no hubiera visto las plumas blancas de su aliento. –Quiero caminar por las Murallas– les dijo, su propio aliento se helaba en el aire. –Hiela la sangre ahí arriba– advirtió uno. –Hiela la sangre aquí– dijo el otro, –pero haz lo que quieras, cambiacapas.– hizo un ademán a Theon a través de la puerta. Los escalones estaban llenos de nieve y resbaladizos, traicioneros en la oscuridad. Una vez que llegó al adarve, no le llevó mucho tiempo encontrar el lugar donde habían arrojado al librejinete. Golpeo la nieve recién caída en la muralla despejando la tronera y asomo la cabeza entre los merlones. «Puedo saltar», pensó. «él sobrevivió, ¿por qué yo no?» Podía saltar, y ... «¿Y luego qué? Romperse una pierna y morir bajo la nieve? Arrastrase afuera a morir de frío?» Era una locura. Ramsay le cazaría, con las chicas. Red Jeyne y Jez y Helicent le harían pedazos si los dioses eran buenos. O peor aún, podría ser llevado de vuelta con vida. –Tengo que recordar mi nombre – susurró. A la mañana siguiente el canoso escudero de Ser Aenys Frey fue encontrado desnudo y muerto por exposición en el antiguo castillo lichyard, su cara estaba tan cubierta por la escarcha que parecía llevar una máscara. Ser Aenys supuso que el hombre había bebido demasiado y perdido en la tormenta, aunque nadie podía explicar por qué se había quitado la ropa para salir a la calle. «Otro borracho», pensó Theon. El vino podía ahogar una montón de sospechas. Entonces, antes del termino del dia , un ballestero jurado a los Flints apareció en los establos con una fractura de cráneo. «Coz de un caballo», declaró Lord Ramsay. «Un garrote, más bien», decidió Theon. Todo parecía tan familiar, como un espectáculo de mimo que había visto antes. Sólo que los mimos había cambiado. Roose Bolton estaba haciendo el papel que Theon había actuado la última vez, y los muertos estaban actuando las partes de Aggar, rednose Gynir y Gelmarr The Grim. «Hediondo también estaba allí», que recordara, «pero era un Hediondo diferente, un Hediondo con las manos ensangrentadas y mentiras escurriendo de su boca, dulces como la miel. Hediondo, Hediondo, que rima con sigiloso». Las muertes ocasionaron peleas entre los señores de Roose Bolton en el Gran Salón. A algunos se les estaban acabando la paciencia. –¿Hasta cuándo nos sentaremos aquí, esperando a este rey que nunca llega?– Exigió Ser Hosteen Frey. –Debemos llevar la lucha a Stannis y poner fin a él. –¿Dejar el castillo?– graznó el manco Stout Harwood. Su tono de voz sugería que pronto tendría el otro brazo cortado. –¿Quieres que embistamos a ciegas en la nieve? –Para luchar contra Lord Stannis lo primero sería encontrarlo– señaló Roose Ryswell al cabo. –Nuestros exploradores salen por la Puerta del Cazador, sin embargo, ninguno de ellos ha regresado últimamente. Lord Wyman Manderly dio una palmada en el vientre enorme. –Puerto Blanco no tiene miedo de cabalgar con usted, Ser Hosteen. Lideranos y mis caballeros correrán detrás de vos. Ser Hosteen se volvió hacia el gordo. –Si, lo suficientemente cerca para dirigir un lanza a mi espalda. ¿donde están mis parientes, Manderly? Decidme. Tu invitados, quienes te llevaron a tu hijo. –Su huesos, dirás– Manderly pincho con su daga un pedazo de jamón. –Me acuerdo de ellos. Rhaegar de los redondos hombros, con su locuaz lengua. El atrevido Ser Jared, presto a sacar su acero. Symond el jefe de espías, siempre tintineando las monedas. Ellos trajeron los huesos de Wendel. Fue Tywin Lannister quien me regreso a Wylis, sano y salvo, como lo prometió. Un hombre de palabra, Lord Tywin. Los Siete salven su alma.– Lord Wyman se metió la carne a la boca, masticó ruidosamente, se lamió los labios y dijo, –El camino tiene muchos peligros, Ser. Di a tus hermanos, mis invitados, regalos cuando nos despedimos de Puerto Blanco. Nos juramos que nos reuniríamos en la boda. Muchos y más dan testimonio de nuestra partida. –¿Muchos y más?– se burló Aenys Frey. –¿O tú y los tuyos? –¿Qué estas insinuando, Frey? El señor de Puerto Blanco se limpió la boca con la manga– No me gusta su tono, ser. Ni un poquito –Sal al patio, saco de sebo. Te voy llenar de poquitos todo lo que pueda tu estomago– dijo Ser Hosteen. Wyman Manderly soltó la carcajada, pero media docena de sus caballeros se pusieron de pie a la vez. Les correspondío a Roger Ryswell y a Barbrey Dustin calmar los animos con palabras tranquilizantes. Roose Bolton no dijo nada. Pero Theon Greyjoy vio en sus pálidos ojos lo que nunca habia estado ahí: un malestar, incluso una pizca de temor. Esa noche el nuevo establo se desplomó bajo el peso de la nieve que lo había cubierto. Veintiséis caballos y dos mozos murieron, aplastados por la caída del techo o sofocados bajo las nieves. Se tomó la mayor parte de la mañana para desenterrar los cuerpos. Lord Bolton apareció brevemente en el pabellón exterior para inspeccionar el lugar, ordenó que los caballos restantes fueran llevados adentro, junto con las monturas todavía amarradas en el pabellón exterior. Y en cuanto los hombres terminaron de desenterrar a los muertos y de la matanza de los caballos otro cadáver fue encontrado. Este no podía achacarse como los otros a un resbalón de borracho o un patada de caballo. El muerto era de los favoritos de Ramsay, el achaparrado, escrofuloso, poco agraciado armero llamado Yellow Dick. Si su pito había sido amarillo era difícil de saber, se lo habían cortado y metido con tanta fuerza en la boca que le rompieron tres dientes. Cuando los cocineros lo encontraron afuera de la cocina, enterrado hasta el cuello en nieve, tanto la polla con el cuerpo estaba de un frío azul. –Quemad el cuerpo– ordeno Roose Bolton, –Y veré que no habláis de esto. No quiero que este cuento se difunda. No obstante, el cuento se difundió. Al mediodía, la mitad de Invernalia lo había escuchado. La mayoría de labios de Ramsay Bolton, de quien Yellow Dick había sido uno de los “Chicos”. –Cuando encontremos a quien hizo esto– prometió Lord Ramsay. –Lo voy a despellejar, freír su piel como chicharrón, y hacer que se la coma, cada pedazo– Corrió la voz que el nombre del asesino valdría un dragón de oro. El hedor del Gran Salón era palpable al anochecer. Con cientos de caballos, perros y hombres apretados bajo un solo techo, los suelos fangosos por el barro y la nieve derretida, el estiércol, los mojones de perro, e incluso heces humanas, el aire impregnado con los olores de perro mojado, lana mojada y sudorosas mantas de caballos, no había el consuelo que se encuentra en lo bancos llenos de gente, pero había comida. Los cocineros sirvieron grandes lonchas de carne fresca de caballo, asada por fuera y jugosa por dentro, con nabos y cebollas asadas,... y por una vez, los soldados comunes comieron tan bien como los señores y caballeros. La carne de caballo fue un suplicio para los dañados dientes de Theon. Sus intentos por masticar le ocasionaron un dolor insoportable. Por lo cual, machaco juntos las cebollas y los nabos, con la hoja de su navaja, haciendo un puré, después cortó el caballo en pequeños pedazos, lamió cada pieza y la escupió. Al menos de esa forma tuvo el sabor y algo de nutrientes de la grasa y la sangre. El hueso era demasiado para el, por lo cual, lo arrojo a las perras y vio como Grey Jeyne se despachó, mientras Sara y Willow le mordían los talones. Lord Bolton ordenó a Abel tocar para ellos mientras comían. El bardo cantó “Lanzas de Hierro” seguido de “ El Loco Invierno”. Cuando Barbrey Dustin solicitó algo más alegre, les tocó “la Reina se quito su sandalia, el Rey se quito la Corona.” y “el Oso y la Bella Doncella.” Los Freys se unieron al canto e incluso algunos norteños golpearon sus palmas sobre la mesa para el coro gritando “un Oso! Un oso!” pero el ruido asusto a los caballos, lo que los cantantes se silenciaron y la música murió. Los Chicos del Bastardo, se reunieron bajo un alero de la pared donde una antorcha humeaba. Luton y Skinner jugaba a los dados. Grunt tenia una mujer en su rezago y un pecho en la mano. Damon Dance-For-Me sentado engrasaba su látigo. –Hediondo– llamó. Se toco la pantorrilla con el látigo, como alguien quien llama a su perro. –Estas empenzado a apestar de nuevo. Hediondo. Theon no tenia respuesta para eso mas que un suave –Si –Lord Ramsay quiere cortar tus labios cuando todo esto termine– dijo Damon. frotando sus látigo con un trapo grasoso. «Mis labios estan entre las piernas de su señora. Esa insolencia no puede quedar sin castigar». –como usted diga Luton solto la carcajada. –Creo que lo quiere. –Vete, Hediondo– dijo Skinner. –Tu olor me revuelve el estomago– los otros rieron. Huyó rápidamente, antes que cambiaran de opinión. Sus verdugos no le seguirían al exterior. No, siempre y cuando hubiera comida y bebida adentro, Mujeres dispuestas y cálidos fuegos. Al salir de la sala, Abel estaba cantando”Las criadas que florecen en primavera”. Afuera estaba nevando tan fuerte que Theon no podía ver más allá de tres pies enfrente. Se encontraba sólo en un desierto blanco. Las paredes de nieve se cernían a los lados por encima de su pecho. Cuando levantó la cabeza, los copos de nieve le rozaron la mejillas como suaves y fríos besos. Podía oír el sonido de la música de la sala detrás de él. Un canción suave ahora, y triste. Por un momento se sintió casi en paz. Más adelante, se encontró con un hombre avanzando en dirección contraria, una capa con capucha aleteaba detrás de él. Cuando se encontraron cara a cara, sus ojos se cruzaron brevemente. El Hombre puso una mano en su daga. –Theon cambiacapas. Theon mataparientes. –No lo soy. Nunca … era un hijo del hierro –Falso es todo lo que eras, ¿Cómo es que todavía respiras? –Los dioses no saben qué hacer conmigo– contestó Theon, preguntándose si éste podría ser el asesino. El camimante nocturno que había metido la polla de Yellow Dick en su boca y empujó al mozo de Roger Ryswell de los almenas. Curiosamente no tenia miedo. Se sacó el guante de su mano izquierda. –Lord Ramsay no sabe que hacer conmigo. El hombre lo miro y se rió, –Entonces os dejo con él. Theon caminó a través de la tormenta hasta que sus brazos y piernas estuvieron cubiertos de nieve y las manos y los pies se había entumecido por el frío, entonces subió a las almenas de la muralla interior de nuevo. Allí, a un centenar de metros de altura, un poco de viento soplaba, removiendo la nieve. Todas las troneras se había llenado. Theon tuvo que atravesar una pared de nieve para hacer un agujero ... sólo para descubrir que no podía ver más allá del foso. De la pared exterior, no quedaba nada más que una vaga sombra y unas pocas luces tenues que flotan en la oscuridad. «El mundo se ha ido». Desembarco del Rey, Riverrun, Pyke, y las Islas del Hierro, todos los Siete Reinos, cada lugar que había conocido, todos los lugares que alguna vez había leído o soñado, todo desapareció. Sólo se mantuvo Invernalia. Estaba atrapado aquí, con los fantasmas. Los viejos fantasmas de las criptas y los más jóvenes que él mismo habia hecho, Mikken y Farlen, Gynir Rednose, Gelmarr el grim, la esposa del molinero de Acorn Agua y sus dos hijos pequeños, y todos los demás. «Mi obra. Mis fantasmas. Todos ellos están aquí,y están enojados». Pensó en las criptas y las espadas que faltan. Theon regresó a sus aposentos propios. Estaba quitándose la ropa mojada cuando Steelshanks Walton lo encontró. –Ven conmigo, cambiacapas. Su señoría quiere charlar contigo. No tenía ropa limpia y seca, por lo que exprimió los mismos trapos húmedos y lo siguió. Steelshanks lo llevó de regreso a la Torre del Homenaje y al solar que antes habían sido de Eddard Stark. Lord Bolton no estaba sólo. Lady Dustin sentada con él, de cara pálida y severa; un broche de hierro con Cabeza de Caballo entrelazaba la capa de Roger Ryswell; Aenys Frey estaba cerca del fuego, las sonrojadas mejillas transidas de frío. –Me han dicho que has estado vagando por el castillo– comenzó Lord Bolton. –Han informado que te vieron en los establos, en las cocinas, en los cuarteles, en las almenas. Que te han observado cerca de las ruinas de la torre derrumbada, en las afueras del antiguo septón de Lady Catelyn, yendo y viniendo del bosque de los dioses. ¿Lo Niegas? –No, milor– Theon se aseguró de embarrar la palabras. Sabía que le complacia a Lord Bolton. –No puedo dormir, milor. Me paseo.– Mantuvo la cabeza baja fija en las podridos juncos esparcidos por el suelo. No era prudente mirar a su señoría a la cara. –Era un niño de aquí antes de la guerra. Un pupilo de Eddard Stark. –Eras un rehén– dijo Bolton. –Sí, milor, un rehèn– a pesar de ello, fue mi hogar. No un verdadero hogar, pero el mejor que he conocido. –Alguien ha matado a mis hombres. –Sí, milor. –Tú no, espero– La voz de Bolton se hizo aun mas suave. –No pagarías todas mis atenciones con tal traición. –No, milor, yo no. No lo haria. Yo..... solo paseaba, eso es todo. Lady Dustin Habló. –quítate los guantes. Theon echó un vistazo bruscamente. –Por favor, no. Yo ... yo ... –Haz lo que te dice– dijo Ser Aenys. –Muéstranos tus manos. Theon retiró sus guantes y levantó las manos para que las vieran. «No es como si yo estuviera delante de ellos desnudo. No es tan malo como eso». Su mano izquierda tenía tres dedos, su derecha cuatro. Ramsay había tomado sólo el dedo meñique de la una, el dedo anular y el índice de la otra. –El bastardo te hizo esto– dijo Lady Dustin. –Si complace, mi señora, yo ... yo se lo pedía– Ramsay siempre le hacía preguntas. «Ramsay siempre me hacía rogar». –¿Por qué hiciste eso? –Yo ... yo no necesitaba tantos dedos. –Cuatro es suficiente– Ser Aenys Frey acarició la rala barba marrón que brotaba de su mentón débil como la cola de una rata. –Cuatro en su mano derecha. Aún podría sostener una espada. Una daga. Lady Dustin se echó a reír. –¿Son todos los Freys tan tontos? Mirarlo. ¿Mantener un puñal? Casi no tiene la fuerza para sostener una cuchara. ¿De verdad crees que podría haber superado a la desagradable criatura del Bastardo y empujar su hombría a su garganta? –Estos muertos eran todos hombres fuertes.– dijo Roger Ryswell. –y ninguno de ellos fue apuñalado. El cambiacapas no es el asesino. Los pálidos ojos de Roose Bolton estaba fijos en Theon, tan afilados como el cuchillo de desollar de Skinner. –Estoy de acuerdo. Fuerza aparte, No tiene lo que se necesita para traicionar a mi hijo. Roger Ryswell gruñó. –Si no es él, ¿quien? Stannis tiene algun hombre en el interior del castillo, eso lo explicaría. «Hediondo no es un hombre. No Hediondo. No yo». Se preguntó si Lady Dustin les habia dicho acerca de las criptas, las espadas perdidas. –Deberíamos observar a Manderly– Murmuró Ser Aenys Frey. –Lord Wyman no nos aprecia. Ryswell no estaba convencido. –Sin embargo, ama a sus Filetes y chuletas de cordero y las empanadas de carne. Rondando por la oscuridad del castillo le obligan a abandonar la mesa. Las únicas veces que lo hace es cuando va buscar el retrete para sus largas sentadas. –No quiero decir que él haga las cosas por sí mismo. Trajo consigo trescientos hombres. Un centenar de caballeros, Cualquiera de ellos podria hacerlo.... –El trabajo Nocturno no es un trabajo de caballero– dijo Lady Dustin. – Y Lord Wyman no es el único que perdió familiares en la Boda Roja, Frey. ¿Crees que Que Mataputas te aprecia mucho más?– Si no retuvieran al Gran Jon, te sacarían las entrañas y te las haria comer, como Lady Hornwood comió sus dedos. Flints, Cerwins, Tallharts, Slates ... todos ellos tenia hombres con el Joven Lobo. –Casa Ryswell Tambien– dijo Roger Ryswell. –Incluso los Dustins de Barrowton.– Lady Dustin separó sus labios en una sonrisa fina, salvaje. El norte se acuerda, Frey. La boca de Aenys Frey se estremecia de indignación. –Stark nos deshonró. Eso es lo que sus norteños deberían mejor recordar. Roose Bolton se frotó sus partidos labios. –estas riñas no sirven– Chascó los dedos a Theon. –Eres libre de irte. Ten cuidado por dónde paseas, de lo contrario pudiera ser que te encontráramos por la mañana sonriendo con una roja sonrisa. –Como usted diga, milord– se puso los guantes en sus mutiladas manos y se marcho cojeando con su mutilado pie. La hora del Lobo lo encontró despierto. Envuelto en capas de lana gruesa y piel grasosa, paseando todavía otra vuelta de las murallas interiores, con la esperanza de cansarse lo suficiente para dormir. Sus piernas estaban cubiertas de nieve hasta las rodillas, la cabeza y los hombros envueltos en blanco. En este tramo de las murallas el viento le daba en la cara, y la nieve derretida corría por sus mejillas como lagrimas del hielo. Entonces oyó el cuerno. Un largo gemido bajo, que pareció flotar por encima de las almenas, persistente en el aire negro, calando profundamente en los huesos de cada uno de los hombres que lo oyeron. A lo largo de las murallas del castillo, los centinelas se volvieron hacia el sonido, apretando sus manos alrededor de los vástagos de sus lanzas. En las arruinadas salas y torres de Invernalia, señores silenciaban a otros señores, los caballos relinchaban, y los durmientes se agita en sus rincones oscuros. Tan pronto como el sonido del cuerno de guerra se desvaneció de un tambor comenzó a golpear: doom BOOM doom BOOM doom BOOM. Y un nombre pasaba de los labios de un hombre a otro, escrito en pequeñas blancas bocanadas de aliento. Stannis, susurraban, Stannis está aquí, ha llegado Stannis, Stannis, Stannis, Stannis. Theon se estremeció. Baratheon o Bolton, no le importaba a él. Stannis había hecho causa común con Jon Nieve en el Muro, y Jon tomaría su cabeza en un santiamén. Arrancado de las garras de un hijo de puta a morir a manos de otro, lo que es una broma. Theon se habría reído en voz alta si se hubiera acordado cómo se hacía. Los tambores parecía venir de más allá de la Puerta del Cazador, del Bosque de los lobos. Están afuera de los muros. Theon hizo su camino a lo largo del adarve, un hombre más entre una veintena que hacían lo mismo. Pero incluso cuando llegaron a las torres que flanqueaban la puerta misma, no había nada por ver más allá del velo blanco. –¿Quieren intentar decirnos que van a volar las murallas?– bromeo un Flint cuando el cuerno de guerra sonó una vez más. –Quizas cree haber encontrado el cuerno de Joramun. –¿Es Stannis lo bastante tonto para asaltar el castillo?– preguntó un centinela. –No es Robert– declaró un hombre Barrowton. –Él va a sentarse, veras si no lo hace. Tratar de matarnos de hambre. –Se le van a congelar las pelotas primero– dijo otro guardia. –Debemos llevar la lucha a él– declaró el Frey. Háganlo, pensó Theon. Cabalguen en la nieve y mueran, dejen Invernalia a mi y los fantasmas. Roose Bolton daría la bienvenida a esta lucha, sentía. Necesita darle término a esto. El castillo estaba demasiado lleno para resistir un largo asedio y muchos de los señores de aquí eran de dudosa lealtad. El gordo Wyman Manderly, mataputas Umber, Los hombres de la Casa Hornwood y la Casa Tallhart. Los Lockes y los Flints y los Ryswells, Todos ellos norteños, leales a la Casa Stark por incontables generaciones. Era la muchacha la que los mantenía unidos, la sangre de Lord Eddard, pero la muchacha no era mas que una mascarada, un cordero con piel de lobo. ¿Por qué no enviar a los norteños a la batalla contra Stannis antes que la farsa se descubriera? «Una masacre en la Nieve. Y todo aquel que cae es un enemigo menos para Fuerte Terror». Theon se preguntó si le podría permitir luchar. Por lo menos que podía tener la muerte de un hombre, espada en mano. Ese era un regalo que Ramsay nunca le daría, pero Lord Roose si podría. «Si se lo pido. Hice todo lo que me pidío, he jugado mi parte, le dí a la muchacha». La muerte era la más dulce liberación lo que podía esperar. En el bosque de los dioes la nieve seguía la deshaciéndose al tocar el suelo. El vapor, se levantaba de las termales, fragante con el olor a musgo y el barro y la decadencia. Una niebla caliente flotaba en el aire, entorno a los árboles como centinelas, altos soldados envueltos en capas de oscuridad. Durante el día, el vaporoso bosque solía estar lleno de norteños que acudian a rezar a los dioses antiguos, pero a esta momento Theon Greyjoy encontró que lo tenía todo para sí mismo. Y en el corazón del bosque los arcianos esperaban con sus conocidos ojos rojos. Theon detenido en el borde de la charca e inclinó su cabeza ante la cara roja tallada. Aún aquí podía escuchar los tambores, boom DOOM boom DOOM boom DOOM boom DOOM. Como un trueno lejano, el sonido parecía venir de todas partes a la vez. Era una noche sin viento, la nieve flotando hacia abajo desde un cielo negro y frío, sin embargo, las hojas del árbol corazón murmuraban su nombre. –Theon– parecían susurrar: –Theon. «Los viejos dioses, pensó. Ellos me conocen. Saben mi nombre. Fui Theon de Casa Greyjoy. Estaba bajo la tutela de Eddard Stark, amigo y hermano de sus hijos». –Por favor– Cayó de rodillas. –Una espada, eso es todo lo que pido. Déjenme morir como Theon, no como Hediondo– Lágrimas corrían por sus mejillas, increíblemente calientes. –Fui nacido del Hierro. Un hijo ... un hijo de Pyke, de las islas. Una hoja que caía desde arriba, rozo su frente y cayo en la piscina. Floto en el agua, roja de cinco dedos, igual que una mano ensangrentada. –... Bran– el árbol murmuró. Lo saben. Los dioses lo saben. Ellos vieron lo que hice. Y por un extraño momento, pareció como si fuera la cara de Bran tallada en el tronco del Arciano, mirándolo con ojos rojos sabios y tristes. «El fantasma de Bran», pensó, pero era una locura, ¿Por que querría Bran perseguirlo? Le había agradado el niño, nunca le habia hecho ningun daño. «No fue Bran a quien matamos. Tampoco fue Rickon. Fueron los hijos del molinero, del molino de Acorn Water». –Yo tenía que tener dos cabezas, de lo contrario se habrían burlado de mí ... se reírian de mí ... ellos … Una voz dijo: –¿Quién estás hablando? Theon giró, aterrorizado de que Ramsay lo hubiera encontrado, pero era la lavandera- Holly, Rowan, y una cuyo nombre no conocia. –Los fantasmas– espetó él. –Ellos me susurraran. Ellos ... ellos saben mi nombre. –Theon cambiacapas– Rowan le tomó la oreja, torciendosela. –Tenías que tener dos cabezas, ¿verdad? –De todos modos se hubiera reído de él– dijo Holly. Ellas no entienden. Theon se liberó. –¿Qué queréis?– Preguntó. –A tí– dijo la tercera lavandera, una matrona de voz profunda con mechones grises en su cabello. –Te lo dije. Quiero tocarte, cambiacapas– sonrio holly. En su mano aparecio una navaja. Podría gritar, penso Theon. Alguien escucharía. El castillo esta lleno de hombres armados. Estaría muerto antes de que la ayuda llegara, sin dudar, su sangre empaparía el suelo para alimentar al árbol Corazon. ¿Qué habría de malo en ello? –tócame– dijo –mátame– Había más desesperación que desafío en su voz. –Adelante, Hazlo como los hiciste con los otros. Yellow Dick y el resto. Fuisteis vosotras. Holly rió –¿Cómo podríamos ser nosotras? Somos mujeres. Pezones y coños. estamos para ser folladas, no temidas. –¿El bastardo te hirió?– preguntó Rowan, –Cortaron tus dedos. ¿Verdad? ¿Despellejaron tus dedos? ¿Te sacaron los dientes? Pobre muchacho– Acarició su mejilla. –no habrá mas de eso te lo prometo. Oraste y los dioses nos han enviado. ¿Quieres morir como Theon? Nosotros te daremos eso. Una muerte rapida, agradable, no te dañará en absoluto.– Sonrió. –Pero no, hasta que hallas cantado a Abel. Te esta esperando
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