El narco más buscado del mundo visitó Washington, se fotografió delante de la Casa Blanca, recorrió la sede del FBI y volvió a su casa
De Pablo Escobar, histórico narcotraficante colombiano, se ha hablado y escrito tanto que el personaje superó hace tiempo a la persona. Sobre el jefe del cartel de Medellín que llegó a ser diputado de Colombia y poner en jaque al gobierno, se han hecho películas, documentales y libros.
Parece que siempre hay algo más que decir y, en ocasiones como ésta, que lo más interesante estaba todavía por descubrirse. Lo revela su hijo Juan Pablo Escobar en un libro que acaba de salir a luz titulado Pablo Escobar, mi padre.
El libro hace un recorrido por la vida del capo colombiano. Primero a través de los recuerdos de su hijo durante su infancia y después mediante una profunda investigación. De la primera parte, la referida a la niñez de Juan Pablo , el autor recuerda cómo creció en un contexto criminal:
Mi papá era el jefe del cartel de Medellín. Sus mejores amigos eran los peores criminales de Colombia. Y como a ningún niño le dejaban jugar conmigo, yo pasaba los recreos y las tardes con los hombres de mi papá.
Fue durante esta época –finales de los 70 y principios de los 80- cuando Pablo Escobar se aproximó a su cima de poder y fortuna. Su hijo recuerda en el libro que tenía tanto dinero que no sabía qué hacer con él. En las piñatas de las fiestas de cumpleaños, por ejemplo, en lugar de caramelos, el capo metía fajos de billetes. Y en estos años decidió construir la Hacienda Nápoles, la mansión en la que tenía elefantes, avestruces, rinocerontes, jirafas y todo tipo de animales salvajes, además de una colección de coches deportivos y otra de motos, dos jets y dos helicópteros.
Escobar traía tres avionetas a la semana desde Perú cargadas de coca base y otras tantas enviaba a Estados Unidos una vez sintetizada. Las ganancias eran inabarcables. La cocaína, según relata el libro, iba en fardos a través de barcos pesqueros que llegaban a Miami o en avionetas que soltaban la carga en pantanos de Florida. El hijo de Escobar hace una revelación sorprendente: asegura que el contacto del cartel para vender la coca en Estados Unidos era el cantante Frank Sinatra, muchas veces relacionado con la mafia italiana.
La insaciable actividad de la organización de Escobar volvió loca a la Drug Enforcement Adminitration (DEA), la agencia antidroga estadounidense. Sin todavía los medios actuales para combatir un fenómeno reciente y relativamente desconocido, Escobar -tal y como rememora su hijo en el libro- se jactaba de jugar con ellos. En una ocasión la DEA interceptó una partida de pantalones vaqueros impregnados de cocaína.
El capo siguió enviando los siguientes meses los mismos vaqueros sin droga, solo para que cada semana los agentes tuvieran que registrar las prendas.