Todos los grandes autores del relato de terror, desde Edgar Allan Poe a H.P. Lovecraft, o Algernon Blackwood a Stephen King, hubiesen dado cualquier cosa por preservar ese sutil vínculo que los niños tienen con lo sobrenatural, no ya como algo objetivo, sino como expansión de la realidad.
Desdichadamente, la razón objetiviza nuestros demonios, los identifica, los clasifica, los vuelve entidades más o menos sólidas contra las que podemos luchar, o al menos escondernos con cierto grado de eficacia.
Los niños, en cambio, admiten lo inadmisible, conviven despreocupadamente con lo inexplicable, y a menudo lo relatan de una forma aún más escalofriante de lo que podrían hacerlo los grandes maestros del horror.
Desdichadamente, la razón objetiviza nuestros demonios, los identifica, los clasifica, los vuelve entidades más o menos sólidas contra las que podemos luchar, o al menos escondernos con cierto grado de eficacia.
Los niños, en cambio, admiten lo inadmisible, conviven despreocupadamente con lo inexplicable, y a menudo lo relatan de una forma aún más escalofriante de lo que podrían hacerlo los grandes maestros del horror.