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Enrique Angel Angelelli (I)

Info8/4/2011


Obispo de la Iglesia Católica, Enrique Angel Angelelli nació el 17 de junio de 1923. Ofrendó su vida al servicio de los más humildes, su lema "Con un oído puesto en el Evangelio y otro en el pueblo", concitó el odio de las clases oligarcas y conservadoras que lo tildaron de "comunista". El 4 de agosto de 1976, a principios de la dictadura militar, fue asesinado, fraguándose un accidente de tránsito.

Cardenal angelizado

Kirchner declarará día de duelo nacional la fecha del asesinato de Angelelli y Bergoglio presidirá un homenaje en La Rioja. La excursión angelizadora procura remover obstáculos en la marcha del cardenal hacia el papado. Este mismo año, un libro editado por Bergoglio mutiló un documento histórico sobre el proceso de liberación inspirado por Angelelli. Esto no quita significado político al tardío reconocimiento de su asesinato. La Iglesia lo negó mientras pudo y ahora intenta capitalizarlo.

Mutilaciones

Si algo no implica el homenaje de Bergoglio a Angelelli es respeto por su obra. Este mismo año, el presidente de la Conferencia Episcopal editó un volumen titulado Iglesia y Democracia, en el que mutiló los conceptos centrales de un texto histórico a cuya redacción contribuyó en forma decisiva el ex obispo riojano. Se trata del Documento de San Miguel que en abril de 1969 adaptó a la realidad del país las conclusiones de la Conferencia del CELAM en Medellín y del Concilio Vaticano Segundo. Angelelli era vicepresidente y animador de la Comisión Episcopal Especial del Plan de Pastoral (COEPAL) que, bajo su orientación, cobijaba al grupo de teólogos y peritos que prepararon el texto. El libro editado por Bergoglio sostiene que "no debemos tener miedo a la verdad de los documentos". Pero el punto 2 del Documento de San Miguel se interrumpe en forma abrupta y, sin explicaciones, se pasa al 4. El final del truncado punto 2 dice que es el deber evangelizador de los obispos "trabajar por la liberación total del hombre e iluminar el proceso de cambio de las estructuras injustas y opresoras generadas por el pecado". El omitido punto 3 es aquel en que el Episcopado sentenció que "la liberación deberá realizarse en todos los sectores en que hay opresión: el jurídico, el político, el cultural, el económico y el social". La introducción del mismo documento, también suprimida por Bergoglio, decía que en ese proceso de liberación los obispos participarían con "la violencia evangélica del amor para proclamar públicamente nuestro compromiso en todas sus dimensiones". Cuando una generación de jóvenes católicos formados por esos maestros tomaron esos conceptos inequívocos como guía de su conducta, el Episcopado bendijo las armas de los opresores que los masacraron. Hoy homenajea a Angelelli pero silencia su pensamiento.

La etapa antiperonista

Ordenado en 1949, Angelelli pasó algunos años de la primera presidencia de Perón en Roma. Allí conoció al fundador de la Juventud Obrera Católica (JOC) José Cardijn. De regreso, comenzó su labor pastoral en los barrios pobres de Córdoba. En 1952 fue designado como primer asesor de la JOC cordobesa y a cargo de la capilla Cristo Obrero. Junto a la capilla había un Hogar Sacerdotal, frecuentado por curas del interior de la provincia, en el que Angelelli instaló su vivienda. Pronto se convirtió en lugar de reunión también para jóvenes obreros y estudiantes. Angelelli era el principal colaborador del sacerdote italiano Quinto Car-gnelutti, a quien el arzobispo Emilio Fermín Lafitte encargó la organización de un Movimiento Católico de Juventudes destinado a competir con la UES peronista, con la consigna "la conciencia vale más que una motoneta". En noviembre de 1954, Perón prometió sanciones para diecinueve sacerdotes de todo el país, entre ellos Cargnelutti. También ordenó arrestar a otro sacerdote amigo de Angelelli, Eladio Bordagaray, por haber dicho que había que elegir entre Cristo o Perón. Como Jaime De Nevares, Miguel Ramondetti o Rodolfo Walsh, Angelelli militaba en el más cerrado antiperonismo.

Después del ’55

Después del derrocamiento de Perón por un golpe militar cuyos tanques y aviones llevaban pintada la V y la Cruz que significaban "Cristo Vence", todos ellos descubrieron a la clase obrera y entendieron el rol que adquirió con el peronismo. Angelelli integraba el Equipo Nacional de Asesores de la JOC, en el que se planteó un debate que tendría eco años después. Para algunos, el peronismo obraría como un freno al comunismo, por lo cual debía merecer la atención de la Iglesia. Otros, como Julio Meinvielle, sostenían que, por el contrario, al favorecer la lucha de clases, abría las puertas al comunismo. "Debemos confesar humildemente que hemos estado alejados de la clase obrera y nos hemos presentado ante ella como una Iglesia burguesa", confesó Angellelli en 1958.

Su popularidad era tal que a nadie sorprendió que en diciembre de 1960 fuera designado por Juan XXIII arzobispo auxiliar de Córdoba y nombrado vicario general de la Arquidiócesis. El día de su consagración, la Catedral se pobló de obreros y gente humilde. Hijo de chacareros italianos que lo llevaban al seminario en el carro de la verdura, el Canuto Angelelli tenía 42 años y no aceptó la sugerencia del arzobispo Ramón José Castellano de abandonar su pequeña moto una vez consagrado obispo. Tampoco el reclamo de los empresarios de una fábrica que le pidieron que sancionara a los sacerdotes que apoyaban a un grupo de trabajadores en conflicto. "Si estas injusticias continúan, algún día estaremos en el mismo paredón los patrones y los curas. Ustedes por no haber sabido practicar la justicia social. Nosotros por no haber sabido defenderla", les dijo.

En una de sus primeras decisiones dispuso que los alumnos del Seminario Mayor visitaran las capillas y barrios obreros para tomar contacto con esa realidad. Los sacerdotes que volvían de Europa se apartaban con naturalidad del antiperonismo y el antimarxismo prevalecientes en Córdoba. Esto los puso en conflicto con el arzobispo, cuando se pronunciaron por una Iglesia pobre y evangélica y en favor del plan de lucha de la CGT. Incluso llegaron a objetar la oposición del Arzobispado a una ley de educación del gobernador Justo Páez Allende. La libertad de enseñanza que defendía Castellano era una hipocresía porque sólo beneficia a "alguna clase privilegiada" y las inversiones edilicias de los colegios católicos "una bofetada que suena a sacrilegio en el rostro de los pobres". Cuando la situación se escapaba de control, la Santa Sede retiró a Castellano y designó como nuevo arzobispo a Raúl Primatesta, quien confirmó al auxiliar Angelelli, como forma de congraciarse con el clero joven.

El pequeño Concilio

Durante una reunión de equipos de sacerdotes de la Ciudad y de la provincia de Buenos Aires realizada en Quilmes y bautizada como "El pequeño Concilio" se criticó con aspereza a la jerarquía. El Nuncio Humberto Mozzoni, el cardenal Antonio Caggiano y otros obispos tradicionalistas denunciaron que se asistía a un "derrumbe de la obediencia". Angelelli defendió el Pequeño Concilio en la asamblea episcopal con un estilo temperamental y apasionado: "Nuestras opiniones a veces son anticonciliares. Esto escandaliza a los sacerdotes, que nos ven asustados del clero, con miedo de tocar temás tabú, como el celibato, la obediencia y los encuentros sacerdotales".

En torno de la Parroquia Cristo Obrero y del Hogar Sacerdotal en el que vivía Angelelli, conectados por un patio interno, se nuclearon los grupos de cristianos revolucionarios que luego de una larga huelga de hambre de 1966 consideraron que se cerraban los caminos de las reivindicaciones estudiantiles y se entregaron a una militancia de base en sectores obreros que derivaron en la formación de distintos grupos, como el Peronismo de Base, el Comando Camilo Torres, el Peronismo Revolucionario y Montoneros.

En 1968 Angelelli fue designado obispo de La Rioja pero siguió atento a lo que sucedía en Córdoba. Al Cordobazo lo llamó grito de rebeldía lanzando por la juventud y la clase obrera y le dio una interpretación profética. A "la luz que se ha encendido con las fogatas de la destrucción" había que asumir un compromiso para que nadie muriera de hambre ni fuera excluido. En su primera homilía riojana anunció que venía a servir a los pobres, hambrientos y sedientos de justicia. Muy pronto irritó a los terratenientes locales y al poder político. El documento elaborado por medio centenar de curas y monjas y un centenar y medio de laicos en la Semana Diocesana denunció "una situación de injusticia y violencia que constituye un pecado institucionalizado" y proclamó que la tierra debe ser para quien la trabaje. Promovió la creación de sindicatos de mineros, peones rurales y empleadas domésticas, cooperativas de producción y consumo de tejidos, ladrillos, relojes, pan y para poner a producir los latifundios ociosos de la zona conocida como la Costa. Una de esas cooperativas reclamaba la expropiación de un latifundio, propiedad de un usurero que se había ido apropiando de los pequeños fundos de sus deudores. La intervención militar lo expropió pero lo puso en venta en parcelas individuales, porque cooperativas "sólo existen en Rusia, Cuba y China".

Como los Apóstoles

En 1970, sus amigos y compañeros de discusión política en el Hogar sacerdotal de Córdoba Ignacio Vélez y Emilo Maza participaron en el ataque a una unidad militar en La Calera. El gobierno militar también involucró al sacerdote Erio Vaudagna, uno de los ex colaboradores de Angelelli quien, desde La Rioja, los comparó con los Apóstoles: "También les dijeron que eran subversivos". Al jugarse y tomar en serio las cosas, eran lúcidos y sinceros y renunciaban a lo propio para caminar con los otros, dijo. Angelelli dejó de celebrar la misa de Nochebuena en la Catedral de la Capital e instaló el altar en un rancho humilde de un barrio marginal, que comparó con la gruta de Belén.

En 1971 el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo sostuvo que si el Ejército había sido "copado poco a poco por el imperialismo y la oligarquía" era lógico que el pueblo buscara "recrear por sí mismo la fuerza militar que se le niega y depositar su confianza en nuevos grupos armados solidarios con su causa". Según el documento del MSTM también eran políticas las homilías del cardenal Caggiano que dan una imagen de la Iglesia "no servidora de los pobres sino domesticada y servil a los poderosos". Cuando Caggiano y los integristas Adolfo Tortolo y José Miguel Medina exigieron una respuesta disciplinaria del Episcopado, Angelelli propuso acercarse a los sacerdotes.

–Dialoguemos para ser ayudados, para que nos ilustren –dijo. Su posición fue derrotada y la Comisión Permanente respondió al MSTM que no era evangélico el enjuiciamiento de los obispos "como infieles y serviles".

Durante una Asamblea Plenaria de 1972, Angelelli impugnó el borrador de documento que circulaba, porque omitía "la responsabilidad de las Fuerzas Armadas, los políticos, dirigentes sindicales, los grupos económicos, el fuero antisubversivo y sus consecuencias, presos, torturas". También sostuvo que recientes documentos de Perón y de los sacerdotes del tercer mundo "impactan y son más seguidos que nuestros documentos. Que en la práctica no aparezcan estos documentos como los magisteriales para con nuestro pueblo y el nuestro desechado por diluido, por no comprometido". La Comisión Permanente del Episcopado escuchó sin pronunciarse su queja contra los agresivos informes de los servicios de informaciones. La reunión continuó con la solicitud de pasajes aéreos nacionales e internacionales para los obispos, gratuitos o rebajados, y la designación en el organismo gubernamental de censura cinematográfica de los monseñores Manuel Moledo y Oscar Justo Laguna para considerar la película Un cura casado.

Los Menem

Cuando el general Roberto Levingston reemplazó a Juan Carlos Onganía en la presidencia, el político conservador nacido en Anillaco Eduardo Menem quedó a cargo de la intervención federal en La Rioja. Su familia poseía una bodega que compraba a precios irrisorios la uva de los pequeños campesinos. Su hermano Carlos Menem era candidato justicialista a la gobernación y prometió que entregaría el latifundio a la cooperativa. Angelelli se sintió confiado luego de su victoria y el 13 de junio de 1973 viajó al pueblo natal del gobernador. Allí se encontró con una algarada conducida por un grupo de comerciantes y terratenientes, entre ellos Amado, César y Manuel Menem, hermano y sobrinos del ex interventor y del electo gobernador. Ante la pasividad policial, manifestaron frente al templo, denunciaron con altoparlantes el propósito de Angelelli de reemplazar al viejo párroco Virgilio Ferreyra por dos sacerdotes capuchinos, declararon a Anillaco Capital de la Fe e irrumpieron por la fuerza en el templo y la casa parroquial. Cuando Angelelli se retiró luego de suspender las celebraciones religiosas, lo corrieron a pedradas. Arguyendo la intranquilidad social, Menem retiró su apoyo a la cooperativización del latifundio y la Legislatura decidió venderlo en parcelas, tal como había dispuesto el gobierno militar. Los sacerdotes riojanos habían pedido la excomunión de los tres Menem y sus acompañantes, pero Angelelli prefirió una sanción menos drástica, el entredicho, y ofreció su renuncia a la Santa Sede.

La algarada

El Superior general de los Jesuitas, Pedro Arrupe, y el arzobispo de Santa Fe, Vicente Zazpe, visitaron La Rioja y declararon que la línea pastoral de Angelelli era acertada, porque seguía las opciones del Concilio, de Medellín y del Papa. Pero Zazpe viajó como auditor de la diócesis. Llevaba dos documentos del secretario de Estado, Jean Villot: una carta de apoyo al obispo e instrucciones reservadas. Debía informar sobre las orientaciones pastorales de Angelelli que "no recogen el consenso de todo el Episcopado argentino". En Los Molinos, el pueblo anterior a Anillaco, "una multitud enardecida" reclamó la destitución del obispo "por marxista y comunista". El enviado aceptó una audiencia colectiva con los entredichos quienes exigieron la remoción de Angelelli, mientras desde un altoparlante se difundían marchas militares. Uno de los sancionados le dijo que Angelelli "se va por las buenas o por las malas, y si no es por las malas será lo peor". En su informe al Vaticano, Zazpe consignó que las posiciones eran irreductibles. Mientras los sectores pobres y de la juventud apoyaban la actuación de Angelelli, muchos integrantes "de instituciones anteriores - Acción Católica, Cursillos de Cristiandad, Ligas de Padres de Colegios", la repudiaban. En este sector se "mezclaban motivaciones de índole religiosa, política, socio-económica".

En marzo de 1974 la Secretaría de Estado recomendó a Zazpe que continuara al lado de Angelelli para alentarlo y aconsejarlo a introducir rectificaciones que favorecieran la reconciliación con los censurados. Sin abandonar la opción por los pobres, debía propiciar el diálogo con los disidentes. La directiva para Angelelli fue corregir los abusos litúrgicos de sus sacerdotes, el escaso contenido religioso de su predicación y los aspectos de su comportamiento "no aceptados por gente de fe simple y alejada de las novedades". Luego Angelelli viajó para su visita ad limina apostolorum a Roma. Pese a la amenaza de muerte de la Triple A y el consejo del gobernador Menem de que se fuera porque su vida corría peligro, regresó en diciembre. Pablo VI lo instaba a seguir haciendo concreto el Concilio en su diócesis. Además le entregó una carta de complacencia por su sacrificada actividad en favor de los más necesitados y de condena por "las violencias y difamaciones" que padeció. El Papa le anunciaba que los responsables de los ataques recibirían "el debido requerimiento" por sus actos. Pero también le pedía que levantara la suspensión litúrgica en Anillaco, que se reconciliara con el párroco Ferreyra, que sus colaboradores prestaran "preeminente atención a los valores espirituales", y que ejerciera la conducción diocesana también sobre aquellos laicos que no compartían "aspectos no esenciales de la pastoral diocesana".

Redención por la sangre

Durante una visita a la base aérea de Chamical, que era un foco de cuestionamiento a Angelelli, el pro vicario castrense Victorio Bonamín dijo que el pueblo había cometido pecados que sólo podían redimirse con sangre. El 12 de febrero de 1976, el Ejército arrestó en Mendoza al vicario general de la diócesis de La Rioja, Esteban Inestal, y a dos jóvenes del Movimiento Rural diocesano. Uno de los oficiales les dijo que Juan XXIII y Pablo VI habían destruido la Iglesia de Pío XII, que los documentos de Medellín eran comunistas y que la Iglesia riojana estaba separada de la Iglesia argentina. Angelelli ofreció una vez más su renuncia a la Conferencia Episcopal. Durante la inauguración del curso lectivo de 1976 en la base aérea, el vicecomodoro Lázaro Aguirre interrumpió la homilía que pronunciaba Angelelli sobre la responsabilidad social de los cristianos:

–Usted hace política –le gritó.

En su misa radial del 1º de marzo, Angelelli describió la fractura profunda que enfrentaba a unos sectores de la Iglesia con otros. Cada uno influía a su vez sobre sectores decisivos de la militancia política y de las Fuerzas Armadas: Se busca dividir y separar a obispos y sacerdotes de sus comunidades, obstaculizar la misión divina de la Iglesia junto a su pueblo en la catequesis y en la evangelización, controlarla para que el Evangelio no llegue a su pueblo, se busca suprimir toda militancia cristiana y apostólica en su laicado, dijo. Dos semanas después, Angelelli suspendió los oficios religiosos en la capilla de la base. Todos los plazos estaban vencidos.

"Extraño acidente"

Angelelli fue asesinado cuando viajaba a Buenos Aires con una denuncia sobre el secuestro y asesinato de sus sacerdotes Gabriel Longueville y Carlos Murias. El diario vaticano L’Osservatore Romano presentó el caso como un "extraño accidente". Pero el cardenal Juan Carlos Aramburu negó que se tratara de un crimen y no hubo protesta vaticana. La biografía oficial del ex nuncio Pio Laghi es hipercrítica con Angelelli, a quien vincula con "los extremismos que proponía la Teología de la Liberación". Para ello Laghi y sus colaboradores en el libro, los obispos Laguna y Casaretto, fuerzan los hechos y sostienen que Pablo VI dio orden de que no se tomaran fotos para no "inmortalizar" la última visita del "incómodo" obispo riojano al Papa, debido a sus "heterodoxias doctrinales". No es así. Pablo VI se fotografió en el gesto afectuoso de tomar la mano de Angelelli el 7 de octubre de 1974 en el Vaticano. Esa imagen ilustra la biografía del obispo asesinado escrita por el dominico Luis O. Liberti.

Después del entierro de Angelelli, la Conferencia Argentina de Religiosos dirigió un angustioso llamado a Primatesta en busca de protección. Primatesta respondió que los obispos habían elegido ser "prudentes como las serpientes" porque estaban convencidos de que "hay tempus loquendi y tempus tacendi". Tempus tacendi quiere decir tiempo de callar. Ese mandato se mantuvo a lo largo de las décadas. Fueron los excepcionales obispos Jaime de Nevares, Jorge Novak y Miguel Hesayne, junto con Adolfo Pérez Esquivel y Emilio Mignone, quienes aun durante la dictadura presentaron la denuncia por el asesinato de Angelelli, que la justicia riojana dio por probado el 19 de junio de 1986. El juez Aldo Morales sentenció que se había tratado "de un homicidio fríamente premeditado". El Episcopado siguió sin asumir lo sucedido. En una declaración emitida en 2001 aún sostuvo que Angelelli "encontró la muerte" y que "la muerte lo encontró" y se abstuvo de mencionarlo como mártir. Hesayne replicó: "Tenemos más pruebas de su martirio que del de muchos mártires de los primeros siglos del cristianismo". Esta es la historia de la vida y la muerte de Angelelli que ni Bergoglio ni Casaretto contarán.

El video que filmaron los ex presos de la U-9

"Porque el que murió peleando, vive en cada compañero", dice la última estrofa de una canción de los Olimareños y así cierra el video casero que filmaron los ex presos políticos de la U-9 de La Plata, sobre el homenaje que hicieron en el penal a sus compañeros y familiares de presos muertos y desaparecidos; "30 años, 30 nombres" se llama el documental que se efectuó al cumplirse los treinta años del 24 de marzo de 1976.

En cada imagen está la poderosa carga emotiva de ese reencuentro. Muchos no se habían vuelto a ver y casi ninguno había regresado al penal, algunos ni siquiera conocían el frente de la cárcel porque los sacaban y entraban esposados y con los ojos vendados o con las cabezas gachas. Están los abrazos de ese reencuentro. Son interminables las imágenes de caricias y besos entre hombres, que ahora pasan los cincuenta hermanados por aquella convivencia en la que tuvieron que enfrentar a la muerte y la vencieron.


"Estamos vivos y aquí en primer lugar gracias a nuestros familiares, no solamente porque ellos motorizaron la solidaridad externa, sino porque siempre nos acompañaron, aun en el peor momento y algunos a costa de sus vidas", dicen los oradores que se suceden en los actos que realizaron dentro y fuera del penal. En la puerta principal hay una placa de mármol con 30 nombres grabados. Son 12 presos que fueron fusilados como represalia o advertencia. Y están los nombres de 18 familiares, padres, madres o hermanos de los presos, que fueron secuestrados y desaparecidos por haber mantenido su solidaridad. La calle 76, que pasa frente al penal, fue bautizada con el nombre de Delia Aviés de Elizalde Leal, madre de Alberto "Manzanita" Elizalde, uno de los presos, que fue secuestrada junto con otros dos de sus hijos, Sofía y Felipe, y permanecen desaparecidos.

Los pabellones 1 y 2 de la U-9 eran conocidos como los "pabellones de la muerte" por los presos y por sus verdugos. Allí eran recluidos los presos a los que la dictadura consideraba "irrecuperables". Ellos sabían que en cualquier momento podían ser retirados para ser fusilados, como sucedió con ocho de sus ex compañeros.

La vida siguió después de la cárcel. Son varias decenas de veteranos y hay de todo entre ellos, desde dirigentes sociales como Néstor Rojas, hasta el canciller Jorge Taiana, o artistas como Braulio López, ex integrante de los Olimareños. Los discursos se sucedieron ese día. Todos quisieron dejar en claro ante sus hermanos de cárcel que no bajaron los brazos, que mantienen los ideales por un país más justo y más digno. Lo dicen y lo reafirman al mismo tiempo que renombran a sus compañeros caídos y toman las manos de sus hijos o de sus esposas.

Cada imagen del video tiene esa carga explosiva de emociones en las miradas, en los abrazos. Esa mezcla de dolor por la historia pasada y la alegría del reencuentro, el desahogo de poder gritar los nombres de sus compañeros muertos. El video fue dirigido por Carlos Martínez, los camarógrafos fueron Miguel del Castillo, Daniel Saiman y César Trazar, el microfonista fue Adelqui de Luca y la edición estuvo a cargo e Fabio Zabrowski, en tanto que las fotografías son de Julio Menajovsky, Miguel Martelotti, Alberto Elizalde y Página/12. Idea y producción, Julio Mogordoy. Varios de ellos también son ex presos.

Por ahora, el video circula en forma casera. El gobierno bonaerense lo ha declarado de interés provincial, así que no sería de extrañar que en algún momento tenga una difusión masiva. No está filmado durante la dictadura, pero las miradas, los abrazos, las lágrimas de ese homenaje-reencuentro constituyen un documento, mejor que muchos, sobre la dictadura.

La historia de un asesinato disfrazado de accidente

Enrique Angelelli había nacido en Córdoba el 17 de julio de 1923 y fue ordenado sacerdote en Roma el 9 de octubre de 1949. Desde 1961, por decisión del entonces papa Juan XXIII, fue designado obispo auxiliar de Córdoba y desde 1968 el papa Pablo VI lo hizo titular de la diócesis de La Rioja. El 4 de agosto de 1976, después de muchos enfrentamientos con el poder y tras el asesinato de dos de sus curas, Juan de Dios Murias y Gabriel Longueville, la muerte lo sorprendió en una ruta riojana. El gobierno militar siempre habló de "accidente" automovilístico e incluso se echaron a correr rumores acerca de la impericia de Angelelli para manejar. Las autoridades de la Conferencia Episcopal anunciaron "investigaciones", pero nunca se apartaron dela versión oficial o bien dejaron, en todo momento, instaladas las dudas acerca de la muerte de una figura que ciertamente les resultaba molesta y que poco antes, en 1975, había afirmado que "ser hombres de la luz es no evadirnos de nuestra realidad y construir nuestra historia con los demás".

Para Miguel Hesayne, obispo emérito de Viedma y uno de los que siempre defendieron la tesis del asesinato y del martirio, "de acuerdo a la documentación judicial, la certeza moral del asesinato de Enrique Angelelli ha logrado la certeza judicial a tal punto que la Corte Federal establece, en forma indudable, circunstancias que no pueden ser materia de controversia y califica judicialmente el caso Angelelli, en forma definitiva e incontrovertible, homicidio calificado". Para el obispo queda probado que "la camioneta (que conducía Angelelli y en la que también viajaba su secretario Arturo Pinto) fue encerrada por la izquierda al momento que se produce una explosión; que el cuerpo del obispo Angelelli quedó ubicado a veinticinco metros del lugar final de la camioneta, con el cuerpo extendido y los pies juntos, mostrando en ambos talones pérdida de la piel sin ningún indicio de golpes o contusiones en el resto del cuerpo. Por eso, se infiere que fue arrastrado hasta el lugar mencionado por intervención de los autores del hecho; que la camioneta presentaba una goma desinflada, cuya cámara tenía un corte de trece centímetros, lo que no fue causa del vuelco, según la pericia mecánica practicada".

Todos estos datos abonan lo que Hesayne denomina "la patraña criminal del accidente provocado por una falsa maniobra que habría cometido el obispo Angelelli en ese momento".

Pero el obispo de Viedma ofrece un testimonio más al hablar de "un hecho que hace poco tiempo se me ha transmitido" y que es "sumamente elocuente y que presume participación personal de las Fuerzas Armadas y de seguridad, directa o indirectamente, en el asesinato del obispo Angelelli". Relata Hesayne "el testimonio de la religiosa enfermera diplomada que cumplía guardia en la morgue del hospital de la ciudad de La Rioja ese día de la muerte del obispo. Le tocó limpiar el cadáver del obispo Angelelli y al darlo vuelta en la camilla, se sorprendió por un orificio muy hondo en la nuca del cadáver". Sigue diciendo Hesayne que "ante la exclamación de sorpresa de la religiosa enfermera, dos oficiales de las Fuerzas Armadas y de seguridad que se encontraban de custodia, de inmediato la retiraron de lo que era su tarea habitual, ordenándole textualmente: "Hermana, usted no ha visto nada’".

A 30 años de su muerte violenta

Un giro histórico, la Iglesia dice que pudo haber sido un crimen

A treinta años de su muerte violenta, el alma de monseñor Enrique Angelelli, obispo de La Rioja y figura indiscutida de los sectores más progresistas de la Iglesia, podría al fin descansar en paz. La densa trama de silencios, omisiones y desvíos que envolvieron la investigación judicial y acallaron cualquier pregunta en la cúpula eclesiástica está cediendo, y reverdece la tesis que hasta ahora sólo sostenían los más fieles seguidores del monseñor y algunas organizaciones de derechos humanos: que el supuesto accidente automovilístico tras el que murió no fue tal, y que el obispo en verdad fue asesinado por la dictadura. Hasta la Iglesia se dispone esta semana a reconocerlo.

El vocero de la Conferencia Episcopal, Jorge Oesterheld, dijo a Clarín que existe un "informe preliminar sobre el caso para definir los pasos a seguir para contribuir al esclarecimiento" de la muerte de Angelelli, y admitió que los obispos están considerando presentarse como querellantes en la causa judicial que hasta ahora patrocinan el Servicio Paz y Justicia y la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación. Ese "informe preliminar", que aconseja realizar una investigación eclesial "con rapidez" y "en lo posible antes de fin de este año", fue redactado por el arzobispo emérito de Resistencia, Carmelo Giaquinta, tras un sigiloso rastreo de datos que culminó el 10 de julio. Esta semana será discutido por los obispos, y su decisión sería oficializada el viernes por el cardenal Jorge Bergoglio durante su visita a La Rioja para homenajear a Angelelli.

El 4 de agosto de 1976, en medio de una ola de ataques y amenazas contra Angelelli y sus seguidores y días después del crimen de dos de sus sacerdotes —Carlos Murias y Gabriel Longueville— y un laico muy cercano a él —Wenceslao Pedernera—, la camioneta Fiat multicargo en que el obispo viajaba por la ruta 38 desde Chamical hacia la ciudad de La Rioja junto al cura Arturo Pinto apareció volcada cerca del paraje Punta de los Llanos. Pinto logró sobrevivir. Angelelli no: su cuerpo apareció extrañamente extendido en cruz sobre el asfalto boca arriba y con un fuerte golpe en la nuca, a unos 25 metros del vehículo.

El informe de la Policía, base de la "historia oficial" que hoy está bajo sospecha, dice que Pinto manejaba y de repente se salió de la ruta, volanteó para retomarla, una de las cubiertas se reventó y la camioneta volcó dando varios tumbos. En uno de ellos, Angelelli se cayó y los golpes lo mataron. El juez de instrucción Rodolfo Vigo abrió y cerró una veloz investigación que aceptó esta teoría. Pero en 1986 otro expediente a cargo del juez Aldo Morales dio por probado el asesinato "fríamente premeditado y esperado por la víctima". Efectivamente, mucha gente le escuchó decir a Angelelli que, con el crimen de sus colaboradores, los militares iban dibujando círculos concéntricos a su alrededor. "Después me toca a mí", repetía.

Morales se basó en el testimonio de Pinto, quien recordó que un auto blanco los perseguía y los encerró en la ruta, y en pericias según las cuales la camioneta estaba en buenas condiciones. Los imputados como autores intelectuales del asesinato eran el jefe del III Cuerpo del Ejército, general Luciano Benjamín Menéndez, y los jefes del Batallón de Ingenieros en Construcciones de La Rioja, coroneles Osvaldo Pérez Battaglia y Jorge Malagamba. También había civiles acusados de participar de la maniobra y encubrir el crimen. Pero tras una apelación la causa se desdobló, y la acusación contra los militares pasó a la órbita de la Cámara Federal de Córdoba. Allí se puso en duda la sentencia de Morales (aunque no se descartó un accidente inducido) y tras la sanción de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final en 1990 se cerraron las actuaciones que imputaban a otros tres militares como autores inmediatos: el ca pitán José Carlos González, alias "Monseñor" y "Juan XXIII", y los sargentos Luis Manzanelli y Ramón Oscar Otero.

Pero estos meandros judiciales fueron posibles gracias a una serie de descuidos y olvidos que, orquestados o no, permitieron borrar huellas, eliminar pruebas y manipular testimonios.

En 1976, Mario Gorosito era enfermero en el hospital de Chamical. La tarde del 4 de agosto, el almuerzo le quedó en la garganta: la Policía había pedido una ambulancia para atender un accidente en la ruta. "Me llevó el chofer Antonio Giménez. El lugar estaba rodeado por policías y soldados de la Base Aérea de la zona, que cuando llegamos a unos 20 metros de distancia nos impidieron pasar. Lo veíamos a Angelelli tirado sobre una mancha de sangre y quisimos atenderlo, pero el suboficial Nelson Garnica, ayudante del comodoro Aguirre, nos dijo que no", recuerda hoy frente a Clarín, sin advertir que su voz ofrece un dato llamativo: la cantidad de policías y militares que habían llegado al lugar antes que la ambulancia que debía atender a los posibles heridos.

"Nos fuimos con la camilla para donde estaba Pinto, a un costado de la ruta. En la ambulancia, él decía en un delirio 'el coche blanco, déjelo que nos pase', parecía que hablaba con monseñor", dice Gorosito. "Volvimos al hospital a eso de las cuatro de la tarde. El médico Osvaldo Benegas atendió al herido, y nos dijeron que a Angelelli lo habían llevado a La Rioja para atenderlo".

El ex sacerdote Julio Guzmán también llegó rápido al lugar del choque. "Con Francisco Solano Díaz fuimos los primeros curas en llegar. No nos dejaban pasar, pero tanto insistimos que al final nos dijeron que sí".

Las piezas se movían rápido. Un rato más tarde, cerca de las cinco de la tarde, fue citado al lugar del choque el cirujano Enzo Herrera Páez, que horas después realizó la autopsia sobre el cuerpo de Angelelli. Herrera Páez, que llegó a ser diputado nacional por el radicalismo entre 1997 y 2001, recuerda aquel día ante Clarín: "Fuimos con el comisario inspector Carrizo en una ambulancia de la Policía. Angelelli ya estaba muerto, y lo trajimos a la Morgue Judicial. Allí el juez Vigo nos dijo que esperásemos para hacer la autopsia, porque el Derecho Canónico ponía impedimentos para tocar el cuerpo de un prelado. Después supe que hacía como 200 años que no se le hacía una autopsia a un miembro de la jerarquía eclesiástica".

Solucionado el percance, el médico inició su trabajo junto al doctor Eldo Neffen y el médico forense de la Justicia Alberto Guchea. "Había varias monjitas y estaba el cura Pelanda López, que era el capellán militar. Comenzamos pasada la medianoche y terminamos a las cinco de la mañana", recuerda Herrera. "Angelelli tenía escoriaciones en la cabeza, los dedos deteriorados, tres costillas rotas de un lado y siete del otro. Tenía mucha sangre y había perdido mucha. El hueso occipital, que sobresale de la parte de atrás de la cabeza, tenía una fractura con forma de estrella". Esta fractura originó la versión de que Angelelli había sido golpeado con un objeto contundente tras el choque. Herrera Páez se incomoda ante esa tesis: "Puede ser", admite. "Pero ese golpe coincidía con el informe policial del accidente". La historia oficial se cerraba sobre sí misma.

Una de las personas clave en el sinuoso trayecto de la investigación es Alilo Ortiz, un ex sacerdote que era secretario privado del obispo y cuyos ojos vieron aparecer y desaparecer pruebas preciosas para la causa. "Cuando nos enteramos de la muerte de monseñor llamé al Episcopado y a la Nunciatura en Buenos Aires para avisarles", recuerda en diálogo con Clarín. "Cuando el juez liberó la camioneta la recibí yo. Le pedimos al mecánico Chichí Baldo que le hiciera una pericia, y él constató que tenía los frenos, la dirección y el volante en perfecto estado, y la chapa no tenía tiros".

Ortiz pone en duda otra de las patas de la historia oficial: "Se dijo que la explosión que escuchó Pinto era el reventón de un neumático. Pero pudo haber sido un balazo que haya roto el parabrisas, porque los vidrios aparecieron esparcidos antes del lugar en el que quedó la camioneta". Para su ex secretario, Angelelli murió tras "un accidente que fue provocado. Y el golpe que le dieron en la nuca fue como el tiro de gracia. Hay que ver el clima que rodeó su muerte. Anque él nunca habló mal del Episcopado, una vez casi llorando nos confesó que no encontraba eco en ellos".

El ex sacerdote recordó también que el juez Vigo le entregó al Obispado la valija que Angelelli llevaba en la camioneta. "Y sólo un tiempo después nos dio dos de las tres carpetas que monseñor llevaba cuando murió, con anotaciones sobre los asesinatos de los curas Murias y Longueville. Muchos de esos papeles tenían palabras subrayadas con lápiz, y se lo dije a monseñor Cándido Rubiolo, reemplazante provisorio de Angelelli. El me ordenó hacer informes de todo para enviarlos a Roma".

La Iglesia por la que Angelelli dio la vida tuvo su parte en el descuido y la pérdida de pruebas vitales para indagar su posible crimen. Aunque suene increíble, en 1977 el obispado riojano decidió desprenderse de la camioneta en la que había chocado el obispo. Se la entregó al agente local de Citroën Juan Angel Barrera, que la tomó como parte de pago de otro vehículo y ese mismo año se la vendió al fotógrafo Néstor Pantaleo, que en 1978 la vendió en la ciudad de Famatina. Ahí se pierde su pista.

Otro gran misterio en estos años fue saber dónde estaban las carpetas que el monseñor llevaba encima cuando chocó. Pues bien, Clarín pudo establecer que dos de ellas fueron entregadas por el juez Vigo al obispado de La Rioja en 1977, se cree que después de haber pasado por las manos del general Menéndez y el ministro del Interior Albano Harguindeguy. La tercera también llegó ahí, a través de monseñor Vicente Zaspe. En 1980, y sin saber qué hacer con ellas, las confiaron a un estrecho colaborador de Angelelli, que las conservó hasta hoy. Las notas, cuyos fragmentos Clarín reproduce hoy en exclusiva, incluyen frases inquietantes como "complicidad del Episcopado".

Pero eso no es todo: dos fuentes que participaron de las sucesivas investigaciones judiciales y un sacerdote que pidieron no ser identificados confirmaron a este diario que el fallecido arzobispo de Córdoba Raúl Primatesta visitaba los tribunales pidiendo que "se dejen de joder con el crimen, si eso fue un accidente".

Pero así como los tiempos cambiaron y la Iglesia es otra, los tribunales también despertaron. Tras la anulación de las leyes del perdón la causa fue reabierta el año pasado y ahora se tramita en el Juzgado Federal de La Rioja, en manos del juez subrogante Franco Grassi. El fiscal riojano Horacio Salman todavía no estudió el expediente, al que se agregaron unas carpetas halladas en recientes allanamientos a la delegación local de la Policía Federal, la base de la Fuerza Aérea en Chamical, la cárcel local, dependencias de la Gendarmería y en la D2 de inteli gencia de la Policía provincial. Salman y los fiscales cordobeses Alberto Lozada y Graciela López de Filoñuk, que trabajan en equipo, están concentrados ahora en los crímenes de un colimba, Nicolás Villafañe, y del laico Pedernera. Luego estudiarán los asesinatos de Murias y Longueville, y sólo entonces el de Angelelli.

Salman piensa rastrear la camioneta y hacerle nuevas pericias, y espera que cuando comience a imputar sospechosos los testigos vayan a declarar para incriminarlos. No le será fácil: Pérez Battaglia, Malagamba, el comodoro Lázaro Aguirre —jefe de la Base Aérea Chamical—, su segundo, el vicecomodoro Estrella, y el sargento González están muertos. El blindado encubrimiento de 30 años les arrancó a los hombres la posibilidad de anticiparse a la justicia divina.

Junio 2006: Acusan a represores por un crímen que denunciaba Angelelli

Wenceslao Pedernera fue asesinado en julio de 1976 en La Rioja. Era catequista y colaborador del obispo de la provincia. Por ese caso la Justicia ordenó la captura de una lista de civiles y militares encabezada por el ex jefe del III Cuerpo de Ejército.

Wenceslao Pedernera fue hasta la puerta de su casa. Era la una de la mañana, sus hijos dormían y el frío era cortante en esa zona de La Rioja. Los represores le preguntaron su nombre, para comprobar si era el colaborador del obispo Enrique Angelelli que buscaban. Apenas si había logrado responder cuando lo acribillaron frente a su mujer. Era julio de 1976. Por ese asesinato, el juez federal subrogante Franco Román Grassi pidió ayer la detención del ex comandante del III Cuerpo de Ejército Luciano Benjamín Menéndez y de otros diez represores. Como El Chacal ya está detenido con arresto domiciliario en otras causas por violaciones a los derechos humanos en Córdoba y otras provincias, permanecerá en custodia conjunta.

Menéndez comandaba la zona que incluye La Rioja, además de otras nueve provincias. En mayo de este año, el represor fue indagado por el asesinato de Pedernera, además de por la muerte del conscripto Roberto Villafañe. En esa oportunidad, se negó a responder las preguntas porque alegó que no se encontraba ante sus "jueces naturales" y sostuvo que debía ser juzgado ante el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas. "Me niego a declarar porque estos juicios son inconstitucionales", sostuvo El Chacal, que fue repudiado por docentes y militantes de derechos humanos en su periplo por los tribunales riojanos. Al pedir su detención, el secretario del juzgado, Daniel Herrera Piedrabuena, se puso en contacto con los tribunales de Córdoba para comunicarles que se encuentra a disposición conjunta.

Además de Menéndez, el juez pidió ayer la detención del ex jefe del Batallón de Ingenieros 141 de La Rioja, teniente coronel Osvaldo Pérez Bataglia, que era el responsable de coordinar la represión ilegal en toda La Rioja, como jefe del área 314. También se ordenó la captura de su segundo, el coronel Jorge Malagamba. En el juzgado intentan confirmar a través del registro civil si han fallecido.

También pidió la detención como "coautores del homicidio calificado por alevosía" de Pedernera a los militares y civiles Abelardo Francisco Suárez Fiat (alias Marcelo), Miguel Angel Sáenz Valiente, Juan Andrés Molinari o Julián Andrés Molinari (alias Negro), Carlos Alberto Flores (alias Bibi) y Alfonso Marino. El juez requirió también la captura del ex comisario de la Policía provincial Arcadio Antonio Torres, el ex teniente Alfonso Agustín Reuther y el ex comandante de Gendarmería Alberto Arnaldo Garay. Todos se encuentran imputados como "partícipes necesarios" del asesinato de Pedernera.

Con el pedido de captura, el juez hizo lugar a un requerimiento del fiscal federal de La Rioja Horacio Salman y sus pares en Córdoba Graciela López de Filoñuk y Alberto Lozada. Entre diciembre del año pasado y marzo de éste, los fiscales hicieron una serie de allanamientos a la Base Aérea de Chamical, del escuadrón de Gendarmería Nacional, y al Servicio Penitenciario provincial. Allí encontraron documentos de Inteligencia a los que se sumaron otros informes de la policía riojana. Entre las decenas de cajas, hay al menos tres carpetas dedicadas al obispo. Por la muerte de Angelelli también será indagado Menéndez en los próximos meses.

A sangre fría

El 18 de julio de 1976, un grupo de tareas asesinó a los curas Gabriel de Longueville y Carlos de Dios Murias, cuyo homicidio también investiga la justicia riojana. Una semana más tarde, fueron a buscar a Pedernera a su casa en Sañogasta, distrito de Chilecito. Oriundo de Mendoza, Pedernera se había instalado en La Rioja para colaborar con Angelelli como militante del Movimiento Rural Católico. Había arribado a la provincia para participar en la formación de las cooperativas de campesinos que impulsaba el obispo. Cuando comenzó a recrudecer la represión, se instaló en un terreno en Sañogasta, donde fueron a matarlo. "Dicen algunos testigos que en realidad buscaban al párroco de esa zona, a quien Angelelli le había pedido que se oculte. Pero otros sostienen que lo estaban buscando a él. Eso intentamos dilucidarlo", señalaron fuentes judiciales. Esa noche fría de julio de 1976, su mujer, Coca, les abrió la puerta y cuando se acercó Pedernera le preguntaron su nombre y le dispararon. Sus dos hijos dormían. Coca consiguió ayuda de los vecinos y Pedernera fue trasladado hasta el hospital, donde falleció.

El obispo Angelelli denunció su asesinato junto con el de los dos curas y pidió que se investigasen los crímenes. "Un muchacho de 30 años y presbítero ha muerto, por ser fiel a las bienaventuranzas de Jesús mártir", sostuvo en su funeral. Pero su voz fue acallada por la dictadura, cuando volvía de la misa de los sacerdotes en Chamical en su camioneta el 4 de agosto de 1976. El sacerdote Alberto Pinto, que viajaba con él, recuerda que un Peugeot 504 les salió al cruce y los hizo volcar a la altura de Punta de los Llanos. Su cuerpo fue encontrado en medio de la ruta con los brazos abiertos en cruz. Lo habían arrastrado y tenía la nuca destrozada. La dictadura siempre sostuvo que fue un accidente de tránsito.

A comienzos de la democracia, el juez Aldo Morales consideró que se trataba de un "homicidio fríamente premeditado", pero la causa quedó archivada junto con la de Pedernera y los curas. En agosto del año pasado, el presidente Néstor Kirchner se comprometió a reactivar estas investigaciones y la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación se presentó como querellante. Finalmente, ayer comenzó a desentrañarse el crimen por el que pedía Angelelli.

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