1. Tus conversaciones son autodestructivas
No siempre es fácil ver el vaso medio lleno, pero quizá deberíamos replantearnos algo si nuestras conversaciones suelen empezar con un “no puedo…”, “no sé cómo plantear…”, “no valgo para…”. Al igual que no nos gusta que un ser querido nos recuerde constantemente que no sabemos o no valemos para algo, tampoco debemos hacer lo mismo con nosotros. Actuando así nos acabamos convirtiendo en nuestro peor enemigo.
2. Esperas nada de todos.
Hay quien se plantea que una solución ante los problemas pasa por esperar poco de la vida y del resto de personas. El argumento en el que se apoya esta opinión es que así nunca nos sorprenderá negativamente nada si no esperamos gran cosa de ella. Sin embargo, las decepciones van a seguir llegando y esa actitud no tiene por qué aplacar los golpes. Convertirse en alguien tan sombrío impide disfrutar de los pequeños, y a la vez tan grandes, momentos que nos brinda la vida. Una conversación interesante, un buen vino en pareja, un rato agradable paseando en solitario, un libro, un viaje con nuestros amigos, etc. Son detalles, pero que cambian mucho dependiendo del prisma con el que se miren.
3. Siempre haces comparaciones negativas.
Suena a tópico, y quizá lo sea, pero las comparaciones son odiosas. Por mucho que destaquemos en algo, siempre va a haber alguien mejor. Hasta los más grandes yerran a veces. Si dedicamos nuestro tiempo a recordar que Menganito es más elocuente que nosotros, Fulanito es más brillante en el trabajo y que Zutanito tiene una casa más grande, probablemente acabamos convirtiéndonos en unas personas llenas de envidia. Somos más afortunados de lo que creemos y siempre es más gratificante mostrar aprecio por lo que tenemos que sentirnos molestos por aquello de lo que no disponemos.
La mayoría de las veces, nosotros mismos somos los principales culpables de nuestro estado. Muchas veces, nosotros mismos somos los principales culpables de nuestro estado.
4. Vives en el pasado.
No, el pasado no es ni mejor ni peor, simplemente es diferente. Tal y como indica Ni, debemos aprender del pasado, pero nunca quedarnos atrapados en su recuerdo. El cerebro es inteligente y la memoria selectiva, lo más normal es que a la larga tan solo nos quedemos con los recuerdos más gratos y, también, los más traumáticos, pero nunca debemos dejar que nos dominen. Las experiencias están para aprovecharlas de cara al futuro, pero si nos pesan demasiado, no nos dejan ver el presente con claridad. Al fin y al cabo, la única forma de cambiar y mejorar pasa por actuar aquí y ahora.
5. Siempre culpas a un tercero.
Siempre vamos a encontrarnos con personas difíciles, con las que no casemos o nos llevemos mal. Un error muy común es culpabilizar a esta gente de todos nuestros males y aunque tendamos a verles con malos ojos, no debemos convertirles en una especie de figura mefistofélica. “La clave reside en convertirnos en una persona proactiva, no reactiva”, indica Ni, que tiene claro que es necesario aprender a convivir con todo tipo de gente, aunque algunos nos caigan como una patada.
No es sencillo convivir con la sensación de no alcanzar un objetivo, pero no hay mayor fracaso que el no intentarlo
6. Siempre eres la víctima del cuento.
Conflictos familiares en la infancia, graves problemas de salud… Es cierto que hay algunos hechos que son tan traumáticos que será imposible no cargar con ellos durante nuestra vida, pero también debemos darnos cuenta de que existen infinitas historias de superación personal. “El victimismo genera una falsa ventaja al servir como justificación para nuestras insatisfacciones”, indica Ni, pero en realidad solo alarga la amargura y la impotencia. Las personas que triunfan son aquellas que saben pasar página, pero sin olvidarse de lo que han ido leyendo hasta entonces.
7. Se te hace muy difícil perdonarte.
Todos cometemos errores y a veces no es sencillo asimilarlos. Es cierto que con el paso del tiempo es más fácil ver nuestros actos con cierta perspectiva, pero debemos asumir los fallos y aprender de ellos, no convertirlos en una barrera que nos impida avanzar.
Al igual que entendemos que si un conocido se equivoca, no tiene por qué volver a caer en el mismo error, también debemos aplicárnoslo a nosotros mismos. La autoexigencia es buena, la fustigación no.
8. Te da pánico fracasar.
A nadie le gusta la sensación de fracaso, pero antes o después vamos a encontrarnos ante un desafío del que no sabremos si será posible salir airosos. Evitar a toda costa estas situaciones solo nos va a limitar, impedir que avancemos y no saber observar nuevos horizontes que quizá nos abran un amplio abanico de posibilidades. No es sencillo convivir con la sensación de no alcanzar un objetivo, pero no hay mayor fracaso que no intentarlo.
Entonces, solo tú puedes decidir ser feliz, no te conviertas en una persona “nube negra” toma en cuenta estas señales y no las repitas, se una persona autocrítica, pero sin exageraciones, vive el presente y revisa tus responsabilidades cuando las cosas no salgan bien, verás como empiezas a ver todo con una óptica diferente.
No siempre es fácil ver el vaso medio lleno, pero quizá deberíamos replantearnos algo si nuestras conversaciones suelen empezar con un “no puedo…”, “no sé cómo plantear…”, “no valgo para…”. Al igual que no nos gusta que un ser querido nos recuerde constantemente que no sabemos o no valemos para algo, tampoco debemos hacer lo mismo con nosotros. Actuando así nos acabamos convirtiendo en nuestro peor enemigo.
2. Esperas nada de todos.
Hay quien se plantea que una solución ante los problemas pasa por esperar poco de la vida y del resto de personas. El argumento en el que se apoya esta opinión es que así nunca nos sorprenderá negativamente nada si no esperamos gran cosa de ella. Sin embargo, las decepciones van a seguir llegando y esa actitud no tiene por qué aplacar los golpes. Convertirse en alguien tan sombrío impide disfrutar de los pequeños, y a la vez tan grandes, momentos que nos brinda la vida. Una conversación interesante, un buen vino en pareja, un rato agradable paseando en solitario, un libro, un viaje con nuestros amigos, etc. Son detalles, pero que cambian mucho dependiendo del prisma con el que se miren.
3. Siempre haces comparaciones negativas.
Suena a tópico, y quizá lo sea, pero las comparaciones son odiosas. Por mucho que destaquemos en algo, siempre va a haber alguien mejor. Hasta los más grandes yerran a veces. Si dedicamos nuestro tiempo a recordar que Menganito es más elocuente que nosotros, Fulanito es más brillante en el trabajo y que Zutanito tiene una casa más grande, probablemente acabamos convirtiéndonos en unas personas llenas de envidia. Somos más afortunados de lo que creemos y siempre es más gratificante mostrar aprecio por lo que tenemos que sentirnos molestos por aquello de lo que no disponemos.
La mayoría de las veces, nosotros mismos somos los principales culpables de nuestro estado. Muchas veces, nosotros mismos somos los principales culpables de nuestro estado.
4. Vives en el pasado.
No, el pasado no es ni mejor ni peor, simplemente es diferente. Tal y como indica Ni, debemos aprender del pasado, pero nunca quedarnos atrapados en su recuerdo. El cerebro es inteligente y la memoria selectiva, lo más normal es que a la larga tan solo nos quedemos con los recuerdos más gratos y, también, los más traumáticos, pero nunca debemos dejar que nos dominen. Las experiencias están para aprovecharlas de cara al futuro, pero si nos pesan demasiado, no nos dejan ver el presente con claridad. Al fin y al cabo, la única forma de cambiar y mejorar pasa por actuar aquí y ahora.
5. Siempre culpas a un tercero.
Siempre vamos a encontrarnos con personas difíciles, con las que no casemos o nos llevemos mal. Un error muy común es culpabilizar a esta gente de todos nuestros males y aunque tendamos a verles con malos ojos, no debemos convertirles en una especie de figura mefistofélica. “La clave reside en convertirnos en una persona proactiva, no reactiva”, indica Ni, que tiene claro que es necesario aprender a convivir con todo tipo de gente, aunque algunos nos caigan como una patada.
No es sencillo convivir con la sensación de no alcanzar un objetivo, pero no hay mayor fracaso que el no intentarlo
6. Siempre eres la víctima del cuento.
Conflictos familiares en la infancia, graves problemas de salud… Es cierto que hay algunos hechos que son tan traumáticos que será imposible no cargar con ellos durante nuestra vida, pero también debemos darnos cuenta de que existen infinitas historias de superación personal. “El victimismo genera una falsa ventaja al servir como justificación para nuestras insatisfacciones”, indica Ni, pero en realidad solo alarga la amargura y la impotencia. Las personas que triunfan son aquellas que saben pasar página, pero sin olvidarse de lo que han ido leyendo hasta entonces.
7. Se te hace muy difícil perdonarte.
Todos cometemos errores y a veces no es sencillo asimilarlos. Es cierto que con el paso del tiempo es más fácil ver nuestros actos con cierta perspectiva, pero debemos asumir los fallos y aprender de ellos, no convertirlos en una barrera que nos impida avanzar.
Al igual que entendemos que si un conocido se equivoca, no tiene por qué volver a caer en el mismo error, también debemos aplicárnoslo a nosotros mismos. La autoexigencia es buena, la fustigación no.
8. Te da pánico fracasar.
A nadie le gusta la sensación de fracaso, pero antes o después vamos a encontrarnos ante un desafío del que no sabremos si será posible salir airosos. Evitar a toda costa estas situaciones solo nos va a limitar, impedir que avancemos y no saber observar nuevos horizontes que quizá nos abran un amplio abanico de posibilidades. No es sencillo convivir con la sensación de no alcanzar un objetivo, pero no hay mayor fracaso que no intentarlo.
Entonces, solo tú puedes decidir ser feliz, no te conviertas en una persona “nube negra” toma en cuenta estas señales y no las repitas, se una persona autocrítica, pero sin exageraciones, vive el presente y revisa tus responsabilidades cuando las cosas no salgan bien, verás como empiezas a ver todo con una óptica diferente.