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el perro cristiano ,cap,part 2

Info4/15/2008
el perro cristiano libro de ariel osvaldo torres sobre ricardo iorio..
Su primer bajo llegó en ocasión de su cumpleaños número dieciséis. Don Alfredo
y doña Elda le regalaron a Ricardo un Faim modelo Jazz Bass de color blanco
que habían comprado en una casa de venta de instrumentos musicales propiedad de
unos italianos. Nada podía haberlo complacido más.
Tal vez si hubiera recibido un saxo como regalo, otra sería su historia. No era hacer
cualquier tipo de música lo que le interesaba: “Yo soñaba con ese bajo. Mis padres
me compraron el instrumento pero me dijeron: ‘Tenés que ir a estudiar’. Ese fue
el trato. Así que fui a estudiar uno o dos años con un afroamericano de apellido García,
pero no cazaba la onda del tipo, porque me quería hacer leer música... ¡y eso era
como ir a la escuela! Entonces no aprendí nada. Me di cuenta que esa no era la manera
para aprender. Hoy pienso que la mejor manera de aprender a tocar es inventando
canciones, o que algún amigo te diga cómo se afina y cuáles son los tonos”.
En los últimos años del secundario, en el colegio Nuestra Señora de Luján, Ricardo
hizo importantes amistades y relaciones que marcaron una impronta en su futuro
como músico. A ese colegio concurrían los hermanos Horacio y Héctor Cristofanetti,
dos pibes que por entonces ya tocaban muy bien la guitarra y que tenían buen oído.
Escuchaban Yes y mucho rock progresivo. Afuerza de visitarlos, Iorio abrió musicalmente
su cabeza, que en ese momento sólo tenía lugar para el rock pesado.
Iorio adquirió importantes conocimientos musicales con los hermanos Cristofanetti.
Incluso llegaron a formar un grupo (al que bautizaron poco ingeniosamente
‘Ernesto’) con el que hicieron canciones que hoy el propio Iorio describe como “las
que tocaba Sumo. (...) A ellos les gustaba ese tipo de música. Como eran mis amigos
y yo siempre estaba con ellos, salía eso. No tenían mamá, entonces nos juntábamos
todas las noches en su casa y eso era como un ritual. Aparte, en ese tiempo
ocurrió la explosión del cassette y fue muy importante para nosotros tener la posibilidad
de grabarnos. Entonces grabábamos canciones acompañándonos con las sillas
en lugar de una batería. También inventábamos discos, les hacíamos las tapas e
íbamos por ahí diciéndole a la gente que ése era nuestro disco. Cuando sucedió todo
esto ya tocaba en los inicios de V8”.
Otro de los amigos íntimos de esa época, que no era compañero suyo de colegio,
era un joven llamado Daniel Britos. Daniel era un amigo del barrio que tocaba el bajo
y que se convirtió en su compinche de diversiones. Iorio y él eran inseparables.
Sus travesuras de ese tiempo consistían en pararse en las vías del Ferrocarril San
Martín esperando el paso de los trenes. Saltaban fuera de la vía sólo cuando las locomotoras
estaban ya bien cerca, pero Daniel Britos iba más allá que los demás, era
más arriesgado: su hazaña consistía en apartarse de los rieles cuando el tren estaba
a apenas diez metros suyo. “Nos hacía llorar del cagazo”, recuerda Iorio.
Daniel tenía un hermano, Aníbal, y una hermana llamada Miriam, a quien Iorio
la recuerda como la más linda del barrio; ambos eran unos auténticos rockeros en la
zona y querían llevar ese tipo de vida que solamente se podía hacer lejos de las casas.
Porque en ese tiempo los jóvenes rockeros debían arreglarse el cabello cuando
regresaban a sus hogares, para que sus padres no se dieran cuenta en qué andaban
sus hijos. “Esa misma gente es la que hoy dice qué es lo que se debe escuchar y lo
que no. Esa sociedad era la que marginaba el rock pesado. Marginaban todo lo que
hicieran Pappo, Vox Dei o Manal. Los hijos de aquellos que prohibían esa clase de
música con el tiempo se dieron cuenta de que el rock también puede ser una salida
laboral muy importante. Pero en ese momento para los padres era: ‘Nada de rock.
Tenés que ir a laburar’”, opina Iorio. Daniel Britos falleció en la década del 90 a
causa de un accidente; pero, según afirma Iorio, se fue en paz y (lo recuerda bien),
un tiempo antes de morir le obsequió al joven músico un bajo.
Finalmente, un amigo que formó también parte de su barra era un muchacho al que
apodaban ‘Pata’. Este personaje fue el primero que exhibió una guitarra Fender Stratocaster
en la zona de Santos Lugares. Típico muchacho de barrio, este músico llamaba
la atención de sus amigos por sus habilidades con las seis cuerdas. Ricardo recuerda
que Pata se convirtió en su verdadero profesor de bajo: “En dos horas me enseñó a
tocar el instrumento como lo toqué hasta la última vez. Me enseñó los tonos, cómo
meter los dedos, cómo era esto... todo. Teníamos un grupo con él y con otro muchacho
que todavía vive, que se llama Carlos Ramos, también baterista de esa zona, un
muchacho unos años más grande que nosotros. Aprendí mucho con ellos también”.
Igual que le sucedió a muchos músicos de rock de su generación, una vez que
mejoró su técnica con su instrumento comenzó a componer más decentemente. Lo
cierto es que Iorio pronto desarrolló ese don particular que posee de escribir letras
y melodías por intuición, aptitudes que hoy lo distinguen como un buen improvisador
y payador. “Detesto los conservatorios y aprender música. Yo era más de escuchar
una canción y tratar de sacarla; así fui desarrollando el oído. Soy de ese palo.
Desprecio a los que hacen música para los músicos y no para la gente. También odio
la noción del arte como placer exclusivamente estético. Si me hice músico también
fue para expresar a través de ello todo lo que siento, para identificar al argentino real,
al que menos posibilidades tiene. Quiero luchar hasta la muerte, quiero cantar para
que podamos seguir siendo argentinos y evitar que nos transformemos en turistas
de nuestro propio país —dice hoy, serio, reflexivo, al tiempo que rememora—: Antes
de aprender a tocar la guitarra y de aprender a afinar ya tenía canciones inventadas,
con letras y melodías. En ese tiempo estaba Sui Generis y era más fácil tocar
‘Rasguña las piedras’ y boludeces como ésas, que una canción de Pappo. Igualmente,
confieso que nunca fui muy bueno para tocar las canciones de otros, entonces inventaba
las mías. Me acuerdo que iba a algún cumpleaños, por ejemplo, agarraba la
guitarra, tocaba y cantaba. Entonces me preguntaban: ‘¿Esa canción de quién es?’.
Como yo no podía confesar que era mía porque si lo decía no me creían, entonces
decía que eran canciones de otros. Así era; desde pendejo siempre quise cantar cosas
mías”.
En materia de trabajos hay que decir que Iorio se ganó la vida inicialmente con
muy diversos oficios, incluyendo el de heladero, pues el rock recién le trajo el sustento
en la edad adulta. Con el pasar de los años estuvo vinculado con actividades
bastante intensas: descargó camiones con bolsas de alimento balanceado de la reconocida
empresa Cargill, fue aprendiz de tornero trabajando para otro gran amigo de
Caseros, Roque Agassi; y finalmente aprendió el oficio de comerciante. Así comenzó
a trabajar bajo la tutela de su padre en el rubro frutihortícola. Iorio trabajaba de
día y estudiaba de noche; y también encontraba tiempo para hacer música.
Con los primeros ahorros, su padre decidió comprar un viejo camión Bedford para
repartir papas y cebollas por la zona de Villa Lynch, Caseros, Lourdes y Santos
Lugares. No les fue mal en el ambiente de la frutihorticultura; les fue bien al punto
en que muy pronto decidieron incorporar a otro empleado, y el elegido fue Horacio
Cristofanetti, el amigo de Ricardo. Aquello sucedió ya en épocas de V8.
Más tarde, Ricardo, su hermano y don Alfredo tuvieron un puesto de venta mayorista
de papas en el Mercado del Abasto donde permanecieron siete años. Este dato
no es menor, porque en ese entonces el ritmo de trabajo era estable, el dinero entraba
fácil, y ello le dio a la familia Iorio estabilidad económica y tranquilidad
emocional. Pero un buen día el Mercado del Abasto cerró sus puertas y debieron
trasladarse al Mercado de Tres de Febrero, primero, al de San Martín después y, por
último, al Mercado Central. “Vino la debacle de Alfonsín y me transformé en un argentino
pobre”, exclama Iorio.
—Pero a tus viejos sí les fue bien...
—Sí, a mis padres les fue bien. Cuando uno trabaja para los viejos generalmente
gana mucho más que para el fideo y la galletita, pero viste cómo es: cuando el dinero
hay que repartirlo en la familia las ganancias son limitadas... “A este que es medio
drogado, al rockero éste que anda con la guitarrita no le demos nada”. O sea, vos
te das el tiempo para hacer lo tuyo e igualmente sos juzgado. Es como aquel que le
gusta el golf: le cuesta muy caro su hobby pero hace lo que le gusta. Bueno, la música
primero fue un hobby para mí y después se transformó en una profesión. Pero
hasta que tus viejos entienden eso pasan un montón de años, en mi caso tuvieron que
pasar quince. Recién se avivaron cuando empecé a llevarles regalos: “Tomen, con
la música gané plata y les compré una cocina”.
—Un poco tarde llegó el reconocimiento...
—Pero tarde es mejor que nunca. Igualmente recibí halagos en cantidades de parte
de mis padres cuando razonaron. No sé si sintieron un cargo de conciencia o qué,
pero al menos comenzaron a reflexionar: “Llegó a ser músico sin que lo hayamos
mandado a un conservatorio. Salió torcido, pero algo tiene este hijo de puta”.
Iorio suele contar que su padre era una máquina de trabajar para sostener a la familia.
Hizo de todo lo imaginable (incluso vendió animales en la calle), y hasta que
no tuvo una flota de camiones para asegurarse un bienestar, no paró. Años más tarde,
llegaría a tener un lavadero de ropa.
Quienes conocen bien de cerca al músico, dicen que padre e hijo tuvieron una relación
de confrontaciones intermitentes durante varios años, pero que hoy se llevan
bien, a pesar de que se ven en raras ocasiones. Todos sus allegados sostienen que ambos
se parecen y que son dos tornados en acción. Ricardo heredó el temperamento y
hasta la contextura física de don Alfredo. “El viejo es un tipazo —afirma Melena, un
amigo incondicional de Iorio—, y es una luz para los negocios. Alfredo hizo mucha
plata... pero rompiéndose el lomo. Y claro, una vez que el tipo agarró una buena racha
económica en la vida, quiso transmitírsela a los hijos; por eso quería que Ricardo le
siguiera los pasos y se pusiera ‘bicho’ en la papa. Pero al loco todo eso no le importaba.
La onda de él era la música. Me acuerdo que el viejo me decía: ‘Este hijo de puta
anda todo el día con la guitarra. ¡Me tiene los huevos llenos!’. A veces yo llegaba al
Mercado del Abasto y veía a un montón de pibes de todos lados en el puesto, porque
se enteraban que el bajista de V8 estaba ahí y se sentaban a conversar. Entonces aparecía
el viejo de Ricardo, que le decía: ‘No me hagás nido de águilas, pibe. ¡Sacame
a todos estos buitres de acá!’. Y los echaba a todos. Mirá cómo son las vueltas de la
vida que a veces voy a la quinta del viejo y cuando escucha un tango cantado por el
hijo se pone a llorar. ‘Pensar que yo no quería que fuera músico’, dice a veces”.
“Lo que pasa es que se llevan poca diferencia de edad —sostiene el actual mánager
de Almafuerte, Marcelo Caputo—, es joven el padre de Ricardo, y es como que
tienen un temperamento muy fuerte los dos. Entonces chocan, porque cada uno tiene
su forma de pensar y su temperamento. Por lo general los padres quieren que sus
hijos sean como ellos y de repente no todos los hijos son iguales a los padres. En
ese sentido, a nivel negocios, don Alfredo era una luz y Ricardo un cero a la izquierda.
Iorio es músico, compositor, autor... tiene otra veta. No tiene la veta del comerciante
y el billete”, dice Caputo, quien también conoce a Iorio desde las tempranas
épocas del Abasto. Entonces queda claro: a él, justamente, a Ricardo Iorio, no vengan
a hablarle de números. Lo suyo son las letras, la música, el pasatiempo de poner
en versos sus decires y de hilvanar casi artesanalmente las palabras.
Cuando se le pregunta por sus padres, Iorio se pone inquieto, raro. Dependiendo
de la situación pueden aflorar viejos rencores o palabras de cariño, o ambas cosas a
la vez: “Trabajar para la familia es algo que en la adolescencia uno no puede comprender,
porque a esa edad uno no se da cuenta de que son intereses propios. Me
rompió mucho las pelotas tener ciertas privaciones, muchas obligaciones y poca diversión
en mi adolescencia, y bueno... yo fui un rebelde con todo y no puedo decir
que me llevé bien con mis viejos, pero ellos fueron muy buenos. Son jóvenes, y se
casaron muy jóvenes también, aunque ahora están separados. Están vivos, los quiero”.
Lo cierto es que probablemente ninguno de los dos haya pensado nunca que su
hijo iba a ser un triunfador en la música...
—¿Tus padres fueron a verte alguna vez a un concierto?
—Una vez, cuando era muy chico. Ahora no. Tampoco soy muy apegado a mis
padres, me refiero a eso de estar con ellos todo el tiempo. Ya estuve con mis viejos
cuando fui chico. Ahora, de grande, aprendo a vivir mirando a las aves, que no duermen
en los nidos. Los pájaros hacen nidos para procrear y luego se van y los otros
quedan para reproducirse. Esa es mi manera de vivir. Yo creo que ‘mi familia’ es la
que tengo ahora, la otra es la familia donde nací. No soy de ir a visitar a nadie, tampoco
soy el que a tal hora tiene que comer... es un despelote mi existencia.
En materia musical, hay quienes afirman que otro hito en su vida llegó la mañana
de un sábado de julio de 1978, cuando en su barrio escuchó una publicidad que
anunciaba la proyección de la película La canción es la misma, de Led Zeppelin, en
un cine de Santos Lugares. Aunque poco le importaba la música de Robert Plant y
Jimmy Page, Ricardo Iorio sucumbió a la irresistible tentación de ver aquella película,
y en ese cine, una fría noche de invierno, conoció a Carlos Aragoné, con quien
formó su primer grupo de auténtico rock pesado: Alarma.
Recuerda que “con un coche y unos autoparlantes hicieron la publicidad de esa
película. En ese cine nos encontramos por primera vez todos los rockeros de la zona
de Tres de Febrero. Nos conocimos todos ahí, esa noche. Y nos dimos cuenta que
éramos muchos los de pelo largo. Me acuerdo que estuvo un pibe de apellido Salmo,
un guitarrista hijo de un carpintero, que tocó en el club San Andrés junto a Rosanroll
y otras bandas que había en la época. Ahí también conocí a Chofa Moreno y
empezamos a frecuentarnos. Al otro día de habernos conocido empezó todo. Aragoné
me preguntó: ‘¿Vos qué hacés, qué tocás?’. Yo dije: ‘Soy bajista’. ¡Mentira! Yo
no había tocado el bajo en ningún grupo. De cara dura le dije eso y bueno... Eso fue
un sábado a la noche y el lunes siguiente ya teníamos la banda”.
Para el puesto de baterista convocaron a otro compañero del colegio Nuestra Señora
de Luján, un chico llamado Sandro Castaña que, según Iorio, conocía poco y
nada de rock. Castaña tocaba la batería porque sus padres le habían comprado una
para tocar en las fiestas de cumpleaños. “Él creía que la música era Nino Bravo y
esas cosas. ¡Pero le hicimos escuchar Black Sabbath y resultó que sabía tocar! Éramos
pibitos que escuchábamos un disco de Sabbath, sacábamos una canción y la tocábamos
todo el día”.
Con esa formación (Iorio, Aragoné y Castaña) Alarma debutó oficialmente el 21
de septiembre de 1978 en el colegio al que concurrían en horario nocturno. Iorio
cantaba. Tenía dieciséis años. “Solamente sabía poner los dedos donde mis temas lo
requerían. Me acuerdo que la directora del colegio quería suspender la fiesta al segundo
tema porque decía que éramos violentos y que esa música no era adecuada
para la fiesta. Teníamos como ocho temas nuestros para tocar y al segundo vino la
tipa y dijo: ‘No, no. Esto no va, así no se puede seguir. No es lógico’. Pero la gente
que organizaba la fiesta quiso que siguiéramos tocando. Y bueno, esas cosas son las
que más fuerzas me dieron, porque si la directora nos hubiese dicho: ‘¡Qué lindo!
¡Los felicito!’, entonces hubiera dejado la música”.
Por aquellos tiempos Iorio salía de la escuela a la noche y con los pibes del conjunto
Alarma iban a tocar a la casa de Chofa o a la de Daniel Britos. También intercambiaba
discos de vinilo con su amigo Horacio Cristofanetti en Plaza Las Heras,
cuando en esos tiempos se instalaba allí una feria y al lugar confluían los primeros
punks de la época. Iorio y su amigo Cristo madrugaban los días domingos para llegar
bien temprano a la plaza y no perderse nada de lo que allí sucedía. Buscaban entretenimientos
que los llevaran a conectarse aún más con el rock y a vincularse con
otros jóvenes inconformes como ellos, algunos de los cuales trascendieron en el negocio
de la música, pero no como músicos precisamente. “Horacio es un amigazo
—cuenta Iorio—. En una época yo manejé un camión; tenía que descargar bolsas de
papas y necesitaba un empleado, y lo llevé a él. De última yo hacía el doble de trabajo,
pero estaba todo el día con mi amigo. Cristo estudiaba conmigo de noche en
esa escuela ubicada enfrente de la cancha de Estudiantes de Buenos Aires y andábamos
siempre juntos. Me acuerdo que para ir a cambiar discos había que levantarse
temprano los domingos, pero eso no era problema porque el que escuchaba discos
no iba a bailar. Y a las ocho o nueve de la mañana ya estábamos en la plaza. Ahí conocí
a los que después fueron los dueños de Radio Trípoli Discos, Walter Kolm y
Sergio Fasanelli. A veces caía la policía a realizar operativos con Itakas porque cre-
ían que todos nosotros comercializábamos drogas. Recuerdo que en ese lugar, cuando
murió John Lennon, hubo que hacer un minuto de silencio”.
Un tiempo antes del asesinato de Lennon, un día domingo de 1978, Iorio conoció
en Plaza Las Heras al actual coordinador de Almafuerte, Marcelo Tommy Moya,
quien se convertiría en un inseparable amigo suyo a partir de entonces. Igual que pasó
con Marcelo Caputo, Tommy tuvo una enorme influencia en el destino de Iorio.
Ricardo lo conoció de una manera desopilante: un día, en esa plaza, el joven músico
encontró un prendedor que le había visto a Tommy, a quien ya conocía de vista. Sabía
que el pin le pertenecía a ese muchacho de pelo largo porque era muy particular:
llevaba impreso el dibujo de un guitarrista y su instrumento, un símbolo que el sello
discográfico brasileño Rock Brigade convirtió en marca registrada años después. Iorio
lució en el colegio aquel prendedor toda la semana, esperando a que llegara el domingo
siguiente para devolvérselo a su dueño y así poder entablar diálogo con él.
El domingo llegó, y Ricardo fue directo a encarar a Tommy:
—Loco, mirá, encontré esto. Yo sé que es tuyo —le dijo Iorio a Marcelo.
Tommy no se inmutó.
—Ah, sí, es verdad. Es mío. ¡Muchas gracias, loco! —y se fue Tommy, sin darle
más charla a Iorio.
“‘Este es un hijo de puta’ pensé en ese momento. No pude hacer amistad con el
tipo. Pero un tiempo después, una madrugada, subí a un colectivo y ahí lo encontré.
Como los dos teníamos que viajar re-lejos, en ese colectivo comenzamos a charlar
y ahí nació la amistad. Tommy fue otro de mis ejemplos. Yo quería ser un loco con
pelo largo y campera de cuero, como él; pero además Marcelo me ayudó mucho en
la vida, me proveyó de salas de ensayo, de casa, instrumentos... y no sólo a mí, sino
también a otros músicos que pasaron por V8. Es muy importante tener un amigo
grande cuando uno es pibe porque es tu pierna, porque si vos no tenés un amigo
grande, que tiene casa, cuando tus padres te echan, ¿adónde vas a ir a vivir? A veces
Tommy me hace enojar, pero no laburar con él sería como separar a un integrante
de Almafuerte”, confiesa Ricardo.
Marcelo Tommy es lo que se dice un auténtico rockero. Hincha de Chacarita Juniors,
siempre vestido de negro, el músico evoca así los tiempos en que conoció a
su amigo Iorio: “Nos conocimos de vista cambiando discos en esa plaza en el año
1978, pero la verdadera amistad nació después, cuando nos encontrábamos en Parque
Rivadavia, en Parque Centenario o en los conciertos de rock pesado”.
Aunque reconoce que hasta principios los años ochenta se animó a tocar la guitarra
en la F. Metal Band, el fuerte de Tommy fue siempre la organización de conciertos.
“A comienzo de los ochenta yo laburaba y armaba recitales en colegios de
la zona de Villa Ballester o en teatros como el Independencia... me gustaba organizar
recitales que duraban todo el día. Cerraba las puertas, la policía pasaba por el lugar
y no se enteraba de lo que sucedía adentro porque no escuchaba nada, por suerte...
sino nos llevaban en cana. Era como una cosa muy clandestina todo. Una vez,
en el año 80, organicé un concierto en el club El Porvenir donde tocaron Riff y
MAM, el grupo donde tocaban los hermanos Mollo. Lo íbamos a organizar afuera
del club pero se llovió todo. Ricardo fue a ese concierto. La anécdota es que el gru-
po Dulces 16 también tocó esa noche, y después de su show tenían que irse rápido;
entonces, para dar una mano Ricardo quiso ayudarnos con los equipos. Sin querer
colocó un amplificador detrás de una camioneta que dio marcha atrás... y lo destrozó.
Ricardo no dijo nada, metió el equipo en el flete y se hizo el boludo. Después yo
tuve que poner la cara con los Dulces 16”.
La graciosa anécdota de Tommy revela otra pasión de Ricardo: le encantaba ser
plomo de las bandas. Así recuerda el músico aquella temprana vocación: “Yo quería
ayudar porque me daba cuenta de que la movida estaba ahí, no en ser parte del
público. La onda estaba en eso de: ‘¿Te doy una mano?’. Como siempre fui un hombre
más o menos fuerte, y como cuando uno es pibe tiene todo el sol encerrado en
una mano, entonces hacía esas cosas de onda”.
Y le encantaban los conciertos, también, qué duda cabe; a los catorce asistió por
primera vez a uno, en el club Comunicaciones de Villa del Parque. Fue un festival
de Carnaval en el que participaron León Gieco, Nito Mestre y los Desconocidos de
Siempre, Vox Dei, Plus, Alas, Crucis y bandas de ese tipo. “Fue muy lindo —recuerda
Iorio—. Fui con mi hermano, que es dos años mayor que yo. En esa época éramos
compinches con Alfredo porque además él compró la primera guitarra eléctrica;
pero cuando éramos más chicos no nos llevábamos muy bien. Él vive en España
desde hace veinticinco años”.
Ricardo habla muy poco de su hermana Andrea, once años menor que él, salvo
para contar que cuando eran chicos se llevaba bien con ella: “Fui muy protector de
mi hermanita. Me llevé muy bien hasta que formé mi propia familia y empecé con
mis horizontes musicales. Ahí ya dejé de ser su hermanito”. No acostumbraba a salir
con ella, porque según explica “siempre llevé una vida rodeada de locos y no daba
para llevar a una hermana chiquita a los lugares que yo frecuentaba”.
La etapa de la dictadura militar Iorio la tiene bien grabada en su memoria, pues
lo atrapó en su período de juventud. “El pueblo argentino vive un proceso de constante
exterminio desde hace siglos —escribió para el libro Bichos raros de Martín
Troncoso y Diego Angeli (actualmente en proceso de edición)—. Primero exterminaron
a los indios; los tehuelches y los onas. Después, hace unos pocos años, la dictadura
militar se encargó de exterminar al pueblo argentino con sus propias banderas,
tal como hace cien años. De la dictadura recuerdo que el grado máximo de asco
lo tuve cuando vi a Massera hablando por televisión. Esos tipos son los que jugaron
con el país y por eso siguen manteniendo el poder, porque los que verdaderamente
trataron de luchar por la nación argentina murieron en la última de las miserias”.
Hoy día, Iorio ve con ojos críticos esa época: “Yo fui uno de los tantos giles que no
sabían nada, que tenía padres que al encender la tele y ver a Gina Lollobrigida diciendo
en Europa que acá había campos de concentración, decían: ‘Mirá vos, esta
hija de puta cómo hace ver mal a nuestro país’”.
Ser un rockero en la dictadura fue un período de “soledad total” para Iorio porque,
según afirma, cuando empezó con el rock pesado, “el que escuchaba Pappo o Vox
Dei era un pardo. Todos escuchaban otra cosa, desde jazz rock, hasta música hecha
para músicos, cosas hechas sin sentimiento. Acá, los milicos importaron a Abba y
suspendieron durante quince años la proyección de The Wall o La naranja mecáni-
ca, ¡y Abba era lo más evangelista que había en la música! Las reuniones en las esquinas
no existían en ese momento, existía el pibe que se pasaba toda la semana laburando
y los sábados se cambiaba después de jugar a la pelota y se quedaba en la
puerta de su casa; ni siquiera iba a bailar. Pero pienso que en esa época también hubo
jóvenes que hicieron cosas bastante positivas, como fue enarbolar la bandera de
las pasiones en contra de lo establecido”.
En la memoria de Marcelo Tommy también aparecen cicatrices imborrables de
aquellos oscuros tiempos de la Argentina: “Nacimos en una generación de miedo.
La época militar digamos que nos arruinó un poco la vida —reflexiona con cierto
resentimiento—. Tener el pelo largo, no escuchar jazz rock y ser distinto a todos era
arriesgarse a que te agarraran, te cagaran a palos o a que no volvieras a tu casa. Ser
distinto era sinónimo de ser subversivo para la sociedad y las instituciones. No me
acuerdo si alguna vez caí en cana con Ricardo, pero sí estoy seguro de que en algún
concierto Ricardo huyó corriendo y yo, por otro lado, zafé de la policía escondiéndome
debajo de un escenario. La cosa era salvarse”.
Los días de Iorio en ese momento quedaron marcados por una perfecta metamorfosis
provocada por el rock. Y tuvo una consigna: aparecer en los diarios, aunque
fuera solamente para que sus padres le “dejaran de hinchar las pelotas” por su afición
a la música: “Repudiaban mis ganas de ser músico y de querer usar el pelo largo.
Por eso en casa me empecé a transformar en un cuervo; así era como me decían
mis familiares. Un cuervo de ésos me hice, y bueno, ahí me enganché. Siempre me
gustó hacer lo más rebelde, que era el rock pesado, el rock duro. Para mí la música
era una forma de escaparme de esa cosa tan horrible que era la obligación de aprender
algo estúpido, para después memorizarlo y repetirlo como un loro. Pero con el
tiempo mis familiares vieron los diarios, las revistas y muchas veces reconocieron
que se equivocaron, que me tendrían que haber apoyado más”, cuenta.
Unas semanas después del debut de Alarma en el colegio Nuestra Señora de Luján,
las cosas cambiaron en la banda con el ingreso de Ricardo Moreno. Nacido en
Capital Federal, pero vecino del barrio de Caseros, este individuo conocido como
‘Chofa’ aportó influencias más pesadas a los temas de Iorio, ya que era fanático de
Black Sabbath y contaba con todos los discos del grupo editados en el país. Pero no
fue sólo eso: Chofa también estaba bien equipado, según recuerda Iorio: “El Chofa
fue un poco más protegido por su madre, que le compraba instrumentos y equipos.
En esa época era muy difícil tener un equipo y una guitarra, no era algo común. La
cuestión es que él tenía una guitarra Faim Les Paul y equipos Decoud, fabricados en
la zona de Villa Ballester, que sonaban terriblemente bien”.
Con la llegada de Moreno el sonido del grupo tardó muy poco en endurecerse.
Comenzaron ensayando los fines de semana junto a Aragoné en la segunda guitarra
y Castaña en la batería, intentando tocar temas de Black Sabbath y algunos temas
propios.
Quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo describen a Moreno como un muchacho
alegre pero de pocas palabras, tímido, más bien introvertido. Sobreprotegido
por su madre (era hijo único, de madre soltera) hay quienes afirman que su personalidad
estaba ligada directamente a la enfermedad que arrastró desde chico: el asma.

Sin embargo, todos coinciden en afirmar sin asomo de duda que Moreno poseía muchísimo
talento a la hora de tocar la guitarra eléctrica; y así, a los dieciocho, se daba
bastante maña para olvidarse de sus limitaciones físicas refugiándose en la música.
Como es normal a esa edad, la inestabilidad e inexperiencia de los músicos hacen
que los grupos tengan una vida más bien fugaz, o que sus integrantes vayan saltando
de banda en banda hasta que los sobrevivientes (si los hay) encuentran una
formación mínimamente estable en la que fraguar una decente carrera musical. Eso
fue lo que le sucedió a Alarma, el primer grupo de rock de Iorio, que duró solo algunas
semanas: tras la salida de Sandro Castaña fueron varios los bateristas que pasaron,
entre ellos Daniel Colombres. “ Daniel tocó con nosotros varias veces, porque
era de nuestro barrio. Nos ayudó mucho. Él era un poco más grande que nosotros;
ya era un profesional y nos enseñó cómo tocar en una banda con doble bombo y esas
cosas. Me acuerdo que con él tocábamos temas de El Reloj”, subraya Iorio.
Ya en el verano de 1979, un nuevo baterista probó suerte: Pichi Correa. Con esa
formación (Moreno, Aragoné, Iorio y Correa), pero esta vez con el nombre de Comunión
Humana, el nuevo grupo de Ricardo Iorio realizó tres presentaciones en el partido
de Tres de Febrero, en el conurbano de Buenos Aires, dos de las cuales se dieron
durante los carnavales en los clubes América y El Triunfo. La tercera fue en el club
Italiano Uniti, ubicado en la Avenida San Martín, en el mes de abril. En esta última
ocasión, el escenario fue compartido por cuatro bandas integradas por amigos y allegados
con diferentes gustos musicales. De aquel concierto hay un testimonio en V8,
Un sentimiento, el libro de Ana Mourín: “Comunión Humana cerró el espectáculo, en
el que sólo la voz tuvo reamplificación pero en el que se contó con algunas luces, aunque
de las cincuenta personas que pagaron la entrada, sólo veinte presenciaron el espectáculo
íntegramente”. “Era así —confirma Iorio—. Comunión Humana fue como
la continuación de Alarma con otro baterista. En la música siempre traté de no quedarme
llorando en el pasado o en lo que no pudo ser. Si un grupo no daba para más, entonces
arrancaba con otro. ¡A la mierda! ¡A no quedarse! ¡Que no decaiga! Y creo que
eso lo dije en varias letras. Con Comunión Humana íbamos a los clubes de nuestra zona
y organizábamos nuestros conciertos para cuarenta o cincuenta loquitos igual que
nosotros. Recuerdo que en la promoción para los shows de carnaval en Caseros se leía:
‘A todo rismo con roc’. El libro de Anita cuenta bien esa anécdota”.
—¿Cómo eran esos ensayos de Comunión Humana?
—Prácticamente no existían las salas en ese entonces. Actualmente hay salas de
ensayo en todos lados y podés tocar con cuatro mil watts de potencia y nadie dice
nada, pero en ese momento no. Teníamos problemas con los vecinos. Además, no
sólo los vecinos eran un inconveniente sino también la gente que se acercaba de todos
lados, porque escuchaban la música y se arrimaban. Salíamos de ensayar y teníamos
un montón de locos en la puerta porque querían escuchar rock. ¡Hasta los
sordos venían! Tengo un amigo llamado Diego Ricardi, que en ese tiempo llevaba a
nuestros ensayos a su hermanito, que era sordo. El tipo apoyaba las manos en los
parlantes y a través de las vibraciones podía sentir la música. Hasta el día de hoy hace
eso; capaz que estoy dando un concierto y miro hacia un costado y puedo verlo
poniendo las manos en los bafles. Eso es increíble.
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EL PERRO CRISTIANO - Ariel Osvaldo Torres
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