La Tragedia del Villa Franca
Murieron Fernando Pampín y las hermanas Ana María y María Celestina Meabe. Un incendio feroz en el río Paraná el 4 de junio de 1922 que iluminó por muchos años de dolor los cielos de Corrientes. Un homenaje a esas familias que vieron frustradas el mañana de almas tan jóvenes y en particular doña Ana Reguera de Meabe, quien no sólo perdió su hija recién casada y yerno, sino también otra hija soltera. Desde ese día aquella casa de la calle San Juan fue el Templo de una Santa. Fue doña Ana, la noble señora que sobrellevó su amargura con resignación cristiana, acorde con sus más íntimas convicciones.
La familia de Ernesto Meabe y Ana Reguera (hija del famoso coronel Raymundo Fernández Reguera) vivieron en la casona de la calle San Juan entre Quintana y Mayo. Desde la tragedia que se llevó a sus dos hijas doña Ana casi no salió más de esas paredes. En cambio don Ernesto viajaba al campo a atender sus intereses y continuó destacándose como criador. Por sus venas corría sangre de estancieros. No en balde –acota el doctor Fernando J. Díaz Ulloque- en el Almanaque del Río de la Plata, publicado en 1826, con datos únicamente sobre las dos provincias más importantes de ese momento (Buenos Aires y Corrientes) figura entre los principales ganaderos correntinos su abuelo, el español Don Francisco Cándido Meabe, primero con ese apellido en llegar al Río de la Plata y consecuentemente a Corrientes. El primer diputado con ese apellido, que integró el Congreso Provincial cuando lo presidió Pedro Ferré y era gobernador Genaro Berón de Astrada.
La Tragedia del vapor
Cuando el matrimonio Meabe-Reguera llegó a la satisfacción de haber formado a sus hijos y a sus hijas, un manto de tremenda tragedia cayó de súbito sobre el hogar. Su hija Ana María se casa con Fernando Pampín, Todo aseguraba una vida feliz al nuevo matrimonio, que debía habitar una de las residencias más suntuosas de la ciudad de Corrientes, construida precisamente para ellos en la calle Mayo entre Rioja y San Juan, donde después funcionó el Club del Progreso, posteriormente el Hotel Savoy y más tarde el Sanatorio del Litoral. Un edificio digno de la Avenida Alvear de Buenos Aires, lo que marcaba la Argentina que se venía en desarrollo de cara al siglo XX.
El enlace Pampín-Meabe fue uno de los acontecimientos más significativos de la vida social de Corrientes en todas las épocas. Bendecida la unión en la Iglesia de la Merced, los padres ofrecieron luego una recepción en su domicilio. Los novios durmieron esa noche en la Quinta Pampín, ubicada a las afueras de Corrientes sobre la calle conocida como la que va al Hipódromo.
La superstición suele creer que los casamientos contraídos en días de lluvia hacen desgraciados a los cónyuges, y el de los esposos Pampín-Meabe tuvo lugar precisamente en una tarde azotada por una gran precipitación fluvial. Pero además de esa “explicación”, para la gran desgracia que les sobrevino enseguida, cabe también otra, vinculada igualmente a la superchería popular. Los recién casados al llegar a la quinta descubrieron que, por error, habían llevado las llaves del panteón de la familia Pampín, por lo que fue necesario forzar las puertas para entrar. Trágico augurio que habría de cumplirse con la precisión de un oráculo fatal.
El infortunio del flamante matrimonio Pampín-Meabe fue una de las grandes tragedias correntinas. Desde la fiebre amarilla desatada en 1870 Corrientes no había vivido jornadas de tanto dolor colectivo, porque si en aquella oportunidad todos los correntinos lloraron la presencia de la epidemia en sus hogares, cuando se produjo el drama que se conoce con el nombre de la “tragedia del Villa Franca”, si bien las víctimas fueron pocas, la relevancia de las mismas y los detalles del siniestro hicieron que otra vez cada una de las familias correntinas de su tiempo sintieran a fuego el dolor de su propio corazón. Morían martirizadas cuatro personas jóvenes, dos de ellas recientemente unidas en su promesa de amor ante la Ley y ante el altar de Dios.
El verdadero viaje de bodas de la hija de y del yerno de Ana Reguera de Meabe iba a ser a Europa, pero previamente estaba prevista una permanencia de dos días en la quinta y, luego una excursión a las Cataratas del Iguazú. Así, pues cumplido aquel término, el nuevo matrimonio salió para Misiones. Desde entonces la soberbia quinta de los Pampín nunca más fue habitada por la familia.
Fernando Pampín y su esposa viajaron hasta Posadas en el vapor de la carrera. Los acompañaban las niñas María Celestina Meabe Reguera y María Lucía Meabe de Madariaga (hermana y prima respectivamente de la recién casada) y don Rómulo Amadey, éste viajó tan sólo hasta un puerto intermedio por lo cual no estuvo en el dramático suceso. Desde Posadas debían proseguir hasta las Cataratas, propiamente hasta Puerto Aguirre, en el vapor “Villa Franca” que habitualmente unía ambas localidades.
El barco propiedad de la empresa yerbatera de don Julio T. Alica, zarpó del puerto de Posadas a las trece horas del día Sábado 3 de junio de 1922. En esa fecha los diarios de Corrientes informaban que se ultimaban los preparativos para renovar parcialmente la comisión directiva del Jockey Club, donde cesaban entre otros, en sus mandatos, los señores Amado Sosa, Juan Aguirre Contte, Enrique A. Maróttoli, Fernando Canevaro y en el Teatro Vera se anunciaba para el día 6 el debut de Teresita Zazá. Nada hacía suponer la tremenda noticia que horas después habría de colmar las columnas de los diarios de todo el país.
Como buque mixto, el “Villa Franca” llevaba, además de ciento veinte pasajeros (muchos niños) de primera y segunda clase, y de sus treinta tripulantes, mercaderías para los puertos y colonias del Alto Paraná, y un importante cargamento de nafta para el dueño del Hotel de las Cataratas del Iguazú. Así navegó durante todo el día 3 de junio El tiempo era favorable y la temperatura deliciosa. Los pasajeros, tanto los de primera clase, como los de segunda clase, se pasaron contemplando el espectáculo. Más o menos a la medianoche se habían retirado a sus camarotes. Sólo aparecía en el buque alguna que otra persona integrante de la tripulación. El “Villa Franca” avanzaba majestuosamente entre Colonia Casado y la colonia alemana Hohenau, a un lado las costas argentina y al otro las paraguayas, separadas por el río, que allí tiene entre 250 y 400 metros de ancho. Era ya por entonces una zona bastante habitada.
Decisión fatal
Alrededor de la una de la madrugada del domingo 4 de junio de 1922, fue la tragedia. A la altura de Corpus, parece que un marinero momentos antes de producirse el fuego, había visto que de la bodega salía humo, y entonces tomó un farol y abriendo la escotilla de la misma lo metió bien adentro de la bodega para ver lo que pasaba en el interior. Así se produjo el incendio, por la cercanía de la lámpara al elemento inflamable, incendio que enseguida se generalizó. Una voz potente resonó en el barco: “¡Fuego a bordo!” “¡Fuego a bordo!” El terror fue total. El espectáculo para los pasajeros y tripulantes era dantesco. Algunas madres desesperadas se arrojaban al río con sus hijos en brazos buscando una quimérica salvación. Es que no sólo se quemaba el barco, también la nafta derramada sobre el río ardía arriba del agua, formando un verdadero cerco de llamas. Resultaba así imposible salvarse, aún para los que sabían nadar.
El buque se hundía y sólo escaparon con vida los que tuvieran fuerzas suficientes para desplazarse zambullidos por debajo de la capa de combustible ardiendo hasta llegar a las aguas no cubiertas por la nafta y después a la costa. Entre estos figuraron el timonel Angel David, los tripulantes Cándido Martínez, y Justo Junot, quienes fueron hallados en una canoa junto a un menor de cinco años. También sobrevivieron los pasajeros Dr. Enrique Castro, Nicolás Chemes, Francisco Martínez y una familia norteamericana. De la primera clase sólo escaparon a la muerte esta familia norteamericana y tres pasajeros más. En total perecieron 70 personas. Lamentablemente el Capitán del buque, roque Chacón, dio el triste espectáculo de ser ele primero en salvarse. No así el comisario de abordo Evaristo Brítez, ni el guarda argentino, ni el guarda paraguayo que murieron cumpliendo su deber en el intento de arrancar a la muerte el mayor número posible de pasajeros.
Fernando Pampín, que era un eximio nadador, pudo haber sobrevivido, pero en el afán de llevar consigo a su mujer, a su cuñada y a su prima, perdió la vida con todas ellas. Los restos de Ana María “China” Meabe-Reguera (señora de Fernando Pampín) fueron identificados en Posadas. Tenía puesto un salvavidas completamente quemado. En situación análoga se encontraron los otros cadáveres.
La primera noticia de lo ocurrido llegó a Corrientes mediante un despacho telegráfico recibido a las trece horas del día cuatro: “Prodújose incendio cargamento nafta en el “Villa Franca”, El siniestro costó la vida de casi cien personas, entre los cuales se encuentran los esposos Pampín-Meabe”. El sábado 5 en una extensa crónica comentaba el diario El Liberal: “la noticia del trágico suceso cundió rápidamente por la ciudad produciendo intensa consternación:” La Prensa y La Nación de Buenos Aires dedicaron largos comentarios al luctuoso acontecimiento.
Desde Posadas partieron en una lancha de la Gobernación el doctor Carlos Acuña, el doctor Alfredo Meabe y don Miguel Angel Amadey, para transportar los restos de la esposa, la cuñada y de la prima de Fernando Pampín. Dichos restos, antes de ser embarcados para Corrientes, fueron velados en el domicilio del doctor Acuña. Los restos de Fernando Pampín aún no habían sido hallados, y para buscarlos partieron desde Corrientes a Posadas, por tren vía empalme en Monte Caseros, el doctor Fernando Valenzuela y don Octavio Mantilla.
El diario El Liberal invita en sus páginas al pueblo de Corrientes a concurrir al puerto a recibir los cuerpos de los infortunados jóvenes. Cuando la lancha que conducía los restos de las víctimas pasaba frente a Paso de la Patria, salió de la costa correntina el buque de paseo de la familia Andreau, conduciendo a deudos de las familias Meabe y Pampín, para incorporarse al cortejo. Toda la ciudad prácticamente estaba adherida al duelo. Instituciones de gobierno, comercios, escuelas.
Más de cinco mil personas acompañaron los restos hasta la iglesia Nuestra Señora de las Mercedes y después hasta el Cementerio.
Por su parte el entierro de Fernando Pampín tras la recuperación de sus restos, fue otra tremenda expresión de dolor colectivo.
Señala el doctor Fernando Díaz Ulloque en su recordación “No hubo en Corrientes tragedia familiar similar a la del “Villa Franca”. Tragedia para todo un pueblo, drama de tres familias, martirio de tres madres. Una de estas madres, la que tuvo más cuota en la desgracia fue Ana Reguera de Meabe. Ella no sólo perdió su hija casada y yerno, sino también otra hija soltera. Desde entonces aquella casa de la calle San Juan fue el Templo de una Santa. Era doña Ana, la noble señora que sobrellevaba su amargura con resignación cristiana, acorde con sus más íntimas convicciones.
La gran señora, la augusta matrona, siempre vestida de oscuro, con sus largos trajes hasta el suelo, aparecía como una síntesis de la dignidad correntina. Una apreciación suya era una sentencia. ("Como yo las conocí" Fernando Díaz Ulloque).
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