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George RR Martin Danza de Dragones cap 49

Info9/14/2011
JON (10)

–R'hllor– cantó Melisandre, con los brazos en alto contra la nieve que caía, –tú eres la luz en nuestros ojos, el fuego en nuestros corazones, el calor en nuestro cuerpo. Tuyo es el sol que calienta nuestros días, tuyas las estrellas que nos protegen en la oscuridad de la noche

–Alabad todos a R'hllor, el Señor de la Luz– los asistentes de la boda contestaron en coro justo antes de que un viento frío se llevara sus palabras. Jon Nieve levantó la capucha de su capa.

La nevada era ligera, una delgada capa de nieve que bailaban en el aire, pero el viento soplaba desde el este por todo el Muro, frío como el aliento del dragón de hielo en los cuentos que la Vieja Tata solía contar. Incluso el fuego de Melisandre temblaba; las llamas se acurrucaban en el fondo, crujiendo suavemente mientras la sacerdotisa roja cantaba. Únicamente Fantasma parecía no sentir el frío.

Alys Karstark se acercó a Jon. –Nieve durante el matrimonio significa un matrimonio frío. Es lo que siempre decía mi señora madre

Miró hacia donde se encontraba la reina Selyse. Debió haber una tormenta de nieve el día en el que ella y Stannis se casaron. Acurrucada bajo su manto y rodeada de sus damas y caballeros, la reina sureña parecía frágil, pálida y pequeña. Una sonrisa forzada tenía lugar en sus delgados labios, pero sus ojos brillaban en reverencia. Odiaba el frío, pero amaba el calor que le daban las llamas. Él sólo tenía que mirarla para darse cuenta. Una palabra de Melisandre, y ella caminaría de buena gana sobre el fuego, abrazándolo como un amante.

No todos los hombres de la reina parecían compartir su fervor. Ser Brus estaba medio borracho, la mano enguantada de Ser Malegom estaba ahuecada en contra del trasero de la mujer junto a él, Ser Narbert se encontraba bostezando y Ser Patrek de Montaña del Rey parecía enojado. Jon Nieve empezaba a entender por qué Stannis los había dejado con la reina.

–La noche es oscura y llena de horrores– Melisandre cantaba. –Solos nacemos y solos moriremos, pero mientras caminamos a través de este valle negro, tomamos la fuerza de otro, y de ti, Señor nuestro.– Sus sedas y satenes escarlata giraban con cada soplar del viento. –Dos vienen hoy aquí para unir sus vidas, y enfrentarán la oscuridad del mundo juntos. Llena sus corazones con fuego, Señor, para que caminen por tu sendero brillante juntos, por siempre.

–Señor de la Luz, protégenos– chillaba la Reina Selyse. Otras voces hicieron eco a la respuesta, fieles a Melisandre; damas pálidas, mujeres de servicio temblorosas, Ser Axell y Ser Narbert y Ser Lambert, hombres de armas con mallas de hierro y Thenns de bronce, incluso algunos hermanos negros de Jon. –Señor de la luz, bendice a tus hijos.

La espalda de Melisandre daba al Muro, en uno de los lados de la zanja donde yacía el fuego. La pareja a ser unida se encontraba frente a ella, con la zanja en el centro Atrás de ellos la Reina, su hija y su bufón tatuados se encontraban de pie. La princesa Shireen estaba envuelta en tantas pieles que miraba alrededor, respirando en bocanadas a través de la bufanda que le cubría la mayor parte de la cara. Ser Axell Florent y los hombres de la reina rodeaban la comitiva real.

A pesar de que sólo algunos hombres de la Guardia de la Noche se habían reunido alrededor del fuego, otros miraban hacia abajo desde tejados y ventanas y los escalones de la gran escalera en zigzag.

Jon apreció con cuidado quién estaba ahí y quién no. Algunos hombres estaban en el deber, algunos estaban simplemente dormidos. Pero otros decidieron no mostrarse como signo de desaprobación. Othell Yarwyck y Bowen Marsh estaban entre los desaparecidos. Septon Chayle había salido del sept, tocando el cristal de 7 lados en la correa de su cuello, sólo para retroceder una vez que las oraciones comenzaron.

Melisandre alzó sus manos y el fuego saltó hacia sus dedos, como un gran perro rojo saltando. Un remolino de chispas se encontró con la nieve que bajaba. –Oh, Señor de la Luz, te agradecemos– cantaba a las hambrientas llamas. –Te agradecemos por el valiente Stannis, por ti nuestro rey. Guíalo y defiéndelo, R'hllor. Protégelo de las traiciones de los hombres malos y dale fuerza para castigar a los sirvientes de la oscuridad.

–Dale fuerza– respondieron la Reina Selyse y sus caballeros y damas.

–Dale coraje. Dale sabiduría.

Alys Karstark deslizó su brazo a través del de Jon. –¿Por cuánto tiempo, Lord Nieve? Si seré enterrada debajo de esta nieve, me gustaría morir como una mujer casada

–Pronto, mi señora– le aseguró Jon. –Pronto.

–Te agradecemos señor, por el sol que nos da calor– coreaba la reina. –te agradecemos por las estrellas que nos vigilan en las noches oscuras. Te agradecemos por nuestros corazones y por nuestras antorchas que mantienen a la oscuridad salvaje en la bahía. Te agradecemos por nuestros espíritus luminosos, los fuegos en nuestro cuerpo y nuestro corazón.

Y Melisandre dijo –Déjalos seguir adelante, quienes serán unidos– Las llamas emitieron su sombra en el muro detrás de ella, y su rubí brilló contra la palidez su cuello.

Jon se volvió hacia Alys Karstark. –Mi señora. ¿Estás lista?

–Sí. Oh, sí.

–¿No tienes miedo?

La muchacha sonrió de una manera que le recordó a su hermana pequeña y casi le rompe el corazón. –Déjalo tener miedo por mí– Los copos de nieve caían sobre sus mejillas, pero sus cabello estaba envuelto en un remolino de encaje que Satin había encontrado, y la nieve empezaba a agruparse ahí, dándolo una corona de escarcha. Sus mejillas estaban ruborizadas y rojas, y sus ojos brillaban.

–La señora de Nieve– Jon apretó su mano.

El Magnar de Thenn se quedó esperando junto al fuego, vestido para la batalla, en pieles y cuero y sus escamas de bronce, una espada de bronce sobre su cadera. Su cabello lo hacía lucir más viejo de lo que era, pero mientras veía acercarse a su prometida, Jon pudo ver el joven que había en él. Sus ojos eran grandes como nueces, aunque si era el fuego, la sacerdotisa o la mujer lo que había provocado miedo en él, Jon no podía asegurarlo. Alys estaba más en lo cierto de lo que pensaba.

–¿Quién trae a esta mujer para ser casada?– preguntó Melisandre.
–Yo lo hago– dijo Jon. –Ahora viene Alys de la Casa Karstark, una mujer que creció y maduró, de noble cuna y sangre– Él le dio un último apretón a la mano de Alys y dio un paso atrás para unirse a los demás.

–¿Quién viene a reclamar a esta mujer?– dijo Melisandre.

–Yo– Sigorn golpeó su pecho. –Magnar de Thenn.

–Sigorn– preguntó Melisandre, –compartirás tu fuego con Alys, y le darás calor cuando la noche es oscura y llena de terror?

–Lo juro– La promesa de Magnar era una nube en el aire. La nieve salpicaba sus hombres. Sus orejas estaban rojas. –Por las llamas rojas de dios, yo le daré calor todos los días.

–¿Alys, juras compartir tu fuego con Sigorn, y darle calor cuando la noche sea oscura y llena de terror?

–Hasta que su sangre esté hirviendo– Su capa de doncella era la negra de lana de la Guardia de la Noche. El sol de la casa Karstark estaba cosidos en su espalda, junto con los rayos de sol que también le pertenecían al escudo, estaban hechos con la misma piel blanca que la delineaba.

Los ojos de Melisandre brillaron tanto como su rubí contra su cuello. –Entonces vengan a mí para que sean uno solo– Mientras ella señalaba, un muro de llamas rugió hacia arriba, lamiendo los copos de nieve como calientes lenguas naranjas. Alys Karstark tomó a Magnar de la mano. Lado a lado ellos saltaron la zanja.

–Dos entraron en las llamas– Una ráfaga de viento levantó las rojas faldas de la sacerdotisas hasta que ella las detuvo nuevamente. –Uno emerge– Su cabello cobrizo bailaba alrededor de su cabeza. –Lo que el fuego une, nada puede separar.

–Lo que el fuego une, nada puede separar– llegó el eco, desde los hombres de la reina y Thenns e incluso algunos hermanos negros.

«Excepto por reyes y tíos» pensó Jon Nieve.

Cregan Karstark había aparecido un día detrás de su sobrina. Con él llegaron cuatro hombres de armas montados, un cazados y una jauría de perros, rastreando a Lady Arys como si de un ciervo se tratase. Jon Nieve los encontró en Camino del Rey una legua al sur de Villa Topo, antes de que pudieron desviarse al Castillo Negro, reclamando el derecho de visita o al menos parlamentar. Uno de los hombres de Karstark había desatado una pelea en Ty y murió por ello. Con eso quedaban cuatro, y Cregan mismo.

Afortunadamente tenían docenas de celdas de hielo. Había espacio para todos.

Como muchos otros, terminaron en el Muro. Los Thenns no tenían emblema familiar, como era costumbre entre los nobles de los Siete Reinos, por lo que Jon dijo a los mayordomos que improvisaran. Pensaba que lo habían hecho bien. La capa de novia que Sigorn envolvió en los hombres de Lady Alys tenía una medalla de bronce en un espacio de lana blanca, rodeada de llamas hechas con jirones de seda carmesí. El eco de los rayos de sol de los Karstark estaba ahí para aquellos que tuvieran cuidado al mirar, pero un poco diferentes para hacer el emblema apropiado para la Casa Thenn.
El Magnar arrancó el manto de doncella de los hombros de Alys, pero cuando la envolvió con la capa fue casi tierno. Mientras se inclinaba a besarla en la mejilla, sus alientos se mezclaban. Las llamas rugieron una vez más. Los hombres de la reina empezaron a cantar sus alabanzas. –¿Está hecho?– Jon escuchó susurrar a Satin.

–Hecho y hecho– murmuró Mully –y buena cosa. Están casados y yo estoy congelado– Estaba vestido con sus mejores ropas negras, de lana tan nueva que apenas tuvieron tiempo de desvanecerse, pero el viendo las había tornado sus mejillas tan rojas como su cabello. –Hobb especió un vino con canela y clavos de olor. Eso nos calentará un poco.

–¿Qué son los clavos de olor?– preguntó Owen.

La nieve había empezado a descender en mayor medida y el fuego estaba consumiéndose. La gente empezó a separarse y a fluir por el patio, hombres de la reina, hombres del rey y gente sin igual, todos ansiosos por salir del viento y el frío. –¿Mi señor celebrará con nosotros?– preguntó Mully a Jon Nieve.

–En un momento– Sigorn se podría ofender si él no aparecía. Y este matrimonio es mi propio trabajo, después de todo. –Sin embargo tengo otros asuntos que atender primero.

Jon se acercó a la Reina Selyse, con Fantasma junto a él. Sus botas crujían sobre la nieve. Tomaba cada vez más tiempo limpiar el camino de un edificio a otro que os hombres recurrían a los pasajes subterráneos que llamaban caminos de gusano.

–...que rito tan bonito– estaba diciendo la reina. –Pude sentir la mirada ardiente de nuestro señor sobre nosotros. Oh, no se puede saber cuántas veces he rogado a Stannis para casarnos nuevamente, una unión verdadera de cuerpo y espíritu, bendecido por el Señor de la Luz. Yo sé que podría darle más niños a Su Alteza si estuviéramos vinculados en fuego.

Para darle más hijos primero necesitas tenerlo en tu cama. Incluso en el Muro, era sabido por todos que Stannis Baratheon había rechazado a su esposa por años. Uno sólo podría imaginarse como Su Alteza había respondido a la petición de una segunda boda en medio de su guerra.

Jon hizo una reverencia. –Si le parece a Su Alteza, el festejo espera.

La reina miró de manera sospechosa a Fantasma, y luego alzó su cabeza hacia Jon. –Para estar segura. Lady Melisandre conoce el camino.

La sacerdotisa roja tomó la palabra. –Yo debo atender mi fuego, Su Alteza. Quizás R'hllor me concederá una visión de su gracia. Una visión de una gran victoria, podría ser.

–Oh.– La Reina Selyse dijo afectada. –Para estar segura... recemos por una visión de nuestro señor...

–Satin, muestra a Su Alteza su lugar– dijo Jon.

Ser Malegorn avanzó. –La escoltaré al festejo, Su Alteza. No requeriremos a su.... mayordomo.– La manera en la que el hombre mencionó la última palabra le dijo a Jon que había considerado decir otra cosa. ¿Niño? ¿Mascota? ¿Puta?

Jon se inclinó de nuevo. –Como desee, me reuniré pronto con usted.
Ser Malegorn ofreció su brazo, y la Reina Selyse, ya tensa, lo tomó. Su otra mano sobre el hombre de su hija. Los guardias reales marcharon detrás de ellos, al ritmo de las campanas del sombrero del bufón. –Bajo el mar la fiesta de tritones, en una sopa de estrellas de mar, y todos los hombres que sirven son cangrejos– proclamaba Caramanchada a su paso. –Lo sé, lo sé, oh, oh , oh.

La cara de Melisandre se oscureció. –Esa criatura es peligrosa. Muchas veces lo he visto en mis llamas. A veces hay cráneos alrededor, y sus labios están rojos como la sangre.

Es un milagro que no hayan hecho quemar el pobre hombre. Todo lo necesario sería una palabra en el oído de la reina y Caramanchada habría alimentado su fuego. –¿Ves bufones en tu fuego, pero no hay pista de Stannis?

–Cuando lo busco, lo único que veo es nieve.

La misma respuesta inútil. Clydas había enviado un cuervo a Bosquespeso para advertir al rey sobre la traición de Arnolf Karstark, pero si el ave le había llegado o no a Su Alteza, Jon no podía saberlo. El Braavosi también lo estaba buscando, acompañado de los guías que Jon le había dado, pero entre la guerra y el clima, sería una sorpresa su lo encontraba. –¿Sabrías si el rey está muerto?– preguntó Jon a la sacerdotisa.

–No lo está. Stannis es el elegido del Señor, destinado a dirigir la batalla contra la oscuridad. Lo he visto en las llamas, lo he leído en profecías antiguas. Cuando la estrella roja sangra y la oscuridad se reúne, Azor Ahai volverá a nacer entre el humo y la sal para despertar a los dragones de roca. Rocadragón es el lugar de humo y sal.

Jon había escuchado todo esto antes. –Stannis Baratheon era el Señor de Rocadragón, pero no había nacido ahí. Lo había hecho en Bastión de Tormentas, como sus hermanos.– Frunció el ceño. –¿Y qué hay de Mance? ¿También está perdido? ¿Que muestra tu fuego?

–Me temo que lo mismo. Nieve.

Nieve. Estaba nevando en gran medida hacia el sur, Jon lo sabía. Sólo dos días a caballo de aquí se decía que era imposible pasar por el camino real. Melisandre también lo sabía. Y hacia el este, una tormenta salvaje estaba cayendo en Bahía de las Focas. En el último informe, la flota improvisada que se había enviado a rescatar a la gente libre de Casa Austera que estaban aún atorados en Guardaoriente del Mar, estaban confinados en el puerto por las fuertes mareas. –Tú estás viendo cenizas danzando en la corriente.

–Yo estoy viendo esqueletos. Y tú. Veo tu cara cada vez que miro en mis llamas. El peligro del que te ha advertido está cada vez más cerca.

–Dagas en la oscuridad. Lo sé. Perdonarás mis deudas, mi señora. Una chica gris en un caballo muriendo, huyendo de su matrimonio, fue lo que dijiste.

–No estaba equivocada.

–No estabas en lo cierto. Alys no es Arya.

–La visión era real. Fue mi lectura la que era falsa. Soy tan mortal como tú, Jon Nieve. Todos los mortales se equivocan.

–Incluso los Lord Comandantes– Mance Rayder no había vuelto y Jon no podía más que preguntarse si la sacerdotisa había mentido a propósito. ¿Está jugando su propio juego?

–Harías bien en mantener a tu lobo junto a ti, mi señor.

–Fantasma nunca está lejos.– El huargo levantó su cabeza al oír su nombre. Jon le rascó detrás de las orejas. –Pero ahora debe disculparme. Fantasma, ven conmigo.

Tallada desde la base del muro y cerrada con pesadas puertas de madera, las celdas de hielo iban desde pequeñas a muy pequeñas. Algunas eran lo suficientemente grandes para que un hombre caminara, otras tan pequeñas que los prisioneros se veían obligados a sentarse; las más pequeñas eran demasiado estrechas incluso para eso.

Jon había dado a su jefe cautivo la celda más grande, un balde y suficientes pieles para mantenerse protegido del fío, y un odre de vino. Le tomó un tiempo a los guardias abrir su celda, con hielo en la cerradura. Las bisagras congeladas chirriaban como almas condenadas cuando Wick Whittlestick abrió la puerta lo suficiente para que Jon pudiera deslizarse dentro. Un tenue olor fecal lo recibió, aunque menos abrumador de lo que esperaba. Incluso la mierda se congeló en aquel frío glacial.

Jon Nieve podía ver su propio reflejo en las paredes congeladas.

En una esquina de la celda un montón de pieles se encontraba casi a la altura de un hombre. –Karstark– dijo Jon Nieve. –Despierta.

Las pieles se movieron. Algunas se habían congelado juntas, y el hielo que las cubría brillaba con cada movimiento. Un brazo emergió, luego una cabeza—cabello café, enmarañado y veteado de gris, dos ojos fieros, una nariz, una boca, una barba. El bigote aplastado del prisionero, grupos de mocos congelados. –Nieve.– Su respiración salió como vapor, empañando el hielo detrás de su cabeza.

–No tienes derecho a retenerme. Leyes de la hospitalidad

–Tú no eres mi invitado. Llegaste al Muro sin mi permiso, armado, para llevarte a tu sobrina en contra de su voluntad. A Lady Alys se le dio pan y sal. Ella es una invitada. Tú eres un prisionero.– Jon calló un momento, y luego dijo, –Tu sobrina está casada.

Los labios de Cregan Karstark hicieron una mueca. –Alys estaba prometida conmigo.– Aunque ya había pasado los cincuenta, el había sido un hombre fuerte cuando entró en la celda. El frío le había robado esa fuerza y lo había dejado tieso y débil.

–Mi señor padre

–Tu padre es un castellano, no un lord. Y un castellano no tiene derecho a arreglar matrimonios.

–Mi padre, Arnolf, es Lord de Bastión de Kar.

–Un hijo viene primero que un tío según todas las leyes que conozco.

Cregan se empujó hacia sus pies y pateó las pieles que se aferraban a sus tobillos. –Harrion está muerto.

O lo estará pronto. –Una hija viene antes que un tío también. Si su hermano está muerto Bastión de Kar le pertenece a Lady Alys. Y ella le ha dado su mano en matrimonio a Sigorn, Magnar de Thenn.

–Un salvaje. Un salvaje sucio.– Formó puños con sus manos. Los guantes que los cubrían eran de cuero, forrados de piel para encajar en la capa que colgaba dura sobre sus hombros. Su cota de lana negra estaba adornada con el blanco resplandor de su casa. –Yo veo lo que eres, Nieve. Mitad lobo y mitad salvaje, bastardo de un traidor y una prostituta. Tú entregarías a una dama de noble cuna a la cama de un apestoso salvaje. ¿La tomaste tú primero?– Rió. –Si pretendes matarme, hazlo y sé condenada por un matarreyes. Stark y Karstark son una misma sangre.

–Mi nombre es Nieve.

–Bastardo.

–Culpable. De eso, al menos.

–Deja a este Magnar llegue a Bastión de Kar. Le cortaremos la cabeza y la pondremos en un retrete, para así poder mear en su boca.

–Sigorn lleva a 200– señaló Jon, –y Lady Alys cree que Bastión de Kar abrirá sus puertas a ella. Dos de tus hombres le han jurado sus servicios y confirmaron todo lo que ella dijo referente a los planes que tu padre hizo con Ramsay Nieve. Tienes parientes cercanos en Bastión de Kar, según sé. Una palabra tuya podría salvar sus vidas. Rinde el castillo. Lady Alys perdonará a la mujer que la traicionó y permitirá a los hombres vestir el negro.

Cregan negó con la cabeza. Trozos de hielo se habían formado alrededor de su cabeza, y sonaban cuando se movía. –Nunca– dijo.

–Nunca, nunca, nunca.

Debería entregar su cabeza como regalo de bodas para Lady Alys y su Magnar, pensó Jon, pero era mejor no tomar el riesgo. La Guardia de la Noche no toma parte en las disputas del reino; algunos dirían que ya habían dado mucha ayuda a Stannis. Decapitar a este tonto, y reclamarían que estoy matando a los hombres del norte para darle sus tierras a los salvajes. Libéralo, y él hará lo posible para destrozar lo que he hecho con Lady Alys y el Magnar. Jon se preguntó qué haría su padre, cómo su tío podría enfrentarse con esto. Pero Eddard Stark estaba muerto, Benjen Stark perdido en la tierra agreste más allá del Muro. «No sabes nada, Jon Nieve».

–Nunca es mucho tiempo– dijo Jon. –Puedes sentirte diferente mañana o en un año. Tarde o temprano el Rey Stannis regresará al Muro. Cuando lo haga tendrá que matarte... a menos de que estés vistiendo una capa negra. Cuando un hombre viste el negro, sus crímenes son borrados– Incluso un hombre como tú. –Ahora ruego que me disculpes, tengo una fiesta a la que asistir.

Después del frío penetrante de las celdas de hielo, el sótano lleno de gente estaba tan caliente que Jon se sintió sofocado desde el momento en el que bajó la escalera. El aire olía a humo y carne asada y vino especiado. Axell Florent estaba haciendo un brindis cuando Jon tomó su lugar en el estrado. –Por el Rey Stannis y su esposa, la Reina Selyse, Luz del Norte!– gritó Ser Axell. –¡Por R'hllor, el Señor de la Luz, que nos defienda a todos! ¡Una tierra, un dios, un rey!

–¡Una tierra, un dios, un rey!– respondieron los hombres de la reina.

Jon bebió con los demás. Si Alys Karstark encontraría alguna alegría en su matrimonio él no podía decirlo, pero al menos esta noche debería ser de celebración.

Los mayordomos comenzaron a traer el primer plato, un caldo de cebolla aromatizado con trozos de cabra y zanahoria. No era precisamente un plato de la realeza, pero era nutritivo y sabía lo suficientemente bien y llenaba la barriga. Owen el Bestia tomó su violín y varios de entre la gente libre se unieron con flautas y tambores. Las mismas flautas y tambores que tocaron en el ataque al Muro. Jon pensó que ahora sonaban más dulces. Con el caldo venían hogazas de pan integral grueso, calentado en el horno. Sal y pimienta estaban colocadas sobre las mesas. Jon miró con tristeza. Estaban bien provistos de sal, Bowen Marsh le había dicho, pero lo último de la mantequilla se habría ido esta noche.

A los Flint y a los Norrey les habían dado lugares de gran honor justo debajo del estrado. Ambos hombres eran muy viejos para ir con Stannis; habían enviado a sus hijos y nietos en su nombre. Pero habían sido lo suficientemente rápidos para bajar el Castillo Negro para la boda. Cada uno había traído una niñera al Muro. La mujer de Norrey tenía cuarenta, con los pechos más grandes que Jon había visto. La niña de Flint tenía catorce y tenía un pecho plano aunque no por falta de leche. Entre las dos, la niña Val llamada Monstruo parecía estar prosperando.

Por todo eso Jon estaba agradecido... pero no creía en ningún momento que dos viejos guerreros se pudieran esconder en sus colinas tan solos. Cada uno traía una fila de guerreros—cinco para el viejo Flint, doce para Norrey, todos vestidos en pieles y cueros irregulares, tan terribles como enfrentarse al invierno. Algunos tenían largas barbas, otros tenían cicatrices, algunos ambas cosas; todos adoraban a los dioses antiguos del norte, aquellos mismos dioses adorados por la gente libre más allá del Muro. Sin embargo aquí estabas, bebiendo por un matrimonio santificado por algún dios extraño de más allá de los mares.

Mejor que rechazar la bebida. Ni Flint ni Norrey habían vaciado sus copas en el suelo. Se podría presagiar una aceptación. O quizás sólo odiaban desperdiciar un buen vino sureño. No habían probado mucho de aquello en aquellas colinas suyas.

Entre plato y plato, Ser Axell Florent llevó a la Reina Selyse a la pista de baile. Otros los siguieron—los caballeros de la reina primero, acompañados de sus mujeres. Ser Brus le dio a la Princesa Shireen su primer baile y luego fue el turno de su madre. Ser Narbert bailó con cada una de las damas de compañía de Selyse.

Los hombres de la reina superaban en número a sus damas por tres a uno, así que incluso las damas de servicio eran invitadas a bailar. Después de unas canciones algunos hermanos negros recordaron las habilidades aprendidas en las cortes y castillos de su juventud, antes de que sus juramentos los enviaran al Muro y bailaron también. El viejo Ulmer de Bosque del Rey demostró ser tan bueno bailando como con el arco, deleitando a sus compañeros con los cuentos de la Hermandad de Bosque del Rey, cuando cabalgó con Simon Toyne y Barrigas Ben y ayudó a Wenda la Gacela Blanca a grabar su marca en las nalgas de sus cautivos de alta cuna. Satin era toda gracia, bailando con tres mujeres de servicio pero nunca acercándose a una mujer de alta cuna. Jon lo juzgó como sabio. A él no le gustaba la manera en que algunos de los caballeros de la reina miraban a los mayordomos, especialmente Ser Patrek de Montaña del Rey. Ese quería derramar un poco de sangre, pensó. Estaba buscando alguna provocación.

Cuando Owen el Bestia empezó a baila con Caramanchada el bufón, la risa hizo eco en toda la bóveda. El espectáculo hizo reír a Lady Alys. –¿Bailas a menudo, aquí en Castillo Negro?

–Cada vez que tenemos una boda, mi lady.

–Sabes, puedes bailar conmigo. Sería cortés. Tu bailaste conmigo.

–¿Bailar?– preguntó Jon.

–Cuando éramos niños.– Ella cortó un pedazo de pan y se lo lanzó. –Como tú sabes muy bien.

–Mi lady debería bailar con su esposo.

–Mi Magnar no es para bailar, me temo. Si tú no bailas conmigo, al menos ponme un poco de vino caliente.

–Como ordenes– Hizo una señal por una jarra.

–Así que– dijo Alys mientras Jon le servía, –soy una mujer casada. Un esposo salvaje con su propio ejército de salvajes.

–Gente libre es como se llaman ellos. La mayoría. Los Thenns son personas aparte. Muy viejas.– Ygritte le había dicho eso. «No sabes nada, Jon Nieve». –Vienen de un valle escondido en el extremo norte de Colmillos Helados, rodeado de altas cumbres, y por miles de años ellos han tenido más contacto con los gigantes que con otros hombres. Eso los hizo diferentes.

–Diferentes– dijo ella –pero más como nosotros.

–Sí, mi señora. Los Thenns tienen Lords y leyes– Ellos saben cómo arrodillarse. –Ellos forjan bronce con estaño y cobre, forjan sus propias armas y armaduras en lugar de robarlas. Una gente orgullosa, y valiente. Mance Rayder tuvo que vencer al viejo Magnar tres veces antes de que Styr lo aceptara como El Rey mas allá del Muro.

–Y ahora ellos están aquí, de nuestro lado del Muro. Expulsados de su fortaleza y en mi dormitorio– Ella sonrió de manera irónica. –Es mi propia culpa. Mi señor padre me dijo que debía quedarme con Robb, pero yo tenía sólo seis años y no sabía cómo.

Sí, pero ahora tienes casi diez-y-seis, y debemos rezar para que sepas cómo encantar a tu nuevo esposo. –Mi lady, ¿cómo están las cosas en Bastión de Kar con los almacenes de comida?

–No muy bien– suspiró Alys. –Mi padre se llevó a muchos de nuestros hombres al sur y sólo las mujeres y los niños se quedaron para la cosecha. Ellos y los hombres muy viejos o lisiados para ir a la guerra. Las cosechas se marchitaron en los campos o fueron inundadas en el lodo con las lluvias de otoño. Y ahora viene la nieve. El invierno será duro. Pocos de nuestros viejos sobrevivirán, y muchas niños morirán también.

Era un cuenta que todos los hombres del norte conocían. –La abuela de mi padre era un Flint de las montañas, del lado de su madre.– le dijo Jon. –Los primeros Flint, se llamaban ellos mismos. Decían que los otros Flints eran la sangre de hijos menores, que tenían que dejar las montañas para buscar comida y tierras y esposas. Siempre ha sido una vida dura allá arriba. Cuando la nieve cae y la comida empieza a escasear, sus jóvenes deben viajar al pueblo o hacer servicio en un castillo u otro. Los ancianos deben reunir fuerza para anunciar que irán a cazar. Algunos son encontrados cuando viene la primavera. A otros nunca los vuelven a ver.

–Es más de lo mismo en Bastión de Kar.

Eso no lo sorprendió. –Cuando tus almacenes comiencen a disminuir, acuérdate de nosotros, mi señora. Manda a tus hombres al Muro, déjalos pronunciar nuestro juramento. Aquí al menos no morirán solos en la nieve, sólo con memorias para calentarlos. Mándanos a tus jóvenes también si tienes de sobra.

–Como digas.– ella tocó su mano. –Bastión de Kar recuerda.

El alce estaba siendo cortado. Olía mejor de lo que Jon había esperado. Mandó una porción a Torre de Hardin, junto con tres platos de verduras asadas para Wun Wun, después se comió una rebanada él mismo. Tresdedos Hobb también se defendió bien. Eso había sido una preocupación. Hobb había venido hacía dos días quejándose que el se había unido a la Guardia de la Noche para matar salvajes, no para cocinarles. –Además, nunca había hecho nada para un festejo, mi señor. Los hermanos negros nunca toman esposa. Está en los votos, lo juro.

Jon estaba bajando la carne con un trago de vino especiado cuando Clydas apareció por su codo. –Un pájaro– anunció y deslizó un pergamino en la mano de Jon. La nota estaba sellada con un punto negro de cera dura. Guardaoriente, sabía Jon, incluso antes de romper el sello. La carta estaba escrita por el Maestre Harmune; Cotter Pyke no sabía leer ni escribir. Pero las palabras eran de Pyke, escritas mientras hablaba, de manera contundente y al grano.

El mar en calma hoy. Once barcos zarparon hacia Casa Austera por la mañana. Tres Braavosi, cuatro Lyseni, cuatro de los nuestros. Dos de los Lyseni apenas en condiciones de navegar. Es posible que se ahoguen más salvajes de los que rescatemos. Tu orden. Veinte cuervos a bordo y el Maestre Harmine. Enviaremos noticias. Yo mando desde Talon, Ser Glendon tiene Guardaoriente.


–¿Alas oscuras, palabras oscuras?– preguntó Alys Karstark.

–No, mi lady. Esperábamos estas noticias– Aunque la última parte me causa problemas.

Glendon Hewett era un hombre experimentado y uno bastante fuerte, una decisión sensible tener el mando en ausencia de Cotter Pyke. Pero también era tanto su amigo como podía presumirlo de Alisser Thorne. Jon aún podía recordar cómo Hewett lo levantó de su cama, y sintió la bota sobre sus costillas. No era el hombre que él habría escogido. Enrolló el pergamino y lo colocó en su cinturón.

El plato de pescado era el siguiente, pero como estaba siendo deshuesado Lady Alys llevó a Magnar a la pista. Por la manera en la que se movía se notaba que Sigorn no había bailado antes, pero que había bebido suficiente vino para que no le diera importancia.

–Una criada del norte y un guerrero salvaje, unidos por el Señor de la Luz.– Ser Axell Florent se deslizó en el asiento vacío de Lady Alys. –La Reina Selyse lo aprueba. Conozco su mente. El Rey Stannis lo aprobará también.

A menos de que Roose Bolton haya clavado su cabeza en una lanza.

–No todos están de acuerdo, por desgracia.– La barba de Ser Axell era un cepillo irregular por debajo de su barbilla caída; pelo áspero brotaba de sus fosas nasales y oídos. –Ser Patrek siente que habría sido un mejor partido para Lady Alys. Sus tierras se perdieron cuando llegó al norte.

–Hay muchos en este recinto que han perdido mucho más que eso– dijo Jon, –y más que han dado sus vidas al servicio del reino. Ser Patrek debería sentirse afortunado.

Axell Florent sonrió. –El rey diría lo mismo si estuviera aquí. Pero se tiene que hacer una provisión para los caballeros de Su Alteza, ¿verdad? Ellos lo han seguido desde muy lejos a un costo muy grande.

Y nosotros tenemos que unir a los salvajes, al rey y al reino. Este matrimonio es un buen comienzo, pero ahora estoy seguro que le agradaría a la reina ver a la princesa salvaje casada.

Jon suspiró. Estaba cansado de explicar que Val no era una verdadera princesa. No importaba cuánto les dijera, no parecían escuchar. –Eres muy persistente, Ser Axell, te concedo eso.

–¿Usted me culpa, mi señor? Es un premio que no se gana fácil. Una niña púber, escuché, y no es difícil de ver. Buenas caderas, buenos pechos, bien hecha para parir hijos.

–¿Quién sería el padre de estos niños? ¿Ser Patrek? ¿Tú?

–¿Quién mejor? Los Florent tenemos sangre de viejos reyes en nuestras venas. Lady Melisandre podría llevar a cabo los ritos, como lo hizo con Lady Alys.

–Fácil de remediar.– La sonrisa de Florent era tan falsa que lucía dolorosa. –¿Dónde está ella, Lord Nieve? ¿La has trasladado a otro de tus castillos? ¿Guardiagris o la Torre Sombría?– se acercó.–Algunos dicen que la has escondido para tu propio placer. A mí no me importa, mientras no esté embarazada. Tendré mis propios hijos con ella. Si ya la has roto, bueno... ambos somos hombres de mundo ¿no?

Jon había escuchado demasiado. –Ser Axell, si en verdad la Mano de la Reina, me compadezco de ella.

La cara de Florent se puso roja de rabia. –Así que es verdad. Piensas quedártela para ti, ya lo veo. El bastardo quiere el trono de su padre.

El bastardo rechazó el trono de su padre. Si el bastardo quiere a Val, todo lo que tenía que hacer era pedirla. –Debe disculparme, ser– dijo. –Necesito respirar aire fresco– Apesta aquí. Giró su cabeza. –Eso fue un cuerno– Otros lo escucharon también. La música y las risas se detuvieron. Los que bailaban se quedaron quietos en su lugar, escuchando. Incluso Fantasma levantó sus orejas. –¿Escucharon eso? – la Reina Selyse le preguntó a sus caballeros.

–Un cuerno de guerra, Su Alteza– dijo Ser Narbert.

La mano de la reina se fue hasta su garganta. –¿Nos están atacando?
–No, Su Alteza– dijo Ulmer de Bosque del Rey. –Son los vigilantes del Muro, es todo.

Sonó una vez, pensó Jon Nieve. Los exploradores regresan.

Sonó otra vez. Parecía llenar el lugar.

–Dos veces– dijo Mully.

Hermanos negros, hombres del norte, gente libre, Thenns, hombres de la reina, todos estaban quietos, escuchando. Cinco latidos del corazón transcurridos. Diez. Veinte. Owen rió entre dientes y Jon Nieve pudo respirar otra vez. –Dos– anunció.

–Salvajes– Val.

Tormund Matagigantes al fin había llegado.
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