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Cuando soy feliz...no escribo


A veces escribimos a partir de una línea que nos está atravesando la garganta y hay que expulsarla fuera porque nos ahoga, frases tontas o imágenes como “removía la nieve con un palo porque siempre soñaba con encontrar tesoros tras los deshielos…” u otras más solemnes como “A veces regresa en la forma de un mal presentimiento”.
Escribir es una pulsión que no se domina, una reflexión que a ratos nos explica qué nos ocurre por dentro, en una alteridad privada donde todo queda demasiado lejos.
Cuando tengo miedo, escribo; cuando me desgarro, escribo; cuando me enfurezco, escribo; cuando no entiendo, escribo y me explico el mundo. Cuando soy feliz, no escribo.
La lectura de otros, me escribe. Los diccionarios me parten y descomponen las palabras que eran familiares y adquieren de pronto nuevas relaciones de parentesco. Las palabras se transforman en sensaciones, en imágenes, evocaciones de olores o sonidos, es como si fueran la luz tenue de una linterna que guía en la oscuridad hacia la certeza final, o hacia el callejón donde las palabras y yo nos damos de cabezazos sin poder arribar a una salida.
Amor-odio-desgarro o sólo llegar a una historia, la simpleza de contarla, o su artificio, sin más pretensión que habitar en otros durante el tiempo que dure el antiguo “habíaunavez”, palabras, nada más.


Cuento tal vez oído en un bar a las tres de la mañana


Me dijo que el Emperador, conmovido por su prosa, le regaló diez años más de vida, al cabo de los cuales le concedería una noche para la lectura de lo que hubiese escrito y luego lo decapitaría. El escritor miró a las estrellas y comprendió que su tiempo era un pestañeo en el universo. Tomó entonces a su hija pequeña y comenzó la tarea.
... Al cumplirse el plazo, el Emperador se presentó ante su puerta.
... El escritor trajo a la muchacha y le dijo:
... -Cuando termines la lectura, la devuelves a su madre y me decapitas-. Luego, el escritor retiró el manto de seda que cubría el cuerpo de su hija. El Emperador contempló los hombros, el cuello, las axilas, el pubis y vio que el cuerpo entero de la muchacha estaba escrito en una apretada caligrafía.
... Creo haber oído que aquella noche el Emperador amó a la muchacha. Dicen que la leyó una y otra vez, pero lo asombroso es que a cada giro del amor, los cuentos se entremezclaban y nunca podía leerse la misma historia. El escritor murió anciano. El Emperador también de viejo y feliz. Dicen que la muchacha no murió jamás. A veces va a los bares, y antes de desnudarse, cuenta historias como ésta.


El prestigio de los besos


El prestigio de los besos
Los veranos son tiempos para recordar o para crear los recuerdos que viviremos más tarde. Hay algo en el sol abrasador, en el brillo deslumbrante, que nos vuelve hacia atrás, cuando los besos eran una promesa escrita en la ventana. Nos preparábamos todo el invierno de los trece años, practicando con el vidrio frío, los besos futuros que daríamos en verano. No era cosa de reprobar el curso, generalmente dado por una amiga más avezada o por la prima que simulaba saberlo todo ante nuestra inocencia torpe. El prestigio de ser de aquellas que habían besado, nos garantizaba un lugar en el grupo selecto de las que hablaban “cosas de grandes”, cosas importantes, como asuntos de maquillajes, chicos y cómo bailar, (ese era otro curso impartido entre amigas, que enseñaban cómo bailar sin ser apretada, aunque lo que más quisieras era ser apretada por el espinilludo de turno).
Los besos fueron prestigiosos, admirados en el cine y en la televisión que daba Cine en su Casa a la hora en que simulábamos hacer las tareas, siempre mirando por el rabillo del ojo la pantalla mientras dibujábamos bocas y besos en los cuadernos.
Hubo dictadores como Franco, que para desincentivar los “malos comportamientos”, mandaba a la censura a cortar innumerables escenas de películas en la parte del beso, lo que generaba la idea aterradora de que la simple proximidad embarazaba, puesto que después de la tijera, las protagonistas aparecían con niños recién nacidos y maridos en el brazo. Las abuelas españolas deben haberse sentido en los cielos con esta metodología del terror.
Las bocas estaban en canciones, en pinturas, en fuentes de agua desde cuyos labios manaba líquido frío. Parecían perseguir y acosar nuestro imaginario, que soñaba con ese primer beso. En mi caso, fue decepcionante. Aterrada, vi como el muchacho tembloroso, tan aterrado como yo, se inclinaba hacia mí. No cerré los ojos, para registrar en mi memoria cada instante. Iba bien el contacto de labios, hasta que una lengua gomosa se introdujo echándolo todo a perder, la náusea me invadió y corrí a casa. Cuando mis amigas ansiosas inquirieron “¿Escuchaste campanitas?”, impelida a mentir contesté: “Sí, campanitas”.
Después, tras largas prácticas, comprendí el por qué de su valor.
Ahora que el verano está en la ventana, y que tantos besos han dejado su piel sobre los recuerdos, me gustaría volver a sentir la intensidad de esos besos imaginados, que no se compararon a los de verdad.
Aunque los besos hayan perdido prestigio, los veranos nos despiertan la piel a ellos.


Sin claudicar


Aquí está ella, la más barata del puerto, la del corazón grande, navegante e inconcluso para siempre, los mástiles abiertos para él, que es uno más de hombros anchos y poderosos, uno más sin afeitar y la expresión compungida de los hombres abyectos y desnudos, él, a quien ha dejado creer que la posee cuando es en realidad ella la que permite que le hunda su proa en esa pieza angosta y helada, frente al lavatorio de agua sucia y al espejo que ya ni refleja de cansancio, y que en un extremo tiene su carné que certifica cincuenta años junto a esa guirnalda atesorada desde la última navidad en que fue niña.


Ropa Usada


(A Ana Madre)
Un hombre entra a la tienda. La chaqueta de cuero, gastada, sucia, atrapa su mirada de inmediato. La dependienta musita un precio ridículo, como si quisiera regalársela. Sólo porque tiene un orificio justo en el corazón. Sólo porque tras el cuero, el chiporro blanco tiene una mancha rojiza que ningún detergente ha podido sacar. El hombre sale feliz a la calle.
A pocos pasos, unos enmascarados disparan desde un callejón. Una bala hace un giro en ciento ochenta grados de su destino original. Se diría que la bala tiene memoria. Se desvía y avanza, gozosa, hasta la chaqueta. Ingresa, conocedora, en el orificio. El hombre congela la sonrisa ante el impacto.
La dependienta, corre a desvestirlo y a colgar nuevamente la chaqueta en el perchero.
Lima sus uñas distraída, aguardando.


Pía Barros
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