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showmatch desde la tribuna

Offtopic7/30/2012
Faltan setenta minutos para el comienzo del programa y en la tribuna no cabe más nadie. El centenar de fans se aprieta a puro codazo y yo intento guardar mi buzo en la mochila pero no consigo hacer los movimientos necesarios. El buzo se me queda enredado en el brazo izquierdo.
En el aire, el aire es poco.
El hacinamiento, sin embargo, será una cuestión secundaria cuando todo esto comience. Pero para eso todavía falta. Estoy rodeado de fans y admiradores en la tribuna más popular de la televisión argentina.
Allá abajo, en la pista de baile, dos chicas, piernas largas, culos perfectos se hablan y se sonríen. El Chato Prada va y viene, y desde la tribuna algunos le gritan “Chato Chato”. La distancia con lo que va a pasar en el estudio debe ser de unos 20 metros, no más. Es, seguramente, lo más próximo de la fama que voy a poder estar en toda mi vida. No sé si eso es algo bueno o es algo malo.
-Viste que el escenario parece más grande en la tele. Parece que bailan un montón, de un lado a otro, y acá te das cuenta que no hay tanto espacio, viste- me dice, como si yo no estuviera viendo, una señora de rulos, pullover bordo, zapatillas blancas. Hay un cambio en el punto de vista, un posicionamiento especial cuando uno está en una tribuna de televisión. Es el lugar instalado sobre el borde de dos mundos complementarios: la tele y el público. Estar en la tribuna es aproximarse hasta ese límite imposible, es llegar hasta el extremo de una frontera que siempre fue distante. Y la consecuencia física de ese desplazamiento es que el ojo se agudiza:
-Ay viste que Moria es más linda que en la tele - me dice la señora de rulos.
Diez treinta. Marcelo Tinelli aparece en el piso y me imagino a tantos en sus casas viendo por TV lo que yo, ahora, diez treinta y dos, veo tan cerca, tan real. Marcelo avanza con pasos decididos. Lo miro caminar hasta el centro de la pista y plantarse como casi siempre lo hace frente a millones de argentinos para decir lo que ahora dice: “Buenos noches América”.
La tribuna va a reaccionar casi todo el tiempo de la misma manera: va a gritar, va a festejar, va a silbar, va a cantar, ovacionar, y chiflar. Es una tribuna pura pasión desbocada, puro ruido atolondrado.
Giovanna salta en el lugar, levanta los brazos, grita Marcelo . Entre sus manos se estira una cartulina blanca que dice: “ Marcelo sos la persona que nos trae alegría a nuestro hogar. Te queremos. Tu fan Giovanna.”
El marido, pelo negro, tez oscura, chomba a rayas me cuenta que vino por ellas: por su señora Giovanna y sus dos hijas de nueve y quince años. Samanta la más grande mira atenta el programa, Milagros la más chiquita se para en puntas de pie y ve poco. A su lado Giovanna, con el cartel en alto vocifera su amor imposible:
- Marcelo sos lo más. Marcelo te amo!!!!!
Después Giovanna me va a decir que ella no hincha por ningún participante en especial, que ella viene a verlo a él, a Marcelo , y que sólo espera que él lea su cartel, que él diga que es el mejor cartel de todos. Y se lo grita:
- Marcelo mira el cartel que te hice!!!!!
Yo leo los otros carteles y no alcanzo a darme cuenta cuál es el mejor: uno azul dice Marce te queremos tus fans de Devoto. Otro blanco Marce te quiero Rosana. Otro Marcelo te amo. Otro Marcelo y otro Marcelo y otro y otro, y yo ya no sé cuál es el mejor porque todos son, a fin de cuentas, el mismo cartel. Marcelo Tinelli quizá sea la síntesis de todo lo que me rodea, la suma de todas estas partes que estoy tratando de juntar.
Finalmente Tinelli lee los carteles que le conviene: “Fravega nos trae la mejor tecnología”.
En el piso es el turno del baile de Charlotte Caniggia, y Marcelo la presenta con los auspicios publicitarios correspondientes. Mariana Nannis a un costado va a observar cada movimiento con una constante señal de aprobación, como quien dice: muy bien mi hijita así se hace. Cuando el baile termina, el programa, o lo que todos sabemos que es el programa, empieza.
-Ay mira como se pelean la Nanis y Pachano
-Vos les crees?
-No, si ta todo armado. Pero mira ella ese vestido rojo y como se pelean, mira- y Giovanna me codea en la espalda para que no me pierda un segundo de esa pelea.
Desde donde estoy, el programa va a ser visto con la intensidad nerviosa de un melodrama personal que se decide ahí abajo; como si la que estuviera a punto de salir a la pista de baile no fuese otra que la tribuna misma, como si no fuese otra que la señora de rulos que ahora se fija la hora: once y cinco. La tribuna del Bailando por un Sueño es la popular del estadio donde se juntan todas las tribunas de la televisión argentina. Y desde allí, o mejor dicho, desde acá, de pie, el programa no se mira, a ninguno se le cruza por la cabeza semejante distancia contemplativa, el programa desde acá, de pie, se vive, se debe vivir como propio, todos acá nos hundimos y somos parte de la misma emoción que nos produce el arrebato demagógico de un diez de Carmen Barbieri.
Pasadas las doce de la noche, Marcelo Tinelli cierra el programa y millones de argentinos supongo que en sus casas apagan los televisores, siguen sus vidas.
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