Sola en la ruta
Una mujer, un camión, el asfalto y miles de kilómetros por delante.
Esa es la vida de Emilia Cervera.
“Lo que más me atrae creo que es… (Emilia piensa unos segundos antes de responder, buscando, quizá, sintetizar cada recuerdo grabado en su memoria): la libertad. Sos vos, el camión y la ruta.
Lo que te pase, te pasa a vos en la ruta.
Para mí, es una pasión”, sentencia la conductora de vehículos pesados que recorre los caminos de la Patagonia hace más de tres décadas.
Como si fuera poco, desde 2008 acarrea cargas peligrosas.
Su nombre completo es Emilia Diadema Cervera.
Tiene 52 años, un hijo y tres nietas de 12, 7 y un año, respectivamente.
Separada del padre de su hijo, está de novia hace 2 años con su nueva pareja.
Sus ojos tienen una expresión de cierta melancolía, que contrasta con la sonrisa amable y casi constante.
Hasta ahí, nada parece fuera de lo “común” (si es que existe tal cosa).
Pero esa idea cambia cuando menciona el trabajo de toda su vida: conductora profesional de camiones.
En la actualidad, se desempeña como empleada en la empresa Petropat, de Comodoro Rivadavia, desde hace tres años. Su tarea consiste en distribuir combustible desde la planta que YPF tiene en esa localidad hasta las estaciones de servicio de la ciudad, y también hasta Cerro Dragón, distante a unos 70 kilómetros.
“Fui el varón que mi papá no tuvo”
De las seis hijas que tuvieron Emilio y Paula, Emilia fue la menor. Y fue la única que aprendió a manejar de la mano del progenitor: “mi papá siempre fue mi gran ídolo, yo fui el varón que no tuvo”, considera.
Recuerda que, a los 6, él la sentaba en sus piernas, en una camioneta vieja, y la dejaba maniobrar el volante mientras él aceleraba. Cuando creció y alcanzó los pedales, le enseñó a manejar. A los 9, guardaba la camioneta marcha atrás en un galpón tan angosto que casi rozaba los espejos del rodado con las paredes. “Si querés manejar bien, tenés que aprender a ser responsable en todo y también a andar marcha atrás”, le inculcaba.
A los 13, condujo un camión por primera vez. Fue en el campo donde trabajaba su papá . El patrón tenía un Ford del año 57 y, como sabía que a Emilia le encantaban “los fierros”, la dejaba andar en él. Ya en 1980, a los 21, compró un camión con su ex pareja y, desde entonces, se dedicó a su vocación.
“Gran parte de mi vida dormí arriba del camión. No solamente dormía sino que cocinaba arriba. Cuando mi hijo era chiquito, teníamos que andar día y noche. No teníamos plata, era invierno y, entonces, iba cocinando arriba del camión. Cuando estaba la comida, parábamos y comíamos arriba del camión. El camión era la casa”, recuerda.
“Salía con el palo”
Unos años después compraron un segundo camión y, entonces, le tocó viajar sola. A veces, la acompañaba una sobrina de 20 años. En esas ocasiones, eran el centro de atención de las estaciones de servicio cada vez que paraban a cargar combustible.
“Siempre esperaban a que baje el hombre. Y la que bajaba a cargar combustible era yo, la que bajaba con el palo a pegarle a las gomas era yo. Pero siempre me trataron con muchísimo respeto”, asegura. Y, como parafraseando una ley no escrita, agrega que “no es lo mismo bajar del lado del volante que bajar del lado derecho: ahí ya piensan mal”
La mayor parte de su carrera, Emilia Diadema Cervera transportó hacienda en pie. Para quienes desconocen el rubro, se trata de una carga muy dificultosa. Es necesario andar despacio los primeros kilómetros para que los animales se acostumbren al movimiento, evitar las frenadas bruscas y parar cada tanto para controlar que no se haya caído ningún animal. Si eso sucede, es necesario pincharlo con una suerte de pica para que se levante. Si esa acción no surte el efecto deseado, hay que ingresar a la jaula para hacerlo. De lo contrario, lo más probable es que muera aplastado por el resto de la hacienda e, incluso, que otros animales caigan, causen más daño y hasta desestabilicen el camión. Por otro lado, los tiempos deben cumplirse a rajatabla para que las bestias lleguen en buen estado sanitario.
Es un trabajo agotador. Si bien los camiones modernos son my confortables, los kilómetros y las horas se sienten. Y en la Patagonia, donde el viento fuerte es casi una constante (al momento de la entrevista con Subí un Cambio, en Comodoro Rivadavia, las ráfagas superaban con amplitud los 100 km/h), es imposible no ensuciarse. Sin embargo, ella conserva (y siempre mantuvo) la elegancia.
“Que ande arriba del camión no quiere decir que no me pueda arreglar. Por supuesto que he andado llena de grasa cargando hacienda o con tierra total en los campos. Pero me subía al camión, me lavaba la cara, y la crema y el rímel los tenía que tener”, asegura.
Temperaturas bajo cero
Un inconveniente particular de las rutas sureñas es el hielo que se acumula sobre el asfalto en invierno. Los caminos deben transitarse con la máxima precaución y la experiencia es fundamental, incluso para predecir los probables cambios de clima y conocer los refugios posibles (en caso de una tormenta de nieve, puede ser necesario abandonar el camión y guarnecerse en algún puesto del campo cercano a la ruta).
De todas formas, la probada conductora asevera que el calentamiento global afectó la temperatura del sur: “ya no es como los crudos inviernos que vivíamos hace 20 o 25 años, (en ese entonces) era mucho más complicado, era taparse la ruta con hielo”. En uno de sus primeros viajes, en 1980, casi sufrió un despiste por la presencia de agua congelada en la superficie. Sin embargo, hasta ahora nunca tuvo un accidente con el camión. “Gracias a dios”, menciona.
Volver a casa
Hasta 2008, Emilia vivió en Dolavon, un pueblo del Valle del Río Chubut cercano a Trelew. Allí fue concejala ad honorem entre 1999 y 2007, y también tuvo a su hijo, Gonzalo, hace 29 años. Cuando él era chico, Emilia y el padre del chico trabajaban en el camión y lo llevaban a los viajes. Por eso, su madre recuerda que, cuando empezó el jardín de infantes, “se dio cuenta que había más cantidad de chicos”. Ella se ríe y explica: “porque se crió adentro de la cucheta del camión”.
Hoy, Gonzalo trabaja con su padre en Dolavon, el lugar donde nació. Hoy, Emilia tiene dos proyectos: uno es abrir una panadería junto a su pareja actual; el otro es continuar trabajando al volante de las unidades de Petropat hasta que su hijo forme su compañía propia.
“Cuando tenga su transporte, me volveré con él y lo ayudaré en la empresa. Y, el día que tenga ganas de subir a un camión, voy a poder subir igual”, sostiene.