La imagen no deja de ser conocida para los amantes del cine de vampiros: un académico cazador de vampiros se enfrenta con un hematófago que huye despavorido ante la presencia de un crucifijo.
La idea de que los vampiros aborrecen las cruces y los crucifijos está notablemente extendida en la literatura vampírica del siglo XX y XXI a causa de incontables películas de vampiros que utilizan este objeto religioso como una suerte de arma espiritual contra los inmortales.
Sin embargo, los crucifijos no son mencionados en ninguna leyenda de vampiros como repelente espiritual. No hay mitos, ni siquiera tradiciones populares, que afirmen que los vampiros temen a la cruz.
¿De dónde proviene entonces este lugar común del cine y la literatura moderna? Naturalmente, de la novela de vampiros de Bram Stoker: Drácula (Dracula, 1897).
Lo que hizo Bram Stoker es extrapolar la imagen cristiana del Christo Mortuis, el Cristo Muerto latinizado, utilizado en exorcismos y operaciones para expulsar demonios y esbirros de Satanás, y volverlo un arma contra los vampiros. Antes de Drácula no existen menciones, ni en la literatura ni en la leyenda, que aseguren que los vampiros odian los crucifijos, y menos aún que estos funcionan como un profiláctico contra sus ataques.
Ahora bien, lo curioso es que Bram Stoker tampoco hace de las cruces y crucifijos un arma infalible contra los vampiros. Por el contrario, cada vez que son utilizados a lo largo de la novela éstos demuestran ser bastante ineficaces.
En el primer capítulo de Drácula una mujer le entrega un rosario a Jonathan Harker para protegerlo de los chupasangres de aquella tierra; y el abogado, un protestante férreo, incluso parece divertirse de ese gesto idólatra.
Más adelante, el navegante del Demeter, barco que transporta a Drácula a Inglaterra, es hallado muerto por las autoridades portuarias atado al timón y con la cruz de un rosario en sus manos, mostrando nuevamente la inutilidad de este objeto contra la sed del vampiro.
Incluso el sabio Van Helsing receta la presencia de cruces y ajo para proteger a Lucy Westenra, objetos que resultan ser meras fantasías para el conde, que se alimenta de la sangre de Lucy varias veces en presencia de la cruz.
Resulta curioso que una tradición folklórica inventada para una novela, y que ni siquiera dentro de su universo funciona como un profiláctico eficaz contra los vampiros, haya ganado tanto terreno en el cine; aunque difícilmente podamos culpar a Bram Stoker de este exceso cinematográfico.