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Mas parabolas y textos (excelentes)

Info5/20/2011
PARABOLAS Y TEXTOS


La Amistad


LOS CAMINANTES Y EL OSO
Dos amigos iban por el mismo camino. De repente, apareció un oso. Uno de ellos se subió precipitadamente a un árbol y allí se escondió. El otro, a punto de ser atrapado, se dejó caer en el suelo y se hizo el muerto.
El oso le arrimó el hocico y le olfateaba, mientras él contenía la respiración, porque dicen que el oso no toca un cadáver. Cuando se marchó, el del árbol le preguntó qué le había dicho el oso al oído, éste respondió:
«No viajar en adelante en compañía de amigos semejantes, que no permanecen al lado de uno en los peligros.»
La fábula muestra que las desgracias prueban a los amigos de verdad.


EL LEÓN Y LOS TRES TOROS
Una vez tres toros estaban paciendo en un prado. Oculto tras unos matorrales acechaba un león; pero no se atrevía a atacarlos porque estaban los tres juntos. Pensó emplear la astucia; y acercándose comenzó, con pérfidas insinuaciones, a fomentar la desconfianza entre ellos.
La estratagema tuvo pleno éxito: los tres toros empezaron a mirarse con recelo, y al poco rato se fueron apartando uno de otro, esquivándose deliberadamente y paciendo cada cual por su cuenta. No esperaba otra cosa el león. Se arrojó sobre el primer toro, luego sobre el segundo y finalmente sobre el tercero, y los destrozó.
Recordad que la discordia que divide a los amigos es la mejor arma para los enemigos.


Confianza


AHORA SUÉLTATE

Un ateo cayó por un precipicio y, mientras rodaba hacia abajo, pudo agarrarse a una rama de un pequeño árbol, quedando suspendido a trescientos metros de las rocas del fondo, pero sabiendo que no podría aguantar mucho tiempo en aquella situación.
Entonces tuvo una idea: «¡Dios!», gritó con todas sus fuerzas.
Pero sólo le respondió el silencio.
- ¡Dios!», volvió a gritar. «¡Si existes, sálvame, y te prometo que creeré en ti y enseñaré a otros a creer!»
¡Más silencio! Pero, de pronto, una poderosa Voz, que hizo que retumbara todo el cañón, casi le hace soltar la rama del susto:
- «Eso es lo que dicen todos cuando están en apuros».
- «¡No, Dios, no!», gritó el hombre, ahora un poco más esperanzado.
- «¡Yo no soy como los demás! Por qué había de serlo, si ya he empezado a creer al haber oído por mí mismo tu Voz? ¿O es que no lo ves? ¡Ahora todo lo que tienes que hacer es salvarme, y yo proclamaré tu nombre hasta los confines de la tierra!»
- «De acuerdo», dijo la Voz, «te salvaré. Suelta esa rama».
- «¿Soltar la rama?», gimió el pobre hombre. «¿Crees que estoy loco?»
Se dice que, cuando Moisés alzó su cayado sobre el Mar Rojo no se produjo el esperado milagro. Sólo cuando el primer israelita se lanzó al mar, retrocedieron las olas y se dividieron las aguas, dejando expedito el paso a los judíos.

SALTA. NO ES NINGUNA BROMA
La casa del Mullah Nasrudin estaba ardiendo, de manera que él subió corriendo al tejado para ponerse a salvo. Y allí estaba, en tan difícil situación, cuando sus amigos se reunieron en la calle extendiendo con sus manos una manta y gritándole:
- «¡Salta, mullah, salta!»
- «¡Ni hablar! ¡No pienso hacerlo!», dijo el mullah. «Os conozco de sobra, y sé que, si salto, retiraréis la manta y me dejaréis en ridículo!»
- «¡No seas estúpido, mullah! ¡Esto no es ninguna broma! ¡Va en serio: salta!»
- «¡No!», replicó Nasrudin. «¡No confío en ninguno de vosotros! ¡Dejad la manta en el suelo y saltaré!».


TE ENVIÉ TRES BOTES

Se hallaba un sacerdote sentado en su escritorio, junto a la ventana, preparando un sermón sobre la Providencia. De pronto oyó algo que le pareció una explosión, y a continuación vio cómo la gente corría enloquecida de un lado para otro, y supo que había reventado una presa, que el río se había desbordado y que la gente estaba siendo evacuada.
El sacerdote comprobó que el agua había alcanzado ya a la calle en la que él vivía, y tuvo cierta dificultad en evitar dejarse dominar por el pánico. Pero consiguió decirse a sí mismo:
- «Aquí estoy yo, preparando un sermón sobre la Providencia, y se me ofrece la oportunidad de practicar lo que predico. No debo huir con los demás, sino quedarme aquí y confiar en que la providencia de Dios me ha de salvar».
Cuando el agua llegaba ya a la altura de su ventana, pasó por allí una barca llena de gente.
- «¡Salte adentro, Padre!», le gritaron.
- «No, hijos míos», respondió el sacerdote lleno de confianza, «yo confío en que me salve la providencia de Dios».
El sacerdote subió al tejado y, cuando el agua llegó hasta allí, pasó otra barca llena de gente que volvió a animar encarecidamente al sacerdote a que subiera. Pero él volvió a negarse.
Entonces se encaramó a lo alto del campanario. Y cuando el agua le llegaba ya a las rodillas, llegó un agente de policía a rescatarlo con una motora.
- «Muchas gracias, agente», le dijo el sacerdote sonriendo tranquilamente, «pero ya sabe usted que yo confío en Dios, que nunca habrá de defraudarme».
Cuando el sacerdote se ahogó y fue al cielo, lo primero que hizo fue quejarse ante Dios:
- «¡Yo confiaba en ti! ¿Por qué no hiciste nada por salvarme?»
«Bueno», le dijo Dios, «la verdad es que envié tres botes, ¿no lo recuerdas?».


VAMOS A MATARLO

Un niño sintió que se le rompía el corazón cuando encontró, junto al estanque, a su querida tortuga patas arriba, inmóvil y sin vida.
Su padre hizo cuanto pudo por consolarlo:
- «No llores, hijo. Vamos a organizar un precioso funeral por el señor Tortuga. Le haremos un pequeño ataúd forrado en seda y encargaremos una lápida para su tumba con su nombre grabado. Luego le pondremos flores todos los días y rodearemos la tumba con una cerca».
El niño se secó las lágrimas y se entusiasmó con el proyecto. Cuando todo estuvo dispuesto, se formó el cortejo —el padre, la madre, la criada y, delante de todos, el niño— y empezaron a avanzar solemnemente hacia el estanque para llevarse el cuerpo, pero éste había desaparecido.
De pronto, vieron cómo el señor Tortuga emergía del fondo del estanque y nadaba tranquila y gozosamente. El niño, profundamente decepcionado, se quedó mirando fijamente al animal y, al cabo de unos instantes, dijo: «Vamos a matarlo».


Justicia


LA HORMIGA Y EL GRANO DE TRIGO
Un grano de trigo se quedó solo en el campo después de la siega, esperando la lluvia para poder esconderse bajo el terrón. Una hormiga lo vio, se lo echó a la espalda y entre grandes fatigas se dirigió hacia el lejano hormiguero. Camina que te camina, el grano de trigo parecía cada vez más pesado sobre la espalda cansada de la hormiga.
— ¿Por qué no me dejas tranquilo? —dijo el grano de trigo.
La hormiga respondió:
— Si te dejo tranquilo no tendremos provisiones para el invierno. Somos tantas, nosotras las hormigas, que cada una debe llevar a la despensa el alimento que logre encontrar.
— Pero yo no estoy hecho para ser comido —siguió el grano de trigo—. Yo soy una semilla llena de vida, y mi destino es el de hacer crecer una planta. Escúchame, hagamos un trato.
La hormiga, contenta de descansar un poco, dejó en el suelo la semilla y preguntó:
— ¿Qué trato?
— Si tú me dejas aquí, en mi campo -dijo el grano de trigo—, renunciando a llevarme a tu casa, yo, dentro de un año, te daré cien granos de trigo iguales que yo.
La hormiga lo miró con aire de incredulidad.
— Sí, querida hormiga, puedes creer lo que te digo. Si hoy renuncias a mí, yo te daré cien granos como yo, te regalaré cien granos de trigo para tu nido.
La hormiga pensó:
— Cien granos a cambio de uno solo...! ¡Es un milagro! ¿Y cómo harás? —preguntó al grano de trigo.
—Es un misterio —respondió el grano—. Es el misterio de la vida. Excava una pequeña fosa, entiérrame en ella y vuelve así que pase un año.
Un año después volvió la hormiga. El grano de trigo había mantenido su promesa.


Llamada - Vocación


UN HOMBRE PERDIDO
Un hombre se perdió en el desierto. Y más tarde, refiriendo su experiencia a sus amigos, les contó cómo, absolutamente desesperado, se había puesto de rodillas y había implorado la ayuda de Dios.
- «¿Y respondió Dios a tu plegaria?», le preguntaron.
- «¡Oh, no! Antes de que pudiera hacerlo, apareció un explorador y me indicó el camino».


CUANDO LE DA LA GANA

Los futuros padres no pueden ocultar su nerviosismo en la sala de espera del hospital. De pronto, aparece una enfermera y se dirige a uno de ellos: «¡Felicidades, ha tenido usted un niño!»
Entonces, otro deja caer al suelo la revista que estaba leyendo, se pone en pie de un salto y exclama: ¿Qué dice usted? ¡Yo llegué dos horas antes que él!»


CONSIDÉRATE DIGNO
En cierta ocasión, se hallaban reunidos en Escete algunos de los ancianos, entre ellos el Abad Juan el Enano.
Mientras estaban cenando, un ancianísimo sacerdote se levantó e intentó servirles. Pero nadie, a excepción de Juan el Enano, quiso aceptar de él ni siquiera un vaso de agua.
A los otros les extrañó bastante la actitud de Juan, y más tarde le dijeron: «¿Cómo es que te has considerado digno de aceptar ser servido por ese santo varón?»
Y él respondió: «Bueno, veréis, cuando yo ofrezco a la gente un trago de agua, me siento dichoso si aceptan. ¿Acaso me consideráis capaz de entristecer a ese anciano privándole del gozo de darme algo?»


CORAZÓN ZAPADOR
Un anciano peregrino recorría su camino hacia las montañas del Himalaya en lo más crudo del invierno. De pronto, se puso a llover.
Un posadero le preguntó: «¿Cómo has conseguido llegar hasta aquí con este tiempo de perros, buen hombre?».
Y el anciano respondió alegremente: «Mi corazón llegó primero, y al resto de mí, le ha sido fácil seguirle».


A QUIEN LE DA LA GANA

El Maestro tenía cientos de discípulos. La mayoría de ellos eran sumamente cuidadosos y nunca omitían una sola oración. Algunos incluso se consideraban tan virtuosos que estaban seguros de que pronto el Maestro les transmitiría el Nombre de Dios.
Pero el día de su muerte, a fin de que el Nombre de Dios no se perdiera en su Comunidad, el Maestro hizo buscar al discípulo borracho, y en el más íntimo de los secretos le comunicó el Nombre de Dios.
¡Podéis imaginaros el escándalo que causó entre los otros discípulos! Uno de ellos, el que más años llevaba al lado del Maestro, y también el que más se había sacrificado por él, protestó y le recriminó que hubiera obrado de tal manera. A lo cual el Maestro respondió que todos sus discípulos, por virtuosos que fueran, tenían muchos defectos que superar: orgullo, ambición, ignorancia, etc... mientras que el que él había escogido solo tenía uno: era un borracho.
Y a partir de entonces el borracho fue aún más borracho. Pero su ebriedad era muy distinta...


NADIE HA DICHO QUE SEA FÁCIL
Varios discípulos dejaron al Maestro para irse con otro instructor espiritual que enseñaba técnicas sumamente apetitosas para el desarrollo interior. Los que permanecieron a su lado no entendían del todo la deserción de sus compañeros y le preguntaron qué había pasado. El les contestó:
— Acaso el hombre bien intencionado reparta golosinas entre sus semejantes, pero el buen médico solo da medicinas curativas, sin importarle que los enfermos las encuentren dulces o amargas.


Vanagloria


GOOD HIT, SIR
Frecuentando un campo de golf japonés, un turista americano descubrió que, por lo general, los mejores «caddies» eran mujeres.
Un día llegó bastante tarde y tuvo que tomar como «caddie» a un jovencísimo muchacho de diez años que apenas conocía el campo, tenía muy poca idea de golf y no sabía más que tres palabras en inglés.
Pero aquellas tres palabras hicieron que el turista no quisiera ya otro «caddie» durante el resto de sus vacaciones. Después de cada golpe, independientemente de su resultado, el pequeño rapaz golpeaba el suelo con el pie y gritaba entusiasmado: «¡Qué fantástico golpe!».


ALABADO SEA YO, ALABAAAAAHHHHH
Un joven que buscaba un Maestro capaz de encauzarle por el camino de la santidad llegó a un «ashram» presidido por un gurú que, a pesar de gozar de una gran fama de santidad, era un farsante. Pero el otro no lo sabía.
«Antes de aceptarte como discípulo», le dijo el gurú, «debo probar tu obediencia. Por este ‘ashram’ fluye un río plagado de cocodrilos. Deseo que lo cruces a nado».
La fe del joven discípulo era tan grande que hizo exactamente lo que se le pedía: se dirigió al río y se introdujo en él gritando: «¡Alabado sea el poder de mi gurú!». Y, ante el asombro de éste, el joven cruzó a nado hasta la otra orilla y regresó del mismo modo, sin sufrir el más mínimo daño.
Aquello convenció al gurú de que era aún más santo de lo que había imaginado, de modo que decidió hacer a todos sus discípulos una demostración de su poder que acrecentara su fama de santidad. Se metió en el río gritando: «¡Alabado sea yo! ¡Alabado sea yo!», y al instante llegaron los cocodrilos y lo devoraron.


ORGULLOSO DE HUMILDAD
Un obispo se arrodilló un día delante del altar y, en un arranque de fervor religioso, empezó a golpearse el pecho y a exclamar: «¡Ten piedad de mí, que soy un pecador! ¡Ten piedad de mí, que soy un pecador!...».
El párroco de la iglesia, movido por aquel ejemplo de humildad, se hincó de rodillas junto al obispo y comenzó igualmente a golpearse el pecho y a exclamar: «¡Ten piedad de mí, que soy un pecador! ¡Ten piedad de mi, que soy un pecador!...».
El sacristán, que casualmente se encontraba en aquel momento en la iglesia, se sintió tan impresionado que, sin poder contenerse, cayó también de rodillas y empezó a golpearse el pecho y a exclamar: «¡Ten piedad de mí, que soy un pecador!...».
Al verlo, el obispo le dio un codazo al párroco y, señalando con un gesto hacia el sacristán, sonrió sarcásticamente y dijo: «¡Mire quién se cree un pecador...!».


OH, GALLO DIOS DEL SOL

Una anciana mujer observó con qué precisión, casi científica, se ponía a cantar su gallo, todos los días, justamente antes de que saliera el sol, llegando a la conclusión de que era el canto de su gallo el que hacía que el sol saliera.
Por eso, cuando se le murió el gallo, se apresuró a reemplazarlo por otro, no fuera a ser que a la mañana siguiente no saliera el astro rey.
Un día, la anciana riñó con sus vecinos y se trasladó a vivir, con su hermana, a unas cuantas millas de la aldea.
Cuando, al día siguiente, el gallo se puso a cantar, y un poco más tarde comenzó a salir el sol por el horizonte, ella se reafirmó en lo que durante tanto tiempo había sabido: ahora, el sol salía donde ella estaba, mientras que la aldea quedaba a oscuras. ¡Ellos se lo habían buscado!
Lo único que siempre le extrañó fue que sus antiguos vecinos no acudieran jamás a pedirle que regresara a la aldea con su gallo. Pero ella lo atribuyó a la testarudez y estupidez de aquellos ignorantes.

UNA PULGA DE PESO
Un elefante se separó de la manada y fue a cruzar un viejo y frágil puente de madera tendido sobre un barranco.
La débil estructura se estremeció y crujió, apenas capaz de soportar el peso del elefante.
Una vez a salvo al otro lado del barranco, una pulga que se encontraba alojada en una oreja del elefante exclamó, enormemente satisfecha:
- «¡Muchacho, hemos hecho temblar ese puente!».
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