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la colimba , Social Distortion y Hermética

Offtopic12/2/2008
https://ugc.kn3.net/s/http://www.goear.com/files/external.swf?file=02ade29 Los demás pasajeros lo sabían. De alguna manera todos los demás pasajeros lo sabían. Te dabas cuenta por el modo en que te miraban. No como a un fantasma, sino como a alguien que muy pronto recibiría un hachazo en el cuello y se convertiría en fantasma. Un condenado, así te miraban. Podía haberme tomado el tren, por algo los milicos te mandaban el pasaje. Preferí caminar hasta la Avenida Pasco, en Temperley, y tomar la Costera Criolla. Todavía no amanecía. Viajaba junto a la ventana, observando desinteresado cómo, de a poco, el paisaje suburbano perdía todo rasgo urbano para decantar en lo sub. Llevaba los walkman. En el TDK negro había grabado una selección del grupo punk californiano Social Distortion, pero no pasaba de la misma canción, “Prison Bound”. La escuchaba, sacaba el casete, lo rebobinaba con una Bic y volvía a escucharla. Obsesivo de mierda, pudo haberse quejado algún otro pasajero. Pero nadie te jorobaba. Los demás sabían. Pobre pibe, pensaban. Que disfrute ahora. Play, abrir la tapa, rebobinar con la Bic, cerrar la tapa, play. La primera estrofa de esa canción podría traducirse como sigue: Bueno, estoy yendo a un lugar donde van los tipos cuadrados Y salen todavía más cuadrados. Un lugar donde un hombre no muestra sus sentimientos, Un lugar donde un hombre no llora. Bueno, dijeron que debía ser castigado Y dijeron que debía ser reformado. Pero algún día regresaré. ¿Realmente pensaron que esta vez funcionaría? Uno sabía todo el tiempo que no. La Costera Criolla se comía la ruta mientras a los lejos el sol amenaza salir y todavía no salía. Hacía frío, llevaba una gorra de lana. Mi abuela me había dicho que ni se me ocurriera ponerme una gorra de lana, índice inequívoco de descarrilamiento juvenil, pero hacía frío en serio. ¿Qué diferencia había? De todos modos estaba frito, me había dicho un milico unos meses antes, cuando fuimos al cuartel para que le firmaran el Documento a los que habían sacado número bajo. Vos la hacés de cabeza, me había dicho el milico, cagándose de la risa. Agosto de 1993. Número de orden: 553. Número de sorteo: 648. Estaba yendo al lugar donde van los tipos cuadrados y salen todavía más cuadrados. Al lugar donde los hombres no muestran sus sentimientos, el lugar donde los hombres no lloran. Estaba yendo a la revisación médica del Servicio Militar Obligatorio. Me había tocado la colimba. Quince años después parecen postales lejanas de una época extraña. Su significado más profundo apenas es comunicable, se lo mira con asombro o perplejidad, como se mira a los estilos musicales de la industria cultural que fueron muy populares en su momento y que han caído en el más cerrado olvido. Hacer el Servicio Militar (la colimba, por correr, limpiar, barrer) era una tragedia. Uno vivía 18 años temiendo ese momento y ese momento, finalmente, llegaba. De todas las enseñanzas que la conscripción podía dejarte, quizás la más importante ―si uno prestaba atención― consistía en iluminar que la vida está regida por el azar. Ni Dios, ni el destino, ni el mérito personal: suerte. Simplemente suerte. Luego venía todo lo demás: los contactos, las coimas, los defectos físicos, las mil estrategias para zafar. Pero todo empezaba con un golpe de suerte: tu vida se sorteaba en las vueltas de las bolillas y los bolilleros. “Fue por sorteo, pibe”, cantaba Hermética hace tantos años como años hace que no existe la colimba. “Fue por sorteo y no por propia voluntad, que me han rapado y separado de mis pares”. Mala suerte, pibe. Mala suerte. https://ugc.kn3.net/s/http://www.goear.com/files/external.swf?file=928794f El sorteo se hacía por la mañana. Lo pasaban en directo por Radio Nacional. El sistema era sencillo: había un número de orden, que consistía en los últimos tres dígitos del Documento Nacional de Identidad, a los que se le asignaba un número de sorteo, que consistía en tres cifras que salían de un bolillero. A quienes les tocaban números bajos quedaban exentos del servicio militar, a quienes les tocaban números altos no. Si te tocaba 259, zafabas; si te tocaba el 947, te comías dos años limpiando buques o tanques o letrinas (especialmente letrinas). El enigma anual estaba con los números intermedios, los que iban entre 400 y 600, pues el límite entre lo que se consideraba “número bajo” y “número alto” se corría dependiendo de la cosecha: de la cantidad de conscriptos y de su estado de salud. A veces entraban desde el 400; a veces, desde el 600 o el 700. La voz monótona, fría, desapasionada del locutor establecía: Orden: 000. Sorteo: 381. Orden: 001. Sorteo: 197. Orden: 002. Sorteo: 799. Orden... Mientras los números de orden avanzaban, uno tenía tiempo de pensar en su mala suerte, en los años de universidad o trabajo que perdería sirviendo a la Patria, en si era conveniente convertirse en desertor y regresar al país veinte años después. Pensaba en lo afortunados que eran los putos y sus orificios anales dilatados, se lamentaba por haber nacido tan perfecto y no ser deficiente para la actividad física. Deseaba que sus amigos festejaran el número bajo pegándole, desnudándolo en la vía pública, rapándole la cabeza. Deseaba no tener que subirse a la Costera Criolla para pasarse los próximos años confinado en un cuartel. En serio que es difícil comunicar el significado de la colimba en la vida de un adolescente a quien el Estado le estaba otorgando su estatuto de hombre, y esto en un doble sentido: Primero, porque es impensable, hoy, para un chico de 17 ó 18 años la idea misma de prestar servicio militar obligatoriamente, de poner entre paréntesis proyectos personales, laborales, profesionales o afectivos; simplemente no se educó, no creció, con ese tope marginal que llegaba con la mayoría de edad. Cuando se lo comenta a un chico de 16 ó 17 años, éste simplemente se encoge de hombros y farfulla: ni loco iría a la colimba, dice. Y uno se da cuenta, se lo ve en los ojos: no creció con ese pavor. Segundo, porque cualquiera que haya hecho la conscripción, o haya estado en situación potencial de hacerla, tiene hoy más de treinta años (más de treinta y tres, siendo rigurosos: mi clase, 1975, fue la última). Al echar la mirada hacia atrás, hacer el servicio militar a los 18 no parece tan grave ni tremebundo: desperdiciamos el tiempo en tantas cosas absurdas, ¿por qué no desperdiciarlo en una cosa tan absurda como la conscripción? Quienes no lo vivieron, no pueden abarcar su significado; quienes lo vivieron, pero se volvieron mayores, ya no pueden recordarlo. El locutor siguió, frío, ausente: Orden: 553. Sorteo: 648. Estaba adentro. Estaba frito. Parte 2 Las librerías rebosan de libros sobre el tema. Casi todos están escritos con una paciencia insufrible, repasando obviedades bajo la premisa de que no hay obviedades y de que nada, pero nada, debe quedar librado al azar. ―Todo está librado al azar, libro estúpido ―podría retrucar uno. Pero no es muy recomendable ponerse a retrucarle cosas a un libro en una librería. La gente te miraría de reojo y hablaría mal. Ya sabemos cómo es la gente. Estos libros tienen una premisa sencilla: te enseñan cómo triunfar en una entrevista laboral. Explican cómo preparar el CV, qué ropa usar, qué destacar, a qué hora llegar, cómo sentarse, cómo pararse, qué decir, qué callar, cómo sonreír, cómo saludar. El mecanismo que se ponía en marcha junto al número alto en el sorteo del Servicio Militar Obligatorio consistía en una versión a veces inversa, a veces desfigurada, de las premisas de estos libros: había que prepararse no para triunfar en la entrevista sino para fracasar. Había que demostrar que uno era un completo fiasco, una vergüenza para las fuerzas, para el país, para la especie humana; que nadie en su sano juicio lo reclutaría, que mucho menos le daría un arma de fuego o las llaves de un tanque de guerra. Que nadie, por más desesperado que estuviese, lo querría en sus filas. Ni siquiera los Testigos del Jehová o el Partido Verde Humanista. Ni Greenpeace, que parece agarrar lo que todos los demás tiran a la basura. El objetivo último era que algún militar decretara tu inutilidad y te pusiera el esperado sello en el Documento Nacional de Identidad. Sello que, en la actualidad, cualquier organización de gordos, maricas, enanos, monstruos deformes, chicatos o discapacitados no se cansaría de difamar, insultar, denostar en nombre de la lucha contra la discriminación. Sello que grababa a fuego un estigma que uno debería cargar durante toda su vida; sello que le indicaría a todas las personas que revisaran tus papeles que eras un inservible, un estropeado, el hazmerreir de tu generación. Sello hermoso, dorado como el Sol, plateado como la Luna, brillante como el arco iris; sello con reminiscencias paradisiacas, celestiales, gloriosas. Sello que olía a libertad. Sello que establecía que uno era DAF. Deficiente para la actividad física. No una persona con capacidades físicas diferentes, ni con capacidades físicas especiales. Ni siquiera una persona no apta para actividades físicas. Nada de eso. El documento que uno usaba para votar, para identificarse en la calle, para sacar de una biblioteca libros sobre cómo triunfar en una entrevista laboral, para salir del país o para pedir un crédito bancario, ese documento, tenía un anuncio bien explícito sobre su portador: se estaba en presencia de un deficiente. De un DAF. Y yo también quería ser un DAF. De hecho, quería ponerme al frente de todo el pelotón de DAF y gritarle al mundo: ¡Soy un DAF! ¡Soy un deficiente para la actividad física! ¡Y tengo mi DNI para probarlo! Buena parte de quienes lo veían con agrado, buena parte de quienes hoy ven con agrado su improbable remake, nunca dejaron de destacar la función “socializadora” del Servicio Militar Obligatorio. En este contexto, “socializadora” quiere decir “homogenizadora”: nivelar para arriba y para abajo. “La colimba, con todas sus deficiencias, era uno de los pocos lugares donde se mezclaban todos los estratos sociales, lo cual era bueno ―escribió alguien en un foro de Internet―. Le hacía bajar los humos a los cancheros de Recoleta pero también les enseñaba a leer, comer con cubiertos, etcétera, a quienes venían del Impenetrable. Tenía cierta función socializadora”. Expresiones como “clase” o “estrato social” siempre han sido problemáticas cuando se trasladan del texto teórico a los hechos empíricos. Pero en 1993 la formalidad terminológica y las prácticas materiales efectivas habían alcanzado un punto de fusión inequívoco: los chicos con plata no hacían la colimba, los chicos sin plata sí. Eso no era nuevo, pero se había llegado a tal grado de corrupción, a tal grado de aceptación colectiva de la corrupción como parte de los hechos naturales de la vida, que sólo faltaba una ventanilla de pago con el cartel “Pagos por excepción del servicio”. Ya no se trataba de tener un padre, tío, abuelo, vecino o amigo de la familia con contactos, sea para pedirle un favor, sea para coimearlo; ahora, cualquiera con plata sabía que zafaba. Ni siquiera hacía falta el contacto previo; simplemente había que acercarse al primer cabo que se encontrara, preguntarle a quién pagarle y listo el pollo. Si la colimba, “con todas sus deficiencias”, debía bajarle los humos a los cancheros de Recoleta y enseñarle a usar cubiertos a los que venían del Impenetrable, fracasaba en todo sentido: unos y otros aprendían, de un plumazo, cuál era su lugar. La estratificación ―la conformación de grupos verticales, según la desigualdad en el acceso a bienes materiales y simbólicos― no se licuaba; se acentuaba. La naturalización del pago por la exención del servicio (que se sumaba a todos los otros medios formales de exención) ejercía presión sobre los números de sorteo intermedios: si buena parte de quienes sacaban números altos quedaban exentos del servicio, los reclutas debían salir de quienes habían sacado números de sorteo inferiores. En ese clima social e institucional, el azar quedaba sepultado por el peso de la historia: el que venía del Impenetrable y no sabía usar cubiertos, que había sacado 390 en el sorteo, debía ocupar el lugar del canchero de Recoleta que había sacado 990. Función socializadora: al que nace barrigón es al ñudo que lo fajen. Función socializadora, de nuevo: si tu número era 648 y tenías cinco centavos en el bolsillo, que era mi caso, sabías que ibas a hacerle un favor a la Patria: te sacrificarías para que los cancheros de Recoleta que habían sacado 990 siguieran tomando sol en La Barra. Y el favor lo harías junto a los que venían del Impenetrable, quienes, por otro lado, seguirían comiendo con las manos. Y seguirían sin aprender a leer. Parte 3 Así que ahí estaba. Madrugada de agosto de 1993, Costera Criolla rumbo al cuartel de City Bell, escuchando una canción de Social Distortion en los walkman y rebobinándola con una Bic, la panza crujiéndome por el ayuno, pensando en orificios anales dilatados y en deficiencias para la actividad física. Cada tanto palmeaba el bolsillo de la campera, como esperando que los papeles siguieran allí. Y los papeles seguían allí. Los papeles eran mi salvoconducto, el plan de escape: certificados oftalmológicos que señalaban que la miopía me hacía peligroso para los demás reclutas y para la Patria. La miopía era levísima, nunca usaba anteojos, pero en ese contexto los médicos militares se encontrarían con el mismísimo Mr. Magoo. Pensaba chocarme con macetas, pisarle las botas a los generales, tropezarme con cuanta cosa pudiera tropezarme. Les explicaría que, de darme un fusil, posiblemente me pegaría un balazo en el pie, o le propinaría un tiro en la nuca a mis compañeros. Quizás se desatara una guerra civil a causa de mi incompetencia, o una tragedia atómica. Los certificados debían ser de un hospital público, dando por sentado que en los hospitales públicos la gente es más honesta y más transparente. Había ido al Hospital Luisa C. de Gandulfo, en Lomas de Zamora, a conseguirme los certificados estatales. ―¿Para qué es el certificado? ―me había preguntado la oculista. ―Para la revisación del servicio militar―le respondí―. ¿La miopía alcanza para que me declaren oficialmente deficiente? ―No. ―¿Puede sumarle algunos puntos a la graduación? ―Ya veremos. En el viaje en la Costera había tiempo para cavilar en todos, todos los consejos que uno recibía de cara a la revisación y a su inminente incorporación a las filas. Pues cualquiera mayor que uno tenía una larga lista de recomendaciones respecto a cómo debía actuar, qué debía decir, cómo debía encarar sus próximos años castrenses. Lo principal residía en no dar la nota: no llamar la atención, llevar el pelo corto, ropa intrascendente, no contestar, no discutir, no hacerse el piola, no desentonar. Si uno se hacía el gracioso, quizás lo mandaban a hacer la conscripción tres años en Ushuaia. ―Te van a preguntar qué sabés hacer ―te contaban. ―¿Qué tengo que decir? ―¿Qué sabés hacer? ―Nada. ―¿Manejás? ―No. ―¿Andás a caballo? ―Menos. ―Bueno, decí que cocinás. ―No sé cocinar. ―Cocinar es pelar papas. ―No sé pelar papas. ―Aprendés. Los que están en la cocina son los que mejor comen. ―¿Otras opciones? ―Pintar o cortar el pasto. ―No quiero pintar o cortar el pasto de todo el cuartel. ―No del cuartel. Pintar y cortar el pasto en las casas de los milicos. Te dejan salir seguido si hacés eso. ―¿Y si no elijo nada de todo esto? ―Cagaste. ―Entiendo. ¿Te dejan manejar aviones? ¿Submarinos? ¿Explotar cosas? ―Vos sos medio pelotudo, me parece. Te va a venir bien hacer la colimba. Y ahí estaba, también esto: había un consenso ―sigue habiendo un consenso― en que la colimba le iba a venir bien a algunos. Porque eran cancheros de Recoleta, porque comían sin cubiertos en el Impenetrable, porque hacían preguntas boludas, porque eran muy cabezas, muy nenes de mamá, muy vándalos, muy algo. Siempre había algo, y ese algo ―se suponía― podía corregirse con “disciplina”, término que tendía a confundirse con “penitencia”: corriendo, barriendo y limpiando, sin chistar. Como el Karate Kid, cuando lo mandaban a fregar el auto del maestro Kesuke Miyagi, sólo que al final uno se iba sin aprender a pegar pataditas ninja. El colimba sonrió con malicia. Tenía 19 ó 20 años, apenas uno o dos más que nosotros, pero actuaba como si fuese un veterano de la Guerra del Paraguay. Tenía tanta autosuficiencia que parecía estar ensayando para convertirse en prócer, como si escondido en los arbustos un pintor lo estuviese retratando de cara a la posteridad. ―Les van a contar cada pelo del culo ―dijo, sonriendo, disfrutando el gesto de abatimiento de quien, muy pronto, recibiría su nombre de guerra: Costal de Huesos. El colimba, futuro prócer, estaba gritándole a los inútiles de la clase 1975 para que formáramos en el patio, para izar la bandera. Un pibe flaquito le había preguntado cómo venía la mano, si estaban haciendo zafar o si la hacías aún teniendo viruela. La pregunta tenía un sentido más coyuntural de lo que parece. En esos días, el tema de las coimas se había desmadrado. Ya era tan asquerosamente evidente que sólo los desgraciados sin contactos y sin guita hacíamos la colimba, que un par de cuarteles habían sido intervenidos por la Justicia. El de City Bell era uno de ellos. Estaba en la portada de los periódicos, el tema se debatía en la tele y en la radio. La revisación médica del Servicio Militar estaba en el ojo de la tormenta. Ahora, que estaban todos mirando para este lado, los involucrados querían hacer buena letra. ―Les van a contar cada pelo del culo ―sonrió el futuro prócer―. No zafa ninguno. Nos hicieron formar. El pibe flaquito se paró delante de mí. Uno que estaba a mi derecha ―quién más tarde pasaría a llamarse Tiranosaurio Rex, a causa de su desmesurada cabezota y sus pequeños bracitos― le chistó. ―No te hagás drama ―le dijo―. Parecés un Costal de Huesos. Vos zafás. Al frente, un militar de alto rango nos dio un discurso. Dijo que éramos los últimos en hacer la revisación médica de nuestra camada, que debíamos estar orgullosos de haber sido convocados para servir a la Patria. Dijo que ahora izaríamos la bandera. El militar que estaba a su lado dio un paso al frente y gritó con tanta violencia que parecía que iban a descosérsele los pulmones: ―¡El ciudadano que tiene una gorra de lana que se la saque inmediatamente! Cerré los ojos. Pensé: por favor, por favor, que no sea yo. Subí la mano y allí estaba la maldita gorra. ―Vos no zafás ni en pedo ―murmuró Tiranosaurio Rex. Fueron dos días de revisación donde las personas de más variado origen intentaban demostrar que no merecían el honor de servir en los cuerpos del ejército. Para algunos resultaba más sencillo demostrarlo, pues el Mal de Chagas y otros padecimientos que acarrea la pobreza simplemente no se fingen. Se puede exagerar una miopía, como con mis papeles, a los que la oculista había inflado para darme al menos una chance de evadir el servicio, pero el Chagas no se infla. La pobreza, esta clase de pobreza, no se finge. También escuché a unos cuantos con grandes deseos de entrar a las fuerzas: porque eso les garantizaba la posibilidad de hacer una carrera, de recibir una mensualidad, de salir de sus lugares de origen, de dormir bajo un techo, de comer todos los días, de recibir atención médica. La colimba era en estos casos no una carga, no un paréntesis arbitrariamente impuesto por el Estado, sino una oportunidad: la chance de mejorar la situación presente, de dejar atrás un pasado casi siempre miserable, de forjarse un futuro. La oportunidad de marcar una diferencia, de ser alguien, de insertarse en una sociedad que parecía haberles cerrado todas las demás puertas. La oportunidad de salir adelante. Durante dos días fuimos de pabellón en pabellón. Nos sacaron placas, tosimos, dijimos 33, nos vacunaron, sacaron sangre, controlaron las caries, peso, altura, levantamos el pito, lo bajamos, hasta nos alimentaron con pan y mate cocido (mi primera, y única, comida castrense). En cada ocasión que tenía trataba de hacer valer mis papeles de chicato (los llevaba en la mano todo el tiempo, pues la mayoría de las veces no teníamos ropa, ergo, no teníamos bolsillos), esperando que me pusieran el DAF y me mandaran a casa. Al final sucedió: logré que me prestaran atención y que certificaran en mi DNI que era Deficiente para la Actividad Física, que le estamparan una firma y me mandaran a casa. Oficialmente, para el ejército, era un nerd papamoscas y cegato cuyos anteojos culo de botella lo convertían en deficiente. Pusieron el sello, anotaron DAF, agregaron que no me incorporaban por excedente y ahí se terminó el asunto. Nunca más volví a un cuartel, nunca más volví a formarme para izar una bandera. Por lo general tengo cuidado al contar estas cosas. Una buena parte de mis amigos, unos años mayores, sí hicieron el Servicio Militar Obligatorio. Cuando hago mención a esta vasta experiencia de dos días en la milicia, se quedan expectantes, en silencio, con una leve sonrisa en la comisura, esperando el momento justo para introducir su muletilla. ―¿Ya terminaste? ―ironizan sobre mi relato de los dos días de revisación médica, antes de mencionar sus dos años y medio en algún cuartel de Formosa o Corrientes. La revisación médica de agosto de 1993 fue la última del Servicio Militar Obligatorio, instituido en 1901, durante el segundo mandato del Presidente Julio Argentino Roca. En agosto de 1994, tras 92 años de existencia, el Presidente Carlos Menem lo derogó por decreto, luego del asesinato en el cuartel de Zapala, Neuquén, del soldado Omar Carrasco, un muchacho de 19 años que duró sólo tres días en la colimba antes de que un oficial y dos conscriptos lo molieran a palos y lo dejaran agonizando, durante días, en el baño del batallón. Después ocultaron el cadáver, para que se pensara que se había fugado, que se había convertido en otro desertor. En ese momento pensé que Carrasco, clase 1975, pudo haber sido Costal de Huesos, o Tiranosaurio Rex, o yo mismo. Y todo volvía al comienzo: mala suerte, pibe. Sólo que la suerte no tenía nada que ver. Mientras al pibe tímido, callado de Cutral-Co lo golpeaban hasta matarlo, en el Impenetrable seguían comiendo con las manos y los cancheros de Recoleta con 980 de sorteo seguían bronceándose en la cama solar para ir a Pachá. Cada uno ocupaba su lugar. Cada uno estaba donde tenía que estar. Eso parecía enseñarte el ejército: que la suerte no tiene nada que ver. Que al que nace barrigón es al ñudo que lo fajen. Fuente:http://weblogs.clarin.com/revistaenie-nerdsallstar/ Otros post del gusto rockero amiguitos: ROSARIO FREAK: ESPECIAL VOLQUETES REM Y PATTI SMITH EL PEOR DISCO DE LA HISTORIA DEL ROCK SONIDO CALLEJERO CON THE BLACK HALOS SE CALENTÓ BLACKMORE JORGITO, EL POTRO IGGY POP SE INSPIRA EN SLIPKNOT EL DISCO DE LAS 5643 CANCIONES ROSARIO FREAK WENDY O. WILLIAMS, UNA MINA DURA ..Y EL PLAYBACK SIGUIO SONANDO METALLICA Y EL LOUDNESS WAR LA CALLE AC/DC RAMONES EL MUSICAL MOTORHEAD FUTBOL CLUB LEMMY & SID, PROFESOR Y ALUMNO LOS TEMORES DE DEBBIE HARRY PUNK Y CULTURA (LA CULTURA CONTRA EL HOMBRE) LEMMY, LA PELICULA CONFIRMADO; EL ROCK SE MURIÓ ESTETICA NAZI Y ROCK OZZY, HORMIGAS Y URINOTERAPIA HEY HO LET´S GO! COMO VIVE LEMMY DE MOTÖRHEAD? 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