InicioOfftopicLos hombres en el feminismo
Los hombres en el feminismo. Siendo hombres, hemos respondido al movimiento de las mujeres de formas muy diferentes. Algunos lo ignoraron, pensando que desaparecería. Otros consideraron que era una peligrosa distracción del tema central de las políticas de clase. Otros estaban simplemente entusiasmados por el movimiento de mujeres, pero todos nosotros, de una manera u otra, estábamos aterrados y confundidos por éste, tan pronto como trastoco la realidad cotidiana de nuestras relaciones personales. (Seidler 1991:64) Uno de los primeros y más significativos debates del movimiento de liberación de las mujeres fue qué lugar ocuparían los hombres en las organizaciones. Tanto en los Estados Unidos, como en el Reino Unido, ya en las primeras conferencias y protestas, los hombres asistieron y se les dio voz, pero muchas mujeres señalaban que la presencia de los hombres alteraba la naturaleza y calidad de los debates, y que ellos solían dominar las discusiones. Los debates iniciales se centraron necesariamente sobre la cuestión de si los hombres podían ser excluidos y si se aceptaba que “la creación de la nueva mujer pasaba necesariamente por la creación del nuevo hombre” (Rowbotham, en Wandor 1972:3). La mayoría del neofeminismo de la segunda ola, que se concentró en el constructivismo social frente al esencialismo, defendía, y aún más, señalaba a los hombres como el “enemigo”, lo que fue tácitamente aceptado como un posicionamiento temporal y socio-histórico de los sujetos, que sería abierto a transformación posterior. Incluso la mayoría de las feministas no preveía el separatismo total como una solución de trabajo a largo plazo. Ellas deseaban la autonomía para construir un movimiento para las mujeres: “Ellas querían su movimiento, no tanto expulsar a los varones como ser independientes de ellos” (Coote y Campbell 1987:27). Además era evidente que en el período fundacional del movimiento de la “Segunda ola”, las feministas estaban decididas a crear un forum político que señalase sólo a la mujer como el sujeto colectivo. Esto significó, necesariamente, que el término feminista fuera susceptible de aplicación sólo a las mujeres: esto es, que las políticas feministas crearon un espacio segregado sexualmente para compensar las prácticas recalcitrantemente excluyentes del núcleo duro de las políticas parlamentarias. Pero el separatismo ha llegado a ser desde entonces una de las tácticas feministas más incomprendidas –considerando esta como una infantil intentona de ignorar el problema de los hombres y de construir una utopía que sólo funcionaría en la ausencia de éstos-. Las feministas radicales habían caracterizado el patriarcado bastante desafortunadamente como una expresión del poder de los hombres sobre las mujeres. Las socialistas y las liberales, así mismo, volvieron sus miradas hacia las vidas privadas de las mujeres y sus experiencias personales, lo que parecía afirmar que el problema de las mujeres era, a grandes rasgos, los hombres -no sólo aquellos que sustentaban los mecanismos de poder en el gobierno, sino también los padres, los compañeros y coetáneos -. La observación de que la opresión del patriarcado parecía que se mantenía, con quiebras mínimas, a través de la historia y de las culturas, reforzó la idea de que este sistema de opresión operaba con máxima efectividad en la esfera privada. La idea de “Lo personal es político” ganó empuje entre las feministas, y el escrutinio de las propias historias de vida fue visto como posibilitador y potencialmente liberador, acompañado -como estaba-, por esfuerzos de cambio en la dinámica de las relaciones entre hombres y mujeres. “Política sexual”, en primera instancia, se refiere al sexo y a una conciencia de que las relaciones de poder existen y se perpetúan en los más íntimos rincones de la vida de las mujeres: “Políticas sexuales” afirmó al mismo tiempo la idea de las mujeres como un grupo social oprimido por los hombres como un grupo social (dominación de los hombres/ opresión de las mujeres), al mismo tiempo que volvía al tema de las mujeres como sexo al margen de las ataduras de la reproducción. Lanzó al centro del debate político las más íntimas transacciones de cama: esta vino a ser una de las interpretaciones de “lo personal es político”. (Delmar en Mitchell y Oakley 1986:26-7) Si bien las mujeres heterosexuales no podían concebir el separatismo extremo como una alternativa feminista viable para su orden social cotidiano, las críticas de las formas en que las normas hegemónicas en las prácticas heterosexuales reafirman la subordinación de las mujeres, demandó que las relaciones heterosexuales fueran inspeccionadas y revisadas. No importaba lo bien intencionado que los hombres pro-feministas pudieran parecer ser, al nivel de la sexualidad y la afectividad estaban todos implicados como poseedores de un profundo interés en el status quo. Uno de los panfletos más importantes en circulación durante el final de la década de los sesenta fue el “El mito del orgasmo vaginal” de Anne Koedt, que citaba los descubrimientos de Kinsey y de Masters y Johnson, sobre el clítoris frente a la vagina como el órgano del placer orgásmico femenino. Si el intercurso coital fue entendido como el símbolo central de la unión heterosexual, ahora era concebido como una práctica sexual definida en términos exclusivos del deseo masculino -una aproximación que no había manifestado ningún cambio a pesar de la emergencia de la tan traída “era permisiva”. La conclusión lógica de la observación de Koedt de que la penetración era de importancia secundaria para las mujeres, fue que los hombres, por lo menos teóricamente, fueran prescindibles; pero más que esto, que las definiciones de la heterosexualidad fueran abiertas a la negociación: Muchos han descrito el impacto del ensayo de Koedt como “revolucionario”. No concordaba con las experiencias cotidianas de las mujeres, ni llevó al abandono a gran escala de la heterosexualidad. Pero posibilitó a las mujeres hablar sobre su sexualidad en sus propios términos, escapar de las definiciones masculinas de la “normalidad” y la “frigidez”, sentir que tenían el derecho de hacer reivindicaciones, y percibir que lo que anteriormente había parecido ser sus meros problemas personales eran ahora parte de un patrón que era esencialmente político. (Coote y Campbell 1987:11) Las feministas radicales enfatizaron las repercusiones del sexismo en las vidas domésticas y sexuales de las mujeres, e incluso forzaron concretamente a los hombres a confrontar los mecanismos a través de los que se beneficiaban directamente de la aceptación de su hegemonía social/sexual. Desde que la institución de la familia fue puesta en el punto de mira como el lugar fundamental de la opresión de las mujeres, como una ideología de la familia que naturalizaba muchas de las formas de vida familiar -que se sostenían eran opresivas-, la familia cayó bajo una estrecha vigilancia. Las radicales percibían incuestionable el trabajo de redefinir los límites biologicistas de los proteccionismos del poder masculino; y así desterrar los efectos de la cultura e ideología lejos de cada mujer, y fue considerado como “la tarea” de las mujeres. El separatismo en la esfera del debate político fue, entonces, un requerimiento fundamental. El movimiento de hombres: Las políticas sexuales y la redefinición de la masculinidad. No existe ningún novedoso ni extraño “movimiento de hombres” o “movimientos” (que pueda corresponder de forma directa al denominado “Movimiento de las mujeres”) encaminado a cuestionar o socavar ciertos preceptos feministas. Sin embargo, el movimiento de hombres de comienzo de los 70, en la forma de grupos de toma de conciencia y de grupos de discusión, se desarrolló como respuesta directa al feminismo de la segunda ola. En concreto, sirvió como marco útil para las feministas que creían que el feminismo transformaría las vidas de los hombres, pero que necesitaban mantener el separatismo al nivel de los grupos de toma de conciencia, la prospectiva y la acción política. También supuso que las mujeres podrían continuar investigando sus vidas y experiencias como mujeres y las relaciones con el patriarcado, mientras que los grupos de hombres podrían analizar la forma en que una ideología patriarcal configuraba sus vidas y cómo el machismo en particular, podía ser especialmente sofocado. Tales grupos y organizaciones no se encontraron siempre con un apoyo incondicional del movimiento de las mujeres, ya que las feministas percibieron que tales investigaciones podrían degenerar en una cierta forma de “efecto yo-también”“. Estas sospechas no eran descabelladas cuando [email protected] puede ver la forma en que este “efecto yo-también” es traído a la conciencia popular muy evidentemente en libros actuales como el “No más guerra de los sexos” de Neil Lyndon”s (1992) o el “No soy culpable” de David Thomas (1993). Cuando los medios de comunicación recogen casos de maltrato a las mujeres, o de violencia doméstica de mujeres contra sus compañeros, no lo hacen para subrayar el problema del abuso y la violencia en general, sino para intentar disminuir la claridad del hecho de que la mayoría de los abusos, de los maltratos y de la violencia doméstica están perpetrados por hombres contra mujeres. Algunos hombres británicos que formaron grupos de toma de conciencia, decidieron crear un periódico, y el “Achilles Heel” (Talón de Aquiles) salió a la circulación en 1978. Tiene en común con gran parte del pensamiento feminista británico las vinculaciones con el socialismo y como la crítica del patriarcado y de la división sexual es al mismo tiempo una crítica a las divisiones raciales y el capitalismo. Este periódico, producido de forma colectiva y disponible hoy en día, está comprometido hasta la médula con la construcción social de la masculinidad, y como esta construcción se perpetua en la vida, pública y privada, cotidiana de la gente. Los colaboradores parecen estar claramente al corriente de que sus intentos de desconstruir los medios por los que promulgan sus propios dramas masculinos, están destinados a enfrentarse con la burla tanto de las mujeres como de “hombres no-reconstruidos”: pueden parecer imbéciles frustrados por los propios medios con los que ganan acceso al poder y la superioridad social. Como las feministas se pudieron sentir tentadas de apuntar: El conocimiento de las colusiones “propias” como represiones no detiene la perpetuación de las formas de opresión sobre las mujeres, ni deja de señalar a los hombres como privilegiados individualmente, como sujetos que tienen el derecho de manejar las vidas de sus compañeras e hijos. Esta es la clásica doble trampa para los hombres implicados en los grupos de hombres pro-feministas. Como Victor Seidler subrayó: “Parece como si los hombres en solitario no pueden escapar de un esencialismo que durante generaciones había sido usado para legitimar la opresión de las mujeres, gays y lesbianas. La masculinidad no pudo ser deconstruída, pudo únicamente ser rechazada” (Seidler, 1991, xi). El movimiento de hombres alcanza este impás con deprimente regularidad, donde la masculinidad parece ser la más persistente herencia, quizá porque es en gran medida definida por su desviado anverso, la feminidad; al mismo tiempo que está asociada con una transparente totalidad. El problema con el rechazo de la masculinidad, de la que el rechazo de la propia implicación en las redes de poder es una parte; es que le crea -a uno- una vacuna analítica. Últimamente, cierto movimiento de hombres, ha entendido la necesidad de comprometerse con la masculinidad con el objetivo de investigar sus diversas formas culturalmente heredadas, y distinguir las experiencias personales e individuales de la construcción patriarcal aparentemente monolítica. Aquí, los grupos de “toma de conciencia” se convirtieron en cruciales como lugar donde hombres individuales podían intentar un grado mayor de honestidad sobre sus experiencias personales y sus ambivalencias frente al empuje de la masculinidad. El “Talón de Aquiles” se especializó en tales grupos de sensibilización, recogiendo temas tan diversos como el cuidado de los hijos o la disputa contra el sexismo de los hombres en el lugar de trabajo. El trabajo del movimiento de liberación gay es conocido por dar comienzo a los desafíos contra las construcciones patriarcales y heterosexistas de la masculinidad. Lo que nos recuerda que hoy en día el mayor problema para el movimiento de hombres separado de las políticas gays es encontrar un medio para definirse en sus propios términos sin parecer parásito del movimiento gay o del feminismo, y así encontrar un papel que le sea propio: “En este colectivo (Talón de Aquiles), no estamos de acuerdo con los hombres que dicen que el movimiento de hombres, como el nuestro, no tiene derecho a existir, excepto quizás en un papel auxiliar de servicio al movimiento de las mujeres. Vemos esta actitud parcializada, como otro aspecto más de la culpabilización y auto-negación que hemos arrastrado desde nuestro nacimiento. También refleja el menosprecio por otros hombres diferentes. Y, en su forma extrema, llega a convertirse en otra forma de dependencia de las mujeres, haciendo que éstas hagan todo el trabajo para producir los cambios que necesitamos. Los hombres pueden colocar al feminismo en un pedestal igual que en general hacen con las mujeres”. (Seidler, 1991, 31) Este importante párrafo nos señala como los hombres pueden ver el sexismo como el “problema de las mujeres” si es que no lo ven como un problema en absoluto. Y lo que es más, emplaza el problema de que la respuesta fundamental de los hombres al envite del feminismo es la culpabilización, una posición que connota más una inercia política que un potencial transformador. Pero la cuestión de dónde situar los grupos de hombres en el feminismo continua siendo un problema espinoso, e incluso aquellos hombres que intentan escribir honestamente sobre la masculinidad y sus problemas, exhiben demasiado frecuentemente un atrofiante sentido de culpabilidad y auto-desprecio, como el reseñado por Victor Seidler en el párrafo anterior, hasta el punto de que los análisis de las relaciones personales y de la respuesta sexual están casi siempre “desaparecidos”. En “Recreating sexual politics”, Victor Seidler reconoce que la corriente central de las políticas sexuales nunca ha ubicado certeramente el problema de como pueden responder los hombres a la opresión de las mujeres y cual es su propia implicación en ello, y “no ha surgido ninguna crítica sistemática de las tradiciones que dominan la izquierda” (Seidler, 1991b, 16). Como sugiere el autor, la toma de conciencia para los hombres se convirtió en una respuesta al desarrollo de las posiciones feministas: así mismo el feminismo facilitó esta forma de discusiones basadas en la propia experiencia a través de las lecciones aprendidas por su propia política personal, y que requerían una respuesta. En contraste, la tradición socialista permaneció en silencio, tendiendo a asentar la división público/privado, evadiendo la amplia cuestión de la opresión de las mujeres dentro de la cuestión de la opresión de clase. A pesar de las dificultades aquí expuestas entorno a los grupos masculinos de sensibilización, los grupos de hombres se presentaron “naturalmente” a las mujeres como una respuesta política porque estaban acostumbradas a realizar trabajo colectivo informal como parte de una subclase o subcultura del cuidado -las mujeres estaban acostumbradas a cooperar, mientras que los hombres fueron impulsados a competir entre sí en todos los frentes-. Por esto, “en los comienzos de la toma de conciencia, los hombres pudieron admitir con frecuencia que no les gustaban realmente los otros hombres y que sus relaciones más íntimas fueron con mujeres” (Seidler, 1991b, 15): y por supuesto, sus más íntimas relaciones afectivas con mujeres tendían a ser con amantes que les proveían frecuentemente de soporte emocional y que no eran correspondidas. De hecho, Seidler, defiende fuertemente que la toma de conciencia es vital en la machista izquierda, y que el reconocimiento de su validez política ayudaría a desestabilizar la firme convicción en la izquierda de que solo contribuyen a discutir sobre las propias experiencias personales sin tener ningún tipo de resonancia en la vida pública política general. Seidler también defiende que la tendencia feminista a asociar a los hombres y el comportamiento masculino con la construcción y significado dominante de masculinidad, convierte en “casi imposible poder explorar la tensión entre el poder que los hombres detentan en la sociedad y las formas en que se experimentan a sí mismos como individuos sin poder”. (Seidler, 1991b, 18). Nos muestra que la izquierda se ha construido a sí, incuestionablemente, sobre las nociones burguesas de culpa y sacrificio personal, enfatizando el deber y la obligación del propio sacrifico en el nombre de nuestra carrera, el Estado u otras cosas. Necesariamente perpetúa el refrán popular de que “el hombre debe ser un ganapanes y el protector de la familia”; y no es esto lo único que hace perpetuarse al patriarcado, que funciona en interés del capitalismo, sino que es además un modelo incuestionablemente heterosexista. Los hombres gays en el movimiento gay de liberación se han acostumbrado a las prácticas de sensibilización y toma de conciencia, y al desarrollo de redes de apoyo mutuo entre varones. El apoyo del feminismo y de las estrategias políticas feministas tiende a emerger, además, desde una comprensión íntima de la necesidad de tales prácticas en una sociedad profundamente atrincherada en el desprecio de lo personal mientras positivan un modelo de vida personal que está lejos de la realidad de las vidas de la mayoría de los individuos. Algo que Seidler evoca muy claramente es la doble trampa en que los hombres antisexistas pueden encontrarse: “Creo que esta experiencia de retraerse de definir nuestros deseos y necesidades ocurrió a muchos hombres en los primeros años del movimiento de mujeres. Nos vimos abandonados sintiéndonos culpables, casi porque existíamos y éramos hombres. No queríamos que nos creyeran sexistas, por lo que nos escudriñamos muy cuidadosamente” (Seidler, 1991b, 36). Es claro que los hombres pro-feministas, simplemente, no aceptarían su culpabilidad como opresores y no actuarían en un papel puramente de servicio en relación al movimiento de mujeres. Podría proponer no sólo un papel para los hombres indulgente, paternalista y agudamente apolítico, sino que además serviría para negar la posibilidad de una formación social futura donde los cambios afrontados por las feministas pudieran llevarse a cabo. En concreto, no permitiría definir a las futuras visiones y redefiniciones feministas de la masculinidad y de la feminidad sobre la aceptación de que la posición social/económica de los hombres es siempre más privilegiada. Permitir a la masculinidad que se mantenga en un estado de cuasi-esencialismo, mientras se invoca la construcción social de la feminidad en todo nivel, es encerrar a los hombres en un “estado de no existencia, un tipo de silencio que vigila nuestra masculinidad” (Seidler, 1991b, 40). Una podría argüir que los grupos de toma de conciencia, dan a los hombres la oportunidad de situarse como seres privados frente a la faz pública del “hombre” -una experiencia que podría hacer a muchos intentar retirar sus inversiones en la corriente hegemónica del capitalismo patriarcal-. En donde las mujeres fueron capaces de encontrar un foco para su rabia y una dirección en su determinación de transformar el status quo, el movimiento de hombres parece faltarle una dirección clara, y tan sólo se mantiene un vínculo parcial entre el anti-sexismo y el socialismo. Victor Seidler apunta certeramente que es contraproducente la culpabilización como respuesta a la conciencia de que los hombres poseen los medios para oprimir a las mujeres. Repudiar la masculinidad es claramente una forma de aplazar la responsabilización y de negarse la posibilidad de participar en la voluntad general de cambio. Una de las fuerzas de la creación de grupos de hombres ha sido su función de crecimiento y concienciación, posibilitando un espacio para que los hombres exploren sus sentimientos y emociones, ya que han sido socializados para negarlas. Tales grupos desarrollaron también una plataforma desde la que el movimiento de hombres tiene un papel más significativo que el servicio al movimiento de mujeres, pero un papel que facilita el desarrollo de ideas feministas, en contraste con la atmósfera competitiva que se ha desarrollado entre los hombres en el feminismo en el mundo académico. Los hombres en el feminismo: Conflictos en el ámbito académico. A mediados de la década de los 80, se retornó a un argumento que fue furiosamente debatido a finales de los 60, sobre el lugar que los hombres ocupan en el debate feminista. Como ya he subrayado, la mayoría de las feministas estaban de acuerdo en que las mujeres necesitaban un espacio y tiempo para desarrollar sus propios argumentos y perspectivas teóricas, porque los hombres -desestimando la benignidad de sus intenciones- representaban los mecanismos por los que el discurso femenino podría ser/ había sido absorbido y neutralizado en un golpe de mano patriarcal. Pero en la institución académica, en el momento de la rápida expansión feminista y quizás en virtud del progresivo compromiso del feminismo con la teoría crítica, algunos hombres sintieron que tenían una contribución que ofrecer, como si la implicación del feminismo en los nuevos departamentos de teoría significase una perpetración de alianzas entre los hombres. Así como las feministas habían expuesto previamente, la exclusividad de los hombres sobre los discursos radicales, como el marxismo, era la base para que sintieran justificado cuestionar la exclusividad de las mujeres en el feminismo. Algunos hombres tomaron con gusto el feminismo como punto de partida para explorar la construcción social de la masculinidad; otros quisieron apuntarse más directamente a los vividos y agitados debates que caracterizaron el feminismo de los 80 y los 90. Estos segundos querían primordialmente demostrar que ellos también habían sido afectados profundamente por la forma en que el feminismo socavó los fundamentos epistemológicos del pensamiento socio-filosófico contemporáneo. Desde un punto de vista más cínico, es importante observar que -en términos académicos- el feminismo había llegado a la mayoría de edad y los estudios de la mujer, como disciplina y como proyecto de emancipación-acción, buscaban nuevas vías entre las disciplinas existentes para la teoría en un área cada vez más competitiva, lo que iluminó al feminismo como otra forma de pensamiento abstracto que podía ser campo de nuevas posibilidades. La antología “Los hombres en el feminismo”, publicada en 1987, es un ejemplo de este tipo de intervención masculina: en este volumen, un número igual de aportaciones de hombres y mujeres, se desafían, toman postura, llegan a acuerdos o se denigran. La formula fue claramente exitosa, y diversos aspectos del diálogo han sido desarrollados con extensión en dos libros posteriores de Linda Kauffman, “Género y Teoría” (1989) y “Feminismo e Instituciones” (1989). Como el formato de “diálogo” sugiere, las contribuciones masculinas fueron enmarcadas y moderadas por las respuestas feministas; posteriormente los “hombres feministas” se sintieron capacitados para seguir en solitario, como ilustró la colección “Engendering men” (1990), íntegramente realizada por hombres. Joseph A. Boone, uno de los editores de esta colección, reimprimió su ensayo en ésta, ya que apareció en primer lugar en “Género y teoría”, acompañado por una respuesta de Toril Moi. Sin embargo, no refiere a esta en el preámbulo de la reedición de su artículo, relegando toda mención de Moi a una nota a pie de página, que lleva en sí mismo mucho más que una cierta revancha. La nota a pie termina en este paréntesis
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