Les paso una nota que salio la semana pasada en el Diario "Critica Digital"
Se llama César Velásquez
Bam Bam, la nueva estrella narco en el Bajo Flores
Tras la caída de Marcos, el capo peruano de la villa 1.11.14, sus soldados se pelean por la sucesión. Hay muertes y sospechas sobre la participación policial en el negocio.
Le dicen Bam Bam. Tiene casi 30 años. Es grandote para ser peruano –casi metro ochenta–, de espalda ancha y suele ser simpático. En su territorio, la villa 1.11.14, en el Bajo Flores, su nombre suena porque suena y porque desde hace por lo menos diez años pertenece a las bandas de narcos que han dominado la zona. Preso Marcos Estrada González, el capo que gobernó la villa hasta su detención en Paraguay, los clanes peruanos más pequeños pelean por su parte. En lo que fueron sus dominios se libra una batalla que por el momento gana Bam Bam, que en realidad se llama César Velásquez.
Parte de la misma guerra sería el último ajusticiamiento: ayer a la madrugada un hombre le metió siete tiros en la cabeza a Lalo, uno de los sobrinos de Marcos. Aunque la familia insiste en que se trató de un caso pasional, ayer la fiscalía investigaba una nueva venganza narco. Según cuatro testigos un sector de la Policía Federal protege a Bam Bam.
Bam Bam no es el hombre con el perfil más alto de la villa. Hasta diciembre había conseguido, junto a un grupo que incluye a otros miembros de su familia, no hacer demasiado ruido en su zona, la manzana 28, cerca de la Avenida Riestra. Pero un crimen, el día de Navidad, complicó su negocio silencioso y lo puso en la mira. Bam Bam tomaba cerveza con sus amigos cuando un vecino, Henry Michael González Mendoza, conocido como “Michel”, apareció para vengarse de los que supuestamente le habían arruinado a los golpes su cero kilómetro.
En la villa 1.11.14, lograr que la gente hable lleva unas horas de recorrido y conversaciones en secreto. Protegidas sus identidades, los relatos de siete personas coinciden y se complementan: “Ellos tuvieron un desacuerdo y estaban borrachos. Todos venden. Pero el que está al frente es uno solo, como siempre pasa. Ahora le toca a Bam Bam, que lo conocemos desde que empezó como perro de Marcos”, dice un hombre con treinta años en el barrio. Desde un ángulo de su casa de tres pisos se puede ver el escenario de aquella muerte. Una ronda en la que tomaban cerveza Bam Bam, su lugarteniente Raimundo Barrantes –alias Rai–, la hermana de Bam Bam, Amparo Velásquez, y su marido Miguel Angel Apaza, conocido como Quico o El Ángel. Michel los encaró furioso porque le habían arruinado el coche. Le respondieron en masa. Pero no fueron los de la ronda, según las pruebas, los que lo liquidaron, sino un sexto miembro del mismo grupo: un tal Barrantes, hermano de Rai. Lo sorprendió por la espalda. Disparó tres veces con una 45. El tercer tiro le atravesó el corazón.
En la causa donde se investiga el crimen, los parientes de la víctima no hablan de drogas y aseguran que Michel era verdulero. En el expediente, una carta anónima denuncia que Michel era uno de los socios de Bam Bam, parte de una red de pequeños revendedores dependientes de un solo proveedor. Según esa denuncia, Michel había sido atacado por los muchachos de Bam Bam por venderles droga a los chicos del barrio, con un problema endémico de consumo de pasta base. Casi una ironía.
Barrantes, también llamado en documentos falsos Augusto Pacheco, fue detenido y acaban de procesarlo. La causa, que progresó rápido, está a punto de ser elevada a juicio. Pero la Comisaría 34, que actuó en el caso, no registró ninguna actividad ilegal de los protagonistas de la historia navideña. A medida que se intenta conocer la historia de Bam Bam, los relatos sobre una posible complicidad de un sector de la Policía Federal en el desarrollo de su liderazgo en la villa se repiten.
Hace tres semanas Crítica de la Argentina entrevistó a una mujer dedicada al transporte de cocaína “al peso” desde la villa hacia otros puntos de la ciudad. Casi sin casa, allegada en el conventillo de otras familias peruanas, había quedado a la deriva después de uno de los golpes magistrales de Bam Bam y sus amigos. Pasó las fiestas en el pasillo de la manzana 28, como empleada de un matrimonio dedicado a la venta de drogas. Había trabajado para ellos: sus servicios domésticos incluían lavar al enorme perro guardián del rancho o transportar tizas de cocaína y pasta base en su cartera. “Los que mandaron al frente a mis patrones, arreglados con la banda de los policías corruptos, fueron Bam Bam y Rai”, dijo. Sus patrones cayeron presos en una redada en La Tablada cuando iban a hacer una entrega de kilo y medio a la Provincia.
Ayer en la villa 1.11.14, y en el Barrio Rivadavia, cruzando la avenida Bonorino, tres de los siete testimonios dijeron que Bam Bam se hizo poderoso a partir de su alianza con “la banda de los policías corruptos”. Se trataría de un grupo de federales que facilitan el trabajo a estos medianos empresarios del narcotráfico sacando del medio a otros narcos de la zona. “No necesitan atacarlos”, dicen; “con que los manden presos les alcanza”. Así que los muchachos de Bam Bam se sienten protegidos: “La propia familia lo dice. Ellos sienten que nada les puede pasar. Se fueron unos días a la provincia avisados de que los van a allanar o algo porque alguien se enteró todo después de la muerte de Michel”, dice una mujer que los conoce por nombre y apellido a todos. “A Rai lo habían metido preso el año pasado porque la banda no pagó una comisión. La hermana me lo dijo: ‘Estos boludos no les dieron su parte y los chuparon, viste cómo son. Después pagaron y lo soltaron, o sea que les hacen una causita y no los meten por narcotráfico’”, dijo otro testigo.
Hace diez años, Bam Bam era nadie. Esa es la primera conclusión de quienes lo cuentan, lo describen. No era nadie. Apenas un soldadito en el ejército que Marcos Estrada González armó después de que en 1999 tomó el poder en la villa con la masacre en que eliminaron a tres de los Chamorro. Antes, en 1996, los Chamorro habían sacado del camino con otra matanza a los Valderrama. Por eso el cambio de mando tras la caída de Marcos despierta una ansiosa actividad de los que quedan, un poco más jóvenes que él, que ya pasó los cuarenta.
Bam Bam es parte de una generación conocida en algunas fiscalías que los han investigado: fue compañero de otros “chicos malos”, como los llaman los vecinos de las manzanas gobernadas por los peruanos en la villa. Uno de ellos fue Peluchín, un ex soldado que también había tomado vuelo propio pero en el barrio de enfrente, el Rivadavia 1. Allí lideró una guerra para vengar la muerte de uno de sus amigos, Brian Vigiano, a manos de otra banda, la de los Soliz.
Bam Bam no estuvo en esa guerra, pero durante una época secundó a Peluchín. Creció silenciosamente. “Lo conozco desde que era un pibe. Somos de la misma edad. Él no existía. Pero en este negocio nunca sabés quién va a ser el que gana. El secreto es pasar de minorista a mayorista, y él lo hizo, con la ayuda de la cana”, le contó a Crítica de la Argentina una minorista en alza que ya no compite por áreas de la 1.11.14: se ha instalado en un barrio de clase media, sin acuerdo con la comisaría de su zona. Aunque silencioso, el crecimiento de su negocio le trajo problemas: “A Bam Bam lo quisieron secuestrar dos veces –cuenta un ex miembro de la banda de los Sulmos, un grupo dedicado al robo y reventa de electrodomésticos–. La primera, en el Barrio Illia, lo molieron a palos y lo cagaron a cañazos en la cabeza pero él se agarró de una reja. Como muerto no lo querían, y apareció la yuta, lo dejaron ahí tirado”. En la segunda oportunidad, según el mismo testigo, fueron varios hombres “disfrazados de policías, como si fueran comandos”, los que llegaron a mediados del año pasado a su rancho en la manzana 28. Se volvió a salvar. “Capaz que pagó”, piensa el ex Sulmo.
En la Fiscalía de Pompeya y Parque de los Patricios las versiones sobre una guerra por el territorio no llaman la atención. “Estamos acostumbrados a recibir muertes por tiros en la cabeza. Aunque pocas de la 1.11.14. Sucede que si el cuerpo va a parar al Hospital Piñeiro, la causa ya no es nuestra sino de una de las decenas de fiscalías en turno”, dice alguien en la oficina del fiscal. Hace un año y medio, un grupo de fiscales se quejó porque la policía desviaba causas hacia otras jurisdicciones para evitar que se vincularan ciertas muertes relacionadas con el tráfico de drogas. En Pompeya tampoco les suena raro que se repitan los testimonios en que aparece vinculada la policía. “Permanentemente recibimos ese tipo de denuncias. Pero nunca hay un nombre o pruebas que nos permitan investigar. Somos conscientes de que es algo posible. No sabemos si es un sector o ya se trata de una política institucional”, dice la fuente.
En esa fiscalía, Bam Bam tiene pedigrí. Aparece en los enormes cuadros que muestran la estructura de la banda liderada por Marcos en 2004, antes de la masacre del Señor de los Milagros, cuando otro sector de la trama peruana quiso apoderarse del barrio. Entonces un grupo de sicarios atacó a los feligreses. Buscaban eliminar a Estrada pero mataron a cinco inocentes, entre ellos un bebé. Mientras Marcos pasa sus días en una cárcel paraguaya y su esposa, Silvana Salazar, está en la alcaldía de Comodoro Py, ayer en la villa velaban a Lalo, uno de sus sobrinos. Aunque los familiares hablan de un crimen pasional, los fiscales dudan. Bam Bam no sonó en ese ataque. Se guarda, lejos de la manzana 28, a salvo de lo que se le viene, bien informado por sus amigos de siempre.
Se llama César Velásquez
Bam Bam, la nueva estrella narco en el Bajo Flores
Tras la caída de Marcos, el capo peruano de la villa 1.11.14, sus soldados se pelean por la sucesión. Hay muertes y sospechas sobre la participación policial en el negocio.
Le dicen Bam Bam. Tiene casi 30 años. Es grandote para ser peruano –casi metro ochenta–, de espalda ancha y suele ser simpático. En su territorio, la villa 1.11.14, en el Bajo Flores, su nombre suena porque suena y porque desde hace por lo menos diez años pertenece a las bandas de narcos que han dominado la zona. Preso Marcos Estrada González, el capo que gobernó la villa hasta su detención en Paraguay, los clanes peruanos más pequeños pelean por su parte. En lo que fueron sus dominios se libra una batalla que por el momento gana Bam Bam, que en realidad se llama César Velásquez.
Parte de la misma guerra sería el último ajusticiamiento: ayer a la madrugada un hombre le metió siete tiros en la cabeza a Lalo, uno de los sobrinos de Marcos. Aunque la familia insiste en que se trató de un caso pasional, ayer la fiscalía investigaba una nueva venganza narco. Según cuatro testigos un sector de la Policía Federal protege a Bam Bam.
Bam Bam no es el hombre con el perfil más alto de la villa. Hasta diciembre había conseguido, junto a un grupo que incluye a otros miembros de su familia, no hacer demasiado ruido en su zona, la manzana 28, cerca de la Avenida Riestra. Pero un crimen, el día de Navidad, complicó su negocio silencioso y lo puso en la mira. Bam Bam tomaba cerveza con sus amigos cuando un vecino, Henry Michael González Mendoza, conocido como “Michel”, apareció para vengarse de los que supuestamente le habían arruinado a los golpes su cero kilómetro.
En la villa 1.11.14, lograr que la gente hable lleva unas horas de recorrido y conversaciones en secreto. Protegidas sus identidades, los relatos de siete personas coinciden y se complementan: “Ellos tuvieron un desacuerdo y estaban borrachos. Todos venden. Pero el que está al frente es uno solo, como siempre pasa. Ahora le toca a Bam Bam, que lo conocemos desde que empezó como perro de Marcos”, dice un hombre con treinta años en el barrio. Desde un ángulo de su casa de tres pisos se puede ver el escenario de aquella muerte. Una ronda en la que tomaban cerveza Bam Bam, su lugarteniente Raimundo Barrantes –alias Rai–, la hermana de Bam Bam, Amparo Velásquez, y su marido Miguel Angel Apaza, conocido como Quico o El Ángel. Michel los encaró furioso porque le habían arruinado el coche. Le respondieron en masa. Pero no fueron los de la ronda, según las pruebas, los que lo liquidaron, sino un sexto miembro del mismo grupo: un tal Barrantes, hermano de Rai. Lo sorprendió por la espalda. Disparó tres veces con una 45. El tercer tiro le atravesó el corazón.
En la causa donde se investiga el crimen, los parientes de la víctima no hablan de drogas y aseguran que Michel era verdulero. En el expediente, una carta anónima denuncia que Michel era uno de los socios de Bam Bam, parte de una red de pequeños revendedores dependientes de un solo proveedor. Según esa denuncia, Michel había sido atacado por los muchachos de Bam Bam por venderles droga a los chicos del barrio, con un problema endémico de consumo de pasta base. Casi una ironía.
Barrantes, también llamado en documentos falsos Augusto Pacheco, fue detenido y acaban de procesarlo. La causa, que progresó rápido, está a punto de ser elevada a juicio. Pero la Comisaría 34, que actuó en el caso, no registró ninguna actividad ilegal de los protagonistas de la historia navideña. A medida que se intenta conocer la historia de Bam Bam, los relatos sobre una posible complicidad de un sector de la Policía Federal en el desarrollo de su liderazgo en la villa se repiten.
Hace tres semanas Crítica de la Argentina entrevistó a una mujer dedicada al transporte de cocaína “al peso” desde la villa hacia otros puntos de la ciudad. Casi sin casa, allegada en el conventillo de otras familias peruanas, había quedado a la deriva después de uno de los golpes magistrales de Bam Bam y sus amigos. Pasó las fiestas en el pasillo de la manzana 28, como empleada de un matrimonio dedicado a la venta de drogas. Había trabajado para ellos: sus servicios domésticos incluían lavar al enorme perro guardián del rancho o transportar tizas de cocaína y pasta base en su cartera. “Los que mandaron al frente a mis patrones, arreglados con la banda de los policías corruptos, fueron Bam Bam y Rai”, dijo. Sus patrones cayeron presos en una redada en La Tablada cuando iban a hacer una entrega de kilo y medio a la Provincia.
Ayer en la villa 1.11.14, y en el Barrio Rivadavia, cruzando la avenida Bonorino, tres de los siete testimonios dijeron que Bam Bam se hizo poderoso a partir de su alianza con “la banda de los policías corruptos”. Se trataría de un grupo de federales que facilitan el trabajo a estos medianos empresarios del narcotráfico sacando del medio a otros narcos de la zona. “No necesitan atacarlos”, dicen; “con que los manden presos les alcanza”. Así que los muchachos de Bam Bam se sienten protegidos: “La propia familia lo dice. Ellos sienten que nada les puede pasar. Se fueron unos días a la provincia avisados de que los van a allanar o algo porque alguien se enteró todo después de la muerte de Michel”, dice una mujer que los conoce por nombre y apellido a todos. “A Rai lo habían metido preso el año pasado porque la banda no pagó una comisión. La hermana me lo dijo: ‘Estos boludos no les dieron su parte y los chuparon, viste cómo son. Después pagaron y lo soltaron, o sea que les hacen una causita y no los meten por narcotráfico’”, dijo otro testigo.
Hace diez años, Bam Bam era nadie. Esa es la primera conclusión de quienes lo cuentan, lo describen. No era nadie. Apenas un soldadito en el ejército que Marcos Estrada González armó después de que en 1999 tomó el poder en la villa con la masacre en que eliminaron a tres de los Chamorro. Antes, en 1996, los Chamorro habían sacado del camino con otra matanza a los Valderrama. Por eso el cambio de mando tras la caída de Marcos despierta una ansiosa actividad de los que quedan, un poco más jóvenes que él, que ya pasó los cuarenta.
Bam Bam es parte de una generación conocida en algunas fiscalías que los han investigado: fue compañero de otros “chicos malos”, como los llaman los vecinos de las manzanas gobernadas por los peruanos en la villa. Uno de ellos fue Peluchín, un ex soldado que también había tomado vuelo propio pero en el barrio de enfrente, el Rivadavia 1. Allí lideró una guerra para vengar la muerte de uno de sus amigos, Brian Vigiano, a manos de otra banda, la de los Soliz.
Bam Bam no estuvo en esa guerra, pero durante una época secundó a Peluchín. Creció silenciosamente. “Lo conozco desde que era un pibe. Somos de la misma edad. Él no existía. Pero en este negocio nunca sabés quién va a ser el que gana. El secreto es pasar de minorista a mayorista, y él lo hizo, con la ayuda de la cana”, le contó a Crítica de la Argentina una minorista en alza que ya no compite por áreas de la 1.11.14: se ha instalado en un barrio de clase media, sin acuerdo con la comisaría de su zona. Aunque silencioso, el crecimiento de su negocio le trajo problemas: “A Bam Bam lo quisieron secuestrar dos veces –cuenta un ex miembro de la banda de los Sulmos, un grupo dedicado al robo y reventa de electrodomésticos–. La primera, en el Barrio Illia, lo molieron a palos y lo cagaron a cañazos en la cabeza pero él se agarró de una reja. Como muerto no lo querían, y apareció la yuta, lo dejaron ahí tirado”. En la segunda oportunidad, según el mismo testigo, fueron varios hombres “disfrazados de policías, como si fueran comandos”, los que llegaron a mediados del año pasado a su rancho en la manzana 28. Se volvió a salvar. “Capaz que pagó”, piensa el ex Sulmo.
En la Fiscalía de Pompeya y Parque de los Patricios las versiones sobre una guerra por el territorio no llaman la atención. “Estamos acostumbrados a recibir muertes por tiros en la cabeza. Aunque pocas de la 1.11.14. Sucede que si el cuerpo va a parar al Hospital Piñeiro, la causa ya no es nuestra sino de una de las decenas de fiscalías en turno”, dice alguien en la oficina del fiscal. Hace un año y medio, un grupo de fiscales se quejó porque la policía desviaba causas hacia otras jurisdicciones para evitar que se vincularan ciertas muertes relacionadas con el tráfico de drogas. En Pompeya tampoco les suena raro que se repitan los testimonios en que aparece vinculada la policía. “Permanentemente recibimos ese tipo de denuncias. Pero nunca hay un nombre o pruebas que nos permitan investigar. Somos conscientes de que es algo posible. No sabemos si es un sector o ya se trata de una política institucional”, dice la fuente.
En esa fiscalía, Bam Bam tiene pedigrí. Aparece en los enormes cuadros que muestran la estructura de la banda liderada por Marcos en 2004, antes de la masacre del Señor de los Milagros, cuando otro sector de la trama peruana quiso apoderarse del barrio. Entonces un grupo de sicarios atacó a los feligreses. Buscaban eliminar a Estrada pero mataron a cinco inocentes, entre ellos un bebé. Mientras Marcos pasa sus días en una cárcel paraguaya y su esposa, Silvana Salazar, está en la alcaldía de Comodoro Py, ayer en la villa velaban a Lalo, uno de sus sobrinos. Aunque los familiares hablan de un crimen pasional, los fiscales dudan. Bam Bam no sonó en ese ataque. Se guarda, lejos de la manzana 28, a salvo de lo que se le viene, bien informado por sus amigos de siempre.