La esposa de Potifar, una mujer desviada por el sexo
«Según el pensamiento bíblico, dos seres humanos que han compartido el acto sexual no pueden ser los mismos después; ya no pueden obrar el uno hacia el otro como si no hubiesen tenido esta experiencia. Con dicho acto vienen a ser una pareja unida el uno al otro. Crea un lazo que los hace una carne, con todas sus consecuencias.
Walter Trobisch
Génesis 39:1-20: "Llevado, pues, José a Egipto, Potifar oficial de Faraón, capitán de la guardia, varón egipcio, lo compró de los israelitas que lo hablan llevado allá. Mas Jehová estaba con José, y fue varón próspero; y estaba en la casa de su amo el egipcio. Y vio su amo que Jehová estaba con él, y que todo lo que él hacía, Jehová lo hacía prosperar en su mano. Así halló José gracia en sus ojos, y le servía; y él le hizo mayordomo de su casa y entregó en su poder todo lo que tenía.
Y aconteció que desde cuando le dio el encargo de su casa y de todo lo que tenía, Jehová bendijo la casa del egipcio a causa de José, y la bendición de Jehová estaba sobre todo lo que tenía, así en casa como en el campo. Y dejó todo lo que tenía en mano de José, y con él no se preocupaba de cosa alguna sino del pan que comía. Y era José de hermoso semblante y bella presencia. Aconteció después de esto, que la mujer de su amo puso sus ojos en losé, Y dijo: Duerme conmigo. Y él no quiso, y dijo a la mujer de su amo: He aquí que mi señor no se preocupa conmigo de lo que hay en casa, y ha puesto en mi mano todo lo que tiene. No hay otro mayor que yo en esta casa, y ninguna cosa me ha reservado sino a ti, por cuanto tú eres su mujer; ¿cómo, pues, haría yo este grande mal, Y pecaría contra Dios?
Hablando ella a losé cada día, y no escuchándola él para acostarse al lado de ella, para estar con ella aconteció que entró él un día en casa para hacer su oficio, y no había nadie de los de casa allí. Y ella lo asió por su ropa, diciendo: Duerme conmigo. Entonces él dejó su ropa en las manos de ella, y huyó y salió. Cuando vio ella que le había dejado su ropa en sus manos, y había huido fuera, llamó a los de casa, y les habló diciendo: Mirad, nos ha traído un hebreo para que hiciese burla de nosotros. Vino él a mí para dormir conmigo, y yo di grandes voces; y viendo que yo alzaba la voz y gritaba, dejó junto a mí su ropa, y huyó y salió. Y ella puso junto a sí la ropa de José, hasta que vino su señor a su casa. Entonces le habló ella las mismas palabras, diciendo: El siervo hebreo que nos trajiste, vino a mí para deshonrarme.
Y cuando yo alcé mi voz y grité, él dejó su ropa junto a mí y huyó fuera. Y sucedió que cuando oyó el amo de losé las palabras que su mujer le hablaba, diciendo: Así me ha tratado tu siervo, se encendió su furor. Y tomó su amo a José, y lo puso en la cárcel, donde estaban los presos del rey, y estuvo allí en la cárcel".
1 Tesalonicenses 4:3-5 "Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor; no en pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios".
La mujer de Potifar lo tenía todo. Un marido de alta posición; una casa grande y lujosa; gozaba de abundancia de bienes en comida y vestidos; gobernaba una extensa servidumbre que atendía sus más ligeros deseos. En resumen, era una mujer malcriada por su misma abundancia.
Como egipcia, gozaba de mayor libertad que muchas otras mujeres de su tiempo. Podría uno concluir de esto que era muy feliz, pero sería una conclusión errónea y precipitada. Cuando llegamos a conocerla mejor, vemos que su situación es totalmente diferente.
Las situaciones no hacen a la persona, pero revelan lo que es. Esto es bien cierto en cuanto a la esposa de Potifar. Venimos a conocerla en relación con el mayordomo, jefe de la servidumbre de su marido, el joven José. José era un muchacho sorprendentemente hermoso. Hijo de Jacob y de Raquel, había venido a la casa de Potifar, oficial del ejército de Faraón, porque sus hermanos le habían vendido en el campo de Dotán por el odio que le tenían.
Mucho más admirable que su buena presencia era el interior de José. Este esclavo hebreo andaba íntimamente cerca de Dios. Varias veces Dios le había revelado su futuro en sueños, ésta es la razón por la que sus
hermanos estaban envidiosos de él. Había una gran distancia entre el modo de ser de él y de ellos. Cuando se dieron cuenta de que su padre le tenía como favorito, su enojo se encendió hasta los peores límites. Decidieron deshacerse de él vendiéndolo a unos mercaderes que pasaban. Todo por su envidia... Pero aquí se hace más patente que Dios estaba con José, pues por todas partes que José va le acompaña la bendición de Dios.
La casa de Potifar es bendecida a causa de José. Se desarrolla una relación de mutuo aprecio y respeto entre José y su dueño; por consiguiente, las responsabilidades de José son aumentadas, hasta que por fin le es dado el cargo de mayordomo de la casa entera.
Siglos más tarde el apóstol Pablo advierte en contra de que el pecado controle la vida de las personas.
Dice: «el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor». (1a Corintios 6:13). Dios espera que el cuerpo humano cumpla la función de Templo del Espíritu Santo (1 a Corintios 6:19).
A la esposa de Potifar, al verle por primera vez le parece poseer todo lo que una mujer puede desear. Demuestra con ello ser interiormente una mujer vacía, sin otro propósito que la carnalidad. Tiene demasiado tiempo. Está casada con un hombre para quien el trabajo significa todo. La Biblia no dice que tuvieran hijos, pero si los había estarían al cuidado de una nodriza.
Una vida vacía busca satisfacción, un corazón vacío ansía placer. Quizá se sentía herida porque su marido no le prestaba toda la aten ción que ella deseaba, hasta que por fin dio expresión a lo que había en su corazón. No comprende que el interior de José es tan bello, fiel y justo como atractivo su aspecto.
No puede entender que lo mejor de él es su íntimo andar con Dios.
La ignorancia de este secreto espiritual lleva a esta mujer carnal a su mayor humillación. Se humilla ante José, no una vez, sino repetidamente. Le ofrece su cuerpo con ruegos y mandatos. Espera hallar satisfacción en el sexo. No sabe que la sensación que ella anhela sólo significa pasión. Una excitación emocional que la consumirá, si el acto no está fundado en el amor y la seguridad del matrimonio.
Cuando Dios creó al hombre dijo: «Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne». Con esto la sexualidad quedó incluida por Dios en el calor, seguridad y amor del matrimonio. Su orden claramente indica que venir a ser una carne es el resultado del amor. La decisión de dejar los propios padres para crear un nuevo hogar, es la culminación del amor sexual. Sin estos tres requistos el sexo es un acto lujurioso que consume; que degrada al ser humano al nivel del animal. El resultado es un complejo de culpa, soledad y vergüenza. Una soledad aún mayor, pues el ansia de más sensaciones, más pasión sexual, queda establecida y el resultado es la completa desolación.
Más tarde Dios da un mandamiento por medio de Moisés que indica que el adulterio ha de ser castigado con la muerte (Deuteronomio 22:13,14, 20-22). Dios no quiere negar al hombre el placer sexual, pero desea la mejor felicidad para él. Quiere protegerle de la destrucción que acompaña siempre a la inmoralidad. Dios no puede permitir que el más grande don terrenal que El ha dado a los hombres sea degradado y se convierta en motivo de tribulación y desgracia.
Viene a ser un círculo vicioso de desgracia. Escoge el peor camino para tratar de solucionar el problema interior. El sexualismo satisfecho de esta manera clandestina crea un infierno de por sí.
José afronta la tentación con la debida perspectiva; no la disimula, sino que la llama por su nombre. Habla del gran respeto que siente hacia su marido, pero su mayor preocupación es con respecto a Dios.
«¿Cómo puedo yo hacer esta gran maldad, y pecar contra Dios?», pregunta. Tiene razón José, pues la fornicación y el adulterio son pecados a los ojos de Dios. Todo acto de relación sexual fuera del matrimonio es un pecado que Dios aborrece. La inmoralidad es una de las armas mortales, procedente directamente del infierno, que destruye la persona que a ella se entrega. José lo sabe muy bien.
El virtuoso joven hebreo conocía esto porque andaba en estrecha comunión con Dios. Él sabe lo que desagrada al Creador. «El que comete adulterio es falto de entendimiento; corrompe su alma el que tal hace; heridas y vergüenza hallará, y su afrenta nunca será borrada.» Salomón escribió estas palabras muchos años después, pero José las entiende y aplica desde el principio.
El hecho de que la mujer de Potifar no conociera al Dios de Israel no le es excusa. Ella es un ser moral y estaba dispuesta a transgredir una ley de la vida que Dios dio a la humanidad entera, al tiempo de la creación? Hallamos prueba de ello en la distorsión de la verdad, después que José la hubo rechazado. Le acusa de la inmoralidad que ella intentaba cometer. La huida de éste, que prueba la pureza de su carácter, le compromete más. Cambiando los hechos, ella, renunciando a todo escrúpulo, le acusa sin piedad y pretende manchar su buen nombre.
Esto acarrea un tiempo difícil para José, por una sentencia de muchos años de cárcel. Sin duda se siente herido por las deshonestas acusaciones de su ama. Además se siente también postergado, ya que Potifar no cuida de investigar lo que realmente ocurrió. Es probable que no creyó del todo a su esposa, ya que en tal caso habría hecho matar a José; pero en la duda se inclina en contra de su mayordomo hebreo.
Para su gozo, éste descubre que aun las paredes de la prisión no pueden excluir a Dios; Dios está todavía con él, como estaba en la casa de Potifar. De nuevo José es una bendición a los que le rodean, y finalmente es recompensada su lealtad a Dios y a su amo, recibiendo el gobierno de todo Egipto, de cuyo gran país es hecho segundo mandatario. Se casa con la hija del más alto dignatario de Egipto, y viene a ser Zaphenath-Paneah (salvador del hombre), el hombre que salva, no solamente al pueblo egipcio, sino aun a su propia familia, amenazada por el hambre.
José no sale perdedor, la mujer de Potifar sí.
No oímos nada más acerca de ella, no a causa de la magnitud de su pecado, sino porque ella no muestra tristeza ni pide perdón. No surge en ella un deseo de conocer a Dios, el Dios de José. Sin embargo, éste había querido darle el verdadero gozo y satisfacción de la vida: el conocimiento de Dios. El auténtico remedio a su aburrimiento y soledad había sido puesto a su alcance mediante la persona de José.
Podía ella haber encontrado la victoria sobre su deseo sexual si a tiempo lo hubiese reconocido como pecado. Podía haber vuelto a ganar su control sobre su propia mente y su cuerpo, después del primer rechazo de José, si le hubiese preguntado acerca del Dios que gobernaba su vida. Entonces habría podido llenar sus horas de vagancia de manera verdaderamente provechosa y satisfactoria.
Su ociosidad vino a ser la pariente más cercana de su vida viciosa, pues actuaba descuidadamente respecto a uno de los más preciosos dones de la vida: el tiempo. Lo empleaba descuidadamente. La ociosidad viene a ser el terreno abonado para sus pensamientos pecaminosos.
No podemos dejar de suponer que fue después de haber sido ganada por sus malos pensamientos que se vio confrontada por el deseo del hecho. Nuestros hechos son el fruto de nuestros pensamientos. Sus pensamientos fueron su caída. Toda persona viene a ser lo que piensa. La tentación de la esposa de Potifar no es nada extraña. Millones de personas han sido, son y serán tentadas de la misma manera, porque Satanás todavía va alrededor como «león rugiente buscando a quien devore»; jamás cambiará su carácter.
La tentación de la mujer de Potifar se convirtió en pecado para ella porque no dominó sus deseos, sino que les permitió dominarla a ella hasta arrastrarla al intento de pecado de hecho, y porque no deseó corregirse.
Tenía el tiempo, la inteligencia y las posibilidades para usar su vida de un modo positivo, pero fracasó.
Por lo. tanto, nada bueno puede ser dicho de ella. Es trágico que esta mujer vivió sin haber dejado en su favor ninguna impresión positiva.
La esposa de Potifar, una mujer desviada por el sexo
(Génesis 39:1-20; 1 Tesalonicenses 4:3-5.)
Preguntas:
1.Cuente en pocas frases lo que la Biblia nos dice acerca de la mujer de Potifar.
2.¿Con qué palabras, breves y directas, puso )osé su propuesta inmoral en la debida perspectiva?
3.Estudie la ley de Moisés respecto al propósito de Dios acerca de las relaciones sexuales entre un hombre y una mujer no casados (Deuteronomio 22:13-14, 20-22). ¿Qué le sorprende de estas leyes?
4.La esposa de Potifar no conocía las leyes de Dios. ¿Por qué su ignorancia no le es excusa? Recuerde Romanos 2:14-15.
5.¿Por quién fue creado el cuerpo humano, y para qué? (1a Corintios 6:13b, 19-20).
6.Compare esta historia con la advertencia de 1a Tesalonicenses 4:3-5. ¿Qué actitud quiere Dios que tomemos con nuestro cuerpo?
«Según el pensamiento bíblico, dos seres humanos que han compartido el acto sexual no pueden ser los mismos después; ya no pueden obrar el uno hacia el otro como si no hubiesen tenido esta experiencia. Con dicho acto vienen a ser una pareja unida el uno al otro. Crea un lazo que los hace una carne, con todas sus consecuencias.
Walter Trobisch
Génesis 39:1-20: "Llevado, pues, José a Egipto, Potifar oficial de Faraón, capitán de la guardia, varón egipcio, lo compró de los israelitas que lo hablan llevado allá. Mas Jehová estaba con José, y fue varón próspero; y estaba en la casa de su amo el egipcio. Y vio su amo que Jehová estaba con él, y que todo lo que él hacía, Jehová lo hacía prosperar en su mano. Así halló José gracia en sus ojos, y le servía; y él le hizo mayordomo de su casa y entregó en su poder todo lo que tenía.
Y aconteció que desde cuando le dio el encargo de su casa y de todo lo que tenía, Jehová bendijo la casa del egipcio a causa de José, y la bendición de Jehová estaba sobre todo lo que tenía, así en casa como en el campo. Y dejó todo lo que tenía en mano de José, y con él no se preocupaba de cosa alguna sino del pan que comía. Y era José de hermoso semblante y bella presencia. Aconteció después de esto, que la mujer de su amo puso sus ojos en losé, Y dijo: Duerme conmigo. Y él no quiso, y dijo a la mujer de su amo: He aquí que mi señor no se preocupa conmigo de lo que hay en casa, y ha puesto en mi mano todo lo que tiene. No hay otro mayor que yo en esta casa, y ninguna cosa me ha reservado sino a ti, por cuanto tú eres su mujer; ¿cómo, pues, haría yo este grande mal, Y pecaría contra Dios?
Hablando ella a losé cada día, y no escuchándola él para acostarse al lado de ella, para estar con ella aconteció que entró él un día en casa para hacer su oficio, y no había nadie de los de casa allí. Y ella lo asió por su ropa, diciendo: Duerme conmigo. Entonces él dejó su ropa en las manos de ella, y huyó y salió. Cuando vio ella que le había dejado su ropa en sus manos, y había huido fuera, llamó a los de casa, y les habló diciendo: Mirad, nos ha traído un hebreo para que hiciese burla de nosotros. Vino él a mí para dormir conmigo, y yo di grandes voces; y viendo que yo alzaba la voz y gritaba, dejó junto a mí su ropa, y huyó y salió. Y ella puso junto a sí la ropa de José, hasta que vino su señor a su casa. Entonces le habló ella las mismas palabras, diciendo: El siervo hebreo que nos trajiste, vino a mí para deshonrarme.
Y cuando yo alcé mi voz y grité, él dejó su ropa junto a mí y huyó fuera. Y sucedió que cuando oyó el amo de losé las palabras que su mujer le hablaba, diciendo: Así me ha tratado tu siervo, se encendió su furor. Y tomó su amo a José, y lo puso en la cárcel, donde estaban los presos del rey, y estuvo allí en la cárcel".
1 Tesalonicenses 4:3-5 "Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor; no en pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios".
La mujer de Potifar lo tenía todo. Un marido de alta posición; una casa grande y lujosa; gozaba de abundancia de bienes en comida y vestidos; gobernaba una extensa servidumbre que atendía sus más ligeros deseos. En resumen, era una mujer malcriada por su misma abundancia.
Como egipcia, gozaba de mayor libertad que muchas otras mujeres de su tiempo. Podría uno concluir de esto que era muy feliz, pero sería una conclusión errónea y precipitada. Cuando llegamos a conocerla mejor, vemos que su situación es totalmente diferente.
Las situaciones no hacen a la persona, pero revelan lo que es. Esto es bien cierto en cuanto a la esposa de Potifar. Venimos a conocerla en relación con el mayordomo, jefe de la servidumbre de su marido, el joven José. José era un muchacho sorprendentemente hermoso. Hijo de Jacob y de Raquel, había venido a la casa de Potifar, oficial del ejército de Faraón, porque sus hermanos le habían vendido en el campo de Dotán por el odio que le tenían.
Mucho más admirable que su buena presencia era el interior de José. Este esclavo hebreo andaba íntimamente cerca de Dios. Varias veces Dios le había revelado su futuro en sueños, ésta es la razón por la que sus
hermanos estaban envidiosos de él. Había una gran distancia entre el modo de ser de él y de ellos. Cuando se dieron cuenta de que su padre le tenía como favorito, su enojo se encendió hasta los peores límites. Decidieron deshacerse de él vendiéndolo a unos mercaderes que pasaban. Todo por su envidia... Pero aquí se hace más patente que Dios estaba con José, pues por todas partes que José va le acompaña la bendición de Dios.
La casa de Potifar es bendecida a causa de José. Se desarrolla una relación de mutuo aprecio y respeto entre José y su dueño; por consiguiente, las responsabilidades de José son aumentadas, hasta que por fin le es dado el cargo de mayordomo de la casa entera.
Siglos más tarde el apóstol Pablo advierte en contra de que el pecado controle la vida de las personas.
Dice: «el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor». (1a Corintios 6:13). Dios espera que el cuerpo humano cumpla la función de Templo del Espíritu Santo (1 a Corintios 6:19).
A la esposa de Potifar, al verle por primera vez le parece poseer todo lo que una mujer puede desear. Demuestra con ello ser interiormente una mujer vacía, sin otro propósito que la carnalidad. Tiene demasiado tiempo. Está casada con un hombre para quien el trabajo significa todo. La Biblia no dice que tuvieran hijos, pero si los había estarían al cuidado de una nodriza.
Una vida vacía busca satisfacción, un corazón vacío ansía placer. Quizá se sentía herida porque su marido no le prestaba toda la aten ción que ella deseaba, hasta que por fin dio expresión a lo que había en su corazón. No comprende que el interior de José es tan bello, fiel y justo como atractivo su aspecto.
No puede entender que lo mejor de él es su íntimo andar con Dios.
La ignorancia de este secreto espiritual lleva a esta mujer carnal a su mayor humillación. Se humilla ante José, no una vez, sino repetidamente. Le ofrece su cuerpo con ruegos y mandatos. Espera hallar satisfacción en el sexo. No sabe que la sensación que ella anhela sólo significa pasión. Una excitación emocional que la consumirá, si el acto no está fundado en el amor y la seguridad del matrimonio.
Cuando Dios creó al hombre dijo: «Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne». Con esto la sexualidad quedó incluida por Dios en el calor, seguridad y amor del matrimonio. Su orden claramente indica que venir a ser una carne es el resultado del amor. La decisión de dejar los propios padres para crear un nuevo hogar, es la culminación del amor sexual. Sin estos tres requistos el sexo es un acto lujurioso que consume; que degrada al ser humano al nivel del animal. El resultado es un complejo de culpa, soledad y vergüenza. Una soledad aún mayor, pues el ansia de más sensaciones, más pasión sexual, queda establecida y el resultado es la completa desolación.
Más tarde Dios da un mandamiento por medio de Moisés que indica que el adulterio ha de ser castigado con la muerte (Deuteronomio 22:13,14, 20-22). Dios no quiere negar al hombre el placer sexual, pero desea la mejor felicidad para él. Quiere protegerle de la destrucción que acompaña siempre a la inmoralidad. Dios no puede permitir que el más grande don terrenal que El ha dado a los hombres sea degradado y se convierta en motivo de tribulación y desgracia.
Viene a ser un círculo vicioso de desgracia. Escoge el peor camino para tratar de solucionar el problema interior. El sexualismo satisfecho de esta manera clandestina crea un infierno de por sí.
José afronta la tentación con la debida perspectiva; no la disimula, sino que la llama por su nombre. Habla del gran respeto que siente hacia su marido, pero su mayor preocupación es con respecto a Dios.
«¿Cómo puedo yo hacer esta gran maldad, y pecar contra Dios?», pregunta. Tiene razón José, pues la fornicación y el adulterio son pecados a los ojos de Dios. Todo acto de relación sexual fuera del matrimonio es un pecado que Dios aborrece. La inmoralidad es una de las armas mortales, procedente directamente del infierno, que destruye la persona que a ella se entrega. José lo sabe muy bien.
El virtuoso joven hebreo conocía esto porque andaba en estrecha comunión con Dios. Él sabe lo que desagrada al Creador. «El que comete adulterio es falto de entendimiento; corrompe su alma el que tal hace; heridas y vergüenza hallará, y su afrenta nunca será borrada.» Salomón escribió estas palabras muchos años después, pero José las entiende y aplica desde el principio.
El hecho de que la mujer de Potifar no conociera al Dios de Israel no le es excusa. Ella es un ser moral y estaba dispuesta a transgredir una ley de la vida que Dios dio a la humanidad entera, al tiempo de la creación? Hallamos prueba de ello en la distorsión de la verdad, después que José la hubo rechazado. Le acusa de la inmoralidad que ella intentaba cometer. La huida de éste, que prueba la pureza de su carácter, le compromete más. Cambiando los hechos, ella, renunciando a todo escrúpulo, le acusa sin piedad y pretende manchar su buen nombre.
Esto acarrea un tiempo difícil para José, por una sentencia de muchos años de cárcel. Sin duda se siente herido por las deshonestas acusaciones de su ama. Además se siente también postergado, ya que Potifar no cuida de investigar lo que realmente ocurrió. Es probable que no creyó del todo a su esposa, ya que en tal caso habría hecho matar a José; pero en la duda se inclina en contra de su mayordomo hebreo.
Para su gozo, éste descubre que aun las paredes de la prisión no pueden excluir a Dios; Dios está todavía con él, como estaba en la casa de Potifar. De nuevo José es una bendición a los que le rodean, y finalmente es recompensada su lealtad a Dios y a su amo, recibiendo el gobierno de todo Egipto, de cuyo gran país es hecho segundo mandatario. Se casa con la hija del más alto dignatario de Egipto, y viene a ser Zaphenath-Paneah (salvador del hombre), el hombre que salva, no solamente al pueblo egipcio, sino aun a su propia familia, amenazada por el hambre.
José no sale perdedor, la mujer de Potifar sí.
No oímos nada más acerca de ella, no a causa de la magnitud de su pecado, sino porque ella no muestra tristeza ni pide perdón. No surge en ella un deseo de conocer a Dios, el Dios de José. Sin embargo, éste había querido darle el verdadero gozo y satisfacción de la vida: el conocimiento de Dios. El auténtico remedio a su aburrimiento y soledad había sido puesto a su alcance mediante la persona de José.
Podía ella haber encontrado la victoria sobre su deseo sexual si a tiempo lo hubiese reconocido como pecado. Podía haber vuelto a ganar su control sobre su propia mente y su cuerpo, después del primer rechazo de José, si le hubiese preguntado acerca del Dios que gobernaba su vida. Entonces habría podido llenar sus horas de vagancia de manera verdaderamente provechosa y satisfactoria.
Su ociosidad vino a ser la pariente más cercana de su vida viciosa, pues actuaba descuidadamente respecto a uno de los más preciosos dones de la vida: el tiempo. Lo empleaba descuidadamente. La ociosidad viene a ser el terreno abonado para sus pensamientos pecaminosos.
No podemos dejar de suponer que fue después de haber sido ganada por sus malos pensamientos que se vio confrontada por el deseo del hecho. Nuestros hechos son el fruto de nuestros pensamientos. Sus pensamientos fueron su caída. Toda persona viene a ser lo que piensa. La tentación de la esposa de Potifar no es nada extraña. Millones de personas han sido, son y serán tentadas de la misma manera, porque Satanás todavía va alrededor como «león rugiente buscando a quien devore»; jamás cambiará su carácter.
La tentación de la mujer de Potifar se convirtió en pecado para ella porque no dominó sus deseos, sino que les permitió dominarla a ella hasta arrastrarla al intento de pecado de hecho, y porque no deseó corregirse.
Tenía el tiempo, la inteligencia y las posibilidades para usar su vida de un modo positivo, pero fracasó.
Por lo. tanto, nada bueno puede ser dicho de ella. Es trágico que esta mujer vivió sin haber dejado en su favor ninguna impresión positiva.
La esposa de Potifar, una mujer desviada por el sexo
(Génesis 39:1-20; 1 Tesalonicenses 4:3-5.)
Preguntas:
1.Cuente en pocas frases lo que la Biblia nos dice acerca de la mujer de Potifar.
2.¿Con qué palabras, breves y directas, puso )osé su propuesta inmoral en la debida perspectiva?
3.Estudie la ley de Moisés respecto al propósito de Dios acerca de las relaciones sexuales entre un hombre y una mujer no casados (Deuteronomio 22:13-14, 20-22). ¿Qué le sorprende de estas leyes?
4.La esposa de Potifar no conocía las leyes de Dios. ¿Por qué su ignorancia no le es excusa? Recuerde Romanos 2:14-15.
5.¿Por quién fue creado el cuerpo humano, y para qué? (1a Corintios 6:13b, 19-20).
6.Compare esta historia con la advertencia de 1a Tesalonicenses 4:3-5. ¿Qué actitud quiere Dios que tomemos con nuestro cuerpo?