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El poder de la estupidez o la estupidez del poder

Info•Fecha desconocida
El poder de la estupidez o la estupidez del poder
(de Lorenzo Osores)


Para el categórico Confucio “sólo hay dos cosas inmutables en la vida: la inteligencia de los hombres bien nacidos y la estupidez de los plebeyos”. Sin embargo, la propia historia se ha encargado de desmentirlo, por lo menos parcialmente. La proliferación de idiotas que llegaron a las cumbres del poder por el simple mérito de su linaje es prueba más que suficiente.
Probablemente, el caso más antiguo de simbiosis entre poder y estupidez ocurrió cuatro siglos antes de la era cristiana, cuando Jerjes, rey de Persia, ordenó que el mar del Helesponto fuera azotado con trescientos latigazos y marcado con hierros candentes por una supuesta ofensa a su imperial majestad.
Ezra Pound, poeta temeroso de Dios y de la estupidez de la plebe, con admirable objetividad nos presenta una galería de autócratas menos imaginativos que Jerjes, pero tan arbitrarios como él: “...lo mismo en un burdel, que en un establo o sala de palacio / Luis Dieciséis era idiota. El Rey de España era idiota, el Rey de Nápoles idiota, / despachaban dos correos por semana para contarse uno a otro, / a mil millas de distancia / a cuántos habían asesinado... / el Rey de Cerdeña era, como todo Borbón, idiota / la Reina portuguesa era Braganza y por tanto imbécil de nacimiento...”.
En los llamados tiempos modernos y postmodernos, a falta de monarquías absolutas, hemos padecido todo tipo de dictaduras que se han esmerado en fomentar la crueldad y la estolidez. No se crea, sin embargo, que la idiotez es privativa de las monarquías o de las dictaduras, también la democracia tiene lo suyo. Y no es necesario ser muy perspicaz para concordar con estas precisas afirmaciones de Aldous Huxley: “Los imbéciles se alzan hasta el poder por elecciones porque están dotados de algún talento de carácter demagógico o, muy frecuentemente, porque a algunos intereses poderosos les conviene tener un imbécil en funciones”. La contundencia de este argumento nos exime de mayores comentarios sobre la descollante actuación de George W. Bush.
Albert Einstein abominaba de la institución militar, no solamente por ser soporte del poder político y principal fuente de dictaduras ominosas, sino por considerarla la mayor expresión de imbecilidad: “Me basta –decía– ver a una persona marchar marcialmente para darme cuenta de que no necesita cerebro, le es suficiente la médula espinal”.
Pero tal vez sea un poeta chino de la antigüedad, Sun Tung Po, el que mejor ha expresado la íntima relación que hay entre la idiotez y el poder. En un celebrado poema nos dice: “Todo el mundo ansía tener un hijo inteligente/ Sin embargo, mi inteligencia ha sido la causa de mi desgracia/ Prefiero un hijo idiota, sin tormentas llegaría a ser ministro”. Y dadas las circunstancias, es imposible no añadir congresista o presidente.

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