Desde que conoci al Che siempre me llamo la atencion, ademas de su gran pasion y compromiso en cada cosa que hacia, su relacion MUY PARTICULAR con las mujeres.
Mujer que lo conocio, mujer que se enamoro de el. Y como mujer puedo decir que hay algo en el que atrae a cualquiera...no se bien que es: su mirada, su pasion, su sonrisa...o su cara que inspira un sentimiento de proteccion terrible: al lado de el, nada te podia pasar...
He aqui la relacion con su mujer Hilda Gadea (peruana):
HILDA GADEA...EL AMOR EN LOS TIEMPOS DE LA REVOLUCION
Hilda Gadea y Ernesto “Che” Guevara de luna de miel en Yucatán, 1955.
Sobre Ernesto Guevara, el “Guerrillero Heroico”, se han publicado libros, escrito artículos, producido documentales y películas, se le ha recordado en poesías y canciones… Se le recuerda ahora, y su recuerdo es motivo de lucha, eso lo hace inolvidable. Pero, ¿Cuántos sabemos quién es Hilda Gadea?
Hilda Gadea Acosta nació el 21 de marzo de 1925 en la capital peruana y estudió economía en la UNMSM (*), desde donde ingresó a la política como dirigente estudiantil. Fue militante del APRA, cuando “el APRA no era el APRA”, cuando el partido de la estrella representaba los intereses del pueblo y no de la burguesía financiera, y luego de graduarse en 1948 fue secretaria de economía del APRA (Primera mujer en tal cargo).
Perseguido el partido aprista durante la dictadura de Manuel Odría, Hilda fue a trabajar para el gobierno de Guatemala presidido por Jacobo Arbenz, es en este país donde Hilda conocería a un médico argentino que había recorrido América Latina desde su Sureña tierra… Ese médico era Ernesto Guevara de la Serna.
Muchos dicen que fue Hilda quien creo al inmortal “Che”, otros dicen que fue su viaje por la “Mayúscula América” lo que convirtió a Guevara en el modelo de revolucionario que es, pero lo cierto es que Hilda Gadea fue quien acercó a Guevara a la vanguardia intelectual que surgía en Latinoamérica y buscaba cambios radicales.
Era 1954, y el imperialismo aún veía a Latinoamérica como su patio trasero, la CIA apoya un golpe de estado contra el legítimo gobierno guatemalteco y Gadea es detenida y luego obligada a salir del país, por lo que debe exiliarse en México donde se reencuentra con Ernesto Guevara.
Es en México donde Guevara conoce a Raúl Castro (actual presidente de Cuba), y es Hilda quien lo presenta.
En 1955 se casa con el “Che”, y un año después tienen su única hija, conocida como Hildita. Guevara parte a la Revolución que lo inmortalizaría, Hilda vuelve a Lima con su hija, y con el triunfo de la Revolución se une a ella, trabajando en La Habana donde muere en 1974.
Buscando un testimonio de “primera mano” encontré un artículo de Cecilia Bustamante, escritora que conoció a Hilda Gadea. Se los presento a continuación…
En aquellos años la conocí y mantuvimos amistad cuando coincidimos en el Diario La Tribuna, en que daba yo mis pininos periodísticos. Era de carácter suave, observadora, y sonreía con facilidad. No era exactamente bella, pero tenía el aura del apasionado. Novata como era yo, no comprendía bien la profunda pasión que la animaba en el servicio al Partido del Pueblo. Nuestro enlace fue más de mujer a mujer. Es así cómo me habló de su marido, Ernesto Guevara… y que andaba de viaje, y que tenía que seguir de viaje… Ignorante estaba yo de lo que pasaba en Cuba y en Sierra Maestra. Pienso que el papel que ella tuvo en acercar a la dirigencia del APRA con su predestinado marido, es de valor histórico.
Él estaba esos días en Lima, vivían en un departamento de la calle General Garzón y una tarde me dijo: “Vamos, se me ha hecho tarde y la bebé esta con su papá. Me tengo que ir...” Y es así como la acompañé, subimos un piso y cuando abrió la puerta y entramos vi que era un modesto “lugar en que se vive”. Se oyó una voz varonil desde el dormitorio que decía – "¡Ya llegaste! ¿Quién está contigo?” –“Es una amiguita del diario, es poeta…” y nos reímos todos.
Cuando entramos al dormitorio su esposo estaba echado en la cama, de costado, en camiseta sin mangas y la bebé que se llamaba Hildita era una gordita graciosa y estaba jugando con algo, sentadita al lado de su padre. Tengo una foto de ellos dos en mis archivos, que hoy no puedo localizar.
Nos fuimos a la cocina a hervir agua, nos sentamos sin nada de efusiones. Era bien pacífico el ambiente, nuestro modo. Él tomaba mate parece y tenía su bombilla argentina; Hilda y yo nos preparamos te de ese fuerte que viene de nuestra selva. Unos crocantes panes franceses habíamos comprado antes de llegar y con aceitunas negras, como se usaba en Lima, los comimos disfrutando.
Poco después Hilda me dijo que su marido se había ido. Me sorprendí. –“Hay algo político en Cuba”, me dijo. –“Y, ¿por qué tiene que irse? –“No entiendes, hay una revolución, hay gente que está en Sierra Maestra, allí está el Che…” –“Y ¿por qué no has ido tú? No deberías haberlo dejado ir a una revolución...” –“Es algo muy grande que está pasando…” me respondió. –“Pero, mejor te vas”, dije al notar su aire entristecido. –“Y ¿con quién está? Me has dicho que hay guerrilleros y guerrilleras, mejor te vas, no debes dejarlo solo allí en esas sierras...” –"Mira, Ceci, yo se lo que me quieres decir, pero ahora yo te pido que entiendas esto: lo dejo que esté en la revolución cubana, porque lo amo, lo amo…” Me parece oír hoy el sonido de esas palabras.
Termino mi artículo con una carta escrita por el Che a Hilda Gadea, desde la lucha revolucionaria en la Sierra Maestra.
Carta a Hilda Gadea desde la Sierra Maestra.
28 de Enero de 1957
Querida vieja:
Aquí, desde la manigua cubana, vivo y sediento de sangre escribo estas encendidas líneas martianas. Como si realmente fuera un soldado (sucio y harapiento estoy, por lo menos), escribo sobre un plato de campaña con el fusil a mi lado y un nuevo aditamento entre los labios: un tabaco. La cosa fue dura. Como sabrás, después de siete días de estar hacinados como sardinas en el ya famoso Granma, desembarcamos en un manglar infecto, por culpa de los prácticos, y siguieron nuestras desventuras hasta ser sorprendidos en la también célebre Alegría y desbandados como palomas. Me hirieron en el cuello y quedé vivo nada más que por mi suerte gatuna, pues una bala de ametralladora dio en una caja de balas que llevaba en el pecho y el rebote me dio en el cuello. Caminé unos días por el monte creyéndome mal herido, pues el golpe de la bala me había dejado un buen dolor en el pecho. De los muchachos que conociste allí, sólo fue muerto Jimmy Hirtzel, asesinado por entregarse. Nosotros, en un grupo en que estaban Almeida y Ramirito, de los que conocimos, pasamos siete días de hambre y sed terribles hasta burlar el cerco, y con ayuda de los campesinos volvimos a agruparnos con Fidel. (Uno de los que se da por muerto sin confirmación es el pobre Ñico). Después de arduos problemas nos reorganizamos, nos armamos y atacamos un cuartel matando cinco soldados, hiriendo otros y haciendo algunos prisioneros. El ejército, que nos daba por disgregados, se llevó la mayúscula sorpresa, aumentó la suspensión de garantías a toda la república y por cuarenta y cinco días más nos echó encima tropa escogida; se la volvimos a disgregar y esta vez le costó tres muertos y dos heridos. Los muertos quedaron en el monte. Al poco tiempo, capturamos tres guardias quitándoles las armas. Si a todo esto se agrega que nosotros no tuvimos ninguna baja y el monte es nuestro, te podrás dar idea de la desmoralización del ejército, que nos ve escurrir como jabón entre sus manos, cuando nos cree en el buche. Naturalmente, la pelea no está totalmente ganada, falta mucha batalla, pero ya se inclina a nuestro favor: cada vez lo será más.
Ahora, hablando de ustedes, quiero saber si estás todavía en la casa a donde escribo y cómo están todos, particularmente el “pétalo más profundo del amor”. A ella me le das el abrazo y beso más fuerte que pueda competir con su armadura ósea. A los demás un abrazo y recuerdos. Con la precipitada salida dejé las cosas en casa de Pocho, entre ellas están las fotos tuyas y de la chiquita. Cuando escribas, mandámelas. Podés escribir a la casa de mi tío, a nombre del Patojo. Las cartas tardarán un poco, pero llegarán, creo.
Recibe un abrazo de
Chancho
La historia con su segunda esposa es otro tema
