El mito del paraíso
Los hechos indican que el neoliberalismo del paraíso genera un verdadero infierno. Ya vivimos en él. ¿Hay tiempo para que se produzca un cambio de valores y una superación de este modelo de producción absurdo?
Los lazos entre los líderes que controlan el negocio de las drogas y los más desposeídos de las sociedades capitalistas, en su etapa neoliberal, han creado una fuerza poderosa que pone en jaque a ciudades como San Pablo o Río de Janeiro, pero que a la vez hace crecer la microviolencia delictiva a niveles descomunales e impiadosos. ¿Es acaso un producto del azar o tiene mucho que ver la irracionalidad de un sistema donde reina el dios dinero y el consumismo es el camino para llegar a un paraíso para pocos elegidos? ¿Podemos salir del infierno que estamos construyendo? Un texto presentado como una entrevista a un líder narco en Brasil, prolija travesura de un analista profundo, se ha convertido en una mentira verdadera y puede considerarse como un Manifiesto del Infierno tan temido.
La dictadura del paraíso. Hay en la televisión una publicidad que trasciende su mensaje comercial. Aparece un joven, aparentemente pacífico, que escucha música a un volumen razonable, quien se molesta cuando su vecino lo invade con su propia selección musical a un mayor volumen. La reacción es comprar, vía Internet, un equipo más poderoso para tapar el sonido del vecino. Y así, sucesivamente, entran en una loca competencia que concluye cuando el sonido del último equipo hace estallar el techo y la pared divisoria, ante la mirada sorprendida de los protagonistas. Es una buena caracterización de una de las facetas de la irracionalidad capitalista, en la etapa del neoliberalismo globalizado.
Ya Zygmunt Bauman, en Amor líquido, advierte que "despojados del exitismo y la euforia", para este pensamiento dominante, el crecimiento implica "gastar más dinero" y poco importa su destino. En esa irracionalidad, la mayor parte del dinero que compone el mágico Producto Bruto Interno termina financiando las consecuencias de lo que crea a diario la sociedad de consumo, similar a los riesgos iatrogénicos del acto médico.
Un ejemplo: la industria alimentaria de Estados Unidos, nos recuerda Bauman, gasta alrededor de 21 mil millones de dólares anuales en sembrar y cultivar el deseo de productos cada vez más sofisticados, exóticos y supuestamente más sabrosos, en tanto que la industria de las dietas y la pérdida de peso gana 32 mil millones de dólares al año, y la inversión en tratamientos médicos para luchar contra el flagelo de la obesidad seguramente se duplicará en la próxima década. Se trata de una cultura irracional.
La etapa neoliberal tiene como protagonista central al capitalismo financiero. La brasileña Suely Rolnik nos explica que, a diferencia del capital industrial, no fabrica mercancías sino que produce mundos. ¿Qué mundos? "Mundos de signos a través de la publicidad y la cultura de masas". Nos recuerda que más de la mitad de los beneficios de las transnacionales se dedica a publicidad, actividad que es anterior a la fabricación de productos y mercancías.
Los fabricantes de mundos, publicidad mediante, nos ofrecen paraísos, que están aquí supuestamente a la vuelta de la esquina y que algunos privilegiados podrán habitarlo. Para ello, explica Rolnik, es preciso invertir "toda nuestra energía vital": las energías del deseo, del afecto, del conocimiento, del intelecto, del erotismo, de la imaginación, para que a través del consumo de objetos y servicios nos hagamos merecedores de semejante promesa.
Este es, concluye, el gran mito movilizador del capitalismo avanzado. No es una promesa de inclusión. Es una promesa de paraíso que nos dibuja playas increíbles, hoteles lujosos, comidas y tragos exóticos, mujeres siempre jóvenes y fascinantes o varones lustrosos y potentes, casas inteligentes, computadoras de última generación, autos cada vez más confortables y rápidos, telefonía con funciones múltiples, etcétera.
Favelas en Rio de Janeiro
No todos serán incluidos. Hay que competir. Es una cuestión individual, ajena a la solidaridad. En principio todos nos sentimos excluidos, pero la fuerza del mito nos moviliza y nos empuja para de algún modo "proveerse una inclusión".
La dictadura del paraíso, que supone elegidos y réprobos, tiene como contracara un Apocalipsis, del que no queremos enterarnos, que negamos o que pretendemos superar exigiendo mayor seguridad. Un policía por "elegido", aun sabiendo que quien nos cuida no tiene entrada al paraíso; un policía por cada uno que tiene la ilusión de ser "elegido", que cuide mi par de zapatillas Nike, único calzado válido para acceder a la promesa.
En el centro de lo insoluble. Los hechos indican que el neoliberalismo del paraíso genera un verdadero infierno. Ya vivimos en él. Las opiniones de los científicos, las palabras de los críticos del sistema, las acciones de resistencia, chocan con la adhesión de las sociedades al mito movilizador y reproductor del nuevo capitalismo. Pensadores y resistentes son denostados por utópicos, garantistas, idealistas o saboteadores del destino.
Un ejemplo. Más de 2.500 científicos convocados por Naciones Unidas presentaron en diciembre un informe trágico sobre los cambios climáticos. Los poderosos, bien. La promesa de paraíso, bien. El calentamiento del clima es ya una realidad y las formas de producción capitalista tienen responsabilidad, dicen los expertos. Podríamos citar otros ejemplos. El catálogo se torna interminable. Podemos hablar, sobre todo, de la injusta distribución de los bienes, del hambre en el mundo, de hombres y mujeres sin esperanzas.
Empero, los excluidos del paraíso se rebelan. Cada vez con más odio. Crecen la violencia, las actitudes salvajes. Y no hay salida, si no cambiamos la cultura de este falso paraíso que nos han creado y del que somos cómplices.
Este infierno fue presentado hábilmente por un autor anónimo, escondido en una ficción. Fechado el 24 de mayo pasado, invocando una publicación en el diario O Globo de Brasil, se distribuye por Internet una entrevista con un preso, jefe de una banda ligada al narcotráfico, con poder real en los asentamientos populares alejados del "paraíso neoliberal".
El texto es una ficción, pero el personaje existe. Tanto que debe salir a negar la autenticidad, aclarando que su contenido no le viene mal. La travesura muestra una realidad insoslayable, es una interpelación.
El personaje elegido es Marcos Camacho, más conocido como Marcola. Es el líder de lo que se denomina Primer Comando de la Capital (PCC). Tiene 39 años y pasó la mitad de su vida en prisión. El supuesto periodista lo presenta como audaz e inteligente, le atribuye haber leído alrededor de tres mil libros en la cárcel y que entre sus favoritos se encuentra la Divina Comedia de Alighieri y El arte de la guerra de Sun Tzú, y asegura que frecuenta los textos de Clausewitz y que conoce los de Lenin y Trotsky.
En esa ficción, el delincuente se presenta como "una señal de estos tiempos". Afirma que "era pobre e invisible" y acusa: "Ustedes –es decir nosotros, en distintos grados de responsabilidad– nunca nos miraron". Nunca, dice, incluso cuando el problema de la miseria no era tan difícil de resolver. Precisa: "El diagnóstico era obvio: migración rural, desnivel de renta, pocas villas miseria, discretas periferias; la solución nunca aparecía. ¿Qué hicieron? Nada".
Hay una resistencia política, una lucha en distintas realidades por la dignidad. Cierto es que hasta ahora no han sido escuchados en sus reclamos de justicia. La otra rebeldía –que el autor pone en boca de Marcola– corresponde a los también "olvidados" por el paraíso neoliberal, los sin esperanzas, y responde a una visión profundamente nihilista, anárquica y cruel. Además poderosa, como lo demuestra el caos en las calles de Río o de San Pablo, como lo insinúa la creciente e impiadosa violencia delictiva en nuestros países. "Ahora estamos ricos –se ufana el falso Marcola– con la multinacional de la droga y ustedes se están muriendo de miedo".
Con precisión, el burlador le hace decir al delincuente: "Nosotros somos el inicio tardío de vuestra conciencia social". Y, añade: "Nosotros somos hombres bomba. En las villas miseria hay 100 mil hombres bomba. Estamos en el centro de lo insoluble mismo".
Lo que la dictadura del paraíso neoliberal ha creado es muy parecido al infierno. El falso Marcola habla del surgimiento de una nueva especie: "Ya somos otros bichos, diferentes de ustedes". Él define a sus "soldados" como "extrañas anomalías del desarrollo torcido de este país". Y puntualiza: "No hay más proletarios, o explotados. Hay una tercera cosa creciendo allí afuera, cultivada en el barro, educándose en el más absoluto analfabetismo, diplomándose en las cárceles, como un monstruoso Alien escondido en los rincones de la ciudad".
¿Hay tiempo para que se produzca un cambio de valores y una superación de este modelo de producción absurdo, o como dice el falso Marcola, citando a su admirado Dante: "Pierdan todas las esperanzas. Estamos todos en el infierno"?
http://www2.lavoz.com.ar/Nota.asp?nota_id=92575&high=mito
Los hechos indican que el neoliberalismo del paraíso genera un verdadero infierno. Ya vivimos en él. ¿Hay tiempo para que se produzca un cambio de valores y una superación de este modelo de producción absurdo?
Los lazos entre los líderes que controlan el negocio de las drogas y los más desposeídos de las sociedades capitalistas, en su etapa neoliberal, han creado una fuerza poderosa que pone en jaque a ciudades como San Pablo o Río de Janeiro, pero que a la vez hace crecer la microviolencia delictiva a niveles descomunales e impiadosos. ¿Es acaso un producto del azar o tiene mucho que ver la irracionalidad de un sistema donde reina el dios dinero y el consumismo es el camino para llegar a un paraíso para pocos elegidos? ¿Podemos salir del infierno que estamos construyendo? Un texto presentado como una entrevista a un líder narco en Brasil, prolija travesura de un analista profundo, se ha convertido en una mentira verdadera y puede considerarse como un Manifiesto del Infierno tan temido.
La dictadura del paraíso. Hay en la televisión una publicidad que trasciende su mensaje comercial. Aparece un joven, aparentemente pacífico, que escucha música a un volumen razonable, quien se molesta cuando su vecino lo invade con su propia selección musical a un mayor volumen. La reacción es comprar, vía Internet, un equipo más poderoso para tapar el sonido del vecino. Y así, sucesivamente, entran en una loca competencia que concluye cuando el sonido del último equipo hace estallar el techo y la pared divisoria, ante la mirada sorprendida de los protagonistas. Es una buena caracterización de una de las facetas de la irracionalidad capitalista, en la etapa del neoliberalismo globalizado.
Ya Zygmunt Bauman, en Amor líquido, advierte que "despojados del exitismo y la euforia", para este pensamiento dominante, el crecimiento implica "gastar más dinero" y poco importa su destino. En esa irracionalidad, la mayor parte del dinero que compone el mágico Producto Bruto Interno termina financiando las consecuencias de lo que crea a diario la sociedad de consumo, similar a los riesgos iatrogénicos del acto médico.
Un ejemplo: la industria alimentaria de Estados Unidos, nos recuerda Bauman, gasta alrededor de 21 mil millones de dólares anuales en sembrar y cultivar el deseo de productos cada vez más sofisticados, exóticos y supuestamente más sabrosos, en tanto que la industria de las dietas y la pérdida de peso gana 32 mil millones de dólares al año, y la inversión en tratamientos médicos para luchar contra el flagelo de la obesidad seguramente se duplicará en la próxima década. Se trata de una cultura irracional.
La etapa neoliberal tiene como protagonista central al capitalismo financiero. La brasileña Suely Rolnik nos explica que, a diferencia del capital industrial, no fabrica mercancías sino que produce mundos. ¿Qué mundos? "Mundos de signos a través de la publicidad y la cultura de masas". Nos recuerda que más de la mitad de los beneficios de las transnacionales se dedica a publicidad, actividad que es anterior a la fabricación de productos y mercancías.
Los fabricantes de mundos, publicidad mediante, nos ofrecen paraísos, que están aquí supuestamente a la vuelta de la esquina y que algunos privilegiados podrán habitarlo. Para ello, explica Rolnik, es preciso invertir "toda nuestra energía vital": las energías del deseo, del afecto, del conocimiento, del intelecto, del erotismo, de la imaginación, para que a través del consumo de objetos y servicios nos hagamos merecedores de semejante promesa.
Este es, concluye, el gran mito movilizador del capitalismo avanzado. No es una promesa de inclusión. Es una promesa de paraíso que nos dibuja playas increíbles, hoteles lujosos, comidas y tragos exóticos, mujeres siempre jóvenes y fascinantes o varones lustrosos y potentes, casas inteligentes, computadoras de última generación, autos cada vez más confortables y rápidos, telefonía con funciones múltiples, etcétera.
Favelas en Rio de Janeiro
No todos serán incluidos. Hay que competir. Es una cuestión individual, ajena a la solidaridad. En principio todos nos sentimos excluidos, pero la fuerza del mito nos moviliza y nos empuja para de algún modo "proveerse una inclusión".
La dictadura del paraíso, que supone elegidos y réprobos, tiene como contracara un Apocalipsis, del que no queremos enterarnos, que negamos o que pretendemos superar exigiendo mayor seguridad. Un policía por "elegido", aun sabiendo que quien nos cuida no tiene entrada al paraíso; un policía por cada uno que tiene la ilusión de ser "elegido", que cuide mi par de zapatillas Nike, único calzado válido para acceder a la promesa.
En el centro de lo insoluble. Los hechos indican que el neoliberalismo del paraíso genera un verdadero infierno. Ya vivimos en él. Las opiniones de los científicos, las palabras de los críticos del sistema, las acciones de resistencia, chocan con la adhesión de las sociedades al mito movilizador y reproductor del nuevo capitalismo. Pensadores y resistentes son denostados por utópicos, garantistas, idealistas o saboteadores del destino.
Un ejemplo. Más de 2.500 científicos convocados por Naciones Unidas presentaron en diciembre un informe trágico sobre los cambios climáticos. Los poderosos, bien. La promesa de paraíso, bien. El calentamiento del clima es ya una realidad y las formas de producción capitalista tienen responsabilidad, dicen los expertos. Podríamos citar otros ejemplos. El catálogo se torna interminable. Podemos hablar, sobre todo, de la injusta distribución de los bienes, del hambre en el mundo, de hombres y mujeres sin esperanzas.
Empero, los excluidos del paraíso se rebelan. Cada vez con más odio. Crecen la violencia, las actitudes salvajes. Y no hay salida, si no cambiamos la cultura de este falso paraíso que nos han creado y del que somos cómplices.
Este infierno fue presentado hábilmente por un autor anónimo, escondido en una ficción. Fechado el 24 de mayo pasado, invocando una publicación en el diario O Globo de Brasil, se distribuye por Internet una entrevista con un preso, jefe de una banda ligada al narcotráfico, con poder real en los asentamientos populares alejados del "paraíso neoliberal".
El texto es una ficción, pero el personaje existe. Tanto que debe salir a negar la autenticidad, aclarando que su contenido no le viene mal. La travesura muestra una realidad insoslayable, es una interpelación.
El personaje elegido es Marcos Camacho, más conocido como Marcola. Es el líder de lo que se denomina Primer Comando de la Capital (PCC). Tiene 39 años y pasó la mitad de su vida en prisión. El supuesto periodista lo presenta como audaz e inteligente, le atribuye haber leído alrededor de tres mil libros en la cárcel y que entre sus favoritos se encuentra la Divina Comedia de Alighieri y El arte de la guerra de Sun Tzú, y asegura que frecuenta los textos de Clausewitz y que conoce los de Lenin y Trotsky.
En esa ficción, el delincuente se presenta como "una señal de estos tiempos". Afirma que "era pobre e invisible" y acusa: "Ustedes –es decir nosotros, en distintos grados de responsabilidad– nunca nos miraron". Nunca, dice, incluso cuando el problema de la miseria no era tan difícil de resolver. Precisa: "El diagnóstico era obvio: migración rural, desnivel de renta, pocas villas miseria, discretas periferias; la solución nunca aparecía. ¿Qué hicieron? Nada".
Hay una resistencia política, una lucha en distintas realidades por la dignidad. Cierto es que hasta ahora no han sido escuchados en sus reclamos de justicia. La otra rebeldía –que el autor pone en boca de Marcola– corresponde a los también "olvidados" por el paraíso neoliberal, los sin esperanzas, y responde a una visión profundamente nihilista, anárquica y cruel. Además poderosa, como lo demuestra el caos en las calles de Río o de San Pablo, como lo insinúa la creciente e impiadosa violencia delictiva en nuestros países. "Ahora estamos ricos –se ufana el falso Marcola– con la multinacional de la droga y ustedes se están muriendo de miedo".
Con precisión, el burlador le hace decir al delincuente: "Nosotros somos el inicio tardío de vuestra conciencia social". Y, añade: "Nosotros somos hombres bomba. En las villas miseria hay 100 mil hombres bomba. Estamos en el centro de lo insoluble mismo".
Lo que la dictadura del paraíso neoliberal ha creado es muy parecido al infierno. El falso Marcola habla del surgimiento de una nueva especie: "Ya somos otros bichos, diferentes de ustedes". Él define a sus "soldados" como "extrañas anomalías del desarrollo torcido de este país". Y puntualiza: "No hay más proletarios, o explotados. Hay una tercera cosa creciendo allí afuera, cultivada en el barro, educándose en el más absoluto analfabetismo, diplomándose en las cárceles, como un monstruoso Alien escondido en los rincones de la ciudad".
¿Hay tiempo para que se produzca un cambio de valores y una superación de este modelo de producción absurdo, o como dice el falso Marcola, citando a su admirado Dante: "Pierdan todas las esperanzas. Estamos todos en el infierno"?
http://www2.lavoz.com.ar/Nota.asp?nota_id=92575&high=mito