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Reportaje al único argentino que no sabe quién es Vilas

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¿Vilas? ¿Vilas? ¿De qué me dijo que es campeón?



La chapa de bronce colocada en la puerta —levemente inclinada, reluciente, no tan ostensible, pero evidente— rezaba, simplemente, BORGES. De un lado de esa puerta nosotros y toda la emoción que suponía introducirse en un santuario. Después, del otro lado lado de esa puerta, el mundo de JORGE LUIS BORGES. Un mundo silencioso pero esplendoroso. Un universo que almacenaba vivencias, ficciones, sueños, realidades. Que había gastado obras célebres. En ese mundo habían nacido “El hacedor”, “El otro, el mismo”... o “El oro de los tigres”.
Sexto piso, departamento “B”, de un edificio que acunaba rumores en la intersección de Maipú y Charcas. Arriba, en ese sexto piso: un genio, un “monstruo” de la literatura. El que aún en la oscuridad de sus ojos sigue navegando en aguas brillantes y encontrando esos destellos que le dan luz y fuera a sus creaciones. Abajo, apenas enfrente, tan sólo a unos pasos, en la “Galería del Este”, otro mundo palpitaba entre ajustados blue—jeans, zuecos, barbas, pelos largos, “féminas” deslumbrantes, blusas transparentes, osadas. Que recorría en comentarios diversos senderos. El de la música, el de la psicología, el de la sociología, el de la política... Que opinaba, inclusive, sobre Vilas, sobre Boca... Y hasta sobre Jorge Luis Borges. Entrar en ese santuario de la cultura fue ponerle una mordaza, fue silenciar esos ecos que se nos habían adherido en nuestro camino hacia este nuevo universo. Un universo que apenas habíamos intuido en nuestra cabalgata por los valles de la imaginación. Fue ingresar en una paz que emanaba solemnidad... Que hasta nos hizo dudar de que afuera exitiese otro mundo.






— Perdón, maestro, nos permitimos molestarlo esta vez no para hablar respecto de sus libros o de su vida, sino para saber qué opina de Guillermo Vilas. Sabrá disculparnos por abordar un tema poco frecuente, quizás, entre los que usted cotidianamente trata, opina, comenta o profundiza. Pero a un protagonista importante de nuestro pais y de nuestra cultura, como es usted, le preguntamos sobre un campeón, sobre otro protagonista destacado, pero en la vida deportiva de la Argentina.
— No. Lo que sucede es que yo no sé nada de deportes. Es un tema que no me interesa. Es más, la emulación, el hecho de ganar o perder, es contrario a la convivencia. Lamento sinceramente que no les pueda ser útil como fuente de información...
Apoyando sus dos manos en los costados del sillón, Jorge Luis Borges, con una sonrisa de cortesía, amagó levantarse. No había más de qué hablar. Casi expiraba la fugaz entrevista.
— Muy bien, señor, no queremos ser molestos, pero permítanos al menos sacarle unas fotos.
— Cómo no... Usted comprenderá, pero he vivido alejado de ese tipo de manifestaciones. Nunca me interesaron... Cosa curiosa. Yo siento una gran estima y respeto por los ingleses, y vea usted, siendo algunos deportes de origen inglés, nunca me he sentido motivado, no he sentido la influencia de esas cosas...
— Pero maestro, ¿en su juventud nunca practicó ningún deporte, no asistió a ningún partido, no vio ninguna confrontación?
— No se le podría llamar precisamente deporte. Hace muchos años, en el Uruguay, y a veces acá, por Saavedra o Morón, vi algunas riñas de gallos. Pero nada más. Después hice equitación, aunque no como deporte, sino como diversión... ¿Ya están las fotos?
A nuestro alrededor Federico Wolf iba y venía presuroso con sus cámaras. Buscando distintos ángulos. En color, en blanco y negro.
— Sí, señor. A Wolf sólo le faltan dos o tres fotos... Es extraño. Pensamos que al menos tendría referencias de Vilas.
— Una amiga me habó de él, pero al pasar, nada más... ¿Me dijo que es campeón de...?
— De tenis, maestro. Y precisamente por ser el tenis un deporte que tuvo sus comienzo en Inglaterra, pensamos que...
— No, no. El tenis me interesa tan poco como el fútbol. Supongo que el tenis será más inofensivo que el fútbol... Vilas, ¿cómo me dijo que es su nombre?
— Guillermo, señor... Guillermo Vilas.
— ¿Vilas o Vila?
— Vilas, con “s” final.
— Lo siento por ustedes, que han venido hasta aquí con este día.
— Es usted quien nos tiene que disculpar por molestarlo.
— Molestia ninguna... Y por favor, ponga que sobre este jugador de tenis no tengo ninguna opinión. Ni adversa ni a favor... Bueno, ¿ya están las fotos?
— Sí, ya casi están, señor. Sólo le pedimos dos o tres más. Usted comprenderá, pero sabe cómo es nuestro trabajo.
— Pero entonces no eran dos fotos solamente. Son más... ¿Cómo me dijo que es su nombre?
— Cerruti, maestro. Esteban Cerruti... Y Federico Wolf el de mi compañero.
— Wolf... Wolf en inglés quiere decir “lobo”... ¿lo sabía?
Por un momento Federico deja sus cámaras, cesa en su asediante e insistente gatilleo y responde.
— Sí, maestro, lo sabía... Y por parte de mi madre, de nacionalidad dinamarquesa, soy Brage. Ahora se escribe con “g” en el medio... Pero descendemos de Tycho Brahe, con “h”, físico noruego que fue discípulo de Copérnico.
— Ah... Muy interesante. Yo siento una sincera admiración por esos pueblos. Hace un tiempo estuve en Islandia y casi todos sus habitantes son bilingües. Son países muy cultos: hablan noruego e inglés, sueco e inglés, danés e inglés... Wolf: lobo... Claro que la palabra es latina: “lupus”. Se parece más a lobo que wolf.
Su cara hacia arriba, sus ojos quedan fijos en el espacio aéreo. Su mente, quizás, busca palabras, significados... Federico sigue con su trabajo... De pronto, dirigiéndose a mí:
Ahora sí, supongo que su compañero habrá terminado con las fotos.
— Casi maestro... Esteee, discúlpenos señor una vez más, pero nos atrevimos a interrumpir la tranquilidad de su hogar porque tratándose de Guillermo Vilas, un deportista famoso...
— Es que la fama es un error. Lo mejor es permanecer anónimo. A mí me desagrada todo lo que sea publicidad.
— ¿Sabía, señor, que Guillermo Vilas escribió algunos poemas? ¿Se lo dijeron?
— No sabía. Yo, en realidad, conozco muy poca gente. Aquí vienen cuatro o cinco personas amigas y nunca se habló de eso. Además, casi no salgo...
— Lo que sucedió es que pensamos que tal vez había oído algo en la radio... O en los informativos que de a ratos pasan por la televisión... O en los diarios, que alguien le leerá.
— No, no me leen diarios. Sólo libros, nada más.
— ¿Qué opina, maestro, de toda esa gente que sigue a Vilas, que presencia sus partidos, de todo ese público que se vuelca para verlo en distintas partes del mundo?
— Es que ustedes son los que crean eso. Esa necesidad de los diarios de informar todos los días, produce estas cosas. Si no, la gente ni se enteraría de que existen los jugadores o los deportistas... Ahora sí, ya están las fotos, ¿no?
Se levanta, deja su sillón y nos extiende su mano derecha en cordial saludo de despedida. Vamos hacia esa puerta, destino final de nuestra nota...
Así que pongan que no opino sobre ese jugador. Ni a favor ni en contra.
— Por supuesto, maestro... Si me permite, le voy a hacer la última pregunta. ¿Qué piensa de toda esa gente que hace una semana fue a ver jugar a Guillermo Vilas? ¿Qué opina de todos esos aficionados argentinos?
— Señor... En este país nueve millones de personas votaron a Perón. No hay por qué extrañarse de nada...

Planta baja, salida. Maipú casi Charcas. Pasos presurosos por este jueves con lluvia. Otra vez el crepúsculo, los zuecos, los blue—jeans. Nuevamente otro mundo: de pelos largos, de primaverales y atrevidas blusas transparentes. Este otro univesro que recorría en comentarios diversos senderos... Que hablaba de Boca, de River, de los pesqueros rusos, de las aguas juridiccionales argentinas, del Mundial, de música, de literatura, de Vilas... Que quizás también, en ese momento, opinaba respecto de algún libro de Borges.





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Revista Goles, AÑO XXIX, Nº 1497, Bs. As., martes 27 de septiembre de 1977.

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