Madres contra la droga
La lucha de un grupo de madres por sacar a sus hijos de la droga. Desesperadas porque nadie las escuchaba, hasta hicieron tareas de inteligencia para detectar a los narcos que venden pasta base en su barrio. Ahora son testigos protegidos y ya hay una causa con detenidos. Existe cierta resignación cuando alguien dice Ciudad Oculta. Como si fuese completamente normal esperar algún tipo de desastre asociado a ese nombre. Pero esta es la historia de gente para la que esa misma Ciudad Oculta significa otras cosas, como “mi casa", “mi esquina", “mis hijos". Cuestiones por las cuales ponerse de pie. “Éramos simples mamás de barrio que veíamos docenas de chicos cayéndose al piso de lo mal que les hacía la droga. De tanto tomar ‘pasta base’ les agarraban convulsiones.
Llamábamos a la ambulancia y tardaban muchísimo, así que éramos nosotras las que corríamos a levantarlos. Hacíamos denuncias a la Policía, pero los traficantes seguían vendiendo, sin que nadie los molestara. Hasta que un día nos plantamos frente a la casa de Isidro ¿el que trajo la ‘pasta base’ al barrio¿. ¡Y cuando él llamó al destacamento ahí sí vino la Policía inmediatamente!", dice “A” (45 años, 2 hijos).
“A” ¿que, a pesar de su condición de testigo de identidad reservada tiene muchísimo miedo¿ es una de las casi 70 vecinas que, a fines de 2003, descubrieron que, además de miedo, tenían fuerza y capacidad de organizarse. Y consiguieron iniciar una causa judicial que hoy ya tiene varios detenidos entre traficantes de droga y policías, además de reclamar por educación, salud y prevención.
“Como mamás, nos indignaba que esos chiquitos a los que vimos crecer, estuvieran completamente consumidos. Hijos nuestros, de nuestras amigas, quedaban piel y hueso, como muertos vivos, como los chicos de África. Escucharlos pedir ‘por favor, ayúdenme’ o ‘llave á la puerta, mamá’, encerrándose a sí mismos para no salir a consumir ¿agrega O. (35, 4 hijos)¿. Hasta que entre las madres empezamos a decir :¿Qué estamos haciendo, cruzadas de brazos? ¿Esperando que nuestros hijos se mueran? ¿Vamos a enterrarlos para recién ahí pedir justicia?”
Así, empezaron con una marcha, de esas que la Argentina bien conoce, “donde las mujeres íbamos adelante para que no golpearan a los hombres, que nos acompañaban desde atrás", cuentan a coro. Luego siguieron los escraches, el reparto de volantes y, finalmente, la toma de la casa de un traficante, donde los chicos del barrio empeñaban todas sus pertenencias a cambio de una dosis. “Era un lugar tremendo. Una vez vi entrar a un chiquito de 6 años, llevando una bicicleta para empeñar. Vi chicos salir descalzos, porque dejaban ahí las zapatillas. Ese día encontramos unos setenta documentos, ropa, planchas. Todo lo que, todavía hoy, se roba en el barrio para cambiar por droga", agrega O.
También recurrieron a la red barrial de Lugano-Mataderos (integrada por escuelas, centros de salud, defensorías y vecinos) . “Yo trabajo en un comedor comunitario que está en la Red. Y como muchas madres se acercaban pidiendo ayuda, pedimos ayuda ahí. Se decidió armar una reunión entre las mamás y los comisarios de la zona ¿agrega L. (43, 6 hijos)¿. Pero cuando le dijimos al de la 48 que mucha gente creía que ellos eran cómplices de los vendedores, empezó a gritarnos como un loco".
Lejos de amedrentarse, el grupo se enteró de que podía escribir una carta al Ministerio de Justicia, para que ¿esta vez sí¿ llegaran sus denuncias. Y se contactaron con el Consejo de los derechos de niñas, niños y adolescentes, cuya presidente, María Elena Naddeo, se convirtió en denunciante de la causa, para que ellas pasaran a tener identidad protegida, como suele hacerse en casos de narcotráfico.
Después vendría casi una película, donde estas señoras dejaron cucharones y planchas para hacer inteligencia: desde planos de la villa con sus intrincados pasillos y hasta reuniones secretas con un cuerpo especial de Gendarmería (la Unidad especial de investigaciones y procedimientos judiciales “Buenos Aires), que haría, finalmente, las detenciones.
“Pero todavía hay muchos vendedores de drogas ¿se indigna C., de 19 años, harta de ver tanta destrucción entre amigos y conocidos¿. ¡Si van por las esquinas ofreciendo pasta, como si vendieran caramelos!", asegura.
La tarea recién empieza, pero algo ya ha cambiado. Dicen que ahora saben que hay otros lugares donde recurrir. Que se sienten felices cuando algún pibe se acerca para agradecerles. Y mientras la causa judicial continúa (ver “La causa…"

, el grupo va por la pelea mayor, la de la vida cotidiana. Por eso se reunieron con Aníbal Ibarra para pedirle que se abran talleres, centros de recuperación, grupos para padres y hasta más escuelas. Sin eso, dicen, volverán atrás.“La mayoría de nuestros chicos lo único que ven todos los días es la violencia, la muerte: ¡si el día que los trajimos al Consejo, miraban para todas partes, con miedo, porque nunca habían visto la ciudad ¿reflexiona L. Yo veía sus caritas de asombro, y pensaba: ‘Ellos quieren salir. Y nosotros, ¿qué alternativas les estamos ofreciendo?’”
Alejandra Toronchik.
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