bue aca les dejo un par de historias monumnetales muy buenas de RIVER PLATE : "Enseñanza” El viejo me miraba mal. Y me di cuanta enseguida. Cingolani me quería bochar si o si. Faltaban 30 minutos para el partido y no pude más. Tiré el libro y salí corriendo al Monumental. Por suerte vivo cerca. ¡No saben lo que era la cancha! Estallaba. Faltaban 10 minutos para que termine el primer tiempo y lo vi. Con un gorrito del año del ñaupa: el viejo, el “profesor” Cingolani. ¿Qué hago? ¿Lo saludo? Pero cuando me vio, vino corriendo a abrazarme. Y justo vino un gol. Lo gritamos como si fueramos hermanos de toda la vida, los dos revoleando nuestras remeras. ¡Grande profe! Al día siguiente me bochó, es cierto, pero me dijo que como hermanos riverplantense me iba a ayudar a prepararla. El papelito del enzo No sé por qué pero antes de entrar al Monumental sabía que algo bueno iba a pasar. Me compré unas pastillas y me senté. Justo antes de empezar la primera, se sienta un tipo al lado mío. Miro y era el Enzo. ¡El Enzo! Dios santo ¿Qué hago? ¿Lo miro y le digo qué significa para mí? ¿Y si le pido un autógrafo? ¡Noo, no lo voy a molestar ahora! Pasa el primer tiempo. En un momento veo que me mira. Me hago el gil, no sé bien que hacer, pero me sigue mirando. Me toca el hombro: ¿No me convidas una pastilla? Si, cómo no, maestro. Saca una y me devuelve el paquete con un papelito de la pastilla que me sacó. Setenta y cuatro pesos me costó enmarcar ese papelito. Los valieron. carlos Carlos es el tipo más negativo que conocí en mi vida. Cuando nos juntamos a comer un asado, para dar uno de mil ejemplos, el tipo siempre tiene algo malo para decir de la carne o de la morcilla, al final, él siempre tiene algo negativo para decir de todo. Y en la cancha, para qué. Yo no sé por qué lo dejábamos venir con nosotros. Si ganábamos, que igual la defensa era un flan. Si ganábamos por goleada, que los contrarios eran malísimos, “hay que ver cuando juguemos contra alguien de verdad”. Lo más llamativo, sin embargo, era que criticaba los goles. Era inevitable mirarlo a él después de festejar un gol, para ver que decía, porque Carlos siempre, pero siempre, tenía un comentario negativo para hacer. “Este hace los goles que no son importantes.” “Dejáte de embromar, quiso tirar el centro.” “Le salió de casualidad”. Por eso nunca me voy a olvidar de aquel gol contra el Sporting Cristal. La agarra Escudero, apila jugadores por la punta derecha, tira el centro de media vuelta y entra Hernán, con esa elegancia Valdanesca, la agarra de tijera en el aire y la clava en un ángulo. Y después de gritarlo, claro todos lo miramos a Carlos. Y Carlos, por única vez en toda su vida como hincha, se quedó callado. las apuestas El viernes previo al partido con Boca, ya de camino al trabajo, le aposté 6 cervezas al portero de mi edificio. Y otras 6 al guarda coches del garage donde voy a buscar el auto todas las mañanas. Al canillita de la esquina de mi laburo, otro bostero, le aposté una camiseta de las oficiales. Que son caras, pero lo peor es el hecho de tener que ir a comprar la camiseta. En el trabajo le aposté una cena a un supervisor y 2 buenos vinos a un par de colegas. Cuando volví a casa, el portero me subió la apuesta a 12 cervezas y un mes de diarios. Y no me pude achicar. Perdíamos 3 a 2 y vino el centro, lo cabeceó el paraguayo Celso Ayala. Fue el gol que más grité en mi vida. la voz Tengo una voz muy particular. Soy uno de esos tipos que gritan alto en la platea y todo el mundo escucha. En la cancha siempre hay un tipo que grita cosas divertidas bien fuerte, y la verdad que estoy orgulloso de ser una de esas personas. Qué se yo, me salen. La gente se ríe. Está bueno ser esa persona los domingos. La cuestión es que jugábamos contra Gimnasia, en La Plata. Ya le había gritado “inútil” al juez de línea un par de veces. La palabra inútil suena muy bien en la cancha, es una de las palabras más divertidas para gritar. En eso la agarra Cavenaghi, deja a un par en el camino y a mí me sale un grito, no sé de dónde, pero le grito “¡Arco, arco, arco!” y en un partido difícil, el nueve le pega un zapatazo y hace un gol de media distancia, con el que River se lleva esa tarde los tres puntos. “¡Te escuchó!”- me dice eufórico un de la tribuna, entre abrazos de gol. Pero qué me va a escuchar. Los jugadores están a mil revoluciones por minuto, super concentrados, qué sé yo. Está bueno gritarles y todo, pero de ahí a que te escuchen… por favor. Termina el partido y me quedo un rato, porque me encuentro con unos amigos platenses que no veía hace mucho. Vamos a la confitería del club a contarnos bien en qué anda cada uno y esas cosas. Cuando nos estábamos yendo, bastante más tarde, veo que salen del vestuario algunos jugadores y está “el Cavegol”, rodeado por los hinchas y por la prensa, y yo voy entre la masa a pedirle un autógrafo para mi sobrina, que se muere por él. Cuando me hago un lugar, le pido un autógrafo, le doy el papel y me doy cuenta de que no tengo para escribir, así que levanto la cabeza y le grito a uno de mis amigos: “¡Juan! ¿Lapicera tenés? ¡Rápido, lapicera, Juan!” La cara de Cavenaghi cambia. Me escucha gritar y su cara cambia. Me mira, nos miramos por unos segundos, y qué querés que te diga, fueron cuatro, cinco segundos a lo sumo. Yo entendí, él entendió. Me firmó el autógrafo y me fui a mi casa, más contento que nunca en toda mi vida. el nombre La elección de mi nombre de pila no fue algo sencillo para mis padres. Mi papá tenía un fanatismo casi inexplicable por un jugador semi-desconocido que River recién había traído desde Uruguay. Mi mamá, a quien nunca le gustó mucho el fútbol, se horrorizaba con la idea de usar el nombre de un jugador cualquiera para ponérselo a su hijo. Pero para mi papá, aquel Uruguayo no era un jugador cualquiera. Estaba muy seguro. Tan seguro, que decidió invitarla a la cancha a mirar un partido para convencerla definitivamente: River-Polonia. Mi nombre es Enzo. Enzo Forresi. el gorrito Era la primera fecha del campeonato, ganábamos dos a uno contra Talleres, ellos atacaban pero todo estaba relativamente tranquilo. Pero igual, no era un partido más para mí. Hacía diez que no venía a la cancha. No me acordaba por qué había dejado de venir, pero sí me acordaba del Checho. Mi gran amigo en la pupilar. No sabía su nombre completo, en realidad no sabía casi nada de él, sólo que cada domingo me lo encontraba en el mismo lugar de la popa, siempre cerca de la misma puerta, pero esta vez no estaba. Miré un par de veces, pero nada. Hasta que al fin, lo reconocí. ¡Estaba pelado! Impresionante. Me acerqué, le toqué el hombro, el Checho se dio vuleta y le cambió la cara. -¡Vos acá, ladrón hijo de tu madre! ¡Me sacás el gorrito y no venís nunca más! Y ahí me acordé. Nunca fui un tipo deshonesto, pero el Checho tenía un gorrito de River… Ah, era hermoso. Viejo, gastado, con la franja roja perfecta, muy pero muy lindo. Y un día, bueno, yo era chico… De tanto verlo y quererlo, se lo saqué y salí corriendo. Y después de la vergüenza, no volví más a la cancha. Y entonces vino el gol de Ortega. Qué golazo. Y en un abrazo me amigué con el Checho. También, con goles así, se amiga cualquiera. beto Tengo 85 años y todavía voy a la cancha. Es un vicio. Sin embargo, mi compañero de andanzas ya no está. Siempre nos hacíamos chistes con ese tema, es que los viejos hablamos bastante de esas cosas: me acuerdo, por ejemplo, que Beto me decía que ni sabía cómo, pero él iba a seguir viniendo a la cancha. El otro día fui a ver al millo, cuando llegué a casa y me saqué la campera, tenía todavía en la capucha un papelito de los que había tirado en el monumental con la salida del equipo. Era un papelito de diario, de la sección de los fúnebres, con el nombre de Beto. Un pedacito de un diario viejo con el aviso que yo había publicado a mi amigo hacía tres semanas. Y pensar que hay gente que todavía cree en las casualidades. la cabala Yo tenía mi lugar cábala en la platea alta. Llegué ese día a la cancha. Temprano como siempre para que no me ocupen el asiento, y ahí estaba: un gordo muy peculiar, desaliñado, barba incipiente y bigote abundante. -“Disculpame…”. Entonces le expliqué al señor de mi cábala y le pedí por favor si no se corría un asiento. Total, como faltaba mucho para el partido, había asientos libres por todas partes. -“No”-me respondió secamente. Respiré hondo y le expliqué de nuevo. Una y otra vez, pero el tipo se negaba. Muy enojado, me senté al lado suyo para molestarlo con mi cercanía. Era un partido contra Racing, y se puso difícil. En cada jugada de gol para River que no entraba la pelota, yo lo miraba al tipo con cara de “¿Ves? Te dije, estás rompiendo la cábala.” Íbamos cero a cero, faltaban dos minutos para el final. Lo echan a Comizzo y tiro libre para Racing a un metro del área. El gordo entonces me mira, nos miramos un ratito y nos cambiamos de lugar. La pelota pega en la barrera, la guapea Rojas y se la da a Pipino Cuevas. En el gol, nos abrazamos como dos grandes amigos. SI NO VENIS AL MONUMENTAL TE PERDES DE UN MONTON DE COSAS! RIVER PLATE EL MAS GRANDE, LEJOS! fuente: http://www.cariverplate.com.ar/tpl.php?cat=es&url=pyi_hm.php#hm
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