Este artículo es viejo y ésto se pone en evidencia al hablar de la muerte de Rodrigo Bueno como un hecho reciente. Pero al sumergirnos en el mensaje que el autor nos ofrece, nos daremos cuenta de que éste no es mas que un detalle, que por otro lado nos resultará ilustrativo...
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Por José Luis Cao *
El panteón donde reinan los populares dioses del espectáculo no surge de la nada, sino que es producto de condiciones históricas definidas que sustentan diversas representaciones sociales. A raíz del fenómeno provocado por el rápido ascenso a la fama del cantante Rodrigo, incrementado tras su fallecimiento, tenemos la oportunidad de observar in statu nascendi la formación del culto heroico en la denominada cultura de masas.
Ni nuestro país ni nuestra época detentan la exclusividad de adjudicar la condición heroica a la gente del espectáculo. Bastaría recordar la idolatría que provocaron las vidas y las muertes de Rodolfo Valentino, Elvis Presley o John Lennon, en otros países, y las de Gardel o Gilda entre los vernáculos, para comprender lo abarcativo de esa producción mítica y ritual. Sin embargo, el vacío que provoca la actual sociedad de consumo incrementa la rápida transformación de seres humanos en mercancía, poniendo en crisis tanto la subjetividad de los ídolos como la de su público.
Pareciera que en los últimos tiempos el cantante Rodrigo Bueno intentaba poner límite a la aceleración que le imponía el éxito, quizás en un desesperado intento de recobrar una subjetividad que iba perdiendo en la medida en que crecía como objeto de consumo. Sin embargo, su intento por dejar el escenario de los acontecimientos no pudo producirse a tiempo, debido al vértigo en el que transcurrían sus días. Demandado tanto de sí como de su público, no pudo sustraerse de la vorágine de la época.
Al depositar en el líder sus ideales, la masa suele empujarlo progresivamente hacia la cima del éxito por ella apetecida. Los aplausos facilitan el ascenso de los ídolos del espectáculo político, deportivo o musical. Pero éstos no siempre pueden mantener el equilibrio en esas alturas sin pagar un alto costo personal.
Unificada imaginariamente con el ídolo, la muchedumbre intenta recuperar su propia subjetividad amenazada, saboreando los instantes de triunfo como propios. Sin embargo, no existe una verdadera identificación con las cualidades del ídolo, ya que, de ser así, habrían de esforzarse para imitar sus logros.
En el mejor de los casos, adquieren mágicamente restos de sus atributos personales fetichizados, como las fotocopias de su DNI u otros objetos que estuvieron en contacto con él. En otros, simplemente les basta con la producción de intensos desarrollos afectivos que oscilan entre la alegría y el llanto.
Desde la dependencia afectiva, desean que la imagen del ídolo perdure para siempre en sus vidas a fin de neutralizar la percepción de precariedad existencial. Como plantea uno de sus fans: “Era uno de nosotros..., un humilde que llegó”. Efectivamente, él llegó a obtener el reconocimiento social negado a los que se debaten en la lucha por la supervivencia.
Rodrigo encarna al provinciano que, cumpliendo con sus propios deseos, conquista Buenos Aires, acercándose a los lugares de poder añorados por una multitud hipnotizada por el espectáculo mediático de la posmodernidad. Se le adjudica la categoría de un “grande”, no sólo por sus virtudes personales y artísticas, sino también por haber alcanzado valores acrecentados en épocas de miseria material y ética: el dinero, la fama y el éxito. Su muerte no opaca sino que incrementa tales posibilidades, ya que los medios se encargan de ubicarlo en la cumbre del sector musical del Olimpo argentino: al lado de Gardel y Gilda. Como ellos, resulta elevado por sus seguidores a la categoría de “ángel”, para que, como un alter ego poderoso, los proteja desde el cielo.
Como ocurrió tras las trágicas muertes de Elvis Presley y John Lennon, varios jóvenes se suicidaron en los días siguientes, quizás con la secretamisión de reencontrarse con quien supuestamente les había brindado las únicas alegrías. Ilusión de unirse con el ídolo en el más allá, ya que en el más acá, según los familiares de una de las víctimas, ella no disponía de dinero para asistir a un recital del cantante.
A sus seguidores no les basta con admirar las condiciones artísticas que poseía en vida, ya que necesitan transformarlo, una vez fallecido, en una deidad que les provea de lo que les falta: salud, amor, trabajo. Por eso tan velozmente transforman el proyecto de un monolito recordatorio en un santuario popular.
Velas, estampitas, posters y todo tipo de mensajes propiciatorios, típicos de las creencias sincréticas, se mezclan con su música y con envases de botellas de cerveza, creando el clima necesario para la santificación popular. La ritualización de estas prácticas posibilita la búsqueda de consuelo.
Los medios destacan constantemente el estado de alegría que provocaba el ritmo de sus canciones. Como en otras manifestaciones populares, la exaltación del ánimo recorría sus recitales dando lugar a la catarsis colectiva. La euforia producida por la excepcionalidad de lo fasto (fiesta) suele alejar momentáneamente para muchos la imagen de una cotidianidad percibida como nefasta por la falta de trabajo, seguridad y proyectos.
La pérdida del ídolo en el que se depositaba el espíritu festivo precipita a muchos en el estado previo de desesperanzada abulia. En ese sentido una joven afirma: “Lo único que teníamos era Gilda, que ya no está entre nosotros, y ahora que se fue Rodrigo, ¿qué nos queda?”. Interrogante sobre el destino incierto de la subjetividad futura de muchos jóvenes. Depositación del imaginario popular en una figura que les brinde momentos de triunfo, como una de las escasas manifestaciones esperanzadas.
C u riosa sociedad la nuestra, que convive con un estado de mufa generalizada del que suele escapar, de tanto en tanto, a través de explosiones de alegría, las cuales por sí solas no bastan para generar un proyecto que sostenga un estado de bienestar creciente para todos sus habitantes.
* Psicoanalista. Profesor de psicología institucional en la Universidad de Mar del Plata.

SOBRE LOS IDOLOS POPULARES Y LA CRISIS
DE LA SUBJETIVIDAD EN LA ARGENTINA CONTEMPORANEA
“Ahora que se fue Rodrigo, ¿qué nos queda?”
DE LA SUBJETIVIDAD EN LA ARGENTINA CONTEMPORANEA
“Ahora que se fue Rodrigo, ¿qué nos queda?”
La muerte del cantante Rodrigo Bueno es una oportunidad para observar, en su nacimiento mismo, la formación del culto heroico en la cultura de masas. Su trasfondo, a juicio del autor de esta nota, es la acelerada transformación de los seres humanos en mercancía, que lleva a poner en crisis tanto la subjetividad de los ídolos como la de su público.
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Por José Luis Cao *
El panteón donde reinan los populares dioses del espectáculo no surge de la nada, sino que es producto de condiciones históricas definidas que sustentan diversas representaciones sociales. A raíz del fenómeno provocado por el rápido ascenso a la fama del cantante Rodrigo, incrementado tras su fallecimiento, tenemos la oportunidad de observar in statu nascendi la formación del culto heroico en la denominada cultura de masas.
Ni nuestro país ni nuestra época detentan la exclusividad de adjudicar la condición heroica a la gente del espectáculo. Bastaría recordar la idolatría que provocaron las vidas y las muertes de Rodolfo Valentino, Elvis Presley o John Lennon, en otros países, y las de Gardel o Gilda entre los vernáculos, para comprender lo abarcativo de esa producción mítica y ritual. Sin embargo, el vacío que provoca la actual sociedad de consumo incrementa la rápida transformación de seres humanos en mercancía, poniendo en crisis tanto la subjetividad de los ídolos como la de su público.
Pareciera que en los últimos tiempos el cantante Rodrigo Bueno intentaba poner límite a la aceleración que le imponía el éxito, quizás en un desesperado intento de recobrar una subjetividad que iba perdiendo en la medida en que crecía como objeto de consumo. Sin embargo, su intento por dejar el escenario de los acontecimientos no pudo producirse a tiempo, debido al vértigo en el que transcurrían sus días. Demandado tanto de sí como de su público, no pudo sustraerse de la vorágine de la época.
Al depositar en el líder sus ideales, la masa suele empujarlo progresivamente hacia la cima del éxito por ella apetecida. Los aplausos facilitan el ascenso de los ídolos del espectáculo político, deportivo o musical. Pero éstos no siempre pueden mantener el equilibrio en esas alturas sin pagar un alto costo personal.
Unificada imaginariamente con el ídolo, la muchedumbre intenta recuperar su propia subjetividad amenazada, saboreando los instantes de triunfo como propios. Sin embargo, no existe una verdadera identificación con las cualidades del ídolo, ya que, de ser así, habrían de esforzarse para imitar sus logros.
En el mejor de los casos, adquieren mágicamente restos de sus atributos personales fetichizados, como las fotocopias de su DNI u otros objetos que estuvieron en contacto con él. En otros, simplemente les basta con la producción de intensos desarrollos afectivos que oscilan entre la alegría y el llanto.
Desde la dependencia afectiva, desean que la imagen del ídolo perdure para siempre en sus vidas a fin de neutralizar la percepción de precariedad existencial. Como plantea uno de sus fans: “Era uno de nosotros..., un humilde que llegó”. Efectivamente, él llegó a obtener el reconocimiento social negado a los que se debaten en la lucha por la supervivencia.
Rodrigo encarna al provinciano que, cumpliendo con sus propios deseos, conquista Buenos Aires, acercándose a los lugares de poder añorados por una multitud hipnotizada por el espectáculo mediático de la posmodernidad. Se le adjudica la categoría de un “grande”, no sólo por sus virtudes personales y artísticas, sino también por haber alcanzado valores acrecentados en épocas de miseria material y ética: el dinero, la fama y el éxito. Su muerte no opaca sino que incrementa tales posibilidades, ya que los medios se encargan de ubicarlo en la cumbre del sector musical del Olimpo argentino: al lado de Gardel y Gilda. Como ellos, resulta elevado por sus seguidores a la categoría de “ángel”, para que, como un alter ego poderoso, los proteja desde el cielo.
Como ocurrió tras las trágicas muertes de Elvis Presley y John Lennon, varios jóvenes se suicidaron en los días siguientes, quizás con la secretamisión de reencontrarse con quien supuestamente les había brindado las únicas alegrías. Ilusión de unirse con el ídolo en el más allá, ya que en el más acá, según los familiares de una de las víctimas, ella no disponía de dinero para asistir a un recital del cantante.
A sus seguidores no les basta con admirar las condiciones artísticas que poseía en vida, ya que necesitan transformarlo, una vez fallecido, en una deidad que les provea de lo que les falta: salud, amor, trabajo. Por eso tan velozmente transforman el proyecto de un monolito recordatorio en un santuario popular.
Velas, estampitas, posters y todo tipo de mensajes propiciatorios, típicos de las creencias sincréticas, se mezclan con su música y con envases de botellas de cerveza, creando el clima necesario para la santificación popular. La ritualización de estas prácticas posibilita la búsqueda de consuelo.
Los medios destacan constantemente el estado de alegría que provocaba el ritmo de sus canciones. Como en otras manifestaciones populares, la exaltación del ánimo recorría sus recitales dando lugar a la catarsis colectiva. La euforia producida por la excepcionalidad de lo fasto (fiesta) suele alejar momentáneamente para muchos la imagen de una cotidianidad percibida como nefasta por la falta de trabajo, seguridad y proyectos.
La pérdida del ídolo en el que se depositaba el espíritu festivo precipita a muchos en el estado previo de desesperanzada abulia. En ese sentido una joven afirma: “Lo único que teníamos era Gilda, que ya no está entre nosotros, y ahora que se fue Rodrigo, ¿qué nos queda?”. Interrogante sobre el destino incierto de la subjetividad futura de muchos jóvenes. Depositación del imaginario popular en una figura que les brinde momentos de triunfo, como una de las escasas manifestaciones esperanzadas.
C u riosa sociedad la nuestra, que convive con un estado de mufa generalizada del que suele escapar, de tanto en tanto, a través de explosiones de alegría, las cuales por sí solas no bastan para generar un proyecto que sostenga un estado de bienestar creciente para todos sus habitantes.
* Psicoanalista. Profesor de psicología institucional en la Universidad de Mar del Plata.
