Hola, este es un post dedicado a mi novia, bailarina del teatro Libertador San Martin (Córdoba), que dice que este tipo era un grosso 
. Yo la verdad que ni sabía quien era.

. Yo la verdad que ni sabía quien era.
Cita:Aplauso final
El bailarín y coreógrafo falleció ayer. Tenía 80 años y una vida llena de logros.
Llegó a la danza por prescripción médica, a los 14 años. “Está muy flacucho” dijo que doctor y recomendó ballet como podría haberlo mandado a natación o tenis. Su padre lo anotó en danza y el muchacho se mantuvo lo suficientemente abierto como para dejarse seducir por un lenguaje, hasta entonces, desconocido. De ahí a la revolución había una enciclopedia de pasos. A todos los aprendió, a todos los cuestionó y reinventó a su manera. Maurice Béjart, el niño terrible de la danza, había nacido.
Casi media hora después de la medianoche del miércoles, Béjart falleció en un hospital de Ginebra. Tenía 80 años, una nueva creación a punto de estrenarse y una vida larga llena de satisfacciones, reconocimientos y sueños cumplidos. Entre ellos, uno de los más atesorados, la conformación de un ballet multirracial, concentrado en relatos de ruptura sobre temáticas sociales, ambientales, tributos a sus artistas admirados. De esos hubo muchos en su vida, pero él mismo no era uno de ellos. “Me piden siempre que hable de Béjart, lo que finalmente se convierte en un tema que se aparta de mí. Por las noches, en mi cama, soy yo, pero cuando se trata de ese señor que cubren de honores o de oprobios, ya no sé muy bien quién es”. Maurice había nacido el 1 de enero de 1927, con apellido Berger y mutación de nombre en homenaje a la mujer de Moliére.
Su obra fue un desafío constante a las formas clásicas del ballet, que por otra parte nunca abandonó pero que movió hacia territorios inexplorados hasta su llegada. En los ‘50 creó su primera compañía y maceró el sueño de llevar la danza a los espacios donde nunca había llegado. Parques, plazas, circos, estadios de fútbol, cine, ópera, televisión. La posibilidades de la expresión en la efervescencia de un público masivo. La visión lo adelantó a su tiempo y lo instaló en la vanguardia de un movimiento que décadas más tarde retomarían bailarines y coreógrafos de todo el mundo. Julio Bocca en el caso argentino.
Su relación con la danza nacional comenzó con Jorge Donn, convertido en los 70 en uno de us intérpretes favoritos, inmortalizado en el Bolero de Ravel en el filme Los unos y los otros, de Claude Lelouch. Béjart en los ‘70 y la expansión del ejercicio del ballet a las artes escénicas complejas. Los bailarines deben saber cantar, actuar, agregar su propio bagaje emocional y cultural a la obra que le propone el coreógrafo.
En esa cuerda ató también la configuración de sus elencos multiculturales, los seminarios de perfeccionamiento Mudra y Rudra, en Bruselas y Lausana respectivamente, donde la variedad de colores, idiomas, contextura y miradas eran parte de la misma fuente de su inspiración.
Maurice Béjart también era filósofo, como su padre Gaston, practicaba el islamismo, entre sus amigos cercanos había gurúes orientales e hindúes y cuando le pidieron opinión sobre la guerra en Irak no dudó en echarle la culpa a Bush. La reflexión filosófica era parte de su vida, de su obra y de su educación sentimental. Experimentaba la danza como un lenguaje y soñaba con ayudar a convertirla en la expresión artística del siglo 20.
Los ojos azules, la postura de coloso y la barba cuidada sobre el gesto intenso. El muchacho flacucho se hizo hombre corpulento y cargó con lo que muchos definen como la gran revolución de la danza. Lo que buscó Béjart, decía él, lo encontró primero en una música diferente, la que contara tensiones de tiempo presente. Después cambió los escenarios y todo eso modificó al público que se comenzó a acercar a la danza. Cuando todo cambió, cambió también su estilo y el mundo alrededor.La Voz Del Interior