Qué queda de los ensayos nucleares franceses diez años después?
Par Paul Simon (Journaliste) 17H05 07/10/2007
(De la Polinesia Francesa) Un lago color turquesa y cinco metros mas allá, un camión cisterna oxidado sobre unos perpiaños. Esta es una de las imágenes que resume hoy el decorado del atolón de Hao, al este del archipiélago de las islas Tuamotu, en la Polinesia Francesa. Base avanzada de Mururoa hasta el 27 de enero de 1996, día del último tiro nuclear francés, el atolón es desde entonces un lugar desierto, dónde lo único que queda de la era atómica son ruinas.
Alcanzaron a vivir allí 4.000 militares y civiles, todos empleados del Centro de Experimentación del Pacífico (CEP) o de la Comisión de Energía Atómica (CEA). Todos reunidos en una pequeña ciudad construida en la periferia del único pueblo de la isla. Pero de un día para otro, junto al último tiro –"Xouthos", bajo el lago de Fangataufa– toda esa vida desapareció, devolviéndole al atolón la tranquilidad que había perdido a comienzos de los años 60.
"Los militares reconocieron que había asbesto"
Luego del cese de las experimentaciones atómicas y la partida definitiva del ejército, en 2000, la población local decidió conservar todas las edificaciones –aunque las autoridades propusieron devolver al área su estado original. Rápidamente los materiales aún utilizables fueron despojados de las construcciones y fueron usados para construir algunas chozas en la isla. Resultado: de las construcciones del ejército, sólo quedan hoy los muros desnudos y las estructuras. Que no le interesan a nadie. "Cuando los militares se fueron, reconocieron que había asbesto en los muros, pero que no era peligroso porque los muros habían sido pintados. El problema es que la pintura se desprendió", recuerda un anciano del pueblo.
A veces, los pocos ocupantes de algunas cabañas cubiertas con toldos de plástico, cerca de la base, respiran el polvo tóxico durante todo el día. Una familia que le alquilaba su terreno al ejército, luego construyó en él una lavandería y actualmente vive en ella.
Por su parte, el hospital -además de la enorme pista de aterrizaje y de los locales del Servicio Militar Adaptado (SMA)- forma parte de los pocos edificios que aún se encuentran en mantenimiento. Aunque sólo lo estrictamente necesario. En las dependencias médicas, la electricidad es inestable y el médico divide su tiempo de trabajo entre el archipiélago de las Tuamotu y el de las Marquesas, a varios cientos de kilómetros de allí. Así, el doctor sólo pasa algunas semanas por año en el hospital, y en el atolón, las dos enfermeras de servicio tratan de aumentar los esfuerzos para mantener una calidad de atención digna.
"Bombas de efecto retardado"
Frente al mar, el abandonado “Bar de la Playa” ofrece sólo polvo y escombros, mientras la juerga de antaño aún parece oírse en la edificación.
La cabaña "De Gaulle", bautizada así porque fue construida para la visita del general, se encuentra reducida al mismo estado que el resto: ruinas. Un viejo ventilador aún cuelga del techo y la mala hierba se burla tranquilamente de sus glorias pasadas.
El Vaiata, club nocturno de la época nuclear dónde se reunían militares y habitantes de Hao, se cae a pedazos, como es también el caso de tres cines, hoy abandonados.
Y por último, un depósito de hidrocarburos. O más bien, lo que queda de él. Varios tanques enormes que servían para abastecer las máquinas militares, quedaron instalados allí. Sin antes ser desgasificados, según aseguran los habitantes. "Tenemos varias bombas de efecto retardado en el atolón. Si un día hay un incendio, no quiero ni imaginar lo que puede ocurrir ", dice con amargura un habitante. Además de que si ocurriese, no podrían contar con los extintores: unos cincuenta están tirados por el suelo. Algunos nuevos, otros viejos, pero todos completamente inservibles.
Sobre una gran superficie de hormigón frente a los hangares, cuyas puertas de 6 toneladas se desmoronan poco a poco, hay dos camiones cisterna estacionados hace años. Oxidados. Inertes como cadáveres. Si no se vieran detrás de ellos unos pinos y palmeras, uno creería que está en una zona de guerra. Algo que el atolón de Hao nunca vivió.
"Sin ayuda del Estado, voy a dejarlo todo así"
"Son los habitantes locales quienes saquearon todo. No es culpa del ejército si hoy el atolón se encuentra en ese estado", lanza el alcalde, Temauri Foster. "Sólo espero que algún día el ejército nos ayude a despejar el lugar". Electo en 1990 –lo que significa que vivió los ensayos, su reanudación y su cese definitivo– el tavana no se anda con rodeos. "Personalmente me interesa despejar el lugar, pero sin ayuda del Estado, voy a dejarlo todo así", dice. La comuna no puede asumir por sí sola la demolición. "Es demasiado caro."
A comienzos de julio, el delegado de seguridad nuclear, Marcel Jurien de la Gravière, quién lleva meses viajando sin parar a la Polinesia, visitó nuevamente el atolón. Para ver con sus propios ojos el estado de las ruinas, pero sobretodo para lanzar frente a los micrófonos y cámaras de los medios de comunicación locales, el proceso de "rehabilitación". Según Marcel Jurien de la Gravière, las obras, que podrían movilizar "unos cuarenta militares" y cuyo costo sería de "unos cuantos millones de euros", debieran comenzar "antes de fines de 2008". La duración de los trabajos, sin embargo, no fue indicada. Diez años después, el atolón de Hao aún puede esperar un poco.
uno de los responsables:
Par Paul Simon (Journaliste) 17H05 07/10/2007
(De la Polinesia Francesa) Un lago color turquesa y cinco metros mas allá, un camión cisterna oxidado sobre unos perpiaños. Esta es una de las imágenes que resume hoy el decorado del atolón de Hao, al este del archipiélago de las islas Tuamotu, en la Polinesia Francesa. Base avanzada de Mururoa hasta el 27 de enero de 1996, día del último tiro nuclear francés, el atolón es desde entonces un lugar desierto, dónde lo único que queda de la era atómica son ruinas.
Alcanzaron a vivir allí 4.000 militares y civiles, todos empleados del Centro de Experimentación del Pacífico (CEP) o de la Comisión de Energía Atómica (CEA). Todos reunidos en una pequeña ciudad construida en la periferia del único pueblo de la isla. Pero de un día para otro, junto al último tiro –"Xouthos", bajo el lago de Fangataufa– toda esa vida desapareció, devolviéndole al atolón la tranquilidad que había perdido a comienzos de los años 60.
"Los militares reconocieron que había asbesto"
Luego del cese de las experimentaciones atómicas y la partida definitiva del ejército, en 2000, la población local decidió conservar todas las edificaciones –aunque las autoridades propusieron devolver al área su estado original. Rápidamente los materiales aún utilizables fueron despojados de las construcciones y fueron usados para construir algunas chozas en la isla. Resultado: de las construcciones del ejército, sólo quedan hoy los muros desnudos y las estructuras. Que no le interesan a nadie. "Cuando los militares se fueron, reconocieron que había asbesto en los muros, pero que no era peligroso porque los muros habían sido pintados. El problema es que la pintura se desprendió", recuerda un anciano del pueblo.
A veces, los pocos ocupantes de algunas cabañas cubiertas con toldos de plástico, cerca de la base, respiran el polvo tóxico durante todo el día. Una familia que le alquilaba su terreno al ejército, luego construyó en él una lavandería y actualmente vive en ella.
Por su parte, el hospital -además de la enorme pista de aterrizaje y de los locales del Servicio Militar Adaptado (SMA)- forma parte de los pocos edificios que aún se encuentran en mantenimiento. Aunque sólo lo estrictamente necesario. En las dependencias médicas, la electricidad es inestable y el médico divide su tiempo de trabajo entre el archipiélago de las Tuamotu y el de las Marquesas, a varios cientos de kilómetros de allí. Así, el doctor sólo pasa algunas semanas por año en el hospital, y en el atolón, las dos enfermeras de servicio tratan de aumentar los esfuerzos para mantener una calidad de atención digna.
"Bombas de efecto retardado"
Frente al mar, el abandonado “Bar de la Playa” ofrece sólo polvo y escombros, mientras la juerga de antaño aún parece oírse en la edificación.
La cabaña "De Gaulle", bautizada así porque fue construida para la visita del general, se encuentra reducida al mismo estado que el resto: ruinas. Un viejo ventilador aún cuelga del techo y la mala hierba se burla tranquilamente de sus glorias pasadas.
El Vaiata, club nocturno de la época nuclear dónde se reunían militares y habitantes de Hao, se cae a pedazos, como es también el caso de tres cines, hoy abandonados.
Y por último, un depósito de hidrocarburos. O más bien, lo que queda de él. Varios tanques enormes que servían para abastecer las máquinas militares, quedaron instalados allí. Sin antes ser desgasificados, según aseguran los habitantes. "Tenemos varias bombas de efecto retardado en el atolón. Si un día hay un incendio, no quiero ni imaginar lo que puede ocurrir ", dice con amargura un habitante. Además de que si ocurriese, no podrían contar con los extintores: unos cincuenta están tirados por el suelo. Algunos nuevos, otros viejos, pero todos completamente inservibles.
Sobre una gran superficie de hormigón frente a los hangares, cuyas puertas de 6 toneladas se desmoronan poco a poco, hay dos camiones cisterna estacionados hace años. Oxidados. Inertes como cadáveres. Si no se vieran detrás de ellos unos pinos y palmeras, uno creería que está en una zona de guerra. Algo que el atolón de Hao nunca vivió.
"Sin ayuda del Estado, voy a dejarlo todo así"
"Son los habitantes locales quienes saquearon todo. No es culpa del ejército si hoy el atolón se encuentra en ese estado", lanza el alcalde, Temauri Foster. "Sólo espero que algún día el ejército nos ayude a despejar el lugar". Electo en 1990 –lo que significa que vivió los ensayos, su reanudación y su cese definitivo– el tavana no se anda con rodeos. "Personalmente me interesa despejar el lugar, pero sin ayuda del Estado, voy a dejarlo todo así", dice. La comuna no puede asumir por sí sola la demolición. "Es demasiado caro."
A comienzos de julio, el delegado de seguridad nuclear, Marcel Jurien de la Gravière, quién lleva meses viajando sin parar a la Polinesia, visitó nuevamente el atolón. Para ver con sus propios ojos el estado de las ruinas, pero sobretodo para lanzar frente a los micrófonos y cámaras de los medios de comunicación locales, el proceso de "rehabilitación". Según Marcel Jurien de la Gravière, las obras, que podrían movilizar "unos cuarenta militares" y cuyo costo sería de "unos cuantos millones de euros", debieran comenzar "antes de fines de 2008". La duración de los trabajos, sin embargo, no fue indicada. Diez años después, el atolón de Hao aún puede esperar un poco.
uno de los responsables: