Imágenes de mujeres: LA DEJADA
La dejada es una militante de los rituales inversos. En vez de preparar el escenario minuciosamente para disfrutar de una tradición, olvida, improvisa, y posterga.
Su rasgo principal es la incapacidad para ejecutar una tarea en tiempo y forma. Todo lo que a los demás les lleva un día, a ella le consume seis. No tiene ni memoria, ni compromiso, ni apuro de ningún tipo. Todas sus labores flotan, incompletas, en un limbo comandado por su potencia minusválida y su falta de iniciativa.
Cuando tiene que hacer un trámite o pagar un impuesto, por ejemplo, en vez de abonar en término para evitar punitorios y colas interminables, espera que llegue el aviso de corte. Pero cuando llega, en vez de ir a pagarlo inmediatamente, lo vuelve a tirar en la frutera hasta la mismísima mañana en la que van a suspenderle el servicio, para poder salir corriendo, andrajosa y apurada, a suplicarle clemencia al cajero de Metrogas.
Vive, además, en la más absoluta y remolona marginalidad: no tiene documento de identidad, ni legalizó su título, ni renovó el carnet de conducir, ni dio de alta la obra social. Siempre se mentaliza para hacerlo la semana siguiente, pero luego le da fiaca y lo deja para otro momento.
Su casa se parece el gabinete de un inventor loco. Todos los electrodomésticos tienen un arreglo perezoso concebido como un remiendo provisional que el tiempo luego transformó en permanente. Su calefón se apaga sólo cuando cierra la llave de paso del gas, su televisor se enciende con una birome (los botones se hundieron y perdió el control remoto) y, como no las tiene llaves de la puerta de entrada, abre y cierra con medio picaporte que a menudo se olvida sobre la mesa del living. Cuando se lo deja piensa seriamente en llamar a un cerrajero, pero al final siempre se cuelga de la medianera como un gato vagabundo o le pide a un vecino que la deje treparse al techo para saltar, y se olvida del arreglo hasta la próxima madrugada que amanece en el palier.
Tiene la heladera siempre vacía. No va nunca al supermercado, y las sobras de delivery se le pudren escondidas detrás de una gelatina medieval. Si alguien la visita, no puede servirle más que un vaso de agua tibia, y cuando quiere hacer una comida, se olvida siempre de comprar algún ingrediente de la receta, y para no volver a salir, hace el plato sin la cantidad de huevos o harina necesaria. Más tarde, ajusticiada a carcajadas por sus conocidos, suspira que estaba chirle y quemado pero “que igual estaba bueno”.
La comida no es lo único que escasea en su hogar. Es frecuente que se olvide de reponer el jabón o el shampoo y tenga que restregarse el pelo con una piedra pómez y jabón federal, tenga que comprarse un desodorante por la calle o coserse un pantalón en el baño de la oficina porque no tenía hilo. Tampoco tiene botiquín, (porque no piensa en que va a cortarse o a sentir un malestar sino hasta que se cae en el baño y se parte la cabeza), ni herramientas, ni ahorros, ni teléfonos útiles a mano.
Si tiene patio o jardín, es un depósito de sus apáticas intenciones. La ropa se pudre, mojándose con cada lluvia y secándose con cada mañana de sol, abandonada a su suerte en el tender, mientras ella la busca, indignada, en las bolsas del laverap. Hay también muchas plantas secas, una regadera oxidada y una mesa a medio pintar que se hincha, despareja, con el rocío de la mañana.
Por último, la dejada es, también, la reina de la improvisación y la emergencia. Para ella, planear una actividad es delirar con una amiga o garabatear listas imposibles en un cuadernito raído que luego tira debajo de la cama. No importa cuanto proyecte; nunca mide antes de cortar o clavar. Tira la malla mojada directamente en el bolso. Va al cine sin consultar en qué horarios hay función. No pone papel de diario en el piso antes de pintar. Empieza a armar un mueble sin leer las instrucciones. Rompe los paquetes desde el centro. Lava la ropa con papeles en los bolsillos. Y nunca, pero nunca tiene un plan “B”.
La dejada es una militante de los rituales inversos. En vez de preparar el escenario minuciosamente para disfrutar de una tradición, olvida, improvisa, y posterga.
Su rasgo principal es la incapacidad para ejecutar una tarea en tiempo y forma. Todo lo que a los demás les lleva un día, a ella le consume seis. No tiene ni memoria, ni compromiso, ni apuro de ningún tipo. Todas sus labores flotan, incompletas, en un limbo comandado por su potencia minusválida y su falta de iniciativa.
Cuando tiene que hacer un trámite o pagar un impuesto, por ejemplo, en vez de abonar en término para evitar punitorios y colas interminables, espera que llegue el aviso de corte. Pero cuando llega, en vez de ir a pagarlo inmediatamente, lo vuelve a tirar en la frutera hasta la mismísima mañana en la que van a suspenderle el servicio, para poder salir corriendo, andrajosa y apurada, a suplicarle clemencia al cajero de Metrogas.
Vive, además, en la más absoluta y remolona marginalidad: no tiene documento de identidad, ni legalizó su título, ni renovó el carnet de conducir, ni dio de alta la obra social. Siempre se mentaliza para hacerlo la semana siguiente, pero luego le da fiaca y lo deja para otro momento.
Su casa se parece el gabinete de un inventor loco. Todos los electrodomésticos tienen un arreglo perezoso concebido como un remiendo provisional que el tiempo luego transformó en permanente. Su calefón se apaga sólo cuando cierra la llave de paso del gas, su televisor se enciende con una birome (los botones se hundieron y perdió el control remoto) y, como no las tiene llaves de la puerta de entrada, abre y cierra con medio picaporte que a menudo se olvida sobre la mesa del living. Cuando se lo deja piensa seriamente en llamar a un cerrajero, pero al final siempre se cuelga de la medianera como un gato vagabundo o le pide a un vecino que la deje treparse al techo para saltar, y se olvida del arreglo hasta la próxima madrugada que amanece en el palier.
Tiene la heladera siempre vacía. No va nunca al supermercado, y las sobras de delivery se le pudren escondidas detrás de una gelatina medieval. Si alguien la visita, no puede servirle más que un vaso de agua tibia, y cuando quiere hacer una comida, se olvida siempre de comprar algún ingrediente de la receta, y para no volver a salir, hace el plato sin la cantidad de huevos o harina necesaria. Más tarde, ajusticiada a carcajadas por sus conocidos, suspira que estaba chirle y quemado pero “que igual estaba bueno”.
La comida no es lo único que escasea en su hogar. Es frecuente que se olvide de reponer el jabón o el shampoo y tenga que restregarse el pelo con una piedra pómez y jabón federal, tenga que comprarse un desodorante por la calle o coserse un pantalón en el baño de la oficina porque no tenía hilo. Tampoco tiene botiquín, (porque no piensa en que va a cortarse o a sentir un malestar sino hasta que se cae en el baño y se parte la cabeza), ni herramientas, ni ahorros, ni teléfonos útiles a mano.
Si tiene patio o jardín, es un depósito de sus apáticas intenciones. La ropa se pudre, mojándose con cada lluvia y secándose con cada mañana de sol, abandonada a su suerte en el tender, mientras ella la busca, indignada, en las bolsas del laverap. Hay también muchas plantas secas, una regadera oxidada y una mesa a medio pintar que se hincha, despareja, con el rocío de la mañana.
Por último, la dejada es, también, la reina de la improvisación y la emergencia. Para ella, planear una actividad es delirar con una amiga o garabatear listas imposibles en un cuadernito raído que luego tira debajo de la cama. No importa cuanto proyecte; nunca mide antes de cortar o clavar. Tira la malla mojada directamente en el bolso. Va al cine sin consultar en qué horarios hay función. No pone papel de diario en el piso antes de pintar. Empieza a armar un mueble sin leer las instrucciones. Rompe los paquetes desde el centro. Lava la ropa con papeles en los bolsillos. Y nunca, pero nunca tiene un plan “B”.