Durante el siglo XIX la sola acusación podía servir como prueba, aún cuando los testigos fueran dudosos. Bastaba que el juez tuviera la suficiente certeza de que alguien pudiera ser homosexual para condenarlo por sodomía.
El incidente ocurrió hacia las tres de la tarde en los terrenos de la antigua Aduana, cerca del lugar que había servido como muelle de pasajeros.
Si bien el caso podría ser caratulado hoy como “violación” fue considerado en la época como “sodomía” al tratarse de un acceso carnal de un varón a otro, más allá de la edad de la víctima y la violencia que habría ejercido Agustín Gardella sobre Roberto Valentini.
Cuatro testigos, uno de nueve, otro de diez, otro de once y el último de trece años aseguraron ver a un hombre “alto y de bigotes” violar al niño. El relato de los testigos conmueve tanto por la crudeza de sus palabras como por la similitud de lo declarado: todos coinciden en que Roberto Valentini fue arrojado violentamente al piso y que gritando de dolor le pedía a su agresor que se detuviera. Al ver esta escena los niños corrieron en busca del padre de la víctima, pero al llegar sólo encontraron a Roberto llorando de dolor y camino a su casa.
Pero fue uno de los testigos presenciales quien amplió su testimonio aportando una información que sorprendió tanto a los investigadores como a quien se acerque hoy al expediente, según Antonio Palomino, esta situación no era la primera vez que ocurría con Roberto, ocurriendo esto “todos los días, unos por la mañana y otros por la tarde; que parece que le gusta a Roberto que le hagan eso, pues él los llama y se los lleva a veces a los huecos o a la letrina de la casa del padre…”
Incluso aportó datos sobre un joven de dieciséis años apodado “el Alemán” y no dudó en señalar a uno de los testigos como “pareja” habitual de Roberto Valentini.
Finalmente, el testigo informó que la supuesta víctima había mantenido relaciones sexuales con uno de los testigos, José Añón de once años. En vano sirvió que Agustín Gardelli desmintiera a sus acusadores o que solicitara varias veces que se llamara a declarar a las personas con las que él había pasado aquel día en una peluquería céntrica: sus antecedentes y la “certeza moral” de que había cometido un delito sirvieron para que el Dr. Luis Navarro ordenara su arresto y trabara embargo sobre todos sus bienes por el valor de m$n 1.000.
Es interesante que el abogado y el acusado utilizaran el testimonio de Antonio Palomino para la defensa: el niño de nueve años era no era sino “un niño vicioso y que andaba entre otros de la misma especie”.
Los informes médicos probaban que Roberto había sufrido acceso carnal, pero no que el mismo había sido realizado por el acusado, quien se trataba, en palabras del abogado defensor de la “víctima”, de una obscura venganza. El mismo Gardelli en una comunicación al magistrado remarcó que los investigadores hicieron todo lo posible para demostrar su culpabilidad, violentando sus derechos. Por ejemplo en la rueda de reconocimiento se utilizaron personas que ni se parecían fisicamente a él y que además se lo había colocado primero en la fila, y cuando él quiso cambiarse de lugar, se le obligó a permanecer en el sitio. En varias oportunidades Agustín Gardelli se quejó de que no se llamó a ninguno de los testigos por propuestos por él.
Sin embargo hay algo que une los argumentos, tanto del Juez de Instrucción como de la defensa de Gardelli: asociar la sodomía con la malicia. No se trata sólo de un delito, sino de un mal moral, de una desviación grave que afecta el comportamiento de la persona y que, según la defensa de éste último lo involucró y ensució su buen nombre. Para el juez de instrucción, por su parte, los antecedentes delictivos del acusado, así como el testimonio de tres niños había sido suficiente para comprobar la desviación moral del acusado que había violado a un menor de su propio sexo y que por eso quedaba bajo la figura de sodomía. Sin embargo, más allá de esto no existían evidencias que relacionaran a Agustín Gardelli con Roberto Valentini.
La causa, iniciada en enero finalizó el treinta de noviembre de 1797 cuando el Juez Eduardo French absolvió a Agustín Gardelli de los cargos, principalmente a causa de la falta de pruebas, la edad de los testigos (ninguno superaba los 13 años) y las irregularidades del proceso, basadas en la confianza y la “certeza moral” con la que los investigadores se movieron para asegurar la condena del acusado.
Es evidente que de haber ocurrido este mismo hecho en el siglo XVIII o en la primera mitad del XIX, la suerte de Gardelli hubiera sido muy diferente y hubiera tenido que marchar con algún contigente armado a una muerte segura.
El primero de diciembre Agustín Gardelli era puesto libertad: habían cambiado los procesos judiciales, pero la figura delictiva seguía siendo la misma, y lo fue, por mucho tiempo más.
Fuente
"La ceguera de los habitantes de Sodoma", óleo de Carle van Loo.
El incidente ocurrió hacia las tres de la tarde en los terrenos de la antigua Aduana, cerca del lugar que había servido como muelle de pasajeros.
Si bien el caso podría ser caratulado hoy como “violación” fue considerado en la época como “sodomía” al tratarse de un acceso carnal de un varón a otro, más allá de la edad de la víctima y la violencia que habría ejercido Agustín Gardella sobre Roberto Valentini.
Cuatro testigos, uno de nueve, otro de diez, otro de once y el último de trece años aseguraron ver a un hombre “alto y de bigotes” violar al niño. El relato de los testigos conmueve tanto por la crudeza de sus palabras como por la similitud de lo declarado: todos coinciden en que Roberto Valentini fue arrojado violentamente al piso y que gritando de dolor le pedía a su agresor que se detuviera. Al ver esta escena los niños corrieron en busca del padre de la víctima, pero al llegar sólo encontraron a Roberto llorando de dolor y camino a su casa.
Pero fue uno de los testigos presenciales quien amplió su testimonio aportando una información que sorprendió tanto a los investigadores como a quien se acerque hoy al expediente, según Antonio Palomino, esta situación no era la primera vez que ocurría con Roberto, ocurriendo esto “todos los días, unos por la mañana y otros por la tarde; que parece que le gusta a Roberto que le hagan eso, pues él los llama y se los lleva a veces a los huecos o a la letrina de la casa del padre…”
Incluso aportó datos sobre un joven de dieciséis años apodado “el Alemán” y no dudó en señalar a uno de los testigos como “pareja” habitual de Roberto Valentini.
Finalmente, el testigo informó que la supuesta víctima había mantenido relaciones sexuales con uno de los testigos, José Añón de once años. En vano sirvió que Agustín Gardelli desmintiera a sus acusadores o que solicitara varias veces que se llamara a declarar a las personas con las que él había pasado aquel día en una peluquería céntrica: sus antecedentes y la “certeza moral” de que había cometido un delito sirvieron para que el Dr. Luis Navarro ordenara su arresto y trabara embargo sobre todos sus bienes por el valor de m$n 1.000.
Es interesante que el abogado y el acusado utilizaran el testimonio de Antonio Palomino para la defensa: el niño de nueve años era no era sino “un niño vicioso y que andaba entre otros de la misma especie”.
Los informes médicos probaban que Roberto había sufrido acceso carnal, pero no que el mismo había sido realizado por el acusado, quien se trataba, en palabras del abogado defensor de la “víctima”, de una obscura venganza. El mismo Gardelli en una comunicación al magistrado remarcó que los investigadores hicieron todo lo posible para demostrar su culpabilidad, violentando sus derechos. Por ejemplo en la rueda de reconocimiento se utilizaron personas que ni se parecían fisicamente a él y que además se lo había colocado primero en la fila, y cuando él quiso cambiarse de lugar, se le obligó a permanecer en el sitio. En varias oportunidades Agustín Gardelli se quejó de que no se llamó a ninguno de los testigos por propuestos por él.
Sin embargo hay algo que une los argumentos, tanto del Juez de Instrucción como de la defensa de Gardelli: asociar la sodomía con la malicia. No se trata sólo de un delito, sino de un mal moral, de una desviación grave que afecta el comportamiento de la persona y que, según la defensa de éste último lo involucró y ensució su buen nombre. Para el juez de instrucción, por su parte, los antecedentes delictivos del acusado, así como el testimonio de tres niños había sido suficiente para comprobar la desviación moral del acusado que había violado a un menor de su propio sexo y que por eso quedaba bajo la figura de sodomía. Sin embargo, más allá de esto no existían evidencias que relacionaran a Agustín Gardelli con Roberto Valentini.
La causa, iniciada en enero finalizó el treinta de noviembre de 1797 cuando el Juez Eduardo French absolvió a Agustín Gardelli de los cargos, principalmente a causa de la falta de pruebas, la edad de los testigos (ninguno superaba los 13 años) y las irregularidades del proceso, basadas en la confianza y la “certeza moral” con la que los investigadores se movieron para asegurar la condena del acusado.
Es evidente que de haber ocurrido este mismo hecho en el siglo XVIII o en la primera mitad del XIX, la suerte de Gardelli hubiera sido muy diferente y hubiera tenido que marchar con algún contigente armado a una muerte segura.
El primero de diciembre Agustín Gardelli era puesto libertad: habían cambiado los procesos judiciales, pero la figura delictiva seguía siendo la misma, y lo fue, por mucho tiempo más.
Fuente