Mientras tanto, era un privilegio. Directamente de los labios de la ciencia
personificada al bloc de notas. Los muchachos garrapateaban como locos.
Alto y más bien delgado, muy erguido, el director se adentro por la sala. Tenía el
mentón largo y saliente, y dientes más bien prominentes, apenas cubiertos, cuando no
hablaba, por sus labios regordetes, de curvas floreadas. ¿Viejo? ¿Joven? ¿Treinta?
¿Cincuenta? ¿Cincuenta y cinco? Hubiese sido difícil decirlo. En todo caso la cuestión
no llegaba siquiera a plantearse; en aquel año de estabilidad, el 632 después de Ford,
a nadie se le hubiese ocurrido preguntarlo.
—Empezaré por el principio —dijo el director.
Y los más celosos estudiantes anotaron la intención de director en sus blocs de
notas: Empieza por el principio.
—Esto —siguió el director, con un movimiento de la mano— son las incubadoras. —Y
abriendo una puerta aislante les enseñó hileras y más hileras de tubos de ensayo
numerados—. La provisión semanal de óvulos —explicó—. Conservados a la
temperatura de la sangre; en tanto que los gametos masculinos —y al decir esto abrió
otra puerta— deben ser conservados a treinta y cinco grados de temperatura en lugar
de treinta y siete.
La temperatura de la sangre esteriliza.
Los moruecos envueltos en termógeno no engendran corderillos.
Sin dejar de apoyarse en las incubadoras, el director ofreció a los nuevos alumnos,
mientras los lápices corrían ilegiblemente por las páginas, una breve descripción del
moderno proceso de fecundación. Primero habló, naturalmente, de sus prolegómenos
quirúrgicos, la operación voluntariamente sufrida para el bien de la Sociedad, aparte el
hecho de que entraña una prima equivalente al salario de seis meses; prosiguió con
unas notas sobre la técnica de conservación de los ovarios extirpados de forma que se
conserven en vida y se desarrollen activamente; pasó a hacer algunas consideraciones
sobre la temperatura, salinidad y viscosidad óptimas; prendidos y maduros; y,
acompañando a sus alumnos a las mesas de trabajo, les enseñó en la práctica cómo se
retiraba aquel licor de los tubos de ensayo; cómo se vertía, gota a gota, sobre placas de
microscopio especialmente caldeadas; cómo los óvulos que contenía eran
inspeccionados en busca de posibles anormalidades, contados y trasladados a un
recipiente poroso; cómo (y para ello los llevó al sitio donde se realizaba la operación)
este recipiente era sumergido en un caldo caliente que contenía espermatozoos en
libertad, a una concentración mínima de cien mil por centímetro cúbico, como hizo
constar con insistencia; y cómo, al cabo de diez minutos, el recipiente era extraído del
caldo y su contenido volvía a ser examinado; cómo, si algunos de los óvulos seguían
sin fertilizar, era sumergido de nuevo, y, en caso necesario, una tercera vez; cómo los
óvulos fecundados volvían a las incubadoras, donde los Alfas y los Betas permanecían
hasta que eran definitivamente embotellados, en tanto que los Gammas, Deltas y
Epsilones eran retirados al cabo de sólo treinta y seis horas, para ser sometidos al
método de Bokanowsky.
—El método de Bokanowsky —repitió el director.
Y los estudiantes subrayaron estas palabras.
Un óvulo, un embrión, un adulto: la normalidad. Pero un óvulo boklanovskificado
prolifera, se subdivide. De ocho a noventa y seis brotes, y cada brote llegará a formar
un embrión perfectamente constituido y cada embrión se convertirá en un adulto
normal. Una producción de noventa y seis seres humanos donde antes sólo se
conseguía uno. Progreso.
—En esencia —concluyó el D. I. C.—, la bokanowskiflcación consiste en una serie de
paros del desarrollo. Controlamos el crecimiento normal, y paradójicamente, el óvulo
reacciona echando brotes.
Reacciona echando brotes. Los lápices corrían.
El director señaló a un lado. En una ancha cinta que se movía con gran lentitud, un
porta tubos enteramente cargado se introducía en una vasta caja de metal, de cuyo
extremo emergía otro porta tubos igualmente repleto. El mecanismo producía un débil
zumbido. El director explicó que los tubos de ensayo tardaban ocho minutos en
atravesar aquella cámara metálica. Ocho minutos de rayos X era lo máximo que los
óvulos podían soportar. Unos pocos morían; de los restantes, los menos aptos se
dividían en dos; después a las incubadoras, donde los nuevos brotes empezaban a
desarrollarse; luego, al cabo de dos días, se les sometía a un proceso de congelación y
se detenía su crecimiento. Dos, cuatro, ocho, los brotes, a su vez, echaban nuevos
brotes; después se les administraba una dosis casi letal de alcohol; como consecuencia
de ello, volvían a subdividirse —brotes de brotes de brotes— y después se les dejaba
desarrollar en paz, puesto que una nueva detención en su crecimiento solía resultar
fatal. Pero, a aquellas alturas, el óvulo original se había convertido en un número de
embriones que oscilaba entre ocho y noventa y seis, un prodigioso adelanto, hay que
reconocerlo, con respecto a la Naturaleza. Mellizos idénticos, pero no en ridículas
parejas, o de tres en tres, como en los viejos tiempos vivíparos, cuando un óvulo se
escindía de vez en cuando, accidentalmente; mellizos por docenas, por veintenas a un
tiempo.
—Veintenas —repitió el director; y abrió los brazos como distribuyendo generosas
dádivas—. Veintenas.
Pero uno de los estudiantes fue lo bastante estúpido para preguntar en qué consistía
la ventaja,
—¡Pero, hijo mío! —exclamó el director, volviéndose bruscamente hacia él—. ¿De veras
no lo comprende? ¿No puede comprenderlo? —Levantó una mano, con expresión
solemne—. El Método Bokanowsky es uno de los mayores instrumentos de la
estabilidad social.
Uno de los mayores instrumentos de la estabilidad social.
Hombres y mujeres estandardizados, en grupos uniformes. Todo el personal de una
fábrica podía ser el producto de un solo óvulo bokanowskificado.
—¡Noventa y seis mellizos trabajando en noventa y seis máquinas idénticas! —La voz
del director casi temblaba de entusiasmo—. Sabemos muy bien adónde vamos. Por
primera vez en la historia. —Citó la divisa planetaria: Comunidad, Identidad,
Estabilidad. —Grandes palabras—. Si pudiéramos bokanowskificar indefinidamente,
el problema estaría resuelto.
Resuelto por Gammas en serie, Deltas invariables, Epsilones uniformes. Millones de
mellizos idénticos. El principio de la producción en masa aplicado, por fin, a la biología.
—Pero, por desgracia —añadió el director—, no podemos bokanowskificar
indefinidamente.
Al parecer, noventa y seis era el límite, y setenta y dos un buen promedio. Lo más
que podían hacer, a falta de poder realizar aquel ideal, era manufacturar tantos grupos
de mellizos idénticos como fuese posible a partir del mismo ovario y con gametos del
mismo macho. Y aun esto era difícil.
—Porque, por vías naturales, se necesitan treinta años para que doscientos óvulos
alcancen la madurez. Pero nuestra tarea consiste en estabilizar la población en este
momento, aquí y ahora. ¿De qué nos serviría producir mellizos con cuentagotas a lo
largo de un cuarto de siglo?
Evidentemente, de nada. Pero la técnica de Podsnap había acelerado inmensamente
el proceso de la maduración. Ahora cabía tener la seguridad de conseguir como mínimo
ciento cincuenta óvulos maduros en dos años. Fecundación y bokanowskiflcación —es
decir, multiplicación por setenta y dos—, aseguraban una producción media de casi
once mil hermanos y hermanas en ciento cincuenta grupos de mellizos idénticos; y todo
ello en el plazo de dos años.
—Y, en casos excepcionales, podemos lograr que un solo ovario produzca más de
quince mil individuos adultos.
Volviéndose hacia un joven rubio y coloradote que en aquel momento pasaba por
allá, lo llamó:
—Mr. Foster. ¿Puede decimos cuál es la marca de un solo ovario, Mr. Foster?
—Dieciséis mil doce en este Centro —contestó Mr. Foster sin vacilar. Hablaba con gran
rapidez, tenía unos ojos azules muy vivos, y era evidente que le producía un intenso
placer citar cifras—. Dieciséis mil doce, en ciento ochenta y nueve grupos de mellizos
idénticos. Pero, desde luego, se ha conseguido mucho más —prosiguió
atropelladamente— en algunos centros tropicales. Singapur ha producido a menudo
más de dieciséis mil quinientos; y Mombasa ha alcanzado la marca de los diecisiete mil.
Claro que tienen muchas ventajas sobre nosotros. ¡Deberían ustedes ver cómo
reacciona un ovario de negra a la pituitarial Es algo asombroso, cuando uno está
acostumbrado a trabajar con material europeo. Sin embargo —agregó, riendo (aunque
en sus ojos brillaba el fulgor del combate y avanzaba la barbilla retadoramente)—, sin
embargo, nos proponemos batirles, si podemos. Actualmente estoy trabajando en un
maravilloso ovario Delta-menos. Sólo cuenta dieciocho meses de antigüedad. Ya ha
producido doce mil setecientos hijos, decantados o en embrión. Y sigue fuerte. Todavía
les ganaremos.
—¡Éste es el espíritu que me gusta! —exclamó el director; y dio unas palmadas en el
hombro de Mr. Foster—. Venga con nosotros y permita a estos muchachos gozar de los
beneficios de sus conocimientos de experto.
Mr. Foster sonrió modestamente.
—Con mucho gusto —dijo.
Y siguieron la visita. En la Sala de Envasado reinaba una animación armoniosa y una
actividad ordenada. Trozos de peritoneo de cerda, cortados ya a la medida adecuada,
subían disparados en pequeños ascensores, procedentes del Almacén de órganos de
los sótanos. Un zumbido, después un chasquido, y las puertas del ascensor se abrían
de golpe; el Forrador de Envases sólo tenía que alargar la mano, coger el trozo,
introducirlo en el frasco, alisarlo, y antes de que el envase debidamente forrado por el
interior se hallara fuera de su alcance, transportado por la cinta sin fin, un zumbido, un
chasquido, y otro trozo de peritoneo era disparado desde las profundidades, a punto
para ser deslizado en el interior de otro frasco, el siguiente de aquella lenta procesión
que la cinta transportaba.
Después de los Forradores había los Matriculadores. La procesión avanzaba; uno
a uno, los óvulos pasaban de sus tubos de ensayo a unos recipientes más grandes;
diestramente, el forro de peritoneo era cortado, la morula situada en su lugar, vertida la
solución salina... y ya el frasco había pasado y les llegaba la vez a los etiquetadores.
Herencia fecha de fertilización, grupo de Bokanowsky al que pertenecía, todos estos
detalles pasaban del tubo de ensayo al frasco. Sin anonimato ya, con sus nombres a
través de una abertura de la pared, hacia la Sala de Predestinación Social.
—Ochenta y ocho metros cúbicos de fichas —dijo Mr. Foster, satisfecho, al entrar.
—Que contienen toda la información de interés —agregó el director.
—Puestas al día todas las mañanas.
—Y coordinadas todas las tardes.
—En las cuales se basan los cálculos.
—Tantos individuos, de tal y tal calidad —dijo Mr. Foster.
—Distribuidos en tales y tales cantidades.
—El óptimo porcentaje de Decantación en cualquier momento dado.
personificada al bloc de notas. Los muchachos garrapateaban como locos.
Alto y más bien delgado, muy erguido, el director se adentro por la sala. Tenía el
mentón largo y saliente, y dientes más bien prominentes, apenas cubiertos, cuando no
hablaba, por sus labios regordetes, de curvas floreadas. ¿Viejo? ¿Joven? ¿Treinta?
¿Cincuenta? ¿Cincuenta y cinco? Hubiese sido difícil decirlo. En todo caso la cuestión
no llegaba siquiera a plantearse; en aquel año de estabilidad, el 632 después de Ford,
a nadie se le hubiese ocurrido preguntarlo.
—Empezaré por el principio —dijo el director.
Y los más celosos estudiantes anotaron la intención de director en sus blocs de
notas: Empieza por el principio.
—Esto —siguió el director, con un movimiento de la mano— son las incubadoras. —Y
abriendo una puerta aislante les enseñó hileras y más hileras de tubos de ensayo
numerados—. La provisión semanal de óvulos —explicó—. Conservados a la
temperatura de la sangre; en tanto que los gametos masculinos —y al decir esto abrió
otra puerta— deben ser conservados a treinta y cinco grados de temperatura en lugar
de treinta y siete.
La temperatura de la sangre esteriliza.
Los moruecos envueltos en termógeno no engendran corderillos.
Sin dejar de apoyarse en las incubadoras, el director ofreció a los nuevos alumnos,
mientras los lápices corrían ilegiblemente por las páginas, una breve descripción del
moderno proceso de fecundación. Primero habló, naturalmente, de sus prolegómenos
quirúrgicos, la operación voluntariamente sufrida para el bien de la Sociedad, aparte el
hecho de que entraña una prima equivalente al salario de seis meses; prosiguió con
unas notas sobre la técnica de conservación de los ovarios extirpados de forma que se
conserven en vida y se desarrollen activamente; pasó a hacer algunas consideraciones
sobre la temperatura, salinidad y viscosidad óptimas; prendidos y maduros; y,
acompañando a sus alumnos a las mesas de trabajo, les enseñó en la práctica cómo se
retiraba aquel licor de los tubos de ensayo; cómo se vertía, gota a gota, sobre placas de
microscopio especialmente caldeadas; cómo los óvulos que contenía eran
inspeccionados en busca de posibles anormalidades, contados y trasladados a un
recipiente poroso; cómo (y para ello los llevó al sitio donde se realizaba la operación)
este recipiente era sumergido en un caldo caliente que contenía espermatozoos en
libertad, a una concentración mínima de cien mil por centímetro cúbico, como hizo
constar con insistencia; y cómo, al cabo de diez minutos, el recipiente era extraído del
caldo y su contenido volvía a ser examinado; cómo, si algunos de los óvulos seguían
sin fertilizar, era sumergido de nuevo, y, en caso necesario, una tercera vez; cómo los
óvulos fecundados volvían a las incubadoras, donde los Alfas y los Betas permanecían
hasta que eran definitivamente embotellados, en tanto que los Gammas, Deltas y
Epsilones eran retirados al cabo de sólo treinta y seis horas, para ser sometidos al
método de Bokanowsky.
—El método de Bokanowsky —repitió el director.
Y los estudiantes subrayaron estas palabras.
Un óvulo, un embrión, un adulto: la normalidad. Pero un óvulo boklanovskificado
prolifera, se subdivide. De ocho a noventa y seis brotes, y cada brote llegará a formar
un embrión perfectamente constituido y cada embrión se convertirá en un adulto
normal. Una producción de noventa y seis seres humanos donde antes sólo se
conseguía uno. Progreso.
—En esencia —concluyó el D. I. C.—, la bokanowskiflcación consiste en una serie de
paros del desarrollo. Controlamos el crecimiento normal, y paradójicamente, el óvulo
reacciona echando brotes.
Reacciona echando brotes. Los lápices corrían.
El director señaló a un lado. En una ancha cinta que se movía con gran lentitud, un
porta tubos enteramente cargado se introducía en una vasta caja de metal, de cuyo
extremo emergía otro porta tubos igualmente repleto. El mecanismo producía un débil
zumbido. El director explicó que los tubos de ensayo tardaban ocho minutos en
atravesar aquella cámara metálica. Ocho minutos de rayos X era lo máximo que los
óvulos podían soportar. Unos pocos morían; de los restantes, los menos aptos se
dividían en dos; después a las incubadoras, donde los nuevos brotes empezaban a
desarrollarse; luego, al cabo de dos días, se les sometía a un proceso de congelación y
se detenía su crecimiento. Dos, cuatro, ocho, los brotes, a su vez, echaban nuevos
brotes; después se les administraba una dosis casi letal de alcohol; como consecuencia
de ello, volvían a subdividirse —brotes de brotes de brotes— y después se les dejaba
desarrollar en paz, puesto que una nueva detención en su crecimiento solía resultar
fatal. Pero, a aquellas alturas, el óvulo original se había convertido en un número de
embriones que oscilaba entre ocho y noventa y seis, un prodigioso adelanto, hay que
reconocerlo, con respecto a la Naturaleza. Mellizos idénticos, pero no en ridículas
parejas, o de tres en tres, como en los viejos tiempos vivíparos, cuando un óvulo se
escindía de vez en cuando, accidentalmente; mellizos por docenas, por veintenas a un
tiempo.
—Veintenas —repitió el director; y abrió los brazos como distribuyendo generosas
dádivas—. Veintenas.
Pero uno de los estudiantes fue lo bastante estúpido para preguntar en qué consistía
la ventaja,
—¡Pero, hijo mío! —exclamó el director, volviéndose bruscamente hacia él—. ¿De veras
no lo comprende? ¿No puede comprenderlo? —Levantó una mano, con expresión
solemne—. El Método Bokanowsky es uno de los mayores instrumentos de la
estabilidad social.
Uno de los mayores instrumentos de la estabilidad social.
Hombres y mujeres estandardizados, en grupos uniformes. Todo el personal de una
fábrica podía ser el producto de un solo óvulo bokanowskificado.
—¡Noventa y seis mellizos trabajando en noventa y seis máquinas idénticas! —La voz
del director casi temblaba de entusiasmo—. Sabemos muy bien adónde vamos. Por
primera vez en la historia. —Citó la divisa planetaria: Comunidad, Identidad,
Estabilidad. —Grandes palabras—. Si pudiéramos bokanowskificar indefinidamente,
el problema estaría resuelto.
Resuelto por Gammas en serie, Deltas invariables, Epsilones uniformes. Millones de
mellizos idénticos. El principio de la producción en masa aplicado, por fin, a la biología.
—Pero, por desgracia —añadió el director—, no podemos bokanowskificar
indefinidamente.
Al parecer, noventa y seis era el límite, y setenta y dos un buen promedio. Lo más
que podían hacer, a falta de poder realizar aquel ideal, era manufacturar tantos grupos
de mellizos idénticos como fuese posible a partir del mismo ovario y con gametos del
mismo macho. Y aun esto era difícil.
—Porque, por vías naturales, se necesitan treinta años para que doscientos óvulos
alcancen la madurez. Pero nuestra tarea consiste en estabilizar la población en este
momento, aquí y ahora. ¿De qué nos serviría producir mellizos con cuentagotas a lo
largo de un cuarto de siglo?
Evidentemente, de nada. Pero la técnica de Podsnap había acelerado inmensamente
el proceso de la maduración. Ahora cabía tener la seguridad de conseguir como mínimo
ciento cincuenta óvulos maduros en dos años. Fecundación y bokanowskiflcación —es
decir, multiplicación por setenta y dos—, aseguraban una producción media de casi
once mil hermanos y hermanas en ciento cincuenta grupos de mellizos idénticos; y todo
ello en el plazo de dos años.
—Y, en casos excepcionales, podemos lograr que un solo ovario produzca más de
quince mil individuos adultos.
Volviéndose hacia un joven rubio y coloradote que en aquel momento pasaba por
allá, lo llamó:
—Mr. Foster. ¿Puede decimos cuál es la marca de un solo ovario, Mr. Foster?
—Dieciséis mil doce en este Centro —contestó Mr. Foster sin vacilar. Hablaba con gran
rapidez, tenía unos ojos azules muy vivos, y era evidente que le producía un intenso
placer citar cifras—. Dieciséis mil doce, en ciento ochenta y nueve grupos de mellizos
idénticos. Pero, desde luego, se ha conseguido mucho más —prosiguió
atropelladamente— en algunos centros tropicales. Singapur ha producido a menudo
más de dieciséis mil quinientos; y Mombasa ha alcanzado la marca de los diecisiete mil.
Claro que tienen muchas ventajas sobre nosotros. ¡Deberían ustedes ver cómo
reacciona un ovario de negra a la pituitarial Es algo asombroso, cuando uno está
acostumbrado a trabajar con material europeo. Sin embargo —agregó, riendo (aunque
en sus ojos brillaba el fulgor del combate y avanzaba la barbilla retadoramente)—, sin
embargo, nos proponemos batirles, si podemos. Actualmente estoy trabajando en un
maravilloso ovario Delta-menos. Sólo cuenta dieciocho meses de antigüedad. Ya ha
producido doce mil setecientos hijos, decantados o en embrión. Y sigue fuerte. Todavía
les ganaremos.
—¡Éste es el espíritu que me gusta! —exclamó el director; y dio unas palmadas en el
hombro de Mr. Foster—. Venga con nosotros y permita a estos muchachos gozar de los
beneficios de sus conocimientos de experto.
Mr. Foster sonrió modestamente.
—Con mucho gusto —dijo.
Y siguieron la visita. En la Sala de Envasado reinaba una animación armoniosa y una
actividad ordenada. Trozos de peritoneo de cerda, cortados ya a la medida adecuada,
subían disparados en pequeños ascensores, procedentes del Almacén de órganos de
los sótanos. Un zumbido, después un chasquido, y las puertas del ascensor se abrían
de golpe; el Forrador de Envases sólo tenía que alargar la mano, coger el trozo,
introducirlo en el frasco, alisarlo, y antes de que el envase debidamente forrado por el
interior se hallara fuera de su alcance, transportado por la cinta sin fin, un zumbido, un
chasquido, y otro trozo de peritoneo era disparado desde las profundidades, a punto
para ser deslizado en el interior de otro frasco, el siguiente de aquella lenta procesión
que la cinta transportaba.
Después de los Forradores había los Matriculadores. La procesión avanzaba; uno
a uno, los óvulos pasaban de sus tubos de ensayo a unos recipientes más grandes;
diestramente, el forro de peritoneo era cortado, la morula situada en su lugar, vertida la
solución salina... y ya el frasco había pasado y les llegaba la vez a los etiquetadores.
Herencia fecha de fertilización, grupo de Bokanowsky al que pertenecía, todos estos
detalles pasaban del tubo de ensayo al frasco. Sin anonimato ya, con sus nombres a
través de una abertura de la pared, hacia la Sala de Predestinación Social.
—Ochenta y ocho metros cúbicos de fichas —dijo Mr. Foster, satisfecho, al entrar.
—Que contienen toda la información de interés —agregó el director.
—Puestas al día todas las mañanas.
—Y coordinadas todas las tardes.
—En las cuales se basan los cálculos.
—Tantos individuos, de tal y tal calidad —dijo Mr. Foster.
—Distribuidos en tales y tales cantidades.
—El óptimo porcentaje de Decantación en cualquier momento dado.