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De ignorantes nada,los liquidadores de Chernobyl[Info+Bonus]

Info1/31/2011
Hola !,bueno ,me gustaría compartir con ustedes este informe que encontré en la web acerca de los liquidadores de chernobyl + un testimonio muy interesante de una de sus esposas.No lo ví por acá en T! así que cualquier cosa avisen que lo borro.Al igual que muchos de ustedes seguramente ,el tema Chernobyl me interesa mucho ,y más estas personas ,las que hoy en día descansan olvidados o viven devastados por los efectos fatales de aquél 26 de abril.Lean ustedes nomás.




LOS TRES SÚPER HÉROES DE CHERNOBYL

por "La pizarra de Yuri"

Puede que salvaran a millones de personas sacrificando sus vidas, y ya nadie se acuerda


Es una de las historias más conocidas de nuestro tiempo: el día 26 de abril de 1986, el reactor nº 4 de la central nuclear de Chernóbyl estalló durante el transcurso de una prueba de seguridad mal ejecutada, a consecuencia de 24 horas de manipulaciones insensatas y más de doscientas violaciones del Reglamento de Seguridad Nuclear de la Unión Soviética. Estas acciones condujeron al envenenamiento por xenón del núcleo, llevándolo a un embalamiento neutrónico seguido por una excursión de energía que culminó en dos grandes explosiones a las 01:24 de la madrugada.

Sobre Chernóbyl se han contado muchas mentiras. Y las han contado todos, desde las autoridades soviéticas de su tiempo hasta la industria nuclear occidental, pasando por los propagandistas de todos los signos y la colección de conspiranoicos habituales. Hay una de ellas que me molesta de modo particular, y es esa de que los liquidadores –el casi millón de personas que acudieron a encargarse del problema– eran una horda de pobres ignorantes llevados allí sin saber la clase de monstruo que tenían delante. Y me molesta porque constituye un desprecio a su heroísmo.

Y porque es radicalmente falso. Una turba ignorante no sirve para nada en un accidente tecnológico tan complejo. Los equipos de liquidadores estaban compuestos, sobre todo, por bomberos, científicos y especialistas de la industria nuclear; tropas terrestres y aéreas preparadas para la guerra atómica; e ingenieros de minas, geólogos y mineros del uranio, debido a su amplia experiencia en la manipulación de estas sustancias. Es necio suponer que esta clase de personas ignoraban los peligros de un reactor nuclear destripado cuyos contenidos ves brillar ante tus ojos en un enorme agujero.


Los liquidadores acudieron, sabían lo que tenían ante sí, y a pesar de ello realizaron su trabajo con enorme valor y responsabilidad. Cientos, miles de ellos, de manera heroica hasta el escalofrío. Los bomberos que se turnaban entre vómitos y diarreas radiológicas para subir al mítico tejado de Chernóbyl, donde había más de 40.000 roentgens/hora, para apagar desde allí los incendios (la radiación ambiental normal son unos 20 microrroentgens/hora). Los pilotos que detenían sus helicópteros justo encima del reactor abierto y refulgente para vaciar sobre él los buckets de arena y arcilla con plomo y boro. Los técnicos y soldados que corrían a toda velocidad por las galerías devastadas cantándose a gritos las lecturas de los contadores Geiger y los cronómetros para romper paredes, restablecer conexiones y bloquear canalizaciones en turnos de cuarenta o sesenta segundos alrededor de la sala de turbinas (20.000 roentgens/hora). Los mineros e ingenieros que trabajaban en túneles subterráneos, inundándose constantemente con agua de siniestro brillo azul, para instalar las tuberías de un cambiador de calor que le robase algo de temperatura al núcleo fundido y radiante a escasos metros de distancia. Los miles de trabajadores y arquitectos que levantaban el sarcófago a su alrededor, retiraban del entorno los escombros furiosamente radioactivos y evacuaban a la población. Salvo a los soldados, sometidos a disciplina militar, a nadie se le prohibía coger el petate e irse si no quería seguir allí; casi nadie lo hizo. Es más: muchos de ellos llegaron como voluntarios desde toda la URSS, especialmente muchos estudiantes y posgraduados de las facultades de física e ingeniería nuclear. [b]Esta fue la clase de hombres y no pocas mujeres que algunos creen o quieren creer una turba ignorante y patética[/b]. Esto fueron los liquidadores.






Un helicóptero Mi-8 toca los cables de una grúa utilizada en la construcción del sarcófago y cae mientras intenta descargar arena con boro sobre el reactor abierto, el 2 de octubre. Las operaciones de liquidación se extendieron durante más de un año.



Les llamaban, y se llamaban a sí mismos, los bio-robots, que seguían funcionando cuando el acero cedía y las máquinas fallaban. No lo hicieron por el dinero, ni por la fama, de lo que tuvieron bien poco. Lo hicieron por responsabilidad, por humanidad y porque alguien tenía que hacer el maldito trabajo. Hoy quiero hablar de tres de ellos, que hicieron algo aún más extraordinario en un lugar donde el heroísmo era cosa corriente. Por eso, sólo se me ocurre denominarlos los tres superhéroes de Chernóbyl.


El monstruo del agua que brilla en azul.




Lo único que hay de cierto en estas suposiciones sobre la ignorancia de los liquidadores es que, en las primeras horas, no sabían que había estallado el reactor. Pero no lo sabían porque nadie lo sabía. La misma lógica errónea de los responsables de la instalación que provocó el accidente les hizo creer que había estallado el intercambiador de calor, no el reactor; y así lo informaron tanto al personal que acudía como a sus superiores. Hay una historia un tanto chusca sobre cómo los aviones que llevaban al lugar a destacados miembros de la Academia de Ciencias de la URSS se dieron la vuelta en el aire por órdenes del KGB cuando éste descubrió, a través de su equipo de protección de la central, que había explotado el reactor (además de sus atribuciones de espionaje por el que es tan conocido, el KGB "uniformado" desempeñaba en la Unión Soviética un papel muy parecido al de nuestra Guardia Civil, exceptuando tráfico pero incluyendo la seguridad de las instalaciones radiológicas).






En la mañana inmediatamente posterior al accidente, un helicóptero militar obtiene las primeras tomas de video donde se observa el reactor abierto y fundiéndose.


Debido a este motivo, en un primer momento se echaron sobre el agujero millones de litros de agua y nitrógeno líquido, con el propósito de mantener frío y proteger así el reactor que creían a salvo y sellado más allá de las llamas y el denso humo negro. Esto contribuyó a empeorar las consecuencias del siniestro, pues el agua se vaporizaba instantáneamente al tocar el núcleo fundido a más de 2.000 ºC; y salía disparada hacia la estratosfera en forma de grandes nubes de vapor que el viento arrastraría en todas direcciones.

De todos modos, tenía poco arreglo: era preciso apagar los enormes incendios. Cuando el fuego quedó extinguido por fin, no sólo había pasado la contaminación al aire, sino que ahora tenían una gran cantidad de agua acumulada en las piscinas de seguridad bajo el reactor. Estas piscinas de seguridad, conocidas como piscinas de burbujas, se hallaban en dos niveles inferiores y tenían por función contener agua por si fuese preciso enfriar de emergencia el reactor. También servían para condensar vapor y reducir la presión en caso de que se rompiera alguna tubería del circuito primario (de ahí su nombre), junto a un tercer nivel que actuaba de conducción, inmediatamente debajo del reactor. Así, en caso de ruptura de alguna canalización, el vapor se vería obligado a circular por este nivel de conducción y escapar a través de una capa de agua, lo que reduciría su peligrosidad.

Ahora, después de la aniquilación, estas piscinas inferiores estaban llenas a rebosar con agua procedente de las tuberías reventadas del circuito primario y de la utilizada por los bomberos para apagar el incendio y en el vano intento de mantener frío el reactor. Y sobre ellas se encontraba el reactor abierto, fundiéndose lentamente en forma de lava de corio a 1.660 ºC. En cualquier momento podían empezar a caer grandes goterones de esta lava poderosamente radioactiva, o incluso el conjunto completo, provocando así una o varias explosiones de vapor que proyectasen a la atmósfera cientos de toneladas de este corio. Eso habría multiplicado a gran escala la contaminación provocada por el accidente, destruyendo el lugar y afectando gravemente a toda Europa. Además, la mezcla de agua y corio radioactivos escaparían y se infiltrarían al subsuelo, contaminando las aguas subterráneas y poniendo en grave peligro el suministro a la cercana ciudad de Kiev, con dos millones y medio de habitantes, en una especie de síndrome de China.


Se tomó, pues, la decisión de vaciar estas piscinas de manera controlada. En condiciones normales, esto habría sido una tarea fácil: bastaba con abrir sus esclusas mediante una sencilla orden al ordenador SKALA que gestionaba la central, y el agua fluiría con seguridad a un reservorio exterior. Pero con los sistemas de control electrónico destruidos, esto no resultaba posible. De hecho, la única manera de hacerlo ahora era actuando manualmente las válvulas. El problema es que las válvulas estaban bajo el agua, dentro de la piscina, cerca del fondo lleno de escombros altamente radioactivos que la hacían brillar tenuemente en color azul por radiación de Cherenkov. Justo debajo del reactor que se fundía, emitiendo un siniestro brillo rojizo.

sí pues, como las máquinas ya no podían, era trabajo para los bio-robots.Alguien tendría que caminar, un paso detrás del otro, hacia el reactor reventado y ardiente a lo largo de un grisáceo campo de destrucción donde la radioactividad era tan intensa que provocaba un sabor metálico en la boca, confusión en la cabeza y como agujas en la piel. Viendo cómo tus manos se broncean por segundos, como después de semanas bajo el sol. Y luego sumergirse en el agua oleaginosa y de brillo tenuemente azul, con el inestable monstruo radioactivo encima de las cabezas, para abrir las válvulas a mano: una operación difícil y peligrosa incluso en circunstancias normales.

Ese era un viaje sólo de ida.
Al parecer, la decisión sobre quién lo haría se tomó de manera muy simple; con aquella vieja frase que, a lo largo de la historia de la humanidad, siempre bastó a los héroes:

–Yo iré.


Los tres hombres que fueron


Los dos primeros en ofrecerse voluntarios fueron Alexei Ananenko y Valeriy Bezpalov. Alexei Ananenko era un prestigioso tecnólogo de la industria nuclear soviética, que había participado extensivamente en el desarrollo y construcción del complejo electronuclear de Chernóbyl: cooperó en el diseño de las esclusas y sabía dónde estaban ubicadas exactamente las válvulas. Casado, tenía un hijo. Valeriy Bezpalov era uno de los ingenieros que trabajaban en la central, ocupando un puesto de responsabilidad en el departamento de explotación. Estaba también casado, con una niña y dos niños de corta edad.

Los dos eran ingenieros nucleares. Los dos comprendían más allá de toda duda que se disponían a caminar de cara hacia la muerte.

Mientras se ponían sus trajes de submarinismo sentados en un banco, observaron que necesitarían un ayudante para sujetarles la lámpara subacuática desde el borde de la piscina mientras ellos trabajaban en las profundidades. Y miraron a los ojos a los hombres que tenían alrededor. Entonces uno de ellos, un joven trabajador de la central sin familia llamado Boris Baranov, se alzó de hombros y dijo aquella otra frase que casi siempre ha seguido a la anterior:

–Yo iré con vosotros.

Era media mañana cuando los héroes Alexei Ananenko, Valeriy Bezpalov y Boris Baranov se tomaron un chupito de vodka para darse valor, agarraron las cajas de herramientas y echaron a andar hacia la lava radioactiva en que se había convertido el reactor número 4 del complejo electronuclear de Chernóbyl. Así, sin más.

Ante los ojos encogidos de quienes quedaron atrás, los tres camaradas caminaron los mil doscientos metros que había hasta el nivel –0,5, dicen que conversando apaciblemente entre sí. Qué tal, cuánto tiempo sin verte, qué tal tus hijos, a ti no te conocía, chaval, yo es que no soy de por aquí. O parece que hoy vamos a trabajar un poco juntos, igual podemos acceder mejor por ahí, yo voy a la válvula de la derecha y tú a la de la izquierda, tú ilumínanos desde allá, parece que va a llover, ¿no?, E incluso está bien buena la secretaria del ingeniero Kornilov, ¿eh?, ya lo creo, menudo meneo le arrearía, pues me parece que este año el Dinamo de Moscú no gana la liga. Esas cosas de las que hablan los bio-robots mientras ven cómo su piel se oscurece lentamente, se les va un poquito la cabeza debido a la ionización de las neuronas y la boca les sabe a uranio cada vez más, conteniendo la náusea, sacudiéndose incómodamente porque es como si un millón de duendes maléficos te estuvieran clavando agujas en la piel. Cinco mil roentgens/hora, llaman a eso.


Lectura de un geiger frente al reactor.

Y bajo aquel cielo gris y los restos fulgurantes de un reactor nuclear, los héroes Alexei Ananenko y Valeriy Bezpalov se sumergieron en la piscina de burbujas del nivel –0,5, con una radioactividad tan sólida que se podía sentir, mientras su camarada Boris Baranov les sujetaba la lámpara subacuática. Ésta estaba dañada y falló poco después. Desde el exterior, ya nadie les oía ni les veía.

Pero, de pronto, las esclusas comenzaron a abrirse, y un millón de metros cúbicos de agua radioactiva escaparon en dirección al reservorio seguro preparado a tal efecto. Lo habían logrado. Alguien murmuró que los héroes Ananenko, Bezpalov y Baranov acababan de salvar a Europa. Resulta difícil determinar hasta qué punto tenía razón.


Monumento dedicado a los liquidadores,en la central de Chernobyl.

Hay versiones contradictorias sobre lo que sucedió después. La más tradicional dice que jamás regresaron, y siguen sepultados allí. La más probable asegura que llegaron a salir de la piscina y celebrar su victoria riendo y abrazándose a los mismísimos pies del monstruo, en el borde de la piscina; e incluso lograron regresar sus cuerpos, aunque no sus vidas. Murieron poco después, de síndrome radioactivo extremo, en hospitales de Kiev y Moscú. Aún otra más, que se me antoja casi imposible, sugiere que Ananenko y Bezpalov perecieron, pero el joven trabajador Baranov pudo sobrevivir y anda o anduvo un tiempo por ahí.

Esta es la historia de Alexei Ananenko, Valeriy Bezpalov y Boris Baranov, los tres superhéroes de Chernóbyl, de quienes se dice que salvaron a Europa o al menos a algún que otro millón de personas en miles de kilómetros a la redonda un frío día de abril. Fueron a la muerte conscientemente, deliberadamente, por responsabilidad y humanidad y sentido del honor, para que los demás pudiésemos vivir. Cuando alguien piense que este género humano nuestro no tiene salvación, siempre puede recordar a hombres como estos y otros cientos o miles por el estilo que también estuvieron por allí. No circulan fotos de ellos, ni han hecho superproducciones de Hollywood, y hasta sus nombres son difíciles de encontrar. Pero hoy, veinticuatro años después, yo brindo en su recuerdo, me cuadro ante su memoria y les doy mil veces las gracias. Por ir.

Si querés saber más , en "La Pizarra de Yuri" (blog de donde saqué el informe) recomiendan de lectura de:
La verdad sobre Chernóbyl, con prólogo del Premio Nobel Andrei Sakharov (1991), escrito por el ingeniero nuclear Grigory Medvédev, un profundo conocedor de este complejo electronuclear y de la política energética soviética. Incluye un relato exhaustivo del accidente y haciendo honor a su título, es el que menos mentiras cuenta según mi opinión(de yuri). Link por si querés verlo en inglés
Y el documental:
El corazón de Chernobyl:El famoso documental ,nominado a los oscars.Si sos de ARgentina lo podés ver en Infinito este 5 de febrero a las 23:3o =D.


Y ahora,les dejo un relato que anda rondando por diversos sitios de internet ,el testimonio de Liudmila Ignatenko, esposa del bombero fallecido Vasili Ignatenko.Sé que da paja por que es mucho ,pero vale la pena de verdad,No sé de verdad qué senti´cuando lo leí por primera vez,pero es desgarrador ,como casi todo lo que está relacionado con el costo de vidas humanas.Diganme ustedes qué sintieron:

UNA SOLITARIA VOZ HUMANA

No sé de qué hablar. ¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo? ¿De qué?

...Nos habíamos casado no hacía mucho. Aún íbamos por la calle agarrados de la mano, hasta cuando íbamos de compras... Yo le decía: “Te quiero”. Pero aún no sabía cómo le quería... No me lo imaginaba... Vivíamos en la residencia de la unidad de bomberos, donde él trabajaba. En el piso de arriba. Y otras tres familias jóvenes, con una sola cocina para todos. Y abajo, en el primero, estaban los coches. Unos camiones rojos de bomberos. Éste era su trabajo. Yo siempre estaba al corriente: dónde se encontraba, qué le pasaba.
En medio de la noche oí un ruido. Miré por la ventana. Él me vio: “Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Vendré pronto”.
No vi la explosión. Sólo las llamas. Todo parecía iluminado... El cielo entero... Unas llamas altas. Y hollín. Una calor horrorosa. Y él seguía sin regresar. El hollín era porque ardía el alquitrán; el techo de la central estaba cubierto de asfalto. Sobre el que la gente andaba, como él después recordaba, igual que sobre resina. Sofocaban las llamas. Tiraban el grafito ardiendo con los pies... Se fueron sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les avisó; los llamaron a un incendio normal...
Las cuatro... Las cinco... Las seis... A las seis nos disponíamos a ir a ver a sus padres. A plantar patatas. De la ciudad de Prípiat hasta la aldea Sperizhie, donde vivían sus padres, hay cuarenta kilómetros. A sembrar, arar... Era su trabajo favorito... Su madre recordaba a menudo cómo ni ella ni su padre querían dejarlo marchar a la ciudad; le construyeron incluso una casa nueva. Pero se lo llevaron al ejército. Sirvió en Moscú, en las tropas de bomberos, y cuando regresó sólo quería ser bombero. No quería ser otra cosa. (Calla.)
A veces me parece oír su voz... Oírle vivo... Ni siquiera las fotografías me producen tanto efecto como la voz. Pero no me llama nunca... Y en sueños... Soy yo quien lo llamo...

Las siete... A las siete me comunicaron que estaba en el hospital. Corrí allí, pero el hospital ya estaba acordonado por la milicia; no dejaban pasar a nadie. Sólo entraban las ambulancias. Los milicianos gritaban: los coches están irradiados, no os acerquéis. No sólo yo, todas las mujeres vinieron, todas cuyos maridos estuvieron aquella noche en la central.

Prohibido pasar


Corrí en busca de una conocida que trabajaba de médico en aquel hospital. La agarré de la bata cuando salía de un coche: “¡Hazme pasar!” -- “¡No puedo! Está mal. Todos están mal”. Yo la tenía agarrada: “Sólo verlo”. -- “Bueno --me dice-- corre. Quince - veinte minutos”.
Lo vi... Estaba hinchado, inflado todo... Casi no tenía ojos... “¡Leche!.. ¡Mucha leche! --me dijo mi conocida--. Que beba tres litros al menos”. -- “Él no toma leche”. -- “Pues ahora la beberá”.
Muchos médicos, enfermeras y especialmente las auxiliares de este hospital, al cabo de un tiempo, se pondrían enfermas... Morirían... Pero entonces nadie lo sabía...

A las diez de la mañana murió el técnico Shishenok... Fue el primero... El primer día... Luego supimos que bajo los escombros se quedó otro -- Valera Jodemchuk. No lograron sacarlo. Lo emparedaron con el hormigón. Entonces aún no sabíamos que todos ellos serían los primeros...
Le pregunto: “Vasia , ¿qué hacer?” -- “¡Vete de aquí! ¡Vete! Esperas un niño”. Estoy embarazada, es cierto. Pero ¿cómo lo voy a dejar? Me pide: “¡Vete! ¡Salva al crío!” -- “Primero te he de traer leche, y luego veremos”.

Llega mi amiga Tania Kibenok... Su marido está en la misma sala... Ha venido con su padre, que tiene coche. Nos subimos al coche y vamos a la primera aldea a por leche. A unos tres kilómetros de la ciudad... Compramos muchas garrafas de tres litros de leche... Seis, para que hubiera para todos... Pero la leche les provocaba unos vómitos terribles... Perdían el sentido sin parar, les pusieron el gota a gota. Los médicos aseguraban, no sé por qué, que se habían envenenado con los gases, nadie hablaba de la radiación.
Entre tanto la ciudad se llenó de coches militares, se cerraron todas las carreteras... Dejaron de circular los trenes de cercanías, los expresos... Lavaban las calles con un polvo blanco... Me sentí alarmada: ¿cómo iba a llegar al día siguiente al pueblo para comprarle leche fresca? Nadie hablaba de la radiación... Sólo los militares iban con caretas. La gente de la ciudad llevaba su pan de las tiendas, las bolsas abiertas con los bollos... En los estantes había pasteles...

Por la noche no me dejaron entrar en el hospital... Un mar de gente alrededor... Yo me encontraba frente a su ventana; él se acercó a ella y me gritó algo. ¡Se le veía tan desesperado! Entre la muchedumbre alguien entendió lo que decía: aquella noche se los llevaban a Moscú. Las esposas se arremolinaron todas en un corro. Decidimos: vamos con ellos. ¡Dejadnos estar con nuestros maridos! ¡No tenéis derecho! Quisimos pasar a golpes, a arañazos. Los soldados, ya estaban los soldados, nos impedían pasar a empujones. Entonces salió el médico y nos confirmó que se los llevaban aquella noche en avión a Moscú, que debíamos traerles ropa; la que llevaban en la central se había quemado. Los autobuses ya no iban, y fuimos a pie, corriendo a casa. Cuando volvimos con las bolsas, el avión ya se había marchado... Nos engañaron a propósito... Para que no gritáramos, ni lloráramos...

Mujer llora por su esposo,en el monumento en Kiev.

Llegó la noche... A un lado de la calle, autobuses, cientos de autobuses (ya estaban preparando la evacuación de la ciudad), y al otro, centenares de coches de bomberos. Los trajeron de todas partes. Toda la calle, cubierta de espuma blanca... Íbamos pisando aquella espuma... Gritando y jurando...

La evacuación y el hospital

Por la radio dijeron que evacuarían la ciudad, para tres o, a lo mejor, cinco días. Llévense consigo ropa de invierno y de deporte, porque vais a vivir en el bosque. En tiendas de campaña. La gente hasta se alegró: ¡al campo! Allí celebraremos el primero de mayo. Algo inusual. La gente preparaba carne de asar para el camino. Se llevaban las guitarras, los magnetófonos... Sólo lloraban aquellas a cuyos maridos les había pasado algo.

No recuerdo el viaje. Cuando vi a su madre fue como si despertara: “¡Mamá, Vasia está en Moscú! ¡Se lo llevaron en un vuelo especial!” Acabamos de sembrar el huerto (¡y a la semana evacuarían la aldea!). ¿Quién lo iba a saber? Por la noche tuve un ataque de vómito. Era mi sexto mes de embarazo. Me sentía tan mal...
Por la noche sueño que me llama. Mientras estuvo vivo me llamaba en sueños: “¡Liusia, Liusia!”. Pero después de muerto, ni una vez. No me llamó ni una vez. (Llora.) Me levanto por la mañana y me digo: me voy a Moscú. Yo que... “Adónde vas a ir en tu estado?” -- me dice llorando su madre. También se vino conmigo el padre. Sacó todo el dinero. Sacó todo el dinero de la libreta, todo el que tenían. Todo...

No recuerdo el viaje. Todo el camino también se me borró de la cabeza... En Moscú preguntamos al primer miliciano a qué hospital habían llevado a los bomberos de Chernóbyl, y nos lo dijo; yo hasta me sorprendí, porque nos habían asustado: no os lo dirán, es un secreto de Estado, ultra-secreto...
--A la clínica número seis. A la “Schúkinskaya”.
En el hospital, era una clínica especial de radiología, no dejaban entrar sin pases. Le di dinero a la vigilante de guardia y ésta que me dice: “Largo” No sé a quién más le rogué, le imploré... Lo cierto es que ya estoy en el despacho de la jefa de la sección de radiología: Anguelina Vasílievna Guskova. Entonces aún no sabía como se llamaba, no se me quedaba nada en la cabeza. Lo único que sabía era que debía verlo...
Ella me preguntó en seguida:
--¿Tiene usted hijos?
¿¡Cómo iba a decirle la verdad!? Está claro que tengo que esconderle mi embarazo. ¡No me lo dejaría ver! Menos mal que soy delgadita y no se me nota nada.
--Sí --le contesto.
--¿Cuantos?
Pienso: “He de decirle que dos. Si es sólo uno, tampoco me dejará pasar.”
-- Un niño y una niña.
--Bueno, si son dos, no creo que vayas a tener más. Ahora escucha: su sistema nervioso central está dañado por completo; la médula está completamente dañada...
“Bueno, pensé, se volverá algo más nervioso”.
--Y óyeme bien: si te pones a llorar, te echo al instante. No os podéis abrazar, ni besar. No te acerques mucho. Te doy media hora.
Pero yo ya sabía que no me iría de allí. Si me iba sería con él. ¡Me lo había jurado!
Entro... Los veo sentados sobre las camas, jugando a cartas, se ríen.
--¡Vasia! -- lo llaman.
Se da la vuelta.
--¡Vaya! ¡Hasta aquí me ha encontrado! ¡Estoy perdido!
Daba risa verlo, con su pijama del cuarenta y ocho, él, que usa un cincuenta y dos. Las mangas cortas, los pantalones... Pero ya se le había ido la hinchazón de la cara... Les inyectaban no sé qué solución...
--¿Tú, perdido? --le pregunto.
Y él que ya quiere abrazarme.
--Sentadito --la médico no lo deja acercarse a mí--. Nada de abrazos aquí.
No sé cómo pero hicimos de eso una broma. Y al momento todos se acercaron a nosotros; hasta de las otras salas. Todos eran de los nuestros. De Prípiat. Porque fueron veintiocho los que trajeron en avión. ¿Qué hay de nuevo? ¿Qué pasa en la ciudad? Yo les cuento que han empezado a evacuar a la gente, que se llevan afuera toda la ciudad por unos tres o cinco días. Los muchachos callan; pero había allí también dos mujeres, una de ellas estaba de guardia en la entrada el día del accidente, y la mujer rompió a llorar:
--¡Dios mío! Allí están mis hijos. ¿Qué será de ellos?
Yo tenía ganas de estar a solas con él, bueno, aunque fuera un solo minuto. Los muchachos se dieron cuenta de la situación y cada uno se inventó un pretexto para salir al pasillo. Entonces lo abracé y lo besé. Él se apartó.
--No te sientes cerca. Toma una silla.
--Todo eso son bobadas -- le dije quitándole importancia--. ¿Tú viste dónde se produjo la explosión? ¿Qué ha sido eso? Porque vosotros fuisteis los primeros en llegar...
--Lo más seguro es que sea un sabotaje. Alguien lo ha hecho a propósito. Todos los muchachos piensan lo mismo.
Entonces decían eso. Y lo pensaban.

Al día siguiente, cuando llegué, ya los habían separado; cada uno en una sala aparte. Les habían prohibido categóricamente salir al pasillo. Hablarse. Se comunicaban golpeando la pared. Punto-guión, punto-guión... Los médicos lo explicaron diciendo que cada organismo reacciona de manera diferente a las dosis de radiación, de manera que lo que aguanta uno puede que no lo resista otro. Allí donde estaban ellos hasta las paredes reaccionaban al geyger. A la derecha, a la izquierda y en el piso de abajo. Sacaron de allí a todo el mundo, no dejaron a ni un solo paciente... Debajo y encima, nadie...

Viví tres días en casa de unos conocidos en Moscú. Mis conocidos me decían: toma la cazuela, toma la olla, todo lo que necesites. Y yo hacía una sopa de pavo para seis personas. Para seis de nuestros muchachos... Los bomberos... El mismo turno... Todos estaban de guardia aquella noche: Vaschuk, Kibenok, Titenok, Právik, Tischura.
En la tienda les compré a todos pasta de dientes, cepillos, jabón. No había nada de esto en el hospital. Les compré toallas pequeñas... Ahora me admiro de mis conocidos; ellos tenían miedo, por supuesto, no podían no tenerlo, ya corrían todo tipo de rumores, pero, de todos modos, se prestaban a ayudarme: toma todo lo que necesites. ¡Tomalo! ¿Cómo está él? ¿Cómo se encuentran todos? ¿Saldrán con vida? Con vida... (Calla).

Entonces me encontré con mucha gente buena, no los recuerdo a todos. El mundo se redujo a un solo punto... Se achicó... Era él... Sólo él... Recuerdo a una auxiliar ya mayor, que me preparaba: “Algunas enfermedades no se curan. Debes sentarte junto a él y acariciarle la mano”.
Por la mañana temprano voy al mercado, de ahí a casa de mis conocidos, preparo el caldo. Hay que rayarlo todo, desmenuzarlo. Uno me pidió: “Trae una manzana”. Con seis botes de medio litro... ¡Siempre para seis! Y al hospital.... Me quedo allí hasta la noche. Y luego, de nuevo a la otra punta de la ciudad. ¿Cuánto hubiera podido resistir? Pero a los tres días me ofrecieron quedarme en el hotel destinado al personal sanitario, en el territorio del mismo hospital. ¡¡Dios mío, que dicha!!
--Pero allí no hay cocina. ¿Cómo voy a prepararles la comida?
--Ya no tiene que cocinar. Sus estómagos han dejado de asimilar alimentos.
Empezó a cambiar. Cada día me encontraba con una persona diferente... Las quemaduras salían afuera... Aparecían en la boca, en la lengua, en las mejillas... Primero eran pequeñas llagas, pero luego fueron creciendo... Las mucosas se caían a capas... Unas películas blancas... El color de la cara, el color del cuerpo... Azul... Rojo... De un gris pardo... Y, sin embargo, todo él era tan mío, ¡tan querido! ¡Esto no se puede contar! ¡Esto no se puede escribir! ¡Ni siquiera soportar!...

Te salvaba el hecho de que todo sucedía de manera instantánea, de manera que no tenías que pensar, no tenías tiempo ni de llorar.
¡Lo quería! ¡Aún no sabía cómo lo quería! Justo nos habíamos casado... Vamos por la calle. Él me levanta en brazos y se pone a dar vueltas. Y me besa, me besa. Y la gente que pasa, ríe...

El curso clínico de una dolencia radiactiva aguda dura catorce días... A los catorce días el enfermo muere...
Ya al primer día en el hotel, los dosimetristas me medían. La ropa, la bolsa, el monedero, los zapatos, todo “ardía”. Me lo quitaron todo. Hasta la ropa interior. Sólo no tocaron el dinero. A cambio me entregaron una bata de hospital de la talla cincuenta y seis y unas zapatillas del cuarenta y tres. La ropa, me dijeron, puede que se la devolvamos, o puede que no, porque será difícil que se pueda “limpiar”.
Y así, con este aspecto, me presenté ante él. Él se asustó: “¡Madre mía! ¿Qué te ha pasado?”. Aunque yo, a pesar de todo, me las arreglaba para hacerle un caldo. Colocaba el hervidor dentro del bote de vidrio. Y echaba allí los pedazos de pollo... Muy pequeños... Luego alguien me prestó su cazuela, creo que la mujer de la limpieza o la vigilante de hotel. Otra persona, una tabla en la que cortaba perejil fresco. Con aquella bata no podía ir al mercado; alguien me traía la verdura. Pero todo era inútil: no podía beber siquiera... Tragar un huevo crudo... ¡Y yo que quería conseguirle algo sabroso! Como si eso pudiera ayudar.

Un día me llegué hasta correos: “Chicas --les pedí-- tengo que llamar urgentemente a mis padres en Ivano-Frankovsk. Se me está muriendo aquí el marido”. Por alguna razón, enseguida adivinaron de dónde y quién era mi marido, y me dieron línea en seguida. Mi padre, mi hermana y mi hermano aquel mismo día tomaron el avión para Moscú. Me trajeron mis cosas. Dinero.
El nueve de mayo... Él siempre me decía: ¡No te imaginas lo bonita que es Moscú! Sobre todo el Día de la Victoria, cuando hay fuegos artificiales. Quiero que lo veas algún día.”
Estoy a su lado en la sala; él abre los ojos:
--¿Es de día o de noche?
--Las nueve de la noche.
--¡Abre la ventana! ¡Van a empezar los fuegos artificiales!
Abrí la ventana. Era un séptimo piso; toda la ciudad ante nosotros. Y un ramo de luces se alzó en el cielo.
--Esto sí que...
--Te prometí que te enseñaría Moscú. Como te prometí que cada día de fiesta siempre te regalaría flores...
Miro y él saca de debajo de la almohada tres claveles. Le había dado dinero a la enfermera, y ella compró las flores.
Me acerqué a él y lo besé.
--Amor mío. Cómo te quiero.
Y él que se me pone protestón y dice:
--¿Qué te han mandado los médicos? ¡No se me puede abrazar! ¡No se me puede besar!
No me dejaban abrazarlo... Pero yo... Yo lo levantaba, lo sentaba... Le cambiaba las sábanas... Le ponía el termómetro, le sacaba... Le traía y le sacaba el bacín.. Me pasaba la noche a su lado... En cuanto a esto, nadie me decía nada...
Menos mal que fue en el pasillo y no en la sala... Pero la cabeza me empezó a dar vueltas y me agarré de la repisa de la ventana... En aquel momento pasó un médico, que me tomó de la mano. Y de pronto:
--¿Está usted embarazada?
--¡No-no! -- me asusté tanto. Tenía miedo de que alguien nos oyera.
--No me engañe --me dijo con un suspiro.
Me sentí tan perdida que ni se me ocurrió decirle nada.
Al día siguiente me llaman a ver a la médico jefe.
--¿Por qué me ha engañado? --me pregunta.
--No tenía otra salida. Si le hubiera dicho la verdad, ustedes me habrían mandado a casa. ¡Es una mentira piadosa!
--¿¡Es que no ve lo que ha hecho!?
--Pero estoy a su lado...

Toda mi vida le estaré agradecida a Anguelina Vasílievna Guskova. ¡Toda mi vida!
También vinieron otras esposas. Pero no las dejaron entrar. Estuvieron conmigo sus madres. La madre de Volodia Právik no paraba de pedirle a Dios: “Llévame mejor a mí”.

El profesor norteamericano, el doctor Gale... --fue él quien hizo la operación de trasplante de médula--... me consolaba: hay esperanzas, pocas, pero las hay. ¡Un organismo tan poderoso, un muchacho tan fuerte! Llamaron a todos sus parientes. Dos hermanas vinieron de Belarús, un hermano de Leningrado, donde servía. La hermana pequeña, Natasha, tenía catorce años, lloraba mucho y tenía miedo. Pero su médula resultó ser la mejor... (Se queda callada) Ahora puedo contarlo... Antes no podía... He callado diez años... Diez años (Calla).
Cuando Vasia se enteró de que le sacaban la médula espinal a su hermana menor, se negó en redondo: “Prefiero morir. No la toquéis, es pequeña”.

La mayor, Liuda, tenía veintiocho y además era enfermera, sabía a lo que iba: “Lo que haga falta para que viva” -- decía. Yo vi la operación. Estaban echados el uno junto al otro en dos mesas... En el quirófano había una gran ventana... La operación duró dos horas.
Cuando acabaron, quién se sentía peor era Liuda, más que mi marido; tenía en el pecho dieciocho inyecciones, y le costó mucho salir de la anestesia. Aún sigue enferma, le han dado la invalidez... Había sido una muchacha guapa, fuerte... No se ha casado...
Entonces yo iba corriendo de una sala a la otra, de verlo a él a visitarla a ella. Él no se encontraba en una sala corriente, sino en una cámara hiperbárica especial, tras una cortina transparente, donde estaba prohibido entrar. Había allí unos instrumentos especiales para que, sin atravesar la cortina, darle las inyecciones, ponerle los catéter... Y todo con unas ventosas, con unas tenazas, que yo aprendí a manejar... A extraer de allí... Y acceder a él... Junto a su cama había una silla pequeña...
Entonces se empezó a encontrar tan mal que ya no podía separarme de él ni por un momento. Me llamaba constantemente: “Liusia, ¿dónde estás?. ¡Liusia!”. No paraba de llamarme.

Las otras cámaras hiperbáricas donde se encontraban nuestros muchachos, las cuidaban unos soldados, porque los sanitarios civiles se negaron a ello, pedían unos trajes aislantes. Los soldados sacaban las bacinillas. Limpiaban el suelo, cambiaban las sábanas... Lo hacían todo... ¿De dónde salieron aquellos soldados? No lo pregunté... Sólo estaba él. Él... Y cada día oía: ha muerto, ha muerto... Ha muerto Tischura. Ha muerto Titenok. Ha muerto... Como martillazos en la sien.
Veinticinco, treinta deposiciones, al día... Con sangre y mucosidades... La piel empezó a resquebrajarse en las manos, los pies... Todo se cubrió de forúnculos... Cuando meneaba la cabeza sobre la almohada se le quedaban mechones de pelo... Yo intentaba bromear: “Hasta es más cómodo. No te hará falta el peine.” Al poco les cortaron el pelo a todos. A él lo afeité yo misma. Quería hacerlo todo yo.

Si lo hubiera podido resistir físicamente, me hubiera quedado las veinticuatro horas a su lado. Me daba pena perder cada minuto... Un minuto, y así y todo me dolía perderlo... (Calla largo rato).
Vino mi hermano y se asustó: “No te dejaré volver allí”. Y mi padre que le dice: “¿A ésta no lo vas a dejar? ¡Si es capaz de entrar por la ventana! ¡Por la escalera de incendios!”

Un día me voy... Regreso y sobre la mesa tiene una naranja... Grande, no amarilla, sino rosada. Él sonríe: “Me la han regalado. Quédatela.” Pero la enfermera me hace señas a través de la cortina que la naranja no se puede comer. En cuanto algo se queda junto él un tiempo, no es que no se lo pueda comer, sino que hasta tocarlo da miedo. “Va, cómetela --me pide--. Si a ti te gustan las naranjas”. Tomo la naranja en una mano. Y él entretanto cierra los ojos y se queda dormido.

Todo el rato le ponían inyecciones para que durmiera. Narcóticos. La enfermera que me mira horrorizada, como diciendo... ¿Qué será de mí? Yo estaba dispuesta a hacer lo que fuera para que él no pensara en la muerte... Ni sobre que su enfermedad es horrible, ni que yo le tengo miedo...
Un fragmento de una conversación... Lo guardo en la memoria... Alguien intenta convencerme: “No debe usted olvidar que lo que tiene delante ya no es su marido, un ser querido, sino un elemento radiactivo con un gran poder de contaminación. No sea usted suicida. Recobre la sensatez.”

Pero yo estoy como loca: “¡Lo quiero! ¡Lo quiero!”. Él dormía y yo le susurraba: “¡Te amo!” Iba por el patio del hospital: “¡Te amo!”. Llevaba el orinal: “¡Te amo!”. Recordaba cómo vivíamos antes... En nuestra residencia... Él se dormía por la noche sólo después de tomarme de la mano. Tenía esa costumbre: mientras dormía cogerme de la mano... toda la noche.

También en el hospital yo lo tomaba de la mano y no la soltaba...
Es de noche. Silencio. Estamos solos. Me mira atentamente, fijo, muy fijo, y de pronto me dice:
--Qué ganas tengo de ver a nuestro hijo. Cómo es.
--¿Cómo lo llamaremos?
--Bueno, eso ya lo decidirás tú.
--¿Por qué yo sola, o es que no somos dos?
--Entonces, si es niño, que sea Vasia, y si es niña, Natasha.
--¿Cómo que Vasia? Yo ya tengo un Vasia. ¡Tú! Y no quiero otro.
¡Aún no sabía cómo lo quería! No había más que él... Sólo él... ¡Como una ciega! Ni siquiera notaba los golpecitos debajo del corazón... Aunque ya estaba en el sexto mes... Creía que mi pequeño estaba dentro de mí, que allí estaba protegido...

Ningún médico sabía que yo duermo con él en la cámara hiperbárica... No se les ocurría... Me dejaban pasar las enfermeras. Al principio también me querían convencer: “Eres joven. ¿Cómo se te ocurre? ¡Si esto ya no es un hombre, es un reactor! Os quemaréis los dos”. Y yo corría tras ellas como un perrito ... Me quedaba horas enteras ante la puerta. Les rogaba, les imploraba... Y entonces ellas: “¡Que te parta un rayo! ¡Estás loca perdida!”. Por la mañana, antes de las ocho, cuando empezaban las visitas médicas, me hacían señas de detrás de la cortina:
“¡Corre!”. Y yo me iba por una hora al hotel. Pues desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la noche tenía pase. Las piernas se me pusieron azules hasta las rodillas, se me hincharon, de tan cansada que me encontraba...

Mientras estaba con él... No lo hacían... Pero cuando me iba, lo fotografiaban... Sin ninguna ropa. Desnudo. Sólo con una ligera sábana encima. Yo esa sábana cada día la cambiaba, aunque al llegar la noche estaba llena de sangre. Lo levantaba, y en las manos se me quedaban pedacitos de su piel; se me pegaban. Yo le suplicaba: “¡Cariño! ¡Ayúdame! ¡Apóyate en el brazo, sobre el codo, todo lo que puedas, para que alise la cama, para que te quite las costuras, los pliegues”. Cualquier costurita era una herida en su piel. Me corté las uñas hasta hacerme sangre, para no herirlo.

Ninguna de las enfermeras se podía acercar a él, ni tocarlo; si hacía falta algo, me llamaban. Pero lo fotografiaban... Decían que era para la ciencia. ¡Los hubiera echado a golpes a todos de allí! Les hubiera gritado! Pegado! ¿¡Cómo se atrevían!? Era todo mío. Lo que más quería... Si hubiera podido impedirles entrar!... ¡Si hubiera podido!...
Salgo de la sala al pasillo... Y me doy con la pared, con el diván, porque no los veo. Le digo a la enfermera de guardia: “Se está muriendo” -- Y ella me dice: “¿Y tú qué esperabas? Ha recibido mil seiscientos roentgen, cuando la dosis mortal es cuatrocientos. Estás junto a un reactor”. Todo mío... Lo que más quería.

Cuando murieron todos, repararon el hospital. Quitaron el yeso de las paredes, arrancaron el parqué y lo tiraron... La madera...
Sigo... Lo último... Lo recuerdo a fogonazos... A fragmen...

El fallecimiento

[Una noche estoy sentada a su lado en una silla... A las ocho de la mañana: “Vasia, salgo un rato. Voy a descansar un poco”. Él abre y cierra los ojos: me deja ir. En cuanto llego al hotel, a mi habitación y me acuesto en el suelo --no podía echarme en la cama, de tanto que me dolía todo--, que llega una auxiliar: “¡Ve! ¡Corre a verlo! ¡Te llama sin parar!”. Pero aquella mañana Tania Kibenok me lo había pedido tanto, me había rogado: “Vamos juntas al cementerio. Sin ti no puedo”. Aquella mañana enterraban a Vitia Kibenok y a Volodia Právik...
Con Vitia eran amigos... Dos familias amigas... Un día antes de la explosión nos habíamos fotografiado juntos en la residencia. ¡Qué guapos se veían allí nuestros maridos! Alegres. El último día de nuestra vida pasada... ¡Qué felices éramos!
Vuelvo del cementerio, llamo a toda prisa a la enfermera: “¿Cómo está?”-- “Ha muerto hará unos quince minutos”. ¿Cómo? Toda la noche a su lado. ¡Si sólo me he ausentado tres horas! Estaba junto a la ventana y gritaba: “¿Por qué? ¿Por qué?”. Miraba al cielo y gritaba... Todo el hotel me oía... Tenían miedo de acercarse a mí... Pero me recobré y me dije: ¡lo veré por última vez! ¡Lo iré a ver! Bajé rodando las escaleras. Él seguía en la cámara, no se lo habían llevado...

Sus últimas palabras fueron: “¡Liusia! ¡Liusia!” -- “Se acaba de ir. Ahora mismo vuelve” -- lo intentó calmar la enfermera. Él suspiró y se quedó callado...

Ya no me separé de él... Fui con él hasta la tumba... Aunque lo que recuerdo no es el ataúd, sino una bolsa de polietileno... Esta bolsa... En la morgue me preguntaron: “¿Quiere que le enseñemos cómo lo vamos a vestir?”. “¡Sí, quiero!” Le pusieron el traje de gala, y le colocaron la visera sobre el pecho. No le pusieron calzado. No encontraron unos zapatos adecuados, porque se le habían hinchado los pies... También cortaron el uniforme de gala, no se lo pudieron poner...

El cuerpo deshecho


Tenía el cuerpo entero deshecho... Todo era una llaga... En el hospital los últimos dos días... Le levantaba la mano y el hueso se le movía, el hueso le bailaba, se le había separado la carne... Pedacitos de pulmón, de hígado le salían por la boca... Se ahogaba con sus propias vísceras. Me envolvía la mano con una gasa y la introducía en su boca para sacarle todo aquello de dentro... ¡Esto no se puede contar! ¡Esto no se puede escribir! ¡Ni siquiera soportar!...Todo esto tan querido... Tan mío... No le cabía ninguna talla de zapatos... Lo colocaron en el ataúd descalzo.
Ante mis ojos. Vestido de gala, lo metieron en una bolsa de plástico y la ataron. Y, ya en esta bolsa, lo colocaron en el ataúd... También el ataúd, envuelto en otra bolsa... Un celofán transparente, pero grueso, como un mantel... Y ya todo esto lo introdujeron en un féretro de zinc... Lo metieron allí... sólo quedó el gorro encima...

Vinieron todos. Sus padres, los míos... Compramos en Moscú pañuelos negros... Nos recibió la comisión extraordinaria. A todos les decían lo mismo: que no podemos entregaros los cuerpos de vuestros maridos, no podemos daros a vuestros hijos, son muy radiactivos y serán enterrados en un cementerio de Moscú de una manera especial. En unos féretros de zinc soldados, bajo unas planchas de hormigón. Deben ustedes firmarnos estos documentos... Y si alguien, indignado, quería llevarse el ataúd a casa, lo convencían de que se trataban de unos héroes , decían, y ya no pertenecen a su familia. Son personas oficiales... Y pertenecen al Estado.
Subimos al autobús... Los parientes y unos militares. Un coronel con una radio... Por la radio oía: “¡Esperen órdenes! ¡Esperen!” Estuvimos dando vueltas por Moscú unas dos o tres horas, por la carretera de circunvalación. Luego regresamos de nuevo a Moscú... Y por la radio: “No se puede entrar en el cementerio. Lo han rodeado los corresponsales extranjeros. Aguarden otro poco.” Los parientes callan... Mamá lleva el pañuelo negro... yo noto que pierdo el conocimiento.

Me da un ataque de histeria: “¿Por qué hay que esconder a mi marido? ¿Quién es? ¿Un asesino? ¿Un criminal? ¿Un preso común? ¿A quién enterramos?”. Mamá me dice: “Calma, calma, hija mía”. Y me acaricia la cabeza... El coronel informa por la radio: “Solicito permiso para dirigirme al cementerio. A la esposa le ha dado un ataque de histeria”.

En el cementerio nos rodearon los soldados... Marchábamos bajo escolta... Hasta el ataúd lo llevaban... No dejaron pasar a nadie... Sólo estábamos nosotros... Lo cubrieron de tierra en un instante. “¡Rápido, más de prisa!” --ordenaba un oficial. Ni siquiera nos dejaron abrazar el ataúd... Y corriendo a los autobuses... Todo a escondidas...

Compraron en un abrir y cerrar de ojos los billetes de vuelta y nos los trajeron... Al día siguiente. En todo momento estuvo con nosotros un hombre de civil, pero con modales de militar; no me dejó siquiera salir del hotel y comprar comida para el viaje. No fuera a ocurrir que habláramos con alguien, sobre todo yo. Como si entonces hubiera podido hablar, ni llorar podía.

La responsable del hotel, cuando nos íbamos, contó todas las toallas, todas las sábanas... Y allí mismo las fue metiendo en una bolsa de polietileno. Seguramente lo quemaron todo... Pagamos el hotel nosotros. Por los catorce días...
El proceso clínico de las enfermedades radiactivas dura catorce días... A los catorce días el enfermo muere...
Al llegar a casa me dormí. Entré en casa y me derrumbé en la cama. Estuve durmiendo tres días enteros... Vino una ambulancia. “No --dijo el médico--, no ha fallecido. Despertará. Es una especie de sueño terrible”.

Liudmila Ignatenko,
esposa del bombero fallecido Vasili Ignatenko.
Voces de Chernobyl(1997) por Svetlana Alexievich.

Siempre que leo acerca de estos hombres y mujeres me quedo sin palabras...Absolutamente todos mis respetos.
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