Teniente Estévez Teniente Roberto Néstor Estévez condecorado post mortem con la medalla “La Nación Argentina al heroico valor en combate” Hago este pequeño homenaje sin desmerecer a los demás soldados que participaron en el conflicto de Malvinas. El dramático relato de uno de los soldados que combatió en Darwin a las órdenes de ese inolvidable oficial que fue jefe de la Sección Bote del Regimiento de Infantería 25. Pertenezco a la clase 63 e ingresé en febrero de 1982 en el Regimiento de Infantería 25, que tiene asiento en la localidad de Sarmiento, provincia del Chubut. A poco de haber llegado, los que teníamos estudios fuimos separados del resto de los soldados conscriptos. Yo estaba cursando la carrera de analista de sistemas en el primer año; me ubicaron en la sección de aspirantes. El Teniente Roberto Néstor Estévez, quien posteriormente dejaría un recuerdo imborrable en todos nosotros, fue el que nos seleccionó personalmente uno a uno. Comenzó una instrucción, que no vacilo en calificar de dura y severa, hasta el 24 de marzo a cargo de Estévez, que pertenecía el grupo de Comandos, y su segundo jefe de sección, el Cabo Primero Faustino Olmos, también de esa misma especialidad. La instrucción era diurna y nocturna con todo tipo de armamentos, teorica–práctica, y estaba destinada solamente a este grupo seleccionado, que yo, gracias a Dios, tuve la suerte de integrar. Debo añadir que esta instrucción fue altamente valiosa a la hora del combate y Estévez, un jefe calificado que no sólo se preocupaba por nuestro estado físico sino también por nuestra espiritualidad, no cesaba de darnos ánimo y valor con sus propios gestos personales. Les cuento un ejemplo: Allá, en el sur, hay unos pastos ásperos y filosos llamados coirones y durante nuestros habituales “cuerpo a tierra” y posteriores deslizamientos, tratábamos de evitarlos. Al darse cuenta de esto, Estévez hizo él mismo el ejercicio, sin importarle las lastimaduras que tales matas le ocasionaron, y luego nos dijo: “Si están en pleno combate, no van a tener tiempo de bordearlos, la guerra es así”. Este tipo de ejemplos estaban muy a tono con su naturaleza de persona de una alta moral, ética y honor. Y sólo tenía 24 años. Nosotros, los AOR (Aspirantes a Oficiales de Reserva) en la mitad de la noche, más de una vez fuimos levantados y nos hacían salir a correr sorpresivamente bajo fina lluvia o nevizca, sólo vestidos con pantaloncitos cortos y ballenera (remera de manga corta). Y como decía Nietzsche, lo que no te mata te fortifica. Ese fue nuestro caso. Del inicial grupo escogido, cuarenta y cinco, quedamos cuarenta. Y esos cuarenta fuimos a Malvinas. Aquel inolvidable 2 de abril nos tocó desembarcar al mediodía y nos sentíamos muy orgullosos en razón de pertenecer al único elemento del Ejército que participó de la operación de neto corte aeronaval en aquel momento. A bordo del Almirante Irizar fuimos partícipes de una tocante ceremonia que nos concernía de un modo muy especial. Como no habíamos tenido tiempo de jurar la bandera se organizó para nosotros una jura de nuestra enseña nacional, que tuvo el carácter de provisoria y levantó nuestro orgullo hacia las nubes. Y ahí nos enteramos de que íbamos a Malvinas. Puedo afirmar que, entre lágrimas y abrazos, ahí mismo se terminó de consolidar nuestro grupo. Estuvimos brevemente en Puerto Argentino y luego, a bordo del barco Isla de los Estados fuimos enviados a Darwin con el objetivo de tomarlo. Nuestro grupo de AOR era parte de la Compañía C, formada por tres secciones, Gato, Bote (la de Estévez) y Romeo, a cargo de Gómez Centurión. Entre el 4 y 5 de abril nos asentamos en Darwin y comenzamos nuestras tareas de limpieza, minado y excavación de “pozos de zorro” y puestos de ametralladora. Nuestro jefe directo era Estévez y el jefe de la compañía, el Teniente Primero Daniel Esteban. Yo era tirador de MAG (ametralladora pesada) y fui elegido para eso debido a mi buena puntería en aquellos ejercicios anteriores en Chubut. Disponíamos de 2 MAG, 2 lanzacohetes y fusiles FAP y FAL. Nuestra base de operaciones era una escuela kelper construida íntegramente de madera, que constaba de dos pisos; ahí estaba ubicada la compañía C. Recuerdo que, faltando algo de raciones, algunos oficiales y suboficiales se fueron a cazar avutardas y durante tres días esos pajarracos fueron parte distinguida de nuestro menú. Disponíamos de un buen equipo de abrigo, muchas medias de recambio y guantes que nos protegían manos y pies del frío. El 1º de mayo, a las 8 de la mañana, los Harrier ingleses atacaron a los Pucará estacionados en el aeropuerto de Darwin. Nosotros estábamos ubicados a unos 500 metros del aeropuerto y vimos perfectamente todo. Darwin es un caserío, una especie de pequeña bahía, todo bastante plano geográficamente hablando. Luego del ataque abandonamos la escuela y nos instalamos en nuestros “pozos de zorro”. De ahí en más, el agua y el frío fueron nuestros íntimos compañeros. Recuerdo que rezábamos al levantarnos y al acostarnos. En los respiros que nos daban los desayunos hablábamos de nuestras respectivas familias y el hecho histórico y singular que estábamos protagonizando. Todas esas cosas no hacían más que reforzar la alta moral que, inculcada por la labor encomiable de Estévez, existía en el grupo. Debo añadir que el día 24 de abril hicimos nuestro juramento oficial a la bandera en suelo malvinense, privilegio que, creo, nadie lo tuvo. La compañía se dividió. Rumbo a San Carlos marcharon Esteban y los suyos al caserío de Darwin, Gómez Centurión con su gente y nosotros quedamos en nuestros “pozos de zorro” a cargo de Estévez. Y permanecimos en aquel sitio hasta el 27 de mayo, momento en que el Teniente Coronel Piaggi le ordenó a Estévez que debíamos marchar hacia la primera línea de combate, debido a que los ingleses, que habían desembarcado en San Carlos el 1º de mayo, avanzaban hacia Darwin y ya se habían producido enfrentamientos con efectivos del Regimiento de Infantería 12. Según nos testimonió el capellán militar padre Mora, al recibir la orden, Estévez se puso contento. “Era lo que estaba esperando”, dijo. A las 2 de la madrugada del 28 de mayo llegamos a Boca House (Casa Boca), sitio cercano al cementerio de Darwin que ya era zona de combate. Al hacerlo, nos cruzamos con gente del Regimiento 12, a cargo del Subteniente Peluffo, que venía de combatir. Estévez nos hizo desplegar en abanico y quedamos distribuidos allí. Luego, a la derecha del abanico, entró en contacto con el enemigo y nosotros, que aún no estábamos en las posiciones que debíamos ocupar, según las órdenes recibidas, nos unimos con los del 12 para permitirles un respiro pues, mientras ellos se replegaron, nosotros contraatacamos. Al hacerlo, chocamos con la compañía A del batallón de paracaidistas ingleses, que tenía unos ciento cincuenta efectivos y estaban muy bien armados. Se peleó muy duro, sin dar ni pedir cuartel, en un combate que desde las 5 de la mañana se prolongó hasta casi las 10. Fueron casi cinco horas de auténtica estadía en el infierno. Nosotros efectuamos tres repliegues y sucesivos contraataques. Ellos tenían apoyos de las fragatas que estaban en San Carlos y de artillería, combinada con los Blowpipe (misiles antiaéreos) que barrían el terreno. La disparidad de fuerzas era abrumadora a favor del enemigo. Al hablar de lo que fue ese combate, recuerdo las balas trazantes que iluminaban la oscuridad, los morterazos, los gritos de dolor y de furia con que unos a otros nos animábamos. Debido a la elevada preparación física espiritual con que contábamos, durante el combate estábamos calmos, tranquilos. La angustia previa al choque con el enemigo nos había tenido nerviosos, pero ahora, en plena lucha, las cosas se revelaban tan simples como terribles. Y en la sencillez del “matar o morir” todo estaba resumido. Yo estaba a cargo de una de las dos MAG que teníamos y Zabala, otro soldado conscripto, era mi cargador de municiones. Desde nuestro puesto disparaba a todo lo que veía o creía ver frente a mí. De pronto, un proyectil de mortero cayó muy cerca de nosotros. El pobre Zabala recibió de lleno las esquirlas y murió en el acto. Yo recibí impactos de esquirlas en el perineal izquierdo. Recuerdo que antes de perder la lucidez, atontado por la onda explosiva, le pedí a Dios que no me dejara morir allí. Realmente no sé cuánto tiempo estuve inconsciente o atontado. Luego, sin soltar mi MAG, me arrastré hasta un pozo cercano mientras sentía la tibieza de la sangre en mi piel y no sabía qué tan herido estaba. Me zambullí en el pozo y encontré que allí había soldados del 12. Ese pozo era como tener una butaca para contemplar el infierno. El Cabo Castro había intentado llegar también al pozo donde yo estaba cuando un proyectil de fósforo lo alcanzó y lo envolvió, convirtiéndolo en una antorcha humana. Oíamos sus gritos desgarradores. El pobre decía: “¡Rodríguez, máteme!”- gritaba mientras se quemaba vivo. A Romero, otro soldado que estaba allí, le gritó lo mismo, pero nadie se atrevió a dispararle y terminar con su agonía. Un rato después no escuchamos más su voz; que Dios lo tenga en la gloria. Y llego en mi relato a lo que considero el instante supremo del combate, desde mi situación personal por supuesto. No hay que olvidar que en medio de ese caos del combate muchos estaban sufriendo experiencias únicas e indelebles. La que les narro a continuación fue la mía: El Teniente Estévez estaba recorriendo las posiciones, gritando órdenes a derecha e izquierda, todo esto, repito, bajo el terrible fuego enemigo. Al salir del pozo contiguo al mío recibió dos balazos en el brazo y pierna izquierda, respectivamente. Tambaleándose, llegó al pozo donde yo me encontraba. Este valeroso oficial, sin preocuparse de sus propias heridas, me preguntó por las mías, pues yo estaba ensangrentado. Le contesté que podía arreglármelas. Estévez tomó un FAL y comenzó a disparar; luego, por radio estuvo dando nuevas órdenes. Mi MAG la tomó otro soldado del 12 y abrió fuego contra el enemigo. Ese soldado recibió un balazo en la cabeza, obra de francotiradores –los que mayores bajas causaron en nuestra dotación– y cayó muerto. Éramos cinco en el pozo en ese momento. Comenzamos a soportar fuego directo de morteros y las cercanas explosiones de los proyectiles que caían nos arrojaban lluvia de tierra sobre nuestras cabezas. Estévez, lo repito, sin importarle sus heridas, tomó el casco del soldado muerto del 12 y me lo colocó en la cabeza para protegerme, ya que nosotros usábamos boinas verdes y eso no protege nada ante una bala o una esquirla. En ese momento recibió un nuevo balazo en el pómulo derecho y se desplomó pesadamente a mi lado. Tratamos de auxiliarlo y le oímos decir algo, que nadie entendió, y luego expiro. Como estaba cargado de granadas, cualquier proyectil podía impactarlas y volarnos a todos, se las quitamos y sacamos el cuerpo fuera del pozo. Luego, afuera, su cuerpo de héroe recibió numerosos balazos más, quedó casi irreconocible y la prueba de esto es que luego del combate lo reconocieron por la manera especial que tenía, como lo hacen los comandos, de atarse los cordones de los borceguíes. Tomé la radio y después de algunos intentos logré comunicarme con el Teniente Coronel Piaggi y le informé que Bote (nombre clave de Estévez) estaba muerto. Le pedí instrucciones. “Esperen y aguanten hasta que lleguen los Pucará de apoyo”- me contestó. Los Pucará nunca llegaron. Entretanto, los ingleses habían logrado tomar las alturas y desde allí su fuego nos estaba acribillando. El Subteniente Peluffo, para evitar un inútil derramamiento de sangre, ya que habíamos agotado todas nuestras municiones, alzó la bandera blanca y todo terminó para nosotros. Recuerdo que en nuestras posiciones los muchachos se pusieron a fumar o comer chocolates y caramelos, embargados de una total tranquilidad y satisfacción por haberse batido como bravos. Al tomarnos, nos registraron como prisioneros y los ingleses descubrieron que teníamos ocultos cuchillos y “ahorcadores” (tanzas usadas para estrangular) y algunos recuerdos de tropas británicas que habíamos conseguido después de desembarcar. Eso, más que nada, los hizo entrar en furia y nos golpearon. A mí, que estaba herido en el suelo, tendido sobre un chapón, me propinaron un puntapié. La noche del 28 nos efectuaron los primeros auxilios. El Soldado Giraudo, que fue herido cumpliendo funciones de estafeta bajo el fuego enemigo, falleció esa noche. Sé que todos mis compañeros caídos, con el Teniente Estévez a la cabeza, deben estar ahora en el paraíso brutal de los valientes. Y vaya mi recuerdo sincero y emocionado para todos ellos. Prosigo con mi relato. A la mañana siguiente – era el 29 de mayo– nos llevaron a un hospital de campaña en San Carlos y allí me efectuaron dos operaciones, una colostomía (ano contra natura) y una operación de búsqueda en el interior de mi cuerpo, tratando de localizar fragmentos de proyectil. Posteriormente, cirujanos argentinos me hicieron otras cuatro operaciones. Estando internado, un compañero me relató que Gómez Centurión y un grupo de prisioneros intentaron fugarse para regresar a nuestras líneas, pero no pudieron lograrlo. Luego fui trasladado al buque hospital Uganda y ahí un capellán inglés, que hablaba un perfecto castellano, me dijo: “La guerra se terminó para vos”. Antes de que me trasladaran al Bahía Paraíso, el 5 y 6 de junio debí soportar, como todos mis compañeros, el interrogatorio de la inteligencia inglesa. El hecho de tener prisioneros “boinas verdes” en San Carlos y Darwin y la enconada resistencia que les opusimos les hacía no creer que cincuenta efectivos con sólo dos MAG, dos lanzacohetes y fusiles, hubieran podido detener a toda una compañía de tropas altamente especializadas, obligándolas a replegarse tres veces durante aquellas cinco horas infernales. Así fue, ciertamente, el combate de Goose Green o Pradera del Ganso. Algunos pocos soldados del 8 y del 12 y nuestra sección AOR dio material al jefe del comando inglés, Brigadier Mayor Julian Thompson, que en su libro No pic-nic describió la dureza de esta batalla que retrasó considerablemente los planes ingleses de tomar Darwin. También supe que en otra acción durante el 29, el Teniente Coronel Jones, Jefe del Batallón de paracaidistas ingleses, murió en un choque con las fuerzas de la sección Romeo, a cargo del Subteniente Gómez Centurión. Carta a su padre: Querido papá, Cuando recibas esta carta yo ya estaré rindiendo cuentas de mis acciones a Dios Nuestro Señor. El, que sabe lo que hace, así lo ha dispuesto: que muera en cumplimiento de mi misión. Pero fijate vos, ¡que misión? ¿no es cierto? ¿Te acordás cuando era chico y hacía planes, diseñaba vehículos y armas, todos destinados a recuperar las islas Malvinas y restaurar en ellas Nuestra Soberanía?. Dios, que es un Padre Generoso ha querido que éste, su hijo, totalmente carente de méritos, viva esta experiencia única y deje su vida en ofrenda a nuestra Patria. Lo único que a todos quiero pedirles es: 1) que restauren una sincera unidad en la familia bajo la Cruz de Cristo. 2) que me recuerden con alegría y no que mi evocación sea la apertura a la tristeza y, muy importante, 3) que recen por mí. Papa, hay cosas que, en un día cualquiera, no se dicen entre hombres pero que hoy debo decírtelas: Gracias por tenerte como modelo de bien nacido; gracias por creer en el honor; gracias por tener tu apellido; gracias por ser católico, argentino e hijo de sangre española, gracias por ser soldado, gracias a Dios por ser como soy y que es el fruto de ese hogar donde vos sos el pilar. Hasta el reencuentro, si Dios lo permite. Un fuerte abrazo. Dios y Patria ¡O muerte! Roberto. Link: http://www.youtube.com/watch?v=qh3KFk1Ov0c José Luis Del Hierro Un poco de historia: Murió en la madrugada del 14 de junio de 1982, cuando las tropas se replegaban hacia Puerto Argentino, bajo un cielo iluminado por el fuego de las bombas. La familia Del Hierro lo fue a buscar a la puerta del Regimiento una semana después, porque nadie del Ejército avisó sobre la suerte que corrió. Lo estuvieron esperando desde las 8 de la mañana, junto a otros familiares. En la madrugada del día siguiente llegaron unos pocos colectivos, pero José Luis no bajó. Ahí empezó el derrotero de la familia en su búsqueda. Pasaron nada menos que nueve meses sin noticias. Desesperados, decidieron que papá José María viajara en marzo de 1983 a Ginebra, sede de la Cruz Roja Internacional. Fue allí, fue la Cruz Roja, la que informó que José Luis del Hierro había muerto. Y que su cuerpo había sido sepultado en las Islas Malvinas, después de estar cubierto por la nieve durante cinco meses. 25 años después, es la primera vez que se cuenta la historia de José Luis. Carta a su familia: Lo último que escribió: Islas Malvinas 7/06/1982 Queridos papá, mamá, Juani y Juanjo: Perdonen que hace 8 días que no les mandaba nada, pero aquí nos dijeron que no sale ni entra nada. Yo igual voy a intentar mandar una. Sí, me llegó telegrama del 24 de ustedes y de Cristina y también me llegó ayer uno del 29 pero no se entiende nada, no está firmado pero pienso es de ustedes. La última carta de ustedes de Mar del Plata es del 11/04 y después nada más. Mi última carta es la que les mandé desde el hospital el 29/04 o el 30/04. Me imagino lo preocupados que ustedes estarán por las últimas noticias. Es cierto que los ingleses están muy cerca, pero a mi puesto de combate les juro no me ha venido ninguno a “visitar” y espero no lo hagan. Hay que seguir rezando y pidiendo a la Virgen para que esto se arregle en “paz” y se acabe ya. Cada vez tenemos más ganas de volver cada uno a su casa sea como sea, ganando o perdiendo, pero volver y pronto. Al final se nos quedó en el tintero el viaje, pobre papá, tanto juntar y organizar y yo le tiré abajo todo, aunque deslindo responsabilidades en el loco de nuestro presidente y su desvelo de grandeza. Acá todos, pero todos, lo agarraríamos del fundillo de los pantalones y lo pondríamos como nosotros 55 días; en estos pozos. Y yo con él a todos esos patriotas de ciudad que por lo que ustedes dicen allá está minado. Acabé el discurso. Ja. Ja. Espero yo llegar de esto, antes que la carta, así no los preocupo más con esto, pero es hora que sepan lo que pensamos nosotros de Malvinas. Bueno nada más, besos y abrazos para los cuatro, siempre, siempre los tengo en mis pensamientos. Los quiero mucho. Chau, José Luis Sargento Cisneros Un poco de su historia: Muere heroicamente combatiendo contra fuerzas del SAS del Ejército Británico. Por su perseverancia y fidelidad a sus principios, lo apodaban "Perro". El Sargento Cisneros es una verdadera leyenda entre los que ostentan con orgullo la aptitud de comando, y un ejemplo para todos los que pertenecen al Arma de Infantería. Recibió la condecoración “La Nación Argentina al Muerto en Combate”. Durante su preparación militar, el Sargento Cisneros cumplió misiones como instructor de comandos en un destacamento militar de la provincia de La Pampa. Al estallar el conflicto, donó el 50% de su sueldo al Fondo Patriótico y solicitó en reiteradas oportunidades ser trasladado al frente de lucha. En mayo logra finalmente su traslado. Cuando salió de La Pampa les escribió a sus camaradas “...no me entrego prisionero, ganamos o no vuelvo”. Cuando partió de Buenos Aires hacia el sur, le dijo a su hermano que lo acompañaba “si no vuelvo no me lloren...”. Su nombre y sus hazañas recogieron toda la admiración de la Patria Sudamericana. En su honor llevan el nombre de Mario Antonio Cisneros la 1° sección de la Compañía de Tropas Especiales de la República de Panamá, la Compañía de Comandos “Chorrillos”, en la República de Perú, país en donde fue declarado Héroe Nacional, el Hall Histórico de la Compañía de Comandos 601en Campo de Mayo, el aula de Instrucción en el Destacamento de Inteligencia 143 en Neuquén, el aula de instrucción de Cuadros en el Destacamento de Inteligencia 162 de La Pampa, el Casino de Suboficiales de La Pampa, entre otros lugares. Historia de su combate contado por el Teniente Primero Mario Quiroga: En la preparación de una emboscada a soldados del grupo de élite SAS, tuvo suceso esta conversación entre el Teniente primero Quiroga y el Sargento Mario "Perro" Cisneros... En esos momentos Quiroga aprovechó unos minutos para acercarse al lugar donde estaba Cisneros, sentado detrás de una gran piedra buscando protección. Cruzaron un par de frases y fue en ese momento que tuvo una extraña sensación. Nunca supo si por efecto de la luz de la luna, su rostro reflejó mucha paz, como presintiendo que algo le iba pasar. Lo percibió a flor de piel. Estaban a centímetros uno del otro. -"¿Todo bien?", le dijo. -"Sí, todo bien". La respuesta despertó aun más su atención y sobre todo por la expresión del rostro. Quiroga insistió. -"¿Hay algo que te preocupa? ¿Está todo tranquilo?, ¿todo bien?" -"Está todo bien". Repitió. -"¿Estás cansado?" -"No, para nada. En estos momentos estuve pensando y haciendo como un balance de mi vida." - "Pero Perro, ¿por qué ahora? No me estás hablando de cómo está el terreno más adelante o si tenemos cobertura para hacer la emboscada. ¿Por qué me hablas sobre esas cosas?" -"No sé". Y volvió a repetirle, en medio de un gran silencio que los rodeaba. -"Estuve pensando sobre mi vida, recordando mi infancia, a mis padres. Y vos, ¿tuviste noticias de tu familia?" -"Sí". Contestó. Hablaron sobre la emboscada y lo dejó solo con sus pensamientos. Otra vez el silencio. En esas horas desesperantes, de gran incertidumbre, Vizoso le ofreció un pedazo de chocolate. Cortó la mitad con su cuchillo y se lo pasó. -"Le agradezco mucho su gesto, mi teniente primero. Con la hambruna que tenemos de varios días sin comer, me parece admirable que lo comparta conmigo." – (Lo dijo con voz impostada producto de no haber hablado por largo tiempo). -"Es que los comandos debemos ser como los mosqueteros, 'uno para todos y todos para uno'. Y compartirlo con usted me permite comer a mí también", respondió restándole importancia. Cisneros siguió hablando. -"Aunque a usted le parezca mentira le tengo mucho aprecio, mi familia conoce a la suya y son de buena semilla, se lo digo de todo corazón porque en estas circunstancias no caben las obsecuencias." -"Le agradezco su sinceridad y nosotros compartimos los mismos sentimientos respecto de la suya. Sabemos que son hombres de palabra", acotó el oficial. -"Al igual que ustedes, buscamos siempre la verdad. Usted me permitió que tuviese la ametralladora y no se arrepentirá de habérmela dejado. Estoy muy contento por eso". -"Somos personas simples. Estamos en peligro de muerte y las cosas que valoro son las espirituales y no quisiera presentarme ante el Creador sorprendido en medio de mis vicios". -"Tiene razón, mi teniente primero pienso lo mismo. Lo único que me interesa es mantener, aun a costa de mi vida, los ideales de Dios, Patria y Familia." -"Sargento, creo firmemente que estamos en este mundo para probar nuestro amor, mantener la verdad más allá de los sufrimientos. La mentira está por todas partes con sus atracciones que nos arrastran por el lodo, pero cuando uno se encuentra, en un lugar olvidado de Dios, con un hombre que sé los quilate que pesa, me llena de fuerza para continuar la lucha. Ambos sabemos que las cosas no están bien, a pesar de ello estoy dispuesto a dar todo de mí, cueste lo que cueste." -"Esas últimas palabras me resultan familiares. Se las puse a mi familia en carta." -"Usted es famoso por su perseverancia, fidelidad a sus principios y por eso le dicen el Perro. Sé que esta noche no será fácil para nosotros, pero también sé que tanto la vida actual como la muerte no tienen sentido si no pensamos en la Resurrección. Y donde los que compartimos los ideales cristianos nos volveremos a ver." -"En la Resurrección nos veremos, mi teniente primero." -"Sargento, en el encuentro con la eternidad hace mucho frío, tuve una experiencia muy desagradable en la cordillera de los Andes. Me siento entumecido. Allí aprendí que la unión hace la fuerza. ¿Por qué no nos juntarnos espalda contra espalda y conformamos nuestros sectores de fuego?" - "Estoy de acuerdo." Y así lo hicieron. El Perro quedó mirando hacia la izquierda y Vizoso hacia la derecha y en mejores condiciones para enfrentar al enemigo. Callaron, ensimismados en sus pensamientos. Pasaron varias horas. Cerca de la medianoche los cañones del enemigo dejaron de tronar. Sobrevino la calma. Sabían que la muerte acechaba. Repentinamente, el cielo se encendió con una intensa luz que iluminó la zona de combate. Las bengalas buscaban señalar los objetivos para la artillería. Desde su posición divisaron los fogonazos de las bocas de los cañones. El fuego no duró mucho. No dijeron nada. De nuevo el silencio. El intenso frío los afectaba cada vez más. Ateridos, entumecidos, las manos doloridas por el contacto con el helado acero de las armas. Los ingleses aparecieron como buscándolos, desplazándose hacia la zona de muerte de la emboscada. Eran las fuerzas de elite del SAS. Vizoso recuerda: "Su presencia había sido advertida por el escalón de seguridad del teniente Rivas que estaba ahí y nosotros del otro lado. Mientras daban la voz de alarma, dejaron pasar la vanguardia inglesa compuesta por alrededor de 10 soldados, lo que indicaba que se trataba de una fuerza completa de entre 20 y 30 hombres. Entraron por la derecha y nosotros estábamos casi en el extremo izquierdo, y por esas cosas de la guerra, el alerta rojo no llegó al escalón apoyo que integrábamos Cisnero y yo”. De pronto, sintió tensionada la espalda de Cisnero. Giró la cabeza hacia él, sorprendido. Vio cuando abrió fuego con la Mag. En aquella emboscada a un grupo de comandos de elite ingleses, el perro murió del impacto de un cohete Law, de 66 mm, que dio de lleno en su pecho que lo mató instantáneamente. La onda expansiva levantó a Vizoso por los aires, que cayó pesadamente sobre las rocas. Cuando reaccionó, le preguntó a su compañero -"¿Qué te pasa hermano?" El silencio fue la única respuesta. Lo dio vuelta tomándolo con sus dos manos. Estaba muerto, con los ojos muy abiertos. Quiso tomar la ametralladora, pero el pedazo más grande era una parte de la culata, otro de la armadura y tramos de la banda con municiones. Después de enfrentar a los ingleses con heroísmo, herido y sangrante, escuchó la llamada de sus camaradas. Estaba salvado. Se dio vuelta y saludó al inerte sargento. -Chau, Perro, hasta el encuentro con la eternidad. Lo tocó y se fue casi desangrándose. Escrito encontrado en su libreta: Oh Dios, señor de los que dominan, Guía Supremo que tienes en tus manos las riendas de la vida y la muerte. Escúchame: Haz, Señor, que mi alma no vacile en el combate, y mi cuerpo no sienta el temblor del miedo. Haz que te sea fiel en la guerra, como lo fui en la paz. Haz que el silbido agudo de los proyectiles alegren mi corazón. Haz que mi espíritu no sienta la sed, el hambre, el cansancio y la fatiga, aunque lo sientan mis carnes y mis huesos. Haz que mi alma, Señor, esté siempre dispuesta al sacrificio y al dolor, que no rehúya, ni en la imaginación siquiera, el primer puesto de combate, la guardia mas dura en la trinchera, la misión más difícil en el ataque. Pon destreza en mi mano para que el tiro sea certero, y caridad en mi corazón. Haz, por favor, que sea capaz de cumplir lo imposible, que desee morir y vivir al mismo tiempo. Morir como tus Santos Apóstoles, como tus Viejos Profetas, para llegar a Ti. Señor te pido que mi cuerpo sepa morir con la sonrisa en los labios, como murieron tus mártires. Te ruego mantengas mi arma en vela y mi oído atento a los ruidos de la noche. Te pido por mi guardia constante en el amanecer de cada día y por mis jornadas de sed, hambre, fatiga y dolor. Si llegara a cumplir estos anhelos, podrá entonces mi sangre correr con júbilo por los campos de mi Patria, y mi alma subir tranquila a gozarte en el tiempo sin tiempo de la eternidad. Señor, ayúdame a vivir, y de ser necesario, a morir como un soldado. Concédeme Oh! Rey de las Victorias, el perdón de la soberbia. He querido ser el soldado mas valiente de mi Ejército y el argentino más amante de mi Patria. Perdóname este orgullo, Señor. Cap. de F. Giachino Un poco de su historia: A las seis de la mañana del 2 de abril de 1982, Giachino rodeó con sus hombres la casa del Gobernador británico donde se habian reagrupado los infantes ingleses y le intimó rendición a traves del Teniente de Fragata Garcia Quiroga que hablaba fluido ingles; los británicos, sorprendidos, abrieron luego sobre la patrulla. Tal como prescribían las órdenes recibidas, Giachino procedió sin provocar bajas ni daños al oponente; sin duda, estas órdenes son las más difíciles que pueda recibir un militar pero Giachino estuvo a la altura de las circunstancias. Repite varias veces su intimación a travez de su camarada; los británicos redoblaron sus disparos sin dar indicación de tregua alguna. Treinta minutos después, la primera ola de asalto de la Fuerza de Desembarco Argentina toca tierra en las playas distantes unos siete kilómetros de donde Giachino estaba tratando de lograr la rendición del Gobernador. La recuperación de las Islas se estaba consumando. Pocos minutos después, los vehículos anfibios blindados de la Infantería de Marina Argentina rodaban hacia Puerto Argentino mientras naves de la Armada hacían ver sus siluetas cerca de la ciudad. Si las tropas argentinas entraban a la localidad, se iniciaría el combate con los británicos en el mismo pueblo, circunstancia que debía evitarse a toda costa. Giachino supo que debía actuar para impedirlo, de acuerdo con sus órdenes. En su condición de Jefe, tornó la decisión más importante de su vida. En la evidencia de la inutilidad de lograr la rendición británica, avanzó solo hacia el interior de la casa del Gobernador, derribó una puerta. Una ametralladora enemiga le hizo fuego a quemarropa y resultó herido por un proyectil que le atravesó la arteria femoral. Gritó a sus hombres que se cubrieran. Su segundo, Teniente de Fragata Diego García Quiroga quiso sacarlo de la línea de fuego, recibiendo a su vez una descarga que lo hirió gravemente. El cabo segundo Urbina, enfermero que intentó rescatar a sus dos jefes en medio de ráfagas de fuego enemigo y que aun exhibiendo claramente sus insignias de sanidad resulto herido; aun así, logró dar los primeros auxilios a los oficiales y a sí mismo. El combate prosiguió hasta las 9 de la mañana aproximadamente. La presión de la situación general motivó al Gobernador británico a ordenar la suspensión del fuego y pedir parlamento. La misión del Capitán Giachino se había cumplido: el Gobernador se rindió antes de que las tropas argentinas hicieran su entrada a Puerto Argentino. Los ingleses preguntaban: ¿donde están el resto de las tropas? pensando que mínimo los atacaban 200 infantes cuando en realidad la patrulla de Giachino estaba compuesta por apenas 16 gloriosos infantes. Apresuradamente a Giachino lo suben a un jeep que lo llevaría al hospital de Puerto Argentino. Su estado era sumamente grave, tenía dilatación pulmonar con indudables signos de hemorragia e inconsciente. Se le practico todo tipo de auxilio de reanimación en el vehículo y después en el hospital. Durante más de quince minutos se lucho pero las heridas y el tiempo que estuvo sin atención médica influyeron para que el desenlace fatal fuera inevitable. Luego atendieron teniente García Quiroga, a quien se le practico los primeros auxilios, y lo derivaron al un buque hospital con la ayuda de un helicóptero mientras venían otros médicos con los cuales se pudo operar al cabo Urbina que tenía una herida importante en el abdomen con las vísceras afuera y sangrando. El precio a cambio de la Capitulación inglesa fue la vida de nuestro héroe. Sus últimas palabras fueron para su esposa Cristina y sus dos hijas Vanesa y Karina. No existe registro de misión alguna en donde se exija que no se le produzca daño al enemigo, Giachino logro lo que antes no se pudo y que es casi imposible de lograrlo. Ascendido Post Mortem al grado de Capitán de Fragata de Infantería de Marina, sus restos descansan en la ciudad de Mar del Plata donde reside su familia. Fue condecorado Post Mortem con la máxima distinción que otorga la Nación Argentina: "La Cruz al heroico valor en combate”. La Armada Argentina reconoce en el Capitán de Fragata Giachino al arquetipo del jefe, que lidera a sus hombres en combate asumiendo personalmente los riesgos mayores y que, ante órdenes recibidas, las ejecuta puntillosamente, aun a costa de su propia vida. No delegó en sus subordinados la tarea más peligrosa. La tomó para sí, lo que es privilegio de los grandes. Fue sepultado con honores militares en el panteón de Puerto Belgrano, pero a mediados de los años '80, por pedido expreso de su hija de 10 años al presidente Raúl Alfonsín, sus restos fueron trasladados al cementerio de la Loma, en Mar del Plata, ciudad de donde era oriunda su esposa y donde residía su familia. La Base Naval Mar del Plata fue también asiento de la Agrupación de Comandos Anfibios, a la cual condujo en combate al momento de su muerte. En su honor se han elevado monumentos a lo largo de toda la republica y renombrados cantautores folclóricos han escrito diversas canciones. Hasta el día de hoy la figura de Giachino es una de las más importantes influencias en la Armada Argentina, inspirando tanto a integrantes de la misma como así también a personas que anhelan incorporarse a la misma. Link: http://www.youtube.com/watch?v=4SRDmxLCSvc Subteniente Silva Su heróica historia en Malvinas: Sus subordinados y camaradas cuentan que el Subteniente Oscar “el Sapo” Silva por no replegarse, a pesar de que estaba impartida la orden eligió desplazarse hasta las posiciones de sus hermanos los gloriosos infantes de marina del Batallón de Infantería Mecanizado 5 que aun resistían y se sumo a la desesperada pelea que mantenían contra un enemigo superior en numero y medios. Lo hallaron empuñando firmemente su fusil, caído para siempre en la turba malvinense. Pero todavía se escucha sus gritos de furia alentando a proseguir el combate. Del liceo militar General Espejo a la Escuela Naval y por ultimo al Colegio Militar de la Nación, su carrera militar no tiene sobresalto, no busca llamar la atención al igual que todos los héroes argentinos sino nada mas que sigan su ejemplo de bien. “Un grito de León”, el arco luminoso de una bengala rasga la noche teñida de tinieblas. Por unos instantes, el admira la estela que termina desplegando sus vigorosos rayos de luz. Pero la magia concluye enseguida. Crecen gritos en el silencio. Gritos de guerra, gritos de odio. El enemigo comienza a trepar las laderas disparando sus balas trazantes. Es la noche del 11 de junio de 1982 y la guerra se aproxima a su fin. Se ha impartido la orden de replegarse hacia Puerto Argentino pues el dispositivo de defensa nacional ha sido quebrado luego de durísimos combates. La cuarta sección de la infantería de marina del “BIM5” al mando del teniente de corbeta Vázquez sigue en sus posiciones pero no esta sola, un puñado de hombres del ejército , perteneciente a la sección de tiradores de la compañía “A” del RI4, encabezado por el subteniente Silva se le ha unido horas antes. Silva, usando su iniciativa, ha resuelto quedarse a luchar con sus hermanos. Y ahora aguarda, fusil en mano, junto al resto de los que allí están, el combate final. La batalla entra a su punto culminante. En el frente (Monte Tumbledown) se combatía encarnizadamente para mantener la línea de defensa, el enemigo había tropezado con una posición dura, de resistencia feroz, de fuego intenso. "Subteniente se me trabó el FAP" grito un soldado, tomó su FAL y continúo disparando. El subteniente Silva al ver al soldado en esa condición, sale de su pozo de zorro, destraba el FAP, y se lo alcanza a otro soldado quien nuevamente continua disparando, es el arma principal de la fracción para detener a los ingleses que atacan incesantemente las líneas defensoras. De repente se distrae del combate,tiene una pausa, siente que le quema el hombro, el dolor es profundo, no puede mover su brazo izquierdo, mira su mano y ve correr sangre; está herido. Es sangre de valiente, sangre del que va a combatir hasta el fin por lo que cree. Una y otra vez los han rechazado, una y otra vez vuelven, de repente el héroe se queda sin municiones, mira al rededor y ve unos de sus soldados ya sin vida a su lado. Toma su FAL y sigue disparando hasta agotar las municiones. A su alrededor sus hombres y los infantes de marina van cayendo, uno a uno. Se esta quedando solo. Silva se encomienda a Dios. El subteniente del Ejército Argentino abandona nuevamente su posición y va en ayuda de un herido, en el trayecto de un pozo a otro, ve que el soldado, a quien había dejado con el FAP cae muerto por el fuego enemigo. Entre el fuego y el fragor de la lucha toma al herido y lo traslada sobre sus hombros, arrastrado, agazapado, a otra posición más segura, unos treinta metros detrás. Con el FAL en las manos dispara y avanza a la línea de fuego, recupera el FAP, es fundamental para resistir, se lo acerca a otro soldado quien también es herido, nuevamente su jefe lo arrastra como al primero y lo pone en un lugar seguro, mientras grita, da órdenes, infundiendo valor a sus hombres. Regresa al frente, tomó nuevamente el FAP siguió disparando y gritando para conducir a algún hombre que aun quedaba. La desproporción de tropas es tremenda, pero la resistencia argentina inscribió epopeyas en tinta de sangre. Los ingleses intentaron una y otra vez romper la defensa desde la tarde del 13 y hasta la mañana del 14 de junio de 1982. El heroísmo manifiesto de la resistencia ante la embestida invasora hizo que los británicos se replegaran más de una vez. Allí estaba Oscar Augusto Silva, subteniente del Ejército Argentino, tenía 24 años y se iba a casar ese mismo año. Su voz firme y viril desgarraba su garganta al bramar: “...vamos soldados de hierro... ¡Viva la patria! ...fuerza soldados de mi patria!!!..." mil veces rugió mientras dirigía una y otra vez, mortal y certeramente el fuego de las armas defensoras de nuestra querida Argentina. La lucha era terrible, el fuego contra el fuego, el sol despuntaba en el horizonte cuando su fracción es sobrepasada por la masa de las fuerzas enemigas. No retroceder jamás, la dignidad y la palabra empeñada de “no ceder” era suficiente para no quebrarle el ánimo, él era un soldado del Ejército Argentino. Miró y vio que estaban siendo arrasados, sobrepasados, tomó su fusil y colocó la bayoneta, ya se había quedado sin municiones, y con fusil armado a la bayoneta emprendió su último combate cuerpo a cuerpo. En un supremo esfuerzo saltó de su pozo y emprendió contra los invasores de su patria. Entonces grita, emite un alarido de horroroso coraje. Es el bravo rugido del león herido y acosado por la jauría. Grita mientras hace trepidar su arma que vomita un mortal mensaje de plomo, Viva la Patria carajo!!! Un ciego instante de eternidad que retrata su gesto, el frío viento de la mañana templó su rostro, el horizonte permitió al sol depositar en sus ojos el brillo de los héroes y fue un león rugiente, de frente, cara a cara y a la carga. Irónicamente los ingleses colonialistas no pudieron matar de frente a este león y lo abatieron a tiros por la espalda. Murió defendiendo esa pequeña porción de terreno que representaba su Nación, su patria. Al amanecer pasan a identificar los muertos y ven al soldado muerto que esta sosteniendo firmemente el fusil sin poderlo sacárselo. Subteniente Oscar Augusto Silva el privilegio de los héroes marcaron tu camino y usted valiente del Ejército Argentino dejó en el turbal malvinense el último hálito de vida cumpliendo con su deber de soldado. 323 jóvenes fallecidos del Crucero ARA General Belgrano Link: http://www.youtube.com/watch?v=-l4wI-KSsI8
Malvinas: Historias de honor
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