¿Por Qué Levantaron Los Egipcios Las Pirámides?
De todos los monumentos de piedra conocidos en el mundo, son las pirámides los que han causado desde siempre mayor admiración e interés, en especial la atribuida al faraón Keops, que suele recibir el nombre de Gran Pirámide. Pero así como se han dedicado a estas construcciones elogios de toda clase, tampoco han faltado los personajes, de todos los tiempos, que han querido ver en ellas un ejemplo de la vanidad de los hombres.
En los inicios de la era cristiana, el romano Plinio el Viejo, ese mismo imprudente sabio que se aproximó demasiado al Vesubio en erupción y no vivió para contar su temeraria experiencia, decía que las pirámides fueron loca ostentación de unos reyes vanidosos, sin caer en la cuenta de que faraones poderosos como Ramsés II o Amenofis III, bajo cuyo reinado surgieron las estatuas de veinte metros de Abu-Simbel y los colosos de Mennón, que debieron ser tan vanidosos o más que los otros, jamás tuvieron su pirámide personal.
Otro sabio que se metió con las pirámides fue el historiador Flavio Josefo (37-95 d.C.), quien escribió obras tan importantes como Antigüedades judaicas y Las guerras de los judíos y que, al aludir en algún momento de su existencia a las presuntas tumbas faraónicas, declaró que eran construcciones tan gigantescas como inútiles.
¿Conocía Flavio Josefo -quien era judío, como el lector habrá adivinado al instante- cuál fue la verdadera utilidad de las pirámides? ¿Creía que sirvieron de tumba a los faraones, como se viene repitiendo desde hace cientos y miles de años, o tenían otra utilidad? Para los judíos, la palabra pirámide procedía de otra de origen hebreo que quería decir trigo, y la aplicaban a los enormes graneros de piedra utilizados por José para conservar las cosechas y lucirse ante el faraón en los años de hambre.
Pero Flavio Josefo no era ningún tonto. Sabía muy bien que las pirámides eran muy anteriores al arribo de José a Egipto y que jamás pudieron ser depósitos de granos, por esta sencilla razón: penetrar los hombres cargados con costales de trigo, que debían pesar lo suyo, a través de los angostos pasajes, sin aire casi para respirar, hasta llegar a una sala de reducidas dimensiones, ¿acaso no debió parecer al historiador judío la tarea más absurda del mundo, además que debió ser un trabajo de los mil diablos?
No hay duda de que Flavio Josefo no sintió jamás gran aprecio por las monumentales pirámides ni por nada que oliese a egipcio. Después de todo era judío. Pero los griegos no opinaban igual. Cuando Herodoto se presentó ante la Gran Pirámide quedó maravillado, tanto que creyó con los ojos cerrados las exageraciones que le contaron los sacerdotes egipcios. Los romanos pusieron también los ojos cuadrados al contemplar las pirámides, así como los viajeros árabes y otros visitantes de Oriente llegados a Egipto a partir del triunfo de Alá. Estaban seguros de que sólo unos magos pudieron levantar aquellos monumentos increíbles.
También los turistas europeos de la Edad Media que se aproximaron a las pirámides abrieron la boca de asombro, pero eran tan pocos ellos y tan incultos los europeos de aquellos tiempos que nadie creyó en sus frases de elogio. Hubo que esperar el arribo del ejército napoleónico, en julio de 1798, a los ocultistas que les siguieron y a los egiptólogos que arribaron pisándoles los talones, para que se comenzara a dudar de cuanto dijeron Plinio, Flavio Josefo y los demás.
Algo debían poseer las pirámides, además de su innegable majestuosidad, se dijeron, para entusiasmar a quienes las contemplaban. Y comenzaron a estudiarlas con ahinco, para averiguar para qué sirvieron. Y así se ha seguido hasta la fecha.

La Gran Pirámide de Keops. Todos los historiadores, arqueólogos y egiptolólogos, entre otros, se han hecho la misma pregunta: ¿Por qué levantarón los egipcios las pirámides y con qué finalidad?. ¿Acaso no fueron ellos quien las construyeron, y simplemente se dedicaron a decorarlas con sus relieves y jeroglíficos?
La toponimia es la ciencia de descubrir el sentido de una palabra, casi siempre lugar geográfico, a partir del nombre que tiene en la actualidad y comparándolo con el que tuvo en otros tiempos.
Esto quiso hacerse con el origen de la palabra pirámide, sin saber si era de origen egipcio, judío, griego o muy anterior, perteneciente tal vez a una lengua que ya no existe. Por culpa de este desconocimiento se ha querido dar varios significados a la palabra.
Recuérdese que una misma palabra cambia al pasar de un pueblo a otro que lo domina. Cuando a Herodoto le dijeron que la Gran Pirámide fue construida por el faraón Khufu, se le hizo sencillo darle el nombre de Keops, porque resultaba más familiar a sus oídos. De igual manera, cuando los españoles escucharon en Tenochtitlan el nombre considerado bárbaro por ellos de Huichilipochtli, consideraron que resultaría más grato si lo llamaban Huichilobos.
Algunos autores han querido ver la relación 3.1416 en el nombre de la pirámide, recordando que la suma de los cuatro lados de la base dividida por la mitad de la altura es aproximadamente igual a pi. La siguiente partícula, que es ra, coincide según ellos con el Ra, o dios solar, tan respetado por los egipcios, y vienen así a confirmar que la Gran Pirámide fue un templo dedicado al culto solar, entre otras cosas.
¿Es ésta la versión más apegada a la verdad? No, exclaman otros autores, convencidos de que esta palabra se inicia con el término griego pyr, que significa fuego. Surgen entonces dos alternativas: una, que la pirámide tiene forma de llama, explicación que se antoja ridícula para quienes pretenden aproximarse a la verdad. Declaran éstos que el fuego de la pirámide no está en su forma, sino que ese fuego arde en su interior. Y en apoyo de sus palabras dicen que los griegos habían oído hablar de ciertas propiedades de las pirámides, sin saber exactamente en qué consistían, y que por esta razón les dieron este nombre, sin comprobar si procedían correctamente.

Dios Ra: dios creador y personificación del Sol. Suele aparecer como un hombre con cabeza de halcón o de toro y también tocado por el disco solar.
Los libros que se ocupan de describir a la majestuosa Gran Pirámide jamás se molestan en aludir a la visita que cierto francés llamado Antonio Bovis le hizo a comienzos del presente siglo, mucho menos al descubrimiento que realizó en la llamada Cámara del Rey, del cual obtendría muy jugosos beneficios económicos medio siglo después un ingeniero checoslovaco cuyo nombre era Karol Drbal.
Este monsieur Bovis recorrió la Gran Pirámide de un extremo al otro, se internó por los largos corredores, anduvo por la Gran Galería y llegó finalmente a la Cámara del Rey. Y entonces se encontró con algo que lo dejó intrigado. En el suelo de piedra de la cámara estaban tirados los cuerpos sin vida de ratas, insectos y de algún gato que entró por error donde no debía y murió de pánico y de hambre, al no encontrar la salida.
Pero lo más extraordinario del hallazgo era que todos los animales estaban completa y absolutamente deshidratados, convertidos en auténticas momias. ¿Era el aire seco del desierto, que con gran dificultad alcanzaba hasta el interior de la pirámide, el culpable del curioso fenómeno? ¿Se debía a una desconocida propiedad de la construcción, que sería bueno investigar?
Bovis regresó a su patria y fabricó un modelo a escala de la Gran Pirámide, de madera, y la orientó de acuerdo con el eje magnético del planeta, como había leído que se encuentra la construcción. A continuación fue en busca del primer voluntario para realizar una prueba. Quiso la mala . suerte que pasara un gato cerca, que fue sacrificado en aras de la ciencia e introducido en el interior de la pirámide casera, sobre una pequeña plataforma situada a dos tercios de la punta superior. Y se dispuso a esperar. ¿Se pudriría el gato? ¿Le sucedería lo mismo que a los animales hallados en la Gran Pirámide egipcia?
Sucedió entonces algo que parecía desafiar a las leyes biológicas, a las leyes físicas y hasta a las del sentido común: a pesar de que monsieur Bovis vivía en una población húmeda y fría, tan diferente de la atmósfera seca del desierto egipcio, el gato se convirtió en cosa de días en una momia perfecta. ¡La pirámide a escala funcionaba!
Envió el científico aficionado un informe a los periódicos y a la Academia de Ciencias de París, contando lo sucedido, muy ufano por el descubrimiento que acababa de realizar. Pero, al igual que sucede cada vez que un ser humano tiene una idea brillante o inventa algo que se sale de lo cotidiano, los científicos y los periodistas tildaron a Bovis de loco y estúpido y le aconsejaron dejar estas cosas a quienes sí sabían de ellas. Así que monsieur Bovis, que no deseaba enojarse, tiró la pirámide de juguete a la basura, con todo y la inocente momia gatuna, y decidió olvidarse del asusnto. Y el asunto quedó durmiendo el sueño de los justos hasta el año 1949.

Se han realizado experimentos con modelos a escala de la Gran Pirámide de Keops, introduciendo alimentos en su interior, los cuales se secaron rápidamente en vez de pudrirse. También se ha experiemntado con cuchillas de afeitar gastadas, las cuales volvieron a estar afiladas tras permanecer dentro de la pirámide.
Nueve años antes, los norteamericanos Veme L. Cameron y Ralph Bergstresser habían realizado experiencias con piramiditas e incluso escribieron un libro que nadie compró, pero el checo Karol Drbal leyó en 1949 alguna referencia a la pirámide del francés y quiso repetir la curiosa experiencia. No le importaba el qué dirán si a cambio de esto lograba divertirse con el aparatito. Pero no se limitó a introducir animalitos muertos en el modelo que fabricó.
Hizo la prueba con un dedo lastimado, para ver qué sucedÍa, repitió el experimento, con hojas de plantas, huevos frescos, pedazos de carne y fruta. Y también, quién sabe por qué razón, repitió la experiencia con hojas de afeitar usadas.
Obtuvo resultados increíbles. Que secasen las heridas del cuerpo o que se momificasen los animales muertos, era algo que había esperado, pero ¿cómo era posible explicar lo que sucedió con las hojas de acero?
Construyó la primera pirámide en serio, que tituló Pirámide afiladora de hojas de afeitar, y fue a presentarla en la oficina de patentes. Se rieron de él. No se desalentó y siguió insistiendo, hasta que en 1959 accedió a realizar con la pirámide una experiencia el jefe de la oficina y quedó tan convencido que dieron al invento el número de patente 91.304.
Drbal se puso a fabricar pirámides a escala, de 15 centímetros de altura, pero de diferentes materiales -madera, cartón o plástico-, hasta que finalmente utilizó la espuma de poliestireno.
Comenzó a ganar dinero con los objetos curalotodo, que no tardaron en ponerse de moda en Europa y muy pronto cruzaron el mar para enseñar a los norteamericanos lo que debe hacerse cuando se corta alguien un dedo o en otras ocasiones igualmente importantes. Entre otras cosas, se descubrió que las pirámides de juguete arreglaba los relojes descompuestos y devolvía el vigor perdido a los importantes.
Por su parte, los ocultistas añadieron otra propiedad de la pirámide: se escribe un deseo en un papel, se introduce en la pirámide encontrándose orientada de norte a sur, y no tardará en ser concedido el deseo.

El poder de la pirámide puede ser concentrado dentro de un marco de forma apropiada, según afirman algunos.
Los fabricantes de hojas de afeitar aconsejan no pasar un trapo, ni siquiera limpio, por el filo, sino lavar la hoja bajo un simple chorro de agua. Esto es debido a la estructura cristalina del filo. Una acción brusca puede eliminar los cristales y dejar inservible la hoja.
Los cristales son como seres vivientes, puesto que crecen y se reproducen por sí solos. Algunos cristales, como los del cuarzo, poseen la propiedad de emitir débiles corrientes eléctricas al ser estrujados, como si fuera una protesta contra el mal trato. En cuanto a la hoja de afeitar, desaparece una buena parte de sus cristales al ser usada. En teoría, hay razones para suponer que al paso del tiempo estos cristales llegarán a reponerse, si la hoja no se oxida antes. Pero sucede que al colocar la hoja en el interior de la pirámide, por pequeña que sea, el fenómeno se acelera. ¿Cómo explicar este aparente milagro?
Sabemos que el Sol envía sus rayos luminosos en todas direcciones y que al chocar contra objetos como la Luna, esa luz del sol se polariza y comienza a vibrar en una sola dirección. Esta luz polarizada es susceptible de destruir el filo de una hoja de afeitar expuesta a la luz de la luna, pero no explica el efecto contrario, tal como se produce dentro de la pirámide. ¿Acaso la Gran Pirámide y sus imitaciones de bolsillo actúan como lentes capaces de recoger la energía cósmica, o como catalizadores que aceleran el crecimiento de los cristales?
Otro checo que deseaba también descubrir una propiedad maravillosa y enriquecerse al mismo tiempo, un tal Robert Pavlita, desarrolló poco más tarde el llamado generador psicotrónico, una máquina supuestamente capaz de almacenar energía originada en la mente humana. Cuando una persona se concentra en algunos puntos del generador, atrae éste energía no magnética y se mueven entonces los pequeños motores que funcionan en el vacío, además de purificarse el agua contaminada y acelerar las plantas su crecimiento. Este señor Pavlita afirma que su máquina puede leer la mente, controlar los pensamientos, predecir el futuro y comunicarse con entidades de otros planos de la existencia.
Lo más curioso de esta máquina psicotrónica es que no la inventó Pavlita. Confiesa que halló el principio en viejos manuscritos que existen en la Biblioteca de Praga: tratados de magia negra basada en una tecnología ocultista desarrollada por una civilización anterior a la egipcia y a la sumeria.
Quién sabe si el invento de este segundo checo pueda tomarse en serio, pero es indudable que el hallazgo de Drbal está inspirado en misteriosas fuerzas que el ser humano todavía desconoce.

Planos de las pirámides de Kefrén y Mikherinos. Se pueden apreciar las distintas cámaras y corredores que poseen estas dos pirámides de la Meseta de Gizeh.
¿Engendra la geometría tan especial de la pirámide un campo magnético en su interior, en combinación con las fuerzas telúricas? La verdad es que se ignora cómo opera este fenómeno, que tal vez conocían los antiguos egipcios. ¿Descubrieron esta fuerza accidentalmente y decidieron utilizarla en su provecho? ¿Existió una raza supercivilizada que conocía el secreto de la energía piramidal y se lo enseñó a sus discípulos, los sacerdotes egipcios?
La ciencia comienza a cambiar. Algunos sabios de mente más abierta se apartan ya del dogma absurdo que los ha mantenido sumergidos en el fácil conformismo y comienzan a interesarse en los misterios que acompañan al hombre. Están estudiando las características físicas y geométricas de las pirámides en general, seguros de que ocultan grandes cosas. Hacen caso omiso de lo tradicional y de las leyes establecidas y buscan una función física posible de la forma piramidal.
Están ahora seguros de que, por su forma terminada en punta, las pirámides acumulan la energía cósmica, las vibraciones magnéticas y las ondas energéticas desconocidas. Es decir, que las pirámides actúan como condensadores, como cristales polarizados de aumento de ciertas manifestaciones de la energía. Aceleran la velocidad y la intensidad de las ondas telúricas procedentes de las capas freáticas sobre las cuales levantaron los antiguos estas construcciones, creando en su interior un vacío biológico que es capaz de provocar cambios en la materia orgánica.
No hay duda de que si los egipcios, los mayas, chinos, olmecas, babilónicos y toltecas construyeron las pirámides cerca del agua o sobre mantos acuíferos, era porque conocían el secreto de la liberación de inmensas cantidades de energía. Conocían también las alteraciones del campo magnético terrestre y su intensidad, y por esta razón acondicionaron las pirámides en lugares donde, según habían descubierto, era más intensa la influencia cósmica. Y estos lugares se encuentran en una angosta faja, a la altura del Trópico de Cáncer.
La Tierra está sometida a una interacción electromagnética y radiactiva con los otros planetas de nuestro sistema solar, que influyen decisivamente en la vida orgánica. El campo magnético intercepta a las radiaciones cósmicas, y las partículas procedentes del cosmos describen trayectorias que se orientan de acuerdo con las líneas del campo magnético. Esto tampoco lo ignoraban los egipcios -o sus maestros-, quienes consideraban además que el Sol tiene mucho que ver con este fenómeno. Con justa razón lo consideraban sagrado. Y sabían igualmente los egipcios que las manchas y las tormentas solares influyen en los seres humanos y en la vida que los rodea.
Lástima que estos fenómenos fuesen olvidados a partir de la caída de Roma, cuando se abatieron sobre el mundo las tinieblas de la Edad Media y sólo algunos sabios solitarios, como los alquimistas, siguieron estudiándolos, gracias en parte a los viejos documentos que lograron rescatar.
Fue la intervención de Antonio Bovis la que impulsaría más tarde el estudio de las pirámides. Se han comenzado a estudiar las propiedades de las pirámides y que influyen no sólo en la materia, sino también en la mente. Los enfermos atendidos en salas de forma piramidal mejoran antes, tanto del cuerpo como del espíritu.
¿Resucitarán Algún Día Los Faraones?
Los sacerdotes de las primeras dinastías egipcias anteriores a los conocidas no eran ajenos a las propiedades de las pirámides. Las utilizaron en beneficio de los faraones muertos, para que se conservasen eternamente, convertidos en momias deshidratadas, como si fuesen ciruelas pasas o carne seca, que recobran parte de sus propiedades al humedecerse.
¿Con qué objeto realizaban los sacerdotes esta cuidadosa operación, que dejaba al faraón listo para desafiar al tiempo? ¿Pensaban acaso que los faraones resucitarían algún día, o estaban seguros de que así sucedería?
A cualquiera de nosotros nos parecerá esta posibilidad sumamente aventurada, por no decir absurda, y sin embargo aceptamos en la actualidad los beneficios de la criogenia. En algunos países de América y de Europa existen sociedades criogénicas, que se dedican a conservar a muy baja temperatura los cadáveres de seres que murieron con la esperanza de ser resucitados en el futuro, cuando se descubra el remedio para el mal incurable que los condujo, irremediablemente a la tumba.
Científicos soviéticos han logrado congelar durante un corto tiempo vísceras de animales que volvieron más tarde a la vida. De igual manera se utiliza el frío para conservar el esperma de los sementales y aplicarlo en la fecundación artificial. En consecuencia, no hay por qué no aceptar la posibilidad de que algún día pueda realizarse la misma operación con un cuerpo humano entero.
Tal vez para este fin sirvieron las pirámides. Parece tema para una novela de ciencia ficción y sin embargo los científicos han contemplado el problema con mucha atención. En 1951, la bióloga soviética Olga Lepichinskaya había afirmado ya que las células del organismo pueden ser reconstruidas, en teoría. Más tarde, el Dr. Elof Carlsson, de la Universidad de California, añadiría que, también en teoría, es posible reconstruir una momia, aunque haya permanecido muerta durante miles de años.
Para ello, sería preciso retirar un gen del tejido modificado y obtener del mismo las moléculas de ADN necesarias para reestablecer el código genético del individuo en cuestión. Se extraería a continuación el núcleo de una célula fértil de un ser humano cualquiera, que sería sustituida por el núcleo obtenido a partir del tejido momificado. La operación parece una locura, por supuesto, pero los biólogos estiman que podrá realizarse antes de que haya transcurrido un siglo más.
¿Era por esta razón, entre otras, que los maestros de los primeros egipcios les aconsejaron levantar enormes edificios de piedra, de forma piramidal?
En algún momento de la historia, los egipcios dejaron de construir pirámides. ¿Sería porque perdieron el conocimiento exacto de sus propiedades maravillosas? Debió existir un faraón que tenía una idea muy vaga de las ventajas que proporcionaban estos edificios, y aunque deseaba levantar una pirámide para seguir con la tradición, llegó a la conclusión de que no disponía de los medios suficientes.
Hicieron cálculos sus ministros y sus sacerdotes y cayeron en la cuenta de que harían falta docenas de miles de hombres en la construcción, que no habría suficiente trigo en todo el país para alimentarlos, que ni siquiera habría espacio vital para que los obreros pudiesen moverse, que la tarea llegaría a su fin muchos años después, cuando el faraón no pudiese gozar ya de las muchas ventajas atribuidas a la pirámide. La verdad es que había olvidado la técnica de construir pirámides.
Se le ocurrió mucho más sencillo. Los sacerdotes se dedicaron a sacar las vísceras de los difuntos faraones, por la nariz o por una pequeña incisión practicada en el vientre, que guardaban muy cuidadosamente en unos recipientes. En cuanto al cuerpo, pensaron que lo mejor sería envolverlo en vendas previamente impregnadas de aceites y esencias. El clima se ocuparía de lo demás. Nada se perdería de los faraones, y el día que fuesen a resucitar no tenían más que ir en busca de las vísceras que les quitaron, que dejaron al alcance de su mano los sacerdotes.
En lo que a las construcciones se refiere, los sacerdotes les concedían unas virtudes mágicas, que no sabían en qué consistían. Así que aconsejaron a los arquitectos seguir levantando pirámides. Pero serían unas pirámides distintas.
En el Valle de los Reyes, lugar escogido por los faraones de las siguientes dinastías para ubicar sus tumbas, que eran todas subterráneas, existe una pirámide muy singular, recortada en lo alto de un cerro imponente que domina el paisaje.
Otro tipo de pirámide, más estilizada y más elegante, pero acerca de cuyas virtudes conservadoras nada se ha dicho, porque posiblemente no existan, es el obelisco, que apareció en las tumbas y en algunos templos.

Momia del faraón Ramses III. Los sacerdotes egipcios momificaban a los difuntos con la intención de que algún día resucitarían.

En estos vasos canopos los sacerdotes introducían las vísceras de los difuntos antes de momificarlos. Había cuatro vasos canopos distintos, donde cada uno de ellos albergaba un órgano distinto. Es decir el de cabeza de hombre contenía el hígado, el de cabeza de mono los pulmones, el de cabeza de chacal el estómago y el de halcón los intestinos.
¿Quién Fue El Primer Constructor De Pirámides?
Se tiene la casi certeza de que el primer ser humano que construyó una pirámide en Egipto fue el legendario Imhotep, el ingeniero más grande de su época, muy superior a Dédalo, autor del laberinto de Creta donde sería encerrado el Toro de Minos. Este Dédalo -personaje que muy bien pudieron copiar los griegos de Imhotep- inventó un robot que lanzaba rocas desde un acantilado a los barcos que se aproximaban demasiado, además de idear unas alas recubiertas de cera que condujeron a la muerte a su hijo Icaro. Esta primera víctima de la aviación, ¿simbolizaba acaso a la ignorante humanidad que no estaba aún en condiciones de utilizar los aparatos fabricados por sus maestros?
También se ha querido identificar a Imhotep con Prometeo, personaje de quien nos ocuparemos más adelante. En esta ocasión se dedicará la atención a este hombre que construyó en tiempos del faraón la primera pirámide escalonada, en la región sagrada de Saqqarah.
El 5 de octubre de 1964, Walter Bryon Emery inició la tarea. Suponía que, puesto que la tumba de Imhotep no había sido hallada, podía suponer que jamás fue saqueada por los ladrones y que este hombre genial supo tomar precauciones antes de su muerte. Sin embargo, Emery estaba convencido de que Imhotep construyó su propio mausoleo, aunque no pensó jamás utilizarlo, y que tenía que ser diferente de la enorme pirámide escalonada construida para el faraón Djoser.
Descubrir la tumba significaría alcanzar un completo conocimiento del antiguo Egipto. Pero ¿dónde iniciar las excavaciones, si carecía de información? El día 10 de diciembre descubrió a diez metros de profundidad el pozo de excavación de una tumba de la dinastía de Djoser, frente a una red de corredores que se interrumpían bruscamente. Sólo halló el inglés en aquel lugar unas momias de ibis, el ave sagrada del Nilo. Siguió Emery buscando algún tiempo más, sin obtener resultados.
El jueves 11 de marzo de 1971, derrotado ante tantos fracasos, víctima del desaliento más completo, Walter Bryon Emery murió en el hospital británico de El Cairo. Algunos colegas declararon que era una víctima más de la maldición faraónica, que a nadie perdona, y relacionaron su muerte con la del eminente arqueólogo egipcio Zakaria Ghoneim, acaecida unos años antes, quien también sintió un enorme interés por la región de Saqqarah.
Había iniciado el profesor Ghoneim la exploración de una pirámide cercana a la de Djoser, que no terminó de construirse, por causas que se ignoran. Los arqueólogos habían buscado sin éxito la entrada a esta pirámide, hasta que apareció Ghoneim y dio con ella. Pero no se debió a la suerte, sino gracias a unos cálculos realizados con base en la estructura de la pirámide principal.
Los trabajos fueron arduos. Dos veces tropezaron los obreros con barreras macizas infranqueables y se produjeron hundimientos. Finalmente, el arqueólogo y sus colaboradores llegaron a una cámara funeraria situada a unos cuarenta metros bajo el nivel del suelo. Y dieron comienzo al instante los misterios.
En el centro de la cámara vieron un sarcófago de mármol cerrado herméticamente. Estaba intacto. Ningún ladrón de tumbas lo había abierto. Pero al levantar la tapa, Ghoneim recibió la gran sorpresa: no apareció ninguna momia en el interior del sarcófago. La presencia de las joyas, además de los sellos inviolados, descartaban la posibilidad de cualquier robo. ¿Estuvo el sarcófago vacío desde siempre, para engañar a los posibles profanadores? ¿Sirvió de morada ocasional al huésped, que sería trasladado a otro lugar más seguro, una vez momificados sus restos mortales ?
El profesor Ghoneim supuso entonces que existía otra cámara sepulcral en esta pirámide. Todo obligaba a creer en ella, igual que Herodoto estaba convencido de que la Gran Pirámide ocultaba una cámara subterránea, rodeada por las aguas del Nilo, donde se conservaba perfectamente la momia del faraón que la mandó construir.
El arqueólogo egipcio descubrió finalmente otra entrada y penetró por ella, dispuesto a dar con la cámara secreta. Todo parecía indicar que no tardaría en alcanzarla y descubrir así el secreto de la pirámide. Pero jamás se pudieron cumplir sus deseos.
Se produjo por aquellos días la crisis de Suez, cuando Egipto nacionalizó el Canal y el país pasó por momentos muy difíciles. Se suspendieron los trabajos en Saqqarah y, cuando algún tiempo después fueron las autoridades en busca del profesor Zakaria Ghoneim, ya no pertenecía a este mundo. Había comenzado a sufrir pesadillas y fuertes ataques de nervios, a raíz de sus trabajos en la zona de Saqqarah, y terminó quitándose la vida en 1959.

Entrada a la tumba del faraón Djoser.

Hoy en día no hay empresa constructora, que pudiera igualar la hazaña conseguida por los antiguos egipcios en la construcción de las pirámides. Algunos han intentado construir una réplica a escala, siete veces más pequeña, de la Gran Pirámide de Keops, siendo un fracaso dicho intento.
Poco después de convertirse en presidente de la República Árabe Unida -nombre con que se conoce en la actualidad a Egipto-, Gamal Abdel Nasser ordenó trasladar hasta un jardín público de la capital egipcia cierta estatua de veinticuatro metros perdida en el desierto. Trabajaron varias brigadas de obreros al mando de un grupo de ingenieros, que tuvieron a su disposición grúas, bulldozers y tractores. Lucharon durante algunas semanas para llevar a cabo el traslado de la estatua y al final se declararon vencidos. No pudieron mover la gigantesca mole de piedra. Se preguntaron entonces cómo hicieron los antiguos egipcios para transportar las enormes moles que integrarían las pirámides en general y, en especial, en el caso de la mayor de todas: la de Keops.
Se ha calculado que en la construcción de la Gran Pirámide tuvieron que mover y acomodar los antiguos egipcios no menos de dos millones y medio de bloques de piedra, cuyo peso medio era de cinco toneladas. Si en nuestros días se confiase a un equipo de primera, provisto de la mejor maquinaria y recursos ilimitados la construcción de la Gran Pirámide, lo pensarían mucho antes de lanzarse a tan disparatada aventura. Pero si en lugar de elementos técnicos avanzados se les concediese cinceles de bronce, palancas, rodillos y cuerda de fibra de palmera como se asegura utilizaron quienes levantaron el monumento, lo más seguro es que abordarían el primer avión y se alejarían hasta el último rincón del mundo, seguros de que iban a perder todo su prestigio en la empresa.
Los periódicos del 7 de febrero de 1978 informaron al mundo acerca de un proyecto que comenzaba a realizar en Egipto, a corta distancia de la Gran Pirámide, un grupo de arqueólogos de la Universidad Wasseda, de Japón. Quería construir en un par de meses una pirámide siete veces más pequeña que la de Keops. Mandaron hacer bloques de hormigón en una fábrica local, que fueron transportados en camiones hasta el sitio, se tallaron bloques de piedra a mano, utilizaron los técnicos indumentaria semejante a la egipcia antigua y pensaron que iban a triunfar sobre los egipcios.
¿Por qué se suspendieron de pronto las obras? ¿Era porque las autoridades de El Cairo no deseaban contemplar aquel adefesio made in Japan, que causaría daños irreparables al severo paisaje desértico? ¿Era porque los técnicos venidos del Japón se dieron cuenta de que no podrían con el paquete y buscaron la manera de buscar una salida honrosa al problema en que se metieron?
El astrónomo Gerald S. Hawkins -quien llegó hace unos años a la conclusión de que el templo de piedra de Stonehenge, en la llanura inglesa de Salisbury, fue en realidad un observatorio astronómico- decía que su construcción debió requerir de un millón y medio de hombres-día de trabajo. Esto significaba una labor de diez generaciones, es decir, de tres siglos. Diez generaciones de seres primitivos que se preguntarían para qué estaban levantando un monumento que, a su corto entender, no servía para nada.
Pero resulta que la Gran Pirámide es varias veces mayor que el observatorio astronómico de Stonehenge. ¿Cómo hicieron los egipcios para erigir su pirámide número uno? ¿Estaban sus finanzas en condiciones como para invertir sumas incalculables en la construcción del edificio? Ningún estado en la actualidad se atrevería a realizar un gasto tan cuantioso, utilizando un ejército integrado por un cuarto de millón de obreros y tanta piedra como para levantar un muro de metro y medio de altura en torno a Francia, como afirmaría Napoleón Bonaparte al encontrarse ante el colosal edificio. ¿Podemos pensar que la pirámide fue construida por un pueblo subdesarrollado, sin ningún sentido de lo que estaba haciendo?
Algunos autores opinan que la Gran Pirámide se construyó en una época del año en que los campesinos no trabajaban, para tenerlos ocupados el faraón. Así, el Dr. Kurt Mendelssohn, profesor de la Universidad de Oxford, emitiría en mayo de 1971 una opinión muy particular. El faraón había dispuesto un programa de asistencia social, concebido para regularizar la distribución del trabajo por medio de la construcción escalonada de pirámides. Según este erudito, jamás trabajaron esclavos ni prisioneros en la pirámide, sino que los trabajadores cobraban por su labor durante el tiempo que no dedicaban a las faenas del campo y que recibían un sueldo consistente en granos de trigo y otros alimentos.
¿Estaba el Dr. Mendelssohn en lo cierto? No parecen muy convincentes sus razonamientos y, de igual manera, tampoco conoce el hombre contemporáneo qué motivos pudieron tener los antiguos egipcios para levantar las pirámides. Es tan vanidoso, tan seguro de su superior inteligencia, que no se le ocurre pensar que tal vez tuvieron razones muy poderosas, que sólo ellos conocían.
¿Qué reacción sería la de un ser venido de otra galaxia, perteneciente a una avanzadísima civilización, al encontrarse ante una gigantesca presa que alimentase a una planta hidroeléctrica? ¿Acaso no estaría en su derecho al considerar la construcción loca ostentación del gobernante que mandó crear la obra de ingeniería? Sin embargo, nosotros sabemos que las plantas y los embalses constituyen uno de los elementos más importantes de la civilización que conocemos.

En la actualidad aún no se sabe qué técnicas o métodos utilizaron los constructores de las pirámides y monumentos egipcios para transportar los bloques de piedras, y posteriormente poder levantarlos hasta su posición./align]
Los libros de historia y los textos escolares no parecen conceder demasiada importancia a la técnica utilizada en la construcción de la Gran Pirámide. Dicen que tardaron unos veinte años en terminarla los egipcios y que sirvió de tumba al faraón Keops. Pero dan la impresión de facilitar su información un poco a la ligera, sin detenerse a establecer comparaciones, a investigar si de verdad ese número de años fue suficiente para realizar la magna tarea.
Parecen olvidar algo que sucedió en 1964 en la ciudad de México, en ocasión de inaugurarse el Museo de Antropología e Historia. Iba a erigirse en su entrada la monumental estatua de Tláloc, la divinidad de las aguas, pero era preciso transportarla desde una barranca cercana a San Miguel Coatlinchan. La operación de traslado de la mole, a lo largo de cuarenta y ocho kilómetros, iba a resultar más complicada de lo que en principio se pensó.
Hubo que recurrir a un vehículo provisto de treinta y dos poderosas ruedas armadas de gruesos neumáticos, sobre el cual se acomodaría al dios. Se cortaron los cables de energía eléctrica, se acondicionaron los caminos, se detuvo el tránsito en los puntos por donde debía circular el convoy. Las poblaciones entre Coatlinchan y México estuvieron pendientes de la operación. Resultó una tarea fatigosa en extremo y, sin embargo, el bloque era menos pesado que cualquiera de las piedras de la Gran Pirámide.
Pues bien, si el simple acarreo de una mole de piedra como es el Tláloc causó tantos problemas y hubo que echar mano de tantos obreros y de tantos técnicos durante tantos días, ¿qué decir si los bloques de piedra pasaban de los dos millones y medio? ¿Cuánto tiempo se requirió en el antiguo Egipto para trasladar los bloques desde la cantera hasta la meseta rocosa de Gizeh, cortarlos y acomodarlos en su sitio, formando pisos de tal manera exacta que no hubiese lugar para introducir entre dos piedras un cabello?
Decía el historiador griego Herodoto en el segundo libro de sus Historias -muy posiblemente porque alguien se lo dio a entender- que el faraón Keops obligó a sus súbditos a acarrear enormes piedras desde las canteras de Arabia, que debieron ser trasladadas en embarcaciones por el río Nilo. ¿Poseían los egipcios naves tan enormes, capaces de desplazar un mínimo de cinco toneladas? Añadía el griego que eran cien mil los esclavos ocupados en la construcción, mal alimentados, relevándose cada tres meses o dejando los huesos en la arena.
Los bloques, informaron los sacerdotes a Herodoto, eran subidos por medio de rampas y cuerdas a los diversos pisos, reduciéndose en cada ocasión el número de bloques pero aumentando al mismo tiempo la altura y creciendo, en consecuencia, la dificultad para izar las piedras y acomodarlas en su sitio. Añadieron que costó la obra el equivalente de cuarenta toneladas de plata, pero en ningún momento se refiere el griego en su libro a problemas tan serios como la aglomeración de los obreros, a su alimentación, a las máquinas utilizadas.
¿Sabían los sacerdotes lo que decían o inventaron todo acerca de la pirámide, puesto que era tan antigua que se había perdido el recuerdo de los hombres que la levantaron? ¿Sucedió acaso que las primeras pirámides fueron construidas con una maquinaria perfecta y que las siguientes resultasen más modestas, porque no se contaba ya con los aparatos del principio? ¿Se dieron cuenta los faraones de las siguientes generaciones que no podrían realizar jamás una obra tan impresionante y que, por esta razón, se conformaron con equivalentes de menor tamaño, como eran los obeliscos?
Un noruego aficionado a la egiptología, cuyo nombre era Olaf Tellefsen, declaró en 1971 que había descubierto el secreto egipcio para construir la pirámide. Declaró que no utilizaron rampas para subir los bloques, porque tendrían unos dos kilómetros de longitud, como mínimo. Todo lo hicieron por medio de palancas. ¿Acertó el noruego?
En el antiguo Egipto, la población no podía superar los cien millones de habitantes y, según afirman los arqueólogos, no poseían una técnica avanzada, puesto que no han llegado vestigios hasta nuestros días. ¿Cómo hicieron entonces? ¿Poseían los sacerdotes un tipo muy especial de técnica, basada en los ultrasonidos, los poderes paranormales y la antigravedad, dejada acaso en herencia por sus maestros y que terminó por perderse?
Un científico contemporáneo, el francés Jacques Weiss, decía que los bloques de piedra eran transportados por medio de la fuerza mental y que iban a encajar perfectamente uno sobre el otro, gracias en parte a la disposición de las caras, que eran ligeramente cóncavas o convexas, según los casos.
Una leyenda árabe dice que los Hijos del Nilo transportaban las piedras de las pirámides sobre papiros cubiertos de signos mágicos. Los sacerdotes las movían a su antojo, mediante un esfuerzo de su voluntad. Es decir, que practicaban eso que los parapsicólogos llaman ahora psicokinesis, y también telekinesis. Y de igual manera que levantaban los objetos sin que mediara contacto físico, también ellos sabían elevarse en el aire. Es decir, que levitaban, igual que harían tantos santos católicos en sus momentos de éxtasis místico, los ascetas de la India y algún que otro médium del siglo pasado.
Los sacerdotes egipcios ayudaban a los arquitectos por medio de unas flautas, cuyo sonido inaudible para el oído humano era capaz de mover las piedras. Parece absurdo, a simple vista, que un simple sonido pueda desplazar objetos. Sin embargo, nadie se sorprende al ver que las ondas sonoras emitidas por un jet alcancen a cambiar de lugar los objetos de una casa vecina.
Pero, de ser cierto cuanto se dijo acerca de los sonidos capaces de mover las piedras y de la levitación de las piedras por personas debidamente entrenadas, queda pendiente de contestar una sencilla pregunta: ¿de qué medios se valían los constructores para dar a los bloques de piedra la forma exacta requerida para que encajasen perfectamente, sin dejar rendijas?
Un científico contemporáneo, el francés Jacques Weiss, decía que los bloques de piedra eran transportados por medio de la fuerza mental y que iban a encajar perfectamente uno sobre el otro, gracias en parte a la disposición de las caras, que eran ligeramente cóncavas o convexas, según los casos.
Una leyenda árabe dice que los Hijos del Nilo transportaban las piedras de las pirámides sobre papiros cubiertos de signos mágicos. Los sacerdotes las movían a su antojo, mediante un esfuerzo de su voluntad. Es decir, que practicaban eso que los parapsicólogos llaman ahora psicokinesis, y también telekinesis. Y de igual manera que levantaban los objetos sin que mediara contacto físico, también ellos sabían elevarse en el aire. Es decir, que levitaban, igual que harían tantos santos católicos en sus momentos de éxtasis místico, los ascetas de la India y algún que otro médium del siglo pasado.
Los sacerdotes egipcios ayudaban a los arquitectos por medio de unas flautas, cuyo sonido inaudible para el oído humano era capaz de mover las piedras. Parece absurdo, a simple vista, que un simple sonido pueda desplazar objetos. Sin embargo, nadie se sorprende al ver que las ondas sonoras emitidas por un jet alcancen a cambiar de lugar los objetos de una casa vecina.
Pero, de ser cierto cuanto se dijo acerca de los sonidos capaces de mover las piedras y de la levitación de las piedras por personas debidamente entrenadas, queda pendiente de contestar una sencilla pregunta: ¿de qué medios se valían los constructores para dar a los bloques de piedra la forma exacta requerida para que encajasen perfectamente, sin dejar rendijas?
El ser humano es tan vanidoso, tan seguro de su superioridad -en especial los científicos apegados al dogma- que se niega a creer en todo lo que vaya en contra de lo que aprendió en los libros o en la universidad. Está convencido de que nada existe en el mundo fuera de lo que conoce y que todo fue inventado ya.
Pero hace unos años, un investigador norteamericano declaró que al hombre le hace falta mucho por aprender, siquiera en ciertos terrenos. Y aportó pruebas al respecto. Decía Hyatt Verrill que en la Gran Pirámide, al igual que en las construcciones, incaicas y preincaicas, se utilizó una técnica desconocida por los actuales arquitectos e ingenieros civiles: trabajaban los obreros la piedra no con el cincel, sino con una pasta obtenida a partir de cierta planta sólo conocida por los indios, que ablanda la piedra y la vuelve maleable durante un corto tiempo.
Este mismo descubrimiento había sido realizado por el coronel P.H. Fawcett, quien antes de desaparecer misteriosamente en 1925 en las selvas brasileñas presenció algo increíble a corta distancia de los montes peruanos. Cerca del cerro de Paseo, un geólogo norteamericano había hallado un recipiente herméticamente cerrado, con forma de cabeza humana. En el Perú antiguo utilizaban la huaca para conservar líquidos, granos y oro en polvo.
El geólogo pidió a un obrero indígena que abriese el recipiente, para conocer su contenido. El hombre no sólo se negó a obedecer, sino que arrebató la huaca de manos del hombre blanco y la estrelló contra el suelo y huyó a toda prisa. Al inclinarse para recoger los fragmentos de la huaca vio con gran asombro que la piedra sobre la cual se derramó el líquido se ablandaba como si fuera de barro. Unos minutos más tarde recobraba su dureza habitual.
Así se expresó el explorador Fawcett y en apoyo de sus palabras están las piedras que se conservan en el Museo de Cochabamba, Bolivia, en las cuales hay impresas unas manos. Un sacerdote peruano, el padre Jorge Lira, informaría por su parte en junio de 1967 que los incas conocían el secreto de una planta cuyo jugo ablandaba las piedras más duras.
¿Fue utilizando una planta semejante a la peruana que los constructores de la Gran Pirámide acomodaron los bloques para lograr un perfecto ensamblaje? Y de ser así, ¿quedaría demostrado que los incas aprendieron el secreto de los egipcios, o se trata de una pura coincidencia?
¿Cómo hicieron los constructores de la Gran Pirámide para iluminarse en el interior y evitar que cayeran todos de bruces? ¿Utilizaban antorchas, como hacían en la Edad Media para caminar de noche por los patios y los corredores?. Imposible pensar en las antorchas, en las velas o en objetos que dan luz y despiden humo, por esta sencilla razón: no se ha encontrado hollín en los muros interiores de la Gran Pirámide, así que otro debió ser el sistema de iluminación.
¿Lograban los egipcios, captar la luz solar por medio de un ingenioso sistema de espejos colocados a lo largo de los corredores, que reflejarían los rayos solares hasta el fondo? Imposible, porque los rayos pierden brillantez al reflejarse y no tardan en perder intensidad.
Entonces, si los constructores de la Gran Pirámide no utilizaron antorchas, velas o espejos, ¿cuál fue la técnica utilizada para iluminar a los obreros? Nada menos que la electricidad, que era conocida por ellos, como verá el lector al instante.
Al italiano Alejandro Volta se le atribuye la invención de la primera pila eléctrica, hacia el año 1800, pero este genial científico llego a la cita de los inventos con considerable retraso, puesto que los antiguos ya sabían utilizar la pila con éxito.
En 1938, un ingeniero alemán llamado Wilhelm König realizaba obras en el alcantarillado de Bagdad cuando descubrió unos extraños recipientes en Kujut Rabua, suburbio septentrional de esta población que fue capital del Califato. Se trataba de unos objetos que pertenecieron a la dinastía de los Sasánidas -reyes que gobernaron el país durante los siglos III al VII de nuestra era- y fueron catalogados como "objetos de culto" al ser trasladados al museo de la ciudad.
Los recipientes eran de barro, de unos quince centímetros de altura, y contenían un cilindro de cobre tapado en su parte inferior. Dentro del cilindro vio König una varilla de hierro. Aquello podía ser cualquier cosa menos objeto de culto. Investigó en el interior del recipiente y halló vestigios de ácido, que había corroído al metal. ¿Tenía delante a una pila eléctrica, utilizada hacía catorce siglos por lo menos?
Vino el paréntesis de la II Guerra Mundial y años más tarde el científico Willy Ley construyó un duplicado del recipiente en el laboratorio de alto voltaje de la General Electric. Su colaborador Willard Ley introdujo sulfato de cobre en el recipiente, ácido acético o cítrico, conocidos en la antigüedad, y la pila comenzó a trabajar.
Se descubrió a continuación que aquellas pilas de Bagdad eran nuevas si las comparaban con otras halladas por el mismo rumbo, que remontaban al siglo X antes de Cristo. Cuatro recipientes de barro con cilindros de cobre aparecieron cerca de Tell Olar, por el rumbo de Bagdad. Y diez más en Ktesifon, hallados por el profesor E. Kuhnel, del Museo del Estado de Berlín. En la biblioteca Prince, en Uijjain, India, se conserva un documento conocido como Agastya Samshita, que data del siglo X a.C. Contiene la descripción de una batería eléctrica, así como de un aparato para dividir el agua en sus dos elementos: oxígeno e hidrógeno.
No existen pruebas de que los antiguos utilizasen la electricidad producida por estas pilas para iluminarse, pero sí las hay en cuanto a su aplicación para dar baños electrolíticos a ciertas piezas. El arqueólogo francés Augusto Mariette halló a mediados del siglo XIX objetos recubiertos con una delgadísima capa de oro, en la región de Gizeh. Pero jamás se encontraron los aparatos que sirvieron para dar estos baños. El secreto de la electricidad fue muy bien guardado, pero hay veladas alusiones a lámparas y aparatos utilizados en aquellos tiempos.
¿Qué clase de energía utilizaba la lámpara mencionada por Pausanias, quien vivió en el siglo II de nuestra era, la cual ardía en el templo de Minerva sin extinguirse? San Agustín decía que en un templo egipcio dedicado a la diosa Isis vio una lámpara que ni el viento podía apagar. En su Historia de la Magia, Elifas Levi mencionaba a un rabino francés llamado Jequiel, quien vivió en la corte de Luis IX, en el siglo XIII. Este hombre utilizaba una lámpara que no quemaba aceite y que colocaba en la puerta de su casa para ahuyentar a los ladrones. Recibían éstos una descarga si querían forzar la puerta. Jamás reveló el rabino a nadie la clase de energía utilizada en la lámpara, que recordaba a la que menciona el Antiguo Testamento en el capítulo dedicado al Arca de la Alianza.
Si desea el lector más ejemplos de iluminación eléctrica utilizada en la antigüedad, sepa que en la ciudad de Tashkent, capital de la República Soviética de Uzbekistán, fueron halladas recientemente unas ánforas selladas, en cuyo interior había una gota de mercurio. Se dijo que eran fuentes de energía luminosa, basadas en el principio físico siguiente: si se agita mercurio colocado en el interior de un recipiente de cristal se obtienen oscilaciones eléctricas de baja frecuencia, suficientes para encender un tubo de neón. Pero estas oscilaciones no puede lograrlas la ciencia actual en un recipiente de barro. ¿Acaso conocían los antiguos habitantes de Tashkent secretos que nosotros ignoramos?
Los historiadores romanos Tito Livio y Dionisio de Halicarnaso atribuían a Numa Pompilio, segundo rey legendario de Roma, gran sabio del siglo VII antes de Cristo, el poder de desencadenar el fuego de Júpiter. Es decir, que sabía producir descargas eléctricas que causaban pavor entre sus enemigos. ¿Lo aprendió por sí solo o alguien se lo enseñó?
Hacia el año de 1601, un viajero español llamado Bartolomé Centenera viajaba por la región de los Siete Lagos, cerca de donde nace el río Paraguay, cuando se encontró en las ruinas del gran Moxo. Fue allí donde encontró algo sorprendente: una lámpara que daba luz sin interrumpirse y cuya forma era de columna terminada en esfera. La luz que despedía era clara y agradable, y no daba calor. El viajero se negaría a decir en qué lugar preciso halló la lámpara. Por esta razón, sus contemporáneos lo tildaron de embustero.
Pero, regresando a la Gran Pirámide y a las maravillas que la rodean, surge al instante una pregunta, una vez impuestos de los hechos asombrosos que se han contado en torno a este edificio: ¿quién fue el faraón que mandó construir la pirámide de Keops y qué genial constructor lo ayudó en la empresa?
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Los libros de historia y los textos escolares no parecen conceder demasiada importancia a la técnica utilizada en la construcción de la Gran Pirámide. Dicen que tardaron unos veinte años en terminarla los egipcios y que sirvió de tumba al faraón Keops. Pero dan la impresión de facilitar su información un poco a la ligera, sin detenerse a establecer comparaciones, a investigar si de verdad ese número de años fue suficiente para realizar la magna tarea.

¿Movieron los constructores del la Gran Pirámide los bloque de piedra como muestra esta inscripción de la XII Dinastía, o conocían una técnica mucho más perfecta?
Parecen olvidar algo que sucedió en 1964 en la ciudad de México, en ocasión de inaugurarse el Museo de Antropología e Historia. Iba a erigirse en su entrada la monumental estatua de Tláloc, la divinidad de las aguas, pero era preciso transportarla desde una barranca cercana a San Miguel Coatlinchan. La operación de traslado de la mole, a lo largo de cuarenta y ocho kilómetros, iba a resultar más complicada de lo que en principio se pensó.
Hubo que recurrir a un vehículo provisto de treinta y dos poderosas ruedas armadas de gruesos neumáticos, sobre el cual se acomodaría al dios. Se cortaron los cables de energía eléctrica, se acondicionaron los caminos, se detuvo el tránsito en los puntos por donde debía circular el convoy. Las poblaciones entre Coatlinchan y México estuvieron pendientes de la operación. Resultó una tarea fatigosa en extremo y, sin embargo, el bloque era menos pesado que cualquiera de las piedras de la Gran Pirámide.
Pues bien, si el simple acarreo de una mole de piedra como es el Tláloc causó tantos problemas y hubo que echar mano de tantos obreros y de tantos técnicos durante tantos días, ¿qué decir si los bloques de piedra pasaban de los dos millones y medio? ¿Cuánto tiempo se requirió en el antiguo Egipto para trasladar los bloques desde la cantera hasta la meseta rocosa de Gizeh, cortarlos y acomodarlos en su sitio, formando pisos de tal manera exacta que no hubiese lugar para introducir entre dos piedras un cabello?
¿Qué Técnica Utilizaron En La Gran Pirámide?
Decía el historiador griego Herodoto en el segundo libro de sus Historias -muy posiblemente porque alguien se lo dio a entender- que el faraón Keops obligó a sus súbditos a acarrear enormes piedras desde las canteras de Arabia, que debieron ser trasladadas en embarcaciones por el río Nilo. ¿Poseían los egipcios naves tan enormes, capaces de desplazar un mínimo de cinco toneladas? Añadía el griego que eran cien mil los esclavos ocupados en la construcción, mal alimentados, relevándose cada tres meses o dejando los huesos en la arena.
Los bloques, informaron los sacerdotes a Herodoto, eran subidos por medio de rampas y cuerdas a los diversos pisos, reduciéndose en cada ocasión el número de bloques pero aumentando al mismo tiempo la altura y creciendo, en consecuencia, la dificultad para izar las piedras y acomodarlas en su sitio. Añadieron que costó la obra el equivalente de cuarenta toneladas de plata, pero en ningún momento se refiere el griego en su libro a problemas tan serios como la aglomeración de los obreros, a su alimentación, a las máquinas utilizadas.
¿Sabían los sacerdotes lo que decían o inventaron todo acerca de la pirámide, puesto que era tan antigua que se había perdido el recuerdo de los hombres que la levantaron? ¿Sucedió acaso que las primeras pirámides fueron construidas con una maquinaria perfecta y que las siguientes resultasen más modestas, porque no se contaba ya con los aparatos del principio? ¿Se dieron cuenta los faraones de las siguientes generaciones que no podrían realizar jamás una obra tan impresionante y que, por esta razón, se conformaron con equivalentes de menor tamaño, como eran los obeliscos?
Un noruego aficionado a la egiptología, cuyo nombre era Olaf Tellefsen, declaró en 1971 que había descubierto el secreto egipcio para construir la pirámide. Declaró que no utilizaron rampas para subir los bloques, porque tendrían unos dos kilómetros de longitud, como mínimo. Todo lo hicieron por medio de palancas. ¿Acertó el noruego?
En el antiguo Egipto, la población no podía superar los cien millones de habitantes y, según afirman los arqueólogos, no poseían una técnica avanzada, puesto que no han llegado vestigios hasta nuestros días. ¿Cómo hicieron entonces? ¿Poseían los sacerdotes un tipo muy especial de técnica, basada en los ultrasonidos, los poderes paranormales y la antigravedad, dejada acaso en herencia por sus maestros y que terminó por perderse?
Un científico contemporáneo, el francés Jacques Weiss, decía que los bloques de piedra eran transportados por medio de la fuerza mental y que iban a encajar perfectamente uno sobre el otro, gracias en parte a la disposición de las caras, que eran ligeramente cóncavas o convexas, según los casos.
Una leyenda árabe dice que los Hijos del Nilo transportaban las piedras de las pirámides sobre papiros cubiertos de signos mágicos. Los sacerdotes las movían a su antojo, mediante un esfuerzo de su voluntad. Es decir, que practicaban eso que los parapsicólogos llaman ahora psicokinesis, y también telekinesis. Y de igual manera que levantaban los objetos sin que mediara contacto físico, también ellos sabían elevarse en el aire. Es decir, que levitaban, igual que harían tantos santos católicos en sus momentos de éxtasis místico, los ascetas de la India y algún que otro médium del siglo pasado.
Los sacerdotes egipcios ayudaban a los arquitectos por medio de unas flautas, cuyo sonido inaudible para el oído humano era capaz de mover las piedras. Parece absurdo, a simple vista, que un simple sonido pueda desplazar objetos. Sin embargo, nadie se sorprende al ver que las ondas sonoras emitidas por un jet alcancen a cambiar de lugar los objetos de una casa vecina.
Pero, de ser cierto cuanto se dijo acerca de los sonidos capaces de mover las piedras y de la levitación de las piedras por personas debidamente entrenadas, queda pendiente de contestar una sencilla pregunta: ¿de qué medios se valían los constructores para dar a los bloques de piedra la forma exacta requerida para que encajasen perfectamente, sin dejar rendijas?

Este complicado sistema de grúas, tan endebles como difíciles de manejar, ¿fue el utilizado por los antiguos egipcios para elevar los bloques que formarían los pisos?
Un científico contemporáneo, el francés Jacques Weiss, decía que los bloques de piedra eran transportados por medio de la fuerza mental y que iban a encajar perfectamente uno sobre el otro, gracias en parte a la disposición de las caras, que eran ligeramente cóncavas o convexas, según los casos.
Una leyenda árabe dice que los Hijos del Nilo transportaban las piedras de las pirámides sobre papiros cubiertos de signos mágicos. Los sacerdotes las movían a su antojo, mediante un esfuerzo de su voluntad. Es decir, que practicaban eso que los parapsicólogos llaman ahora psicokinesis, y también telekinesis. Y de igual manera que levantaban los objetos sin que mediara contacto físico, también ellos sabían elevarse en el aire. Es decir, que levitaban, igual que harían tantos santos católicos en sus momentos de éxtasis místico, los ascetas de la India y algún que otro médium del siglo pasado.
Los sacerdotes egipcios ayudaban a los arquitectos por medio de unas flautas, cuyo sonido inaudible para el oído humano era capaz de mover las piedras. Parece absurdo, a simple vista, que un simple sonido pueda desplazar objetos. Sin embargo, nadie se sorprende al ver que las ondas sonoras emitidas por un jet alcancen a cambiar de lugar los objetos de una casa vecina.
Pero, de ser cierto cuanto se dijo acerca de los sonidos capaces de mover las piedras y de la levitación de las piedras por personas debidamente entrenadas, queda pendiente de contestar una sencilla pregunta: ¿de qué medios se valían los constructores para dar a los bloques de piedra la forma exacta requerida para que encajasen perfectamente, sin dejar rendijas?

Coronel Percy H. Fawcett. Este aventurero pudo presenciar cómo mediante un líquido, elaborado por los indígenas peruanos, la piedra se ablandaba como si fuera barro, recobrando unos instantes más tardes su dureza habitual. ¿Pudo ser ésta la técnica utilizada por los egipcios para crear los bloques de piedra en sus construcciones?
El ser humano es tan vanidoso, tan seguro de su superioridad -en especial los científicos apegados al dogma- que se niega a creer en todo lo que vaya en contra de lo que aprendió en los libros o en la universidad. Está convencido de que nada existe en el mundo fuera de lo que conoce y que todo fue inventado ya.
Pero hace unos años, un investigador norteamericano declaró que al hombre le hace falta mucho por aprender, siquiera en ciertos terrenos. Y aportó pruebas al respecto. Decía Hyatt Verrill que en la Gran Pirámide, al igual que en las construcciones, incaicas y preincaicas, se utilizó una técnica desconocida por los actuales arquitectos e ingenieros civiles: trabajaban los obreros la piedra no con el cincel, sino con una pasta obtenida a partir de cierta planta sólo conocida por los indios, que ablanda la piedra y la vuelve maleable durante un corto tiempo.
Este mismo descubrimiento había sido realizado por el coronel P.H. Fawcett, quien antes de desaparecer misteriosamente en 1925 en las selvas brasileñas presenció algo increíble a corta distancia de los montes peruanos. Cerca del cerro de Paseo, un geólogo norteamericano había hallado un recipiente herméticamente cerrado, con forma de cabeza humana. En el Perú antiguo utilizaban la huaca para conservar líquidos, granos y oro en polvo.
El geólogo pidió a un obrero indígena que abriese el recipiente, para conocer su contenido. El hombre no sólo se negó a obedecer, sino que arrebató la huaca de manos del hombre blanco y la estrelló contra el suelo y huyó a toda prisa. Al inclinarse para recoger los fragmentos de la huaca vio con gran asombro que la piedra sobre la cual se derramó el líquido se ablandaba como si fuera de barro. Unos minutos más tarde recobraba su dureza habitual.
Así se expresó el explorador Fawcett y en apoyo de sus palabras están las piedras que se conservan en el Museo de Cochabamba, Bolivia, en las cuales hay impresas unas manos. Un sacerdote peruano, el padre Jorge Lira, informaría por su parte en junio de 1967 que los incas conocían el secreto de una planta cuyo jugo ablandaba las piedras más duras.
¿Fue utilizando una planta semejante a la peruana que los constructores de la Gran Pirámide acomodaron los bloques para lograr un perfecto ensamblaje? Y de ser así, ¿quedaría demostrado que los incas aprendieron el secreto de los egipcios, o se trata de una pura coincidencia?

Existen relieves en las construcciones egipcias, que parecen representar bombillas. ¿Acaso los egipcios conocían la electricidad, utilizándola para poder iluminarse dentro de los pasillos de la pirámides?
¿Cómo hicieron los constructores de la Gran Pirámide para iluminarse en el interior y evitar que cayeran todos de bruces? ¿Utilizaban antorchas, como hacían en la Edad Media para caminar de noche por los patios y los corredores?. Imposible pensar en las antorchas, en las velas o en objetos que dan luz y despiden humo, por esta sencilla razón: no se ha encontrado hollín en los muros interiores de la Gran Pirámide, así que otro debió ser el sistema de iluminación.
¿Lograban los egipcios, captar la luz solar por medio de un ingenioso sistema de espejos colocados a lo largo de los corredores, que reflejarían los rayos solares hasta el fondo? Imposible, porque los rayos pierden brillantez al reflejarse y no tardan en perder intensidad.
Entonces, si los constructores de la Gran Pirámide no utilizaron antorchas, velas o espejos, ¿cuál fue la técnica utilizada para iluminar a los obreros? Nada menos que la electricidad, que era conocida por ellos, como verá el lector al instante.
Al italiano Alejandro Volta se le atribuye la invención de la primera pila eléctrica, hacia el año 1800, pero este genial científico llego a la cita de los inventos con considerable retraso, puesto que los antiguos ya sabían utilizar la pila con éxito.

Vemos cómo se puede apreciar en estos bajorrelieves del Templo de Dendera a personas sosteniendo unos artilugios que parecen bombillas de las cuales sobresalen unos cables
En 1938, un ingeniero alemán llamado Wilhelm König realizaba obras en el alcantarillado de Bagdad cuando descubrió unos extraños recipientes en Kujut Rabua, suburbio septentrional de esta población que fue capital del Califato. Se trataba de unos objetos que pertenecieron a la dinastía de los Sasánidas -reyes que gobernaron el país durante los siglos III al VII de nuestra era- y fueron catalogados como "objetos de culto" al ser trasladados al museo de la ciudad.

Una de las piezas más impresionantes y que constituye una prueba clarísima del elevado nivel de la tecnología de algunos pueblos antiguos es la llamada «Pila de Bagdad». Fue construida durante la ocupación de Iraq por parte de los partos, entre el año 250a.C. y 224 d.J.
Los recipientes eran de barro, de unos quince centímetros de altura, y contenían un cilindro de cobre tapado en su parte inferior. Dentro del cilindro vio König una varilla de hierro. Aquello podía ser cualquier cosa menos objeto de culto. Investigó en el interior del recipiente y halló vestigios de ácido, que había corroído al metal. ¿Tenía delante a una pila eléctrica, utilizada hacía catorce siglos por lo menos?
Vino el paréntesis de la II Guerra Mundial y años más tarde el científico Willy Ley construyó un duplicado del recipiente en el laboratorio de alto voltaje de la General Electric. Su colaborador Willard Ley introdujo sulfato de cobre en el recipiente, ácido acético o cítrico, conocidos en la antigüedad, y la pila comenzó a trabajar.
Se descubrió a continuación que aquellas pilas de Bagdad eran nuevas si las comparaban con otras halladas por el mismo rumbo, que remontaban al siglo X antes de Cristo. Cuatro recipientes de barro con cilindros de cobre aparecieron cerca de Tell Olar, por el rumbo de Bagdad. Y diez más en Ktesifon, hallados por el profesor E. Kuhnel, del Museo del Estado de Berlín. En la biblioteca Prince, en Uijjain, India, se conserva un documento conocido como Agastya Samshita, que data del siglo X a.C. Contiene la descripción de una batería eléctrica, así como de un aparato para dividir el agua en sus dos elementos: oxígeno e hidrógeno.
No existen pruebas de que los antiguos utilizasen la electricidad producida por estas pilas para iluminarse, pero sí las hay en cuanto a su aplicación para dar baños electrolíticos a ciertas piezas. El arqueólogo francés Augusto Mariette halló a mediados del siglo XIX objetos recubiertos con una delgadísima capa de oro, en la región de Gizeh. Pero jamás se encontraron los aparatos que sirvieron para dar estos baños. El secreto de la electricidad fue muy bien guardado, pero hay veladas alusiones a lámparas y aparatos utilizados en aquellos tiempos.
¿Qué clase de energía utilizaba la lámpara mencionada por Pausanias, quien vivió en el siglo II de nuestra era, la cual ardía en el templo de Minerva sin extinguirse? San Agustín decía que en un templo egipcio dedicado a la diosa Isis vio una lámpara que ni el viento podía apagar. En su Historia de la Magia, Elifas Levi mencionaba a un rabino francés llamado Jequiel, quien vivió en la corte de Luis IX, en el siglo XIII. Este hombre utilizaba una lámpara que no quemaba aceite y que colocaba en la puerta de su casa para ahuyentar a los ladrones. Recibían éstos una descarga si querían forzar la puerta. Jamás reveló el rabino a nadie la clase de energía utilizada en la lámpara, que recordaba a la que menciona el Antiguo Testamento en el capítulo dedicado al Arca de la Alianza.
Si desea el lector más ejemplos de iluminación eléctrica utilizada en la antigüedad, sepa que en la ciudad de Tashkent, capital de la República Soviética de Uzbekistán, fueron halladas recientemente unas ánforas selladas, en cuyo interior había una gota de mercurio. Se dijo que eran fuentes de energía luminosa, basadas en el principio físico siguiente: si se agita mercurio colocado en el interior de un recipiente de cristal se obtienen oscilaciones eléctricas de baja frecuencia, suficientes para encender un tubo de neón. Pero estas oscilaciones no puede lograrlas la ciencia actual en un recipiente de barro. ¿Acaso conocían los antiguos habitantes de Tashkent secretos que nosotros ignoramos?
Los historiadores romanos Tito Livio y Dionisio de Halicarnaso atribuían a Numa Pompilio, segundo rey legendario de Roma, gran sabio del siglo VII antes de Cristo, el poder de desencadenar el fuego de Júpiter. Es decir, que sabía producir descargas eléctricas que causaban pavor entre sus enemigos. ¿Lo aprendió por sí solo o alguien se lo enseñó?
Hacia el año de 1601, un viajero español llamado Bartolomé Centenera viajaba por la región de los Siete Lagos, cerca de donde nace el río Paraguay, cuando se encontró en las ruinas del gran Moxo. Fue allí donde encontró algo sorprendente: una lámpara que daba luz sin interrumpirse y cuya forma era de columna terminada en esfera. La luz que despedía era clara y agradable, y no daba calor. El viajero se negaría a decir en qué lugar preciso halló la lámpara. Por esta razón, sus contemporáneos lo tildaron de embustero.
Pero, regresando a la Gran Pirámide y a las maravillas que la rodean, surge al instante una pregunta, una vez impuestos de los hechos asombrosos que se han contado en torno a este edificio: ¿quién fue el faraón que mandó construir la pirámide de Keops y qué genial constructor lo ayudó en la empresa?
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