En www.agenciapacourondo.com.ar se puede ver un interesante debate sobre el programa de televisión 678.
Sobre 678, por Pablo Alabarces
(NOTA PUBLICADA EN Ñ)
Periodismo militante: uno de los rasgos más interesantes de 678 es que parece –y se presenta como– una novedad; pero no ha inventado nada. Es un programa político, como los ha habido y los habrá; es un programa de archivo, una plaga extendida en nuestra televisión; tiene un panel que combina seriedad y humorismo, como cualquier magazine radial; hace crítica de medios, aunque hace poca y no es el primero ni el único –todos los programas de chismes, en última instancia, podrían catalogarse así. Ni siquiera es novedoso en su oficialismo: todos los programas políticos emitidos en la televisión estatal desde 1951 hasta aquí han sido descaradamente oficialistas –y todos han sido objeto de la misma condena y el mismo reclamo, mientras sus críticos opositores esperan el cambio de manos para poder proseguir tenazmente con la costumbre–.
Ni siquiera el presunto periodismo militante es novedoso. Ha habido nombres altos en nuestra historia: el de Rodolfo Walsh, por supuesto, es posiblemente el más renombrado. Entre tantas abismales diferencias, los separa que la militancia periodística de Walsh incluía la investigación, práctica que 678 reduce al rastreo de imágenes –o que la militancia de Walsh incluía la revolución entre sus metas–. Incluso, no podemos olvidar que la prensa gráfica argentina se inventó como arma política, donde descerrajar ideas y también brulotes, defender principios y desparramar injurias. Sarmiento era, en esto, un maestro, de donde vendría a resultar que 678 es un programa sarmientino.
El público de 678 presenta el acto de ver televisión como un acto militante. Y así reactualiza el viejo slogan de la recepción crítica de los medios de comunicación, una corriente teórica que denunciaba la recepción de los medios como alienante y que fue discutida por los que éramos populistas en los 80, que afirmábamos que recepción y crítica era una tautología, que toda recepción era activa y que toda esa actividad era crítica. En esos años, la intuición populista se vio ratificada con la lectura de los estudios culturales británicos, que la habían demostrado con análisis de audiencia. El problema fue el paso siguiente: en los 90, la teoría llegó al clímax de la postura recepcionista, y entonces ya no había nada de qué preocuparse: en tiempo de conservadurismo, la teoría aceptó la idea de una presunta democracia semiótica, en la que los televidentes decidían entre la oferta simbólica sesudamente armados de sus controles remotos.
La crisis de 2001 reordenó el campo: la explosión movilizada de las asambleas populares y barriales incluía la aparición de la crítica mediática. Los medios de comunicación eran propuestos como continuidad del esquema de poder neoconservador menemista que había desembocado en el estallido económico y social. Por supuesto: se trataba de una crítica ilustrada, urbana y de clases medias con ciertas competencias culturales. Y que recuperaba la vieja tradición intelectual, más izquierdista que peronista, de los medios como manipuladores y alienantes. Dos textos fundamentales de los 60 y 70 en esa línea: Para leer al Pato Donald , de Ariel Dorfman y Armand Mattelart, en Chile; La hora de los hornos , de Pino Solanas y el Grupo Cine Liberación, en la Argentina. En el filme se afirma: “los medios de comunicación están dominados por la CIA”; “los mass comunication son más eficaces que el napalm”. Entonces: una tradición de izquierdas, o de peronismo de izquierda, que reaparece en un momento de crisis radical y se vuelve crítica de masas. Ilustradas, pero masas al fin.
Hay un viejo razonamiento muy típico de las clases medias, que hace veinticinco años caricaturizó Stuart Hall. Se trata de considerar que los sectores populares son tontos culturales a los que les resulta imposible hacer otra cosa que zapping, y que las clases medias son las que están verdaderamente entrenadas para consumir medios. Este tema reapareció con mucha fuerza en los últimos años, especialmente ligado a la presunta influencia desmesurada del clientelismo peronista. Pero en estos años se combinó, contradictoriamente, con la tradición populista jauretcheana: la que afirma que las clases populares tienen una intuición perfecta de lo real y de sus propios intereses, mientras que las clases medias, colonizadas pedagógicamente, son capturadas por las redes de la prensa y los aparatos culturales.
678 es producto de ese berenjenal teórico. Por un lado, aunque no lo puede decir así, participa de la idea de los tontos culturales manipulados por la televisión; pero también celebra a las clases medias que encuentran en el programa la posibilidad para posicionarse como lectores críticos de los medios. Porque ése es su público. El programa tuvo un salto muy fuerte en su popularidad cuando se constituyó como movimiento desde Facebook y las redes sociales; y eso implica un nivel de competencia económica y cultural, es decir, la competencia imprescindible para producir contracultura, como dice Bourdieu.
La política de medios del kirchnerismo fue inicialmente mera continuidad del tardo-menemismo: negociación y cesión con las empresas de medios y continuidad acrítica de la hegemonía tinellista en la cultura de masas, aunque salpimentada con acciones más activas e inteligentes en el plano de los medios públicos, con transformaciones en la programación de canal 7 y la invención de Encuentro. Sólo con la nueva crisis, la del “campo”, decidió simultáneamente que el peronismo era de izquierda, que los medios de comunicación eran más eficaces que el napalm y que hacía falta un vietcong. Aunque, en lugar de Ho Chi Minh o el Che Guevara, prefirió confiar la empresa a Diego Gvirtz.
Un viejo texto de Umberto Eco llamaba “guerrilla semiológica” a la propuesta de generar televidentes activos, críticos, polémicos, mediante pequeñas vanguardias –nuevamente, ilustradas– que esclarecieran las mentes adormecidas por el flujo televisivo.
678 es su reproducción criolla. Producto de los tiempos, esta guerrilla no invoca a Vietnam y no pasa de la reivindicación leve y meramente icónica del Che; más bien, prefiere citar a Baglietto y Fito Páez: “multiplicar es la tarea”.
Y por eso, consecuencia de esa levedad, 678 anuncia una crítica de medios donde casi no la hay. Es relativamente eficaz en encontrar limitaciones ideológicas en la oposición política: un trabajo sencillo, que la edición pone de manifiesto con predominio de la ironía y con la invalorable colaboración de la misma oposición, que suele acomodar sus intervenciones públicas al guión de la productora. La mediocridad de buena parte de los/as políticos/as argentinos/as es demasiado notoria: sus intentos desesperados para poner de manifiesto sus ignorancias e inconsistencias descuentan la captura minuciosa de los grabadores de PPT, se sujetan a sus necesidades. En ese campo, entonces, los editores de 678 encuentran material de sobra para sus ironías. Sin medios y una semiología de masas sin semiología: porque lo que 678 no puede hacer es someter toda la lógica de construcción mediática a crítica, porque eso implicaría criticarse a sí mismos. No sólo respecto de las contradicciones y las inconsistencias ideológicas del kirchnerismo, sino del mismo programa en cuanto producto mediático. Los programas de archivo, de los que Gvirtz es uno de los grandes creadores, significan una autorreferencialidad excesiva: la televisión –los medios en general, pero la tele como gran máquina hegemónica– aparece en estos programas como el último horizonte del pensamiento y de lo real. Frente a la invención de la realidad que propone la televisión, el archivo se limita a proponer una construcción alternativa de lo real, tan discursiva y tan artificial como la que se propone “denunciar”. La movilización callejera promovida por Facebook, un dato extratelevisivo, se transforma finalmente en televisivo, cuando regresa a la pantalla; operación que la saca de la calle y la devuelve a su condición virtual –de red social–.
Y sin embargo, la guerrilla semiológica es eficaz como seducción de sus públicos.
678 realiza el viejo sueño del televidente de poder ejercer la crítica de medios: aunque delegada en Gvirtz y sus panelistas, aunque reducida y limitada, como dije, la fantasía de la crítica se despliega en el programa. Y lo transforma en un fenómeno, diga lo que diga una medición de rating que es, en el mismo periplo, también dudosa.
Con su habitual lucidez, Beatriz Sarlo aseguraba hace diez años que la televisión argentina era irresponsable ética y estéticamente. La sentencia no ha perdido validez. La ficción, el show, el entretenimiento oscilan entre el conservadurismo formal y narrativo y el chivo. Y la no ficción demuestra un desapego por lo documental, por el rigor periodístico o la precisión socioeconómica que sólo puede producir ruido, desinformación, la vieja y nunca bien ponderada manipulación de masas. Frente a ese cuadro, 678 amaga con la denuncia y la crítica; esgrime en una mano los manuales de semiología del CBC de la UBA y en la otra la vulgata alternativista de los 70. Pero luego oculta que sus mecanismos de construcción son exactamente los mismos, aunque políticamente correctos; que lo real es, apenas, lo real oficialista. Y que no es “de derecha”. ¿Entonces es de izquierda? Lo dudo, pero en la enunciación del programa “la derecha” siempre queda afuera, siempre se enuncia como ajenidad, como lo otro. Pareciera que el sistema sociológico de la televisión tiene que ser bipolar, blanco o negro. Los grises no existen, aunque sean una de las metáforas más invocadas en televisión, porque el pensamiento se organiza en dos partes. Es una lógica absolutamente binaria y no hay otra posibilidad.
678 tributa también a la imagen de una sociedad compuesta por nenes, a la que no se les reconoce inteligencia suficiente como para construir argumentos más complejos. Aunque pueda invocar algún respaldo teórico: Eliseo Verón diría que no hay palabra política que no sea palabra adversativa, que si no define un enemigo no se constituye como palabra política. Por su parte, Ernesto Laclau diría que el populismo se construye sobre la oposición pueblo-antipueblo, como una articulación en contra de un bloque de poder. Se trata de los intelectuales y teóricos más citados y utilizados por la política contemporánea argentina, aunque militan en bandos opuestos: Laclau es el teórico de cabecera del kirchnerismo –aunque 678 lo lleva todo el tiempo a Ricardo Forster, que es más televisivo–, mientras que Verón lo asesora a Duhalde… Lo cierto es que ambos insisten en que la política se construye sobre un sistema binario, y 678 persevera en demostrarlo.
En la televisión pública: que debería ser, porque para eso está, radicalmente plural, radicalmente democrática; y además debería ser, porque para eso está, radicalmente creativa, radicalmente experimental. Frente a ese horizonte, 678 se proclama, apenas, radicalmente kirchnerista; un universo situado a la izquierda de su pantalla, señora. Pero izquierda significa, o sigue significando luego del tsunami conservador, pluralismo, democracia, igualitarismo radical, irreverencia, revuelta, creatividad. De todo ello, poco hay en 678 –como en el resto de la televisión argentina–. Aunque jamás lo acepte así, es sólo otro programa peronista. Que no puede, entonces, ser de izquierda, aunque la retórica de Barone y Russo pretenda lo contrario.
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El Pinismo y la soberbia intelectual contra 678, por Claudio Ponce
El artículo del Sr. Pablo Alabarces, publicado en la revista Ñ del 27 de noviembre del presente año, contiene la esencia del pensamiento que expresa un sector que cree ser “izquierdista y pluralista” por mantener una postura política “purista” alienada de los pecados de la realidad. Este sociólogo, que (no olvidemos) estudió en Inglaterra, descarga su batería de conocimientos académicos con el objeto de descalificar el programa 6-7-8 de la televisión pública. Me pregunto, ¿por qué le molesta tanto este formato televisivo a este señor? Si se toma tan exhaustivo trabajo citando a varios autores para reforzar sus postulados y cargar contra el canal y su programa, ¿porqué este sociólogo fue partícipe del mismo en varias oportunidades? ¿Le molestó quizás que alguien del panel que no considera a su altura académica haya disentido con sus posiciones? ¿Quizás porque la mayoría de los que integran el panel parecieran no compartir las propuestas del espacio político al cual él adhiere?
Para denostar al programa el Sr. Alabarces compara el periodismo militante de Rodolfo Walsh con el tipo de indagación periodística que 6-7-8 realiza y desde allí desprecia el contenido y el trabajo de los panelistas, argumentando que Walsh incluía en su militancia la investigación y tenía como meta la concreción de la Revolución, en cambio 6-7-8 solo rastrea imágenes y desparrama injurias. Esta explicación goza por lo menos de una seria descontextualización, ¿acaso usted o el grupo político al que adhiere tienen como meta las propuestas revolucionarias por las que Walsh entregó su vida? Si estoy equivocado quedo en espera de la corrección que merezco de su parte para que me indique en qué momento “Proyecto Sur”, o el Sr. Fernando Solanas Pacheco, o el diputado Lozano lanzaron la “Revolución” como objetivo de su accionar político partidario.
Pareciera ser que el argumento expresado por el Sr. Alabarces en la publicación referida, no puede evitar el prejuicio y el resentimiento de clase hacia lo que él considera banal o burdo en las “masas”, o más bien en los sectores subalternos de la sociedad argentina. Tal vez moleste mucho a los “soberbios académicos” que destacados Intelectuales de la talla de Ernesto Laclau o del mismo Ricardo Forster apoyen no solo al gobierno si no también a la política de medios del Kirchnerismo. Se podría además recordar posturas de filósofos relevantes como Gianni Vattimo que en su libro Ecce Comu revaloriza a los peyorativamente denominados populismos latinoamericanos como las nuevas formas políticas que pueden lograr una democracia más real e igualitaria. ¿Será que la “soberbia corporación académica” envidia a los Intelectuales independientes?
En realidad es considerable afirmar que ya era tiempo que un gobierno elegido por la mayoría enfrentara la batalla por el “campo simbólico” contra los grandes “Medios” concentrados ligados a los intereses del poder económico tradicional. Esa lucha es por una mayor democracia, esa que algunos dicen defender atacando paradójicamente al canal del Estado y no a los grupos monopólicos que representan la avaricia de sectores minoritarios.
Siguiendo la lectura del artículo, se puede vislumbrar que el objetivo central del mismo es atacar al gobierno y al Kirchnerismo por el solo motivo de considerarse como expresión válida del peronismo. El autor remarca, utilizando la crítica del programa como recurso, las “contradicciones y las inconsistencias ideológicas” del Kirchnerismo. Estimado sociólogo, ya en los años setenta se daban estas discusiones sobre si el peronismo tenía ideología o podría ser considerado un movimiento de izquierda. La diferencia tal vez radique en que aquellos militantes e Intelectuales estaban verdaderamente comprometidos con la posibilidad de hacer realidad una sociedad socialista. Desde la mayor humildad se recomienda la lectura de los documentos que nos ilustran sobre el debate entre peronismo y marxismo protagonizados por Olmedo y los representantes del PRT-ERP en 1971. Interesantísimo conocer porque razón se pensaba que el socialismo en Argentina solo podía construirse a través del peronismo.
Si “Proyecto Sur” y los “soberbios académicos” que lo apoyan pretenden ser de izquierda, sería bueno que expliquen a que izquierda quieren parecerse o con cual identificarse. ¿A la de Codovilla de 1945 unida a la Unión Democrática? ¿A la del PRT-ERP del compañero Santucho? ¿A la del actual Partido Obrero? O tal vez a una “nueva izquierda” acuosa y transparente que no se anima a definirse como revolucionaria pero que predica un “purismo” absurdo que no hace más que reflejar la hipocresía de los que tienen a Marx en el corazón y al Sr. Adam Smith en el bolsillo. Lejos ha quedado del “Pinismo” la Nueva Izquierda Intelectual de la que nos ilustra Oscar Terán en su excelente libro Nuestros Años Sesentas, los intelectuales allí estudiados no eran en su mayoría los “soberbios académicos” del presente, por el contrario, muchos de ellos fueron los que expresaron los fundamentos ideológicos de la lucha revolucionaria de esa época.
Si se observa con cierto grado de atención, el artículo del Sr. Alabarces refleja el gorilismo disfrazado de un progresismo aséptico, inmaculado, un sector que en la mesa de “Epulón” le gusta sentarse a la “izquierda” del anfitrión pero que le molesta la suciedad y la negrura del hambriento Lázaro. En el final de su escrito lo deja claro, 6-7-8 es otro programa peronista, y por ser peronista no puede ser de izquierda y no puede ser algo bueno. Habría que preguntar, si se pudiera, a Rodolfo Walsh, y a tantos otros que lo acompañaron y aún tienen la suerte de estar vivos si no se podía o no se puede ser de izquierda y mantener la identidad peronista ya que sobre esos fundamentos se luchó una década en la Argentina.
Cuanto prejuicio se denota en los académicos aglutinados en el “Pinismo”, cuanto temor para afirmar una supuesta ideología que se justifica en una hipotética tolerancia en donde los grises son más importantes que las definiciones de blanco o negro. Evidentemente se hace necesario aclarar que no hay que confundir entre un punto medio en un acuerdo o una síntesis superadora de dos postulados enfrentados, con una indefinición que solo refiere a la ambigüedad y a la “tibieza” de los que deambulan entre los opuestos de acuerdo a sus conveniencias. Parafraseando nuevamente a las escrituras religiosas, el no jugarse por lo frio o lo caliente genera la “tibieza” de los que solo merecen ser vomitados
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Alabarces y 678, por Homero Saltalamacchia
Desde aquel mes de Julio de 1956 en que la revista Contorno publicase su número 7/8, los discursos de muchos universitarios argentinos (profesores y egresados que hoy podríamos englobar en el concepto “progresistas”) mantuvieron un rasgo común a todos los gorilas, de los que, desde entonces, muchos trataron inútilmente de diferenciarse: su declamada (o, a veces, confesada) incomprensión del peronismo. Al terminar su artículo de la Revista Ñ, publicada por el grupo Clarín, refleja esa misma antigua incomprensión. Refiriéndose a 6, 7, 8 dice “es sólo otro programa peronista, que no puede, entonces, ser de izquierda…”. Al comienzo de mi vida universitaria, me formé con algunos de esos universitarios. Ellos provenían de esa generación de sociólogos, filósofos, etc. que medía su ubicación en el panorama político siguiendo esa regla, propia de la política europea, en la que hay partidos políticos y que cada uno de ellos se ubica en algún punto de la gradiente izquierda y derecha. Así, dado que suponían que los sistemas políticos debían estar formados por partidos políticos y que estos debían ser de izquierda o de derecha pasando por alguno de los puntos intermedios, el peronismo era y para Alabarces sigue siendo, un engendro irracional. Como pese a la experiencia ese sigue siendo el mal de muchos, sería bueno que siguiéramos pensando sobre cómo sacarlos de esa pobre y escuálida visión de la política. Pero no es el momento. Que sirva lo dicho entonces para ubicar una de las claves para comprender el pobre artículo de Alabarces.
Pero hay otras claves. Como seguramente sabe ese publicista, todo discurso se comprende en el contexto en que es emitido. Eso vale también para las publicaciones periodísticas. La línea editorial del periódico se reconoce en cómo dispone sus contenidos y, por ende, los contenidos se leen y comprenden solo en el contexto del periódico que los publicó. Y lo que sorprende de la crítica que hace el autor que comento respecto a 6,7,8 se limita a un examen de la crítica sobre el modo en que en ese programa se ponen de manifiesto las contradicciones argumentativas de los políticos opositores“ con la invalorable colaboración de la misma oposición”. Pero no habla para nada de lo que es la principal tarea de 6,7,8 y por la que se hizo famoso: su denuncia de la escandalosa y a la larga contraproducente manipulación de la información que caracteriza cada edición de los periódicos La Nación y El Clarín y de otros medios periodísticos. La militancia antigubernamental de esos periódicos y su monopolio “informativo” habían creado un cerco comunicacional que impedía que se conociera la obra de gobierno. Durante mucho tiempo los que éramos partidarios de la gestión de Kirchner y de Cristina Fernández y que conocíamos parte de los resultados de esa gestión nos preguntábamos hasta la época de las 125, ¿cuándo el Kirchnerismo comenzará a ocupar el espacio simbólico? Esa ausencia fue corregida. 6,7 8 fue una de las programaciones que se ubicó en la delantera de esa ruptura; y a ello se debe su éxito; que luego las redes sociales (expresión de muchos) consagraron ¿Por qué, alguien que publica en una revista del grupo Clarín, “olvida” hablar de esas denuncias; ya no del monopolio “informativo” que hizo de la información un mero instrumento propagandístico, solo de esa preocupación de 6,7, 8? Hay al menos otras dos dimensiones del pensamiento progresista que yo Ciertamente por mucho tiempo la prensa y sus periodistas sobre todo, cumplieron un papel heroico, expresando bien, en sus conductas, el deber de denunciar todos los abusos del poder gubernamental; deber que, al menos desde Locke, fue consigna de la sociedad civil, aquella de los propietarios. Pero desde hace tiempo que el monopolio de los medios de prensa por las grandes corporaciones empresariales puso a su servicios la gran parte de los gobiernos de la época y es de ellos que debemos defender la libertad de información. Cuando gobiernos como el de Néstor Kirchner y el de Cristina Fernández ponen límites al poder de las principales corporaciones, esos medios de comunicación monopolizan y orquestan el discurso opositor. Es entonces que la TV pública, aunque tarde y obligada a hacerlo, debió acoger programas que difundiesen ideas diferentes a las que difundían a los cuatro vientos los monopolios informativos bien conocidos. La TV pública es mucho más que eso. Es el magnífico canal Encuentro por ejemplo, y muchos otros programas de Canal 7. Eso no lo dice Alabarces. Quién sigue creyendo que esos medio monopolizados expresan la libertad de prensa. El que es ciego no puede ver y tampoco quien usa anteojos equivocados.
Pero hay otra dimensión que entreveo en el “progresismo”: su culto de la alta cultura y sus más rancias expresiones. Así Beatriz Sarlo, a la que Alabarces cita, publica sus brillantes zoncerías en La Nación y puede aspirar, entonces, considerarse una High Intellectual y codearse con sus iguales. Quizá Alabarces quiera lo mismo. Lo cierto es que su argumentación, tan abigarrada y contradictoria que parece fruto de una improvisación sigue la línea de esa oposición que solo atina a decir “me opongo” y con eso conseguir prensa. Referirnos a trabajos como ese solo se explica por la necesidad de impedir que las jerarquías de prestigio académico, en las que Albaceres tiene posiciones de autoridad, no lleguen a servir para avalar opiniones que deben ser juzgadas con otra métrica: la de la cercanía o distanciamiento con quienes, desde las corporaciones empresariales del campo, las finanzas, el comercio y la industria se propone derrocar a un gobierno que ha tratado de ir sometiéndolas al control y dirección de quienes han sido elegidos por el voto popular para gobernar.