
El episodio que recientemente culminó con el arresto de Julian Assange comenzó el 11 de agosto de este año, cuando el creador de WikiLeaks llegó a la ciudad sueca de Estocolmo para dar una charla en un seminario sobre “la guerra y el papel de los medios”. Su contacto allí era la activista feminista Anna Ardin, una atractiva mujer de 30 años que trabajó varios años en el Departamento de Estudios de Género de la Universidad de Uppsala, Suecia, donde se doctoró con una tesis sobre la oposición al régimen de Fidel Castro. Su interés por Latinoamérica la trajo –en 2005– a Buenos Aires. Aquí realizó una pasantía en la embajada sueca y simpatizó con el kirchnerismo, al punto tal que el día después de la muerte de Néstor Kirchner escribió en su blog –con una foto del ex presidente– el artículo “Peronista en mi corazón”, incluyendo la frase: ¡Viva Kirchner!
Hasta ese momento, Anna y Assange no se conocían personalmente, sólo se habían comunicado a través del teléfono y vía e-mail. Pero igualmente ella le ofreció su departamento de Estocolmo como alojamiento durante los días previos al seminario en los que ella estaría fuera de la ciudad. Pero finalmente regresó un día antes de lo planeado. Según Anna contó a la policía tiempo después, cuando conoció al creador de WikiLeaks charlaron un rato, y luego decidieron que el siguiera viviendo en su casa. Salieron a comer a un restaurante y, de regreso, mantuvieron relaciones sexuales; en una de ellas, el preservativo de Julien se habría roto. Anna declaró que en ese momento Assange se negó a detenerse, que ella se sintió forzada a continuar y que él utilizó el peso de su cuerpo para inmovilizarla. Lo cierto es que al día siguiente de ese confuso episodio –el sábado 14 de agosto pasado– Anna le organizó una fiesta en su casa para celebrar la participación de Assange en el seminario.

PASIONES CRUZADAS. Durante la conferencia de Assange en Estocolmo, en la primera fila del auditorio se sentó una sugestiva rubia de veinticinco años vestida de rosa. Era una empleada del municipio de Enkoping llamada Sophia Wilen, que había visto a Assange la semana anterior al seminario en la televisión y quedó embelesada. Le pareció un hombre “interesante, valiente y admirable”, según declaró luego ante la policía... pero primero lo primero.
A partir del momento que lo vio por tevé, Sophia se hizo seguidora de WikiLeaks y de todas las noticias que este portal informativo generaba, y apenas se enteró de que Assange daría una conferencia en la capital sueca llamó a los organizadores del evento para ofrecerse como voluntaria en la organización. Como su ofrecimiento no fue tenido en cuenta, asistió de todos modos como espectadora y en primera fila: una ubicación que le permitió llamar su atención... Después de la charla académica, Sophia habría conseguido su objetivo, y junto al líder de WikiLeaks y un grupo de amigos concurrió a un almuerzo. Luego, y ya cortados del plan colectivo y sólo ellos dos, fueron al cine. Al parecer, el programa terminó ahí porque luego Assange debió ir a la fiesta que Anna le había preparado en su departamento.
Sophia esperó pacientemente, y el lunes siguiente partieron en tren hasta su casa en Enkoping, a 78 kilómetros de Estocolmo. Como Assange no tenía efectivo y no quería usar su tarjeta de crédito por temor a que lo rastrearan, dicen que ella corrió con los gastos de ambos boletos. Según las declaraciones de Sophia a la policía a propósito de lo sucedido, cuando llegaron al departamento tuvieron relaciones sexuales. Assange usó preservativo en esa ocasión, pero a la mañana siguiente –el martes 17 de agosto– él se negó a usar protección y se molestó cuando ella se lo pidió. Todo esto según el testimonio de Wilen, que agregó que esa mañana el periodista informático “la sorprendió mientras dormía y no usó preservativo”.
De cualquier manera, se sabe que desayunaron juntos y que luego Assange regresó a Estocolmo, otra vez con un boleto pagado por ella. Allí se habría reencontrado con Anna en una ocasión que luego ella denunció como un episodio en el cual él “la acosó de una manera diseñada para violar su integridad sexual”. Al mismo tiempo, Sophia acrecentaba su preocupación por no haber usado protección; temió haber quedo embarazada e incluso haberse contagiado VIH. Y lo que hizo fue llamar a Anna, a quien también había conocido el día de la conferencia de Assange, y le contó lo ocurrido.

Así, el viernes 20 de agosto, ambas se presentaron en la estación de policía de Estocolmo con el objetivo de saber si podían lograr que Assange se hiciera un test de VIH. Tras escuchar las dos historias, la oficial de policía que las atendió les habría sugerido que presentaran una demanda por violación y acoso sexual. Esa misma tarde la fiscalía decidió arrestar a Assange, pero cuando el caso llegó a la jefa de fiscales ésta desestimó los cargos por violación y consideró que eran sólo ofensas menores, por lo que el acusado pudo dejar Suecia sin problemas.
¿CULPABLE O INOCENTE? La legislación sueca distingue tres formas de violación: violación severa –cuando existe un alto nivel de violencia–; violación normal –que involucra un cierto grado de violencia–, y violación menos severa –en la que se fuerza el acto sexual, aunque puede no existir violencia–. En esta tercera forma entra la acusación hacia Assange. “En ambos casos, el sexo fue consensuado desde el principio, pero eventualmente se convirtió en acoso –declaró Anna Ardin a la prensa–. Las acusaciones no fueron armadas por el Pentágono ni por nadie. La responsabilidad de lo que me ocurrió a mí y a la otra chica recae sobre un hombre con una visión retorcida de las mujeres y un problema para aceptar la palabra ‘no’”.
Dos meses después de la denuncia la causa fue reabierta, la fiscal especializada en delitos sexuales, Marianne Ny, emitió una orden de captura internacional después de que Assange se negara a regresar voluntariamente a Suecia para ser interrogado.
El 8 de diciembre, Julien Assange se entregó en Londres, donde se le negó el pago de una fianza, por lo que sigue detenido aguardando una audiencia que al cierre de esta edición parecía inminente. Assange insiste en que él “no hizo nada malo”.
Según publicó el diario inglés The Guardian, un conocido en común de los tres involucrados de “el culebrón de Estocolmo” dijo que le advirtió a Assange que su actitud hacia las mujeres le traería problemas. “No creo que haya una conspiración, pero todo esto favorece a los enemigos de WikiLeaks, que podrán utilizar la situación para neutralizarlo –declaró al periódico inglés–. Una personalidad como Assange, que es conocido alrededor del mundo y está en los medios todos los días, tiene una enorme atracción para las mujeres. Muchas lo invitaron a sus camas y el aprovechó la oportunidad… demasiado... todo el tiempo. Hablé con él de esto y le advertí que no era una buena manera de comportarse éticamente y también en términos de seguridad. Su debilidad era y son las mujeres”.
En Cuba señalan a Anna Ardin como a “una agente colaboradora de la CIA”, de origen cubano y vinculada con el escritor exiliado Carlos Alberto Montaner, quien negó cualquier vínculo con ella.
ALTO, RUBIO Y CON INTERNET... Pero, ¿quién es este australiano, alto, de ojos claros y pelo completamente gris? Nació en Townsville, Queensland, norte de Australia, en 1971, y hoy –al menos hasta el momento de su arresto– no tiene domicilio fijo. El periodista Raffi Khatchadourian, de la revista The New Yorker, pasó varios días con él para trazar un perfil exhaustivo, y empezó por su madre, Christine Assange, que a los 17 años se fue de su casa en una moto, después de quemar sus libros escolares. Casada con un director teatral, crió a Julian llevando una vida nómada (Assange dice que durante su infancia se mudó 37 veces) y estudiando en su propia casa debido a que su madre no quería que su espíritu se corrompiera por el sistema escolar. Y cuando cumplió 9 años, Christine comenzó una relación con un músico con el que tuvo otro hijo. Años más tarde, la pareja se rompió en malos términos y ella escapó con sus hijos temiendo perder la custodia del menor.
Cuenta la leyenda que en una de las tantas mudanzas fueron a parar a una casa ubicada frente a un negocio de electrónica en la que Julian accedió a su primera computadora, una Commodore 64. En 1987 ya era un hacker bajo el apodo de Mendax, y como tal integró una agrupación autodenominada “los subversivos internacionales”. Sus primeras víctimas: universidades y empresas de telecomunicaciones.
A los 18 años se fue a vivir con su novia y tuvieron un hijo, Daniel, pero tras varios allanamientos y detenciones a causa de las primeras andanzas cibernéticas de Julian, ella lo dejó, llevándose consigo al bebé, lo que derivó en una lucha legal por la custodia del menor, que duró varios años.
Pasó tres años trabajando con la académica Suelette Dreyfus, quien investigaba “el lado subversivo de Internet” para su libro Underground, estudió Matemáticas y Física en la Universidad de Melbourne, y en 2006 creó WikiLeaks, el portal de noticias a través del cual se convirtió en uno de los hombres más conocidos –y polémicos– del mundo. Según los testimonios de quienes trabajaron con él, es una persona “muy inteligente, obsesiva, idealista, casi un asceta que prácticamente no duerme ni come”.
El diario The Australian publicó un charla íntima con un amigo de Assange que prefirió permanecer anónimo, quien lo describe como “un humanista que decidió muy temprano que el mundo no es un lugar tan justo como podría ser”, y que está convencido de que “Internet proporciona una forma de crear algo más justo”.
Sus enemigos lo describen como un irresponsable que puso en peligro la vida de varias personas con sus revelaciones, e incluso se ha ganado algunos detractores entre sus ex colaboradores, que lo tildan de autoritario. El hecho de que las denuncias de Anna Ardin y Sophia Wilen hayan sido desestimadas antes del “cable gate” y que ahora sean las que acorralan –y apresan– a Julian es donde residen las mayores sospechas de que el caso haya sido reabierto por razones políticas. Esta historia continuará.
