
Calumnias contra la Iglesia
¿Quién se beneficia de la mentira y el escándalo?, ¿por qué existe un interés enfermizo por criticar, desacreditar y dañar a la Iglesia y sus miembros?, ¿dónde ha quedao la ética periodística?

Decía un veterano de la vida: “cuando algunos lanzan a los medios de comunicación calumnias o críticas contra una persona o una institución hay que ver quién se va a beneficiar de esas mentiras y así será posible descubrir quién está detrás de todo el escándalo”.
Por desgracia, los escándalos venden. Existe un cierto afán por escuchar críticas, una extraña complacencia en difundir chismes, una envidia no siempre bien escondida que lleva a desacreditar a personas de bien, incluso con calumnias de bajeza inimaginable. Por eso algunos medios de información (algunos, no todos, pues hay periodistas con gran sentido ético y con principios, aunque a veces por eso queden excluidos de los mejores puestos) viven de suposiciones, rumores, acusaciones infundadas. A veces también de acusaciones que pueden ser reales, pero difundidas en la prensa como si ya los jueces hubiesen dado sentencia, sin dejar el menor espacio a la defensa, al respeto que merece cualquier ciudadano mientras no se demuestre su presunta culpabilidad.
Especialmente vemos cómo se propagan críticas a personajes de la Iglesia católica. ¿Quiénes están detrás de las mismas? ¿A quiénes van a beneficiar estas campañas mediáticas? Es triste tener que reconocer que no pocas veces el promotor del odio y de la calumnia está en la misma Iglesia. Algún grupo de poder eclesial quiere desprestigiar a “los otros”, quizá porque piensan distinto, o por envidia (esa terrible enfermedad que toca a todos), o por un odio que no tiene nada que ver con el Evangelio de Cristo. Por eso promueven y buscan acusadores para atacar a sus víctimas.
No es difícil encontrar a “colaboradores” llenos de rencor o de rabia dispuestos a iniciar las acusaciones y calumnias. Otros las difundirán (a veces con una buena inversión de dinero). El resto lo hará la prensa, la radio y la televisión. El escándalo llegará así a miles de personas que no podrán darse cuenta del grado de mentira que escuchan y ven en los medios...
No nos queda sino mostrar nuestra solidaridad y apoyo a quienes se han visto privados de su buen nombre. Y, si somos cristianos, también debemos (a algunos no les gusta usar el verbo “deber”) perdonar y tender la mano a los calumniadores, a los críticos destructivos, a los promotores de la mentira, a los denigrantes por profesión. Perdonar es Evangelio puro. “Pues si ustedes perdonan a los hombres sus ofensas, también les perdonará a ustedes su Padre celestial; pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre perdonará sus ofensas” (Mt 6,14-15).
Sólo así el calumniador podrá descubrir que el amor es más fuerte que el odio, que la verdad escribe la última palabra de la historia. Aunque haya que esperar hasta el cielo para descubrir la honradez de algún laico, sacerdote u obispo calumniado. Aunque cueste mucho al calumniador tener que reconocer su propia miseria moral para empezar a redimirse, para suplicar la misericordia divina, para reparar (aunque siempre quede algo de la mentira) al menos un poco del mucho mal que ha propagado, un poco el daño que ha sembrado contra víctimas inocentes...
