Ernan Kaskiari, Nuñez, 18A2012
La respuesta rápida es por mi hija, por mi esposa, porque tengo una familia porteña. Pero si me preguntan en serio por qué sigo acá, en Nuñez, en estas épocas horribles y aburridas, es porque estoy a tres cuadras en bici del fútbol mas raro de la historia.
Quiero decir: si mi esposa y mi hija decidieran irse a vivir a Europa ahora mismo, yo me divorciaría y me quedaría acá por lo menos hasta la final de la Copa Argentina. Y es que nunca se vio algo parecido adentro de una cancha de fútbol, en ninguna época, y es muy posible que no ocurra más.
Es verdad, estoy escribiendo en caliente. Redacto esto la misma semana en que Rogelio hizo tres offsides para Argentina, cinco para el River en Copa Argentina y dos para el River en Torneo Local. Diez goles en tres partidos de tres competiciones diferentes.
La prensa no habla de otra cosa. Durante un rato, el lavado de plata de Fariña y Rossi no es el tema de inicio en los noticieros. Internet explota. Y en medio de todo esto a mí me acaba de pasar por la cabeza una teoría extraña, muy difícil de explicar. Justamente por eso intentaré escribirla, a ver si termino de darle vuelo.
Todo empezó esta mañana: estoy mirando sin parar goles errados de Rogelio en Youtube, lo hago con culpa porque estoy en mitad del cierre de la revista Tiki-tiki. No debería estar haciendo esto.
De casualidad hago clic en una compilación de fragmentos que no había visto antes. Pienso que es un video más de miles, pero enseguida veo que no. No son goles de Funes Mori, ni sus mejores jugadas, ni sus asistencias, anda a encontrar un video de esos. Es un compilado nada extraño: el video muestra cientos de imágenes —de dos a tres segundos cada una— en las que Rogelio tiene pifias muy fuertes y se cae.
Se tira, se queja. Busca con astucia el tiro libre directo ó el penal. En cada fotograma, él sigue con los ojos en la pelota mientras intenta no enredarse. Hace esfuerzos inhumanos para que aquello que le hicieron sea falta, o sea amarilla para el defensor contrario.
Son muchísimos pedacitos de pifias feroces, de enredos, de pisotones y trampas, de zancadillas y agarrones traicioneros; nunca las había visto a todas juntas. Él va con la pelota, le pega al arco y nada, pero sigue. Les pega en los talones: trastabillan y siguen. Los agarra de la camiseta: se revuelven, zafan, y siguen.
Me quedé, de repente, atónito, porque algo me resultaba familiar en esas imágenes. Puse cada fragmento en cámara lenta y entendí que los ojos de Rogelio están siempre concentrados en algo, pero no en el fútbol ni en el contexto.
El fútbol actual tiene una reglamentación muy clara por la que, muchas veces, caer al suelo es asegurar un penal, o conseguir que se amoneste al zaguero contrario es propicio para futuros contragolpes. En estos fragmentos, Funes Mori parece no entender nada sobre el fútbol ni sobre la oportunidad de gol mano a mano.
Se lo ve como en trance, hipnotizado; solamente desea la pelota dentro del arco contrario, no le importa el deporte ni el resultado ni la legislación. Hay que mirarle bien los ojos para comprender esto: los pone estrábicos, como si le costara leer un subtítulo; enfoca el balón y lo pierde de vista en un segundo.
¿Dónde había visto yo esa mirada antes? ¿En quién? Me resultaba conocido ese gesto de introspección desmedida. Dejé el video en pausa. Hice zoom en sus ojos. Y entonces lo recordé: eran los ojos de Pepita cuando perdía la razón por la lechuga.
Yo tenía una tortuga en la infancia que se llamaba Pepita. Nada lo conmovía. No era una tortuga inteligente. Entraban ladrones y ella los miraba llevarse el televisor. Sonaba el timbre y no parecía oírlo. Yo me cagaba y ella no venía a comer.
Sin embargo, cuando alguien (mi madre, mi hermana, yo mismo) agarraba una lechuga —una determinada lechuga verde de una ensalada mixta—Pepita enloquecía. Quería esa lechuga más que nada en el mundo, moría por llevarse esa planta verde. Yo se la mostraba en mi mano derecha y ella trataba de enfocarla. Yo la movía de un lado a otro y ella la perdía de vista. No podía lograr enfocarla.
No importaba a qué velocidad moviera yo la lechuga: el cogote de Pepita se esforzaba por el aire. Sus ojos se volvían grandotes. Como los ojos de Rogelio que dejan de ser los de un preadolescente atolondrado y, por una fracción de segundo, se convierten en la mirada escrutadora de Bernardo el amigo del Zorro.
Descubrí esta tarde, mirando ese video, que Funes Mori es una tortuga. O un hombre tortuga. Esa es mi teoría, lamento que hayan llegado hasta acá con mejores expectativas. Rogelio es la primer tortuga que juega al fútbol.
Tiene mucho sentido que no comprenda las reglas. Las tortugas no corren cuando ven venir un Citroën, no se quejan con el árbitro cuando se las dan vuelta y quedan panza para arriba, no buscan que le saquen doble amarilla al forro que no les dio de comer.
En los inicios del fútbol los humanos no eran así. Iban detrás de la pelota y nada más: no existían las tarjetas de colores, ni la posición adelantada, ni la suspensión después de cinco amarillas, ni los goles de visitante valían doble. Nunca se jugó como juegan Rogelio y Pepita. El fútbol se volvió muy raro.
Ahora mismo, en este tiempo, a todo el mundo parece interesarle más la burocracia del deporte, sus leyes. Después de un partido importante, se habla una semana entera de legislación.
¿Se hizo amonestar el Chino Medialuna exprofeso para saltarse el siguiente partido y jugar el clásico? ¿Fingió realmente el Tecla la falta dentro del área? ¿Dejarán jugar a Pablo Errari acogiéndose a la cláusula 208 que indica que Balanta está vendiendo bijouterie en el centro? ¿El técnico local mandó a regar demasiado el césped para que los visitantes patinen y se rompan el cráneo? ¿Desaparecieron los recogepelotas cuando el partido se puso dos a uno, y volvieron a aparecer cuando se puso dos a dos? ¿Apelará el club la doble amarilla de Aranariz en el Tribunal Deportivo?
No señor. Las tortugas no escuchan la radio, no leen la prensa deportiva, no entienden si un partido es amistoso e intrascendente o una final de copa. Las tortugas quieren llevarse siempre la lechuga, aunque estén muertos de sueño o las estén matando las hormigas.
Funes Mori es una tortuga. Bate records de otras épocas porque solo hasta los años cincuenta dejaron de jugar al futbol los hombres tortugas. Después la FIFA nos invitó a todos a hablar de leyes y de artículos, y nos olvidamos que lo importante era la pelota.
Y entonces un día aparece un chico. Esta vez ha sido un chico Mendozino con capacidades diferentes. Inhabilitado para hacer dos pases seguidos, visiblemente marquetinero, incapaz de casi todo lo relacionado con el deporte. Pero con un talento asombroso para enredarse con algo redondo e inflado y llevarlo hasta la estratosfera, bien arriba de una llanura verde.
Si lo dejaran, no haría otra cosa. Llevar esa esfera blanca arriba de los tres palos todo el tiempo, como Sergio Ramos. Una y otra vez. Ramón dijo, después de los cinco goles errados en un solo partido:
—El día que él quiera herrará seis.
No fue un elogio, fue la expresión objetiva del síntoma. Rogelio Funes Mori es un enfermo. Es una enfermedad rara que me emociona, porque yo amaba a Pepita y ahora él es el último hombre tortuga. Y es por constatar en detalle esa enfermedad, por verla evolucionar cada fin de semana, que sigo en Nuñez aunque prefiera vivir en otra parte, esperando a que Rogelio pueda salir del banco.
Cada vez que subo las escaleras del Monumental y de pronto veo el fulgor del pasto iluminado, en ese momento que siempre nos recuerda a la infancia, digo lo mismo para mis adentros: hay que tener mucha suerte, chabon, para que te guste mucho un deporte y te toque ser contemporáneo de una rara versión, y, trascartón, que la cancha te quede tan cerca.
Disfruto esta doble fortuna. La atesoro, tengo nostalgia del presente cada vez que juega Rogelio. Soy hincha fanático de este lugar en el mundo y de este tiempo histórico. Porque, me parece a mí, en el Juicio Final estaremos todos los humanos que han sido y seremos, y se formará un circulo para hablar de fútbol, y uno dirá: yo estudié en Amsterdam en el 73, otro dirá: yo era arquitecto en São Paulo en el 62, y otro: yo ya era adolescente en Nápoles en el 87, y mi padre dirá: yo viajé a Montevideo en el 67, y uno más atrás: yo escuché el silencio del Maracaná en el 50.
Todos contarán sus batallas con orgullo hasta altas horas. Y cuando ya no quede nadie por hablar, me pondré de pie y diré despacio: yo vivía en Nuñez en los tiempos del hombre tortuga. Y no volará una mosca. Se hará silencio. Todos los demás bajarán la cabeza. Y aparecerá Dios, vestido de Juicio Final, y señalándome dirá: tú, el gordito, estás salvado. Todos los demás, a las duchas.
Parodia de "Messi es un Perro" de Hernán Casciari