La conquista de Albania por los turcos inició el gran éxodo albanés hacia el sur de Italia. Muchos cristianos prefirieron dejar su tierra y escapar de la represión otomana. Más de 500 años después, los pueblos en los que se asentaron aún conservan su idioma, una versión arcaica del albanes, sus costumbres, su identidad y sus ritos religiosos. En total, son unos 80.000 arbereshe y su relación con los “primos” de Albania no siempre es fácil, demasiadas diferencias y demasiado tiempo los separan. Con anterioridad a la invasión otomana de Albania, arberesh era la palabra utilizada para referirse a todos los albaneses. Fue entre los siglos XI y XIV cuando algunos clanes albaneses empezaron a establecerse en pequeños grupos formando colonias en el sur de Grecia (Corinto, Peloponeso y Ática). Sus habilidades militares en seguida los convirtieron en los mercenarios favoritos de francos, serbios, catalanes, italianos y bizantinos. En 1448, el rey de Aragón, Alfonso el Magnánimo, que también era rey de Nápoles, pidió la ayuda de su aliado, Gjergj Kastrioti i Krujes, conocido como “Skanderbeg”, jefe de la Alianza Albana, para reprimir la rebelión de sus señores italianos. Varios clanes arberesh acudieron a la llamada del rey Alfonso y este consiguió aplacar la rebelión. En agradecimiento por su ayuda, Alfonso les recompensó con tierras en la provincia de Catanzaro, cerca de Calabria. Otro segundo contingente de llegaría en torno al 1450, se trataba de otra fuerza arberesh que intervino en Sicilia y que acabó estableciéndose cerca de Palermo. Con la invasión de Grecia por parte de los otomanos en el siglo XV, muchos arbereshe se vieron forzados a emigrar al sur de Italia y a las islas bajo control veneciano. Además cuando estalló la Guerra de Sucesión de Nápoles, Fernando de Aragón volvió a pedir su colaboración, esta vez para combatir los ejércitos franco-italianos, esta vez Skanderbeg desembarcó en Brindisi. Tras conseguir la victoria, los arbereshe aceptaron tierras en Puglia, mientras Skanderbeg regresaba a Albania para organizar la resistencia contra los turcos. Skanderbeg que todavía hoy en día es considerado el héroe nacional de Albania. Se había convertido en el defensor de la causa cristiana en los Balcanes, recibiendo del Papa el título de Athleta Christi. Sus éxitos militares contra los otomanos, habían despertado la admiración no sólo entre el Papado, sino también entre Venecia y el reino de Nápoles, que también se sentían amenazados por el creciente poderío turco en el Adriático. Alfonso V, fuen uno de los máximos partidarios de Skanderbeg y lo tomó bajo su protección como vasallo. La resistencia de 25 años de Skanderbeg contra el imperio otomano en Albania, se considera que proporcionó un tiempo vital a las ciudades-estado italianas para preparar su defensa ante los turcos. Uno de los aliados de Skanderbeg fue Vlad III Dracuela , personaje real en el que se basó Bram Stoker para crear el Conde Drácula. Vlad y Skanderbeg mantuvieron una alianza que proveía de ayuda mutua en su lucha contra los invasores turcos. Skanderbeg murió de malaria en 1468 y su muerte trajo consigo la pérdida de la unidad y de las alianzas que él había ayudado a construir. Aunque sus seguidores consiguieron resistir diez años más la presión turca, ya no hubo más grandes victorias ante estos y su muerte marcó el que sería el gran éxodo arberesh. Se trataba que de albaneses que se resistían a la ocupación turca y a su conversión forzosa al Islam. Aunque algunos de estos emigrantes se dirigieron hacia el norte y el sur siguiendo la costa adriática, hacia Dalmacia y Grecia respectivamente, o Venecia, la mayor parte cruzó el mar rumbo al sur de Italia, donde se asentaron en una docena de pequeñas comunidades dispersas en Calabria, Sicilia y otras regiones. Una segunda ola de arbereshe llegó a Italia más tarde, entre 1500 y 1534, una vez más huían de los turcos, pero esta vez no provenían de Albania sino de Grecia central. Empleados como mercenarios por Venecia, los arbereshe tuvieron que evacuar las colonias del Peloponeso con la asistencia de las tropas de Carlos V, mientras los turcos invadían la región. Carlos V estableció estas tropas en el sur de Italia para reforzar la defensa ante una posible invasión turca. Estos arbereshe se establecieron en pueblos aislados, lo cual les ha permitido mantener su cultura, lengua y tradiciones hasta nuestros tiempos. Se trataba principalmente guerreros y campesinos, por lo que una vez en Italia muchos tradicionalmente fueron soldados, del Reino de Nápoles o de la República de Venecia, desde las Guerras de Religión hasta la invasión napoleónica. Algunos estudiosos, consideran que la emigración de los arbereshe, a finales de la Edad Media, supuso para Albania la pérdida de una gran parte de su élite política e intelectual, lo que trajo como consecuencia el empobrecimiento cultural y económico del país. El siglo XVIII vería la última llegada de arbereshe, se trataba de un grupo proveniente de Himare, un pueblo en el sur de Albania, que huyó a causa de una masacre instigada por Ali Pasha, que había matado 6000 albaneses cristianos por haber rechazado convertirse al Islam. Estos últimos arbereshe se asentaron en Hora e Arbereshevet (Piana degli Albanesi) y más tarde fundaron el pueblo de Sendahstina (Santa Cristina Gela). A principios del siglo XVIII, se estima que había unos 100.000 arbereshe en Italia. Esa cifra ascendería a 200.000 en los primeros censos italianos de principios del siglo XIX, sumando la población de la cincuentena de pueblos arberesh. Los arbereshe jugaron un papel destacado en la recuperación de la consciencia nacional de Albania a finales del siglo XIX. Pero también jugaron un papel importante en la unificación italiana, Francesco Crispi, uno de los personajes considerado determinante en dicho proceso era de origen arberesh. Al igual que resto de pueblos del sur de Italia, los pueblos arbereshe también sufrieron los efectos de la ola de emigración masiva a América entre el 1880 y 1910. La mitad de los pueblos arberesh desaparecieron, y pese al revival cultura del siglo XIX apareció un cierto riesgo de desaparición cultural. En la actualidad, se estima que en total los arbereshe son unos 80.000 distribuidos en varios “islas” dentro de Italia. Tras la caída del comunismo en Albania, llegaron nuevos inmigrantes albaneses a los pueblos arbereshe, tanto de Kosovo como de Albania. El encuentro generó sentimiento encontrados hacia los “nuevos albaneses”. Por un lado, y pese a las diferencias entre las dos comunidades, aún se aprecia un sentimiento de cierta familiaridad entre ellas, que queda reflejada en un dicho que usan ambos grupos: “Todos somos primos y nuestra sangre está dispersa, pero nosotros somos los arbereshe y ellos los shqiptare”. Pero por otro lado también se generó una serie de sentimientos encontrados, como es la desconfianza entre la “vieja” y la “nueva” diáspora. Pese a tener orígenes comunes la evolución de ambas comunidades ha sido demasiado diferente, lo que tal vez provoque que no haya un sentimiento de unión étnica entre ellos. El dialecto arberesh es el albanes de la Edad Media, la lengua que se hablaba en Albania antes de la invasión otomana, substancialmente diferente del albanes moderno. Además los nuevos inmigrantes, que son en su mayoría musulmanes, muestran escaso interés por otro de los signos de identidad de los arbereshe, los ritos cristianos que han preservado fielmente. Hoy en día, la mayoría de arbereshe pertenece a la Iglesia Católica Bizantina Ítalo-Albanesa (católica pero con rito oriental) y una minoría que es católica. Un estudio del 2003 analizó el encuentro entre los arbereshe de Piana degli Albanesi, una ciudad de unos 7.000 habitantes en Sicilia, con unos 70 inmigrantes recién llegados de Albania. El estudio reveló algunas tensiones entre la mayoría, que se veían a sí mismos como los “aristócratas” de la cultura tradicional albanesa, y los nuevos inmigrantes que viven pisos baratos y se encargan de los empleos más precarios. Eda Derhemi, el autor del estudio, dijo haber encontrado escasas muestras de solidaridad entre los dos grupos, que están en realidad demasiado separados en el tiempo para tener mucho en común. De hecho, los arbereshe tendían a replicar los típicos estereotipos del resto de italianos hacía los albaneses, que los consideran inmigrantes de clase baja, con una tendencia hacia la prostitución y la delincuencia, incluso cuando no existe evidencia alguna que esa tendencia se haya manifestado en la Piana degli Albanesi. Como recuerdo de su origen y su pasado, la calle principal de muchos pueblos arberesh acostumbra a llamarse Via Giorgio Castriota, en honor de Skanderbeg. Curiosamente, las plazas principales de Tirana y Pristina (Kosovo) también llevan su nombre y en ambas hay dos estatuas ecuestres que honran su memoria. Gjergj Kastriot, Skanderbeg, el último líder que aunó a unos y a otros. Mapa que muestra poblados albaneses en Italia, en verde las islas arbereshes Bandera de los italo albanesas: la bandera italiana y sobre ella, el àguila bicèfala, simbolo del pueblo albanès Historia de dos poblados albaneses de Calabria: Frascineto y Eianina Frascineto y Eianina, unas de las más conocidas comunidades ARBËRESHË, pequeños centros agrícolas, situados en la parte sud occidental del macizo del Pollino, son parte de una única "Comuna". Después de la muerte del héroe nacional de Albania, Giogio Kastriota Skanderberg, el 18 de Enero de 1468, muchas familias albanesas prefirieron emigrar a Italia para no ser sometidas al dominio turco que pronto ocupó toda Albania. Los albaneses de Frascineto llegaron a Italia entre 1470 y 1478, pasando de un lugar a otro hasta que en 1490 el monasterio Griego de San Pietro les cedió lagunas tierras, y se radicaron en el actual sitio de Frascineto. Anteriormente a la llegada de los albaneses se tiene información de que este lugar fue destruido durante la feroz guerra entre Angioinos y Aragoneses. Esto hace pensar que los albaneses fundaron el nuevo pueblo en conjunto con los pocos latinos que quedaban. Prueba de esto es la existencia de la Calle de los Latinos, "Ka Letiret", distinguiendo así la zona ocupada por estos últimos. A los fieles se debe la edificación de la actual iglesia de Santa María Assunta, ampliada y restaurada en la segunda mitad del siglo XVIII, con la ayuda del pueblo de Frascineto. Los albaneses en un primer tiempo dependían de la iglesia de San Pietro, de Rito Griego. Además de la Iglesia de San Pietro, del siglo X de estilo bizantino; se encuentran en la zona la Iglesia de Santa María Assunta, construida en el siglo XVII, que posee una sola nave en cruz latina de estilo barroco; la Capilla dedicada a las Almas del Purgatorio situada en el centro histórico de Frascineto; la Iglesia de la Madonna delle Armi, construida en la ladera del Monte Manfriana que se encuentra al norte del pueblo; y la Iglesia de San Basilio Magno en Eianina, de estilo barroco del siglo XVII. La Inmaculada Concepción es la patrona de Frascineto y se celebra el 8 de Diciembre. La población creció en el siglo XVI con el arribo de otros grupos de albaneses provenientes de la zona de Morea en Grecia, y posteriormente con el traslado de los albaneses que se habían establecido en Casal del Monte (hoy Monte Cassano, que se encuentra al sur de Frascineto), adoptando el nombre de Casalnuovo del Duca. Fue a fines del 1600 que asumió el nombre de Frascineto. Corresponde a ese período la reconstrucción de la iglesia del Purgatorio, situada en la actual Plaza Skanderberg que recientemente fue restaurada y dedicada a Santa Lucía. A los mismos eventos históricos se debe el nacimiento de Eianina, fracción de Frascineto, que pocos años antes era denominada Porcile, pero que antiguamente, según documentos encontrados, se llamaba "Li Porticilli". La evidencia actual establece que Porcile/Porticilli fue primeramente llamada Frassinito, al mismo tiempo que Frascineto se llamaba Casal de San Pietro o Casalnuovo del Duca. Es un pueblo particularmente ligado a sus tradiciones. Prueba de ello son las numerosas personalidades de la cultura Arbëreshë, tales como: Michele Bellusci, Domenico Bellusci, el crítico y escritor Vincenzo Dorsa, los poetas Bernardo Bilotta, Costantino Arcuri y Achille Parapugna, Luca Miranda, Giuseppe Muzio, Vincenzo Pace y tantos otros. Entre los contemporáneos podemos nombrar: Prof. Luca Perrone, Prof. Papás Giuseppe Ferrari, docente de lengua y literatura albanesa en la Universidad de Bari y el poeta Domenico Bellizi. Fiel a las tradiciones, la Administración Comunal dio vida en 1982 a la "Muestra del Vestido y Tradición Arbëreshë", una obra que presenta a través de minucioso estudio y delicado arte el atuendo tradicional de Frascineto y Eianina, conjuntamente con las otras Comunidades Albanesas, de las cuales podemos nombrar a Civita, Eianina, Firmo, Acquaformosa, Spezzano Albanese, san Benedetto Ullano, San Demetrio Corone, Lungro y tantas otras. Originalmente fue erigida en la Escuela, el edificio más vital del pueblo, donde ciertamente, las tradiciones populares pueden ser re-descubiertas con mayor precisión y fidelidad, especialmente si se considera la finalidad de la escuela de hoy, que no es solo la de ofrecer al descendiente la cultura, sino que debe apuntar a la búsqueda de la identidad del pueblo, partiendo del estudio del propio ambiente y por lo tanto del folklore. Actualmente la muestra se trasladó a otro edificio para dar cabida a otros aspectos de la identidad ítalo albanesa local. Junto con la tradición del vestido albanés, que se destaca durante los días festivos y religiosos, es digno de nombrar el Rito Bizantino del Matrimonio, donde el coronamiento de los esposos constituye la parte esencial de la ceremonia. El sacerdote coloca la corona en la cabeza del hombre primero y luego en la de la mujer, intercambiándola tres veces mientras se efectúan invocaciones pidiendo prosperidad, paz y felicidad para los futuros esposos. El coronamiento tiene también simbolismo místico de pureza e inocencia. Cabe destacar también el importante empuje que brindó la edificación de la autopista proveniente del norte del país, ya que una de las bajadas para ingresar a las comunidades vecinas se encuentra justamente en Frascineto Miembros de esta comunidad llegaron a nuestro pàis y se asentaron en Lujàn, donde se formò una gran comunidad de italo albaneses, en el barrio Santa Elena de dicha ciudad. Fuera de Lujànse formaron colonias albanesas en la ciudad de Berisso, cercana a La plata. Aquì va una historia que saquè de internet sobre una familia italo albanesa llegada de un pueblito calabrès y las peripecias que vivieron en la Argentina. ORÍGENES (fragmento) Historia real y no comparada, según mis recuerdos y los de aquellos que me la contaron. Cualquier discrepancia no es más que la versión apócrifa de ésta. Autor: Mario Jorge Ferrari (incluye algún que otro comentario de OMF - Osvaldo Mario Ferrari) Según contaba mi abuelo, el origen de la familia había que buscarlo en Albania, de donde nuestros antepasados habrían llegado hasta las montañas de Calabria huyendo de los turcos cuando estos vencieron en Kosovo a los serbios y, tras la muerte de Jorge Castriota, príncipe Skanderbeg, quien tuvo en jaque a los turcos durante veinticinco años. No es que lo dudara, pero nuestro aspecto rubio y de ojos claros me hacía pensar que esos genes eran los que venían del norte de Italia, de parte de mi abuela paterna, pero no hace mucho me dijeron que, efectivamente, los antiguos habitantes de Albania eran rubios y de ojos claros, dado que descendían de los ilirios, un pueblo de origen indoeuropeo, y que estaban muy influenciados por los normandos, los vikingos que llegaron hasta esas tierras navegando por el Mediterráneo y bajando por el Rhin y el Danubio, hasta que aparecieron los turcos y se pusieron a sembrar el país de morochitos. Lo cierto es que en algunos documentos figura el nombre de mi tatarabuela que se llamaba Orehibella (Arstibella, según Bodily - N. de OMF) nombre bastante extraño y que podría señalar la diferencia entre los habitantes de la montaña, en el pueblo de Lungro, y los antiguos calabreses de la zona. Parece ser que los de Lungro eran bastante bestias. Lo suficiente como para arreglar sus asuntos a escopetazos o cortarle la lengua, la nariz y las orejas a un soplón y mandárselas a la cárcel en un bocadito al delatado, demostrándole así que la venganza estaba cumplida. Doña Juana, la madre de mi tía Esther, era de la misma zona bestia pero de la costa y contaba que cuando bajaban los míos de la montaña ellos se encerraban en sus casas por temor a los salvajes de allá arriba ¡Cómo serían! Por algo los romanos llamaron a aquella zona "Brutium". La lengua que hablaban era un dialecto extraño, mezcla, probablemente, de albanés, italiano, calabrés y algún otro agregado. Mi abuelo lo hablaba en su familia, pero no lo traspasó a sus hijos y hasta mí sólo llegó algún insulto y una especie de cuento-verso infantil que mi tío Ángel recordaba y yo lo aprendí por fonética, tal como lo pronunciaba él y con la traducción que él me dio. No pongo las manos en el fuego por la veracidad de ninguna de las dos. Decía así: Versión original (libre) Traducción (libre) Versión Arbëresh* Tara bara cucurtsa Érase que era, o había una vez.[?] Tarabara kukuriza [?] A me motir é bucurtsa. Mi hermanita es muy linda. Ime motër e bukuriza Cue zture tsiktsín? ¿Dónde está el agua? [la chispa] Ku e shture xixën? Prapa kútsari. En el cazo [Detrás de la cepa]. Prapa kucarit Kútsari ku ansht? ¿Dónde está el cazo [la cepa]? Kucari ku ësht? Do tsiarri. En el fuego. Ndë zjarrit Tsiarri ku ansht? ¿Dónde está el fuego? Zjarri ku ësht? Vat in driñisht. Se fue a la hierba . Vate të dhria Driñisht ku ansht? ¿Dónde está la hierba ? Dhria ku ësht? Anguir cao. Se la comió el burro . Hëngër kau Cao ku ansht? ¿Dónde está el burro ? Kau ku ësht? Anguir ulcu. Se lo comió el lobo. Hëngër ulku Ulcu ku ansht? ¿Dónde está el lobo? Ulku ku ësht? Vat'n guisht, Fue a la iglesia, Vate mbë kishë, guet ñ grua, vio una vieja, gjet një grua, Pac mish, sin camisa (enaguas) Pa këmishë Rascare biz a minzúa. Y por debajo le rascaba el culo. Rrashkar bith me një thua. [le rascaba el traste con una uña] *La versión arbëresh fue reconstruida por el papás Emanuele Giordano de Eianina. Las palabras entre corchetes reflejan la traducción de la versión arbëresh (ësht = ë = es). El Sr. Gramisci de Lungro encontró la siguiente versión moderna del mismo verso popular. Este verso es un ejemplo interesante de permanencia y de cambio. En Italia, el idioma sobrevivió en una cultura prevalentemente analfabeta, con factores presionantes inmediatos, como fue y todavía es el idioma italiano. En la Argentina, el factor de cambio fue el español, y en forma limitada el idioma todavía perduró. Es un buen ejemplo de cambio a través del tiempo, porque comparando la versión tradicional antigua y la moderna se puede ver la metamorfosis que puede haber ocurrido en un siglo y medio, a pesar de que también existe la posibilidad de que circulaban variantes antiguas. A.B. Para escuchar la versión moderna, con lectura del papás Giordano, haga clic aquí: en arbëresh traducción al italiano El taco, o más bien maldición, decía: Tdac ñ cokie ndr biz [Të daltë një koqe ndër bithët] (Ojalá te salga un grano en el culo). Comparando ambas obras literarias se llega a la conclusión que biz significa culo. De eso estoy seguro. Lo cierto es que en algún momento llegó por allí un tal Ferraro, genovés, y dio origen a esta saga. Parece ser que era hijo de un alcalde de algún pueblo en el que él era el cura. Allí llegó Garibaldi y dio una arenga a los habitantes. El discurso prendió en el curita de tal manera que llegó a su casa gritando ¡Eviva Garibaldi! Su padre, que era monárquico, garca y, por lo visto, bastante bestia, lo persiguió alrededor de la mesa con un hacha para cambiarle las ideas, cosa que él evitó encontrando la puerta y largándose del pueblo con las tropas de Garibaldi. Así perdió de vista a su padre, cosa que deben haber envidiado muchos habitantes de aquel pueblo, porque: si como padre se portaba así, como alcalde… En las guerras por la unidad de Italia mi bisabuelo peleó bravamente obteniendo el grado de maresciallo, que traducido al cristiano vendría a ser el grado más alto de la suboficialidad. Aunque su ocupación era importante, ya que era carpintero y armero: ¡Toda una carrera para un enganchado en el ejército! Este Giuseppe Ferraro viajó con su familia a Buenos Aires, donde tenía una hermana y, en teoría, un futuro. Allí se enfermó y el médico le dijo que lo mejor para su mal, que debía ser tuberculosis, era volver a sus montañas natales. En el momento de regresar, cuando el barco estaba por salir de Buenos Aires, en 1881, un hermano de mi abuelo desapareció. Parece que había ido con su tía a algún lado. Lo cierto es que tenían dos opciones: quedarse todos y perder el barco, o marcharse y esperar que le alcanzaran el niño en Montevideo, tal como prometieron sus familiares. Hicieron esto último creyendo que los tíos de Buenos Aires cumplirían su promesa, pero al llegar a Montevideo esperaron en vano y tuvieron que continuar en el barco su marcha hacia Italia, llevando el drama de una familia con un padre agonizante, una madre embarazada (de mi abuelo) y un hijo desaparecido. En Lungro murió mi bisabuelo y nació mi abuelo. Mi bisabuela seguía sin tener noticias de su hijo perdido en la Argentina, de modo que tres años después decidió volver a América a buscarlo (me imagino que también la empujaría la necesidad de sacar adelante a sus otros dos o tres hijos). Al llegar a Buenos Aires le dijeron que su hijo se había escapado de casa y que no sabían su paradero. Tras mucho buscar lo encontró en una estancia en Morón, que entonces era puro campo. Allí le tenían trabajando de peón para todo y, por miedo a su patrón, en un principio no quiso reconocer a su madre. Parece que el comisario era muy gaucho y bastante sicólogo, y a solas logró que el niño reconociera que esa señora era efectivamente su madre, entregándoselo a pesar de la voluntad del dueño de la chacra. Así logró mi bisabuela desfacer el entuerto que había originado su cuñada, aunque no está muy claro por qué lo había hecho. Lo cierto es que ese hermano de mi abuelo se había criado en el campo y allí siguió haciendo su vida, como cazador de patos (y de otras cosas, me imagino). Yaya se acordaba de verlo cargando sus propios cartuchos y también recordaba sus remedios caseros: el "ingüento" y el jabón amarillo. El "ingüento" se lo preparaba él mismo con vaya a saber qué hierbas y con eso, bien en friegas, bien bebido, se curaba todas las enfermedades. El jabón amarillo lo usaba para las heridas. Con él le curó a mi padre una úlcera que tenía en una pierna. En origen había sido una vulgar herida de niño que se infectó, pero el médico se empeñó en curarla aplicándole nitrato de plata (no se rían, en aquellos años estaba de moda y era práctica habitual utilizar el nitrato de plata para casi todo, incluso hubo quien sugirió inyecciones de eso en la médula para curar la tuberculosis, no se sabe con qué resultados). Lo cierto es que con el nitrato y un gran vendaje la cosa no mejoraba y la úlcera crecía día a día. Hasta que llegó el tío del campo con su jabón amarillo. Vio la herida, la lavó, la dejó que se secara al aire y así durante algunos pocos días, los que tardó la herida limpia en cicatrizar por sí sola. Esto sería en 1917, durante la primera guerra mundial. Si a un niño le aplicaban esas curas ¡Qué no harían con los soldados en el frente! Habría que investigar qué porcentaje de muertes por burradas farmacológicas hubo en los hospitales de campaña de aquella época. Creo que este mismo tío-abuelo estuvo trabajando un tiempo como conductor de tranvías, cuando eran arrastrados por caballos, y era bastante mujeriego, por lo que cada vez que pasaba con su tranvía delante de la casa de alguna muchacha con la que mantenía relaciones, paraba el tranvía, hacía sonar el cornetín que llevaban para avisar de su paso y no seguía su marcha hasta que la doncella en cuestión se asomaba a la ventana y le devolvía el saludo. Y así todo el recorrido. Eran otros tiempos y me imagino que los viajeros no tenían el apuro de hoy. Dicen que este hombre era bajito pero muy fuerte, tanto que lo despidieron de un trabajo porque tenía que atar un caballo al carro y, como el noble bruto se negaba a entrar entre las varas, el bruto innoble le dio una trompada en la frente y lo mató. Otra que contaban de él era que, ya mayor, viajando en un tranvía como pasajero, notó que le metían la mano en el bolsillo. Sin decir palabra dejó que el carterista se confiara y cuando tuvo toda la mano adentro se la agarró por fuera de su chaqueta y, por mucho que se revolvió, el ladrón no pudo zafarse de aquella garra que lo sujetaba. Arrastrando al chorro se acercó al conductor, le pidió que parara cerca de la próxima comisaría, se bajó arrastrando al pobre carterista que, con la mano en el bolsillo de la chaqueta de mi tío-abuelo suplicaba que lo soltara, se lo llevó hasta la comisaría, entró y le dijo tranquilamente al policía: --Mire, me estaba robando. Mi abuelo tuvo una infancia muy carente de todo, como era normal en inmigrantes que llegaban con una mano atrás y otra adelante. Una de las pocas diversiones que tenían en su familia era hablar en su lengua delante de los extraños. Es probable que este dialecto ahora lo hablen muy pocos, pero ya en el Buenos Aires de principios de siglo era una jerigonza más que inusual. Por eso mi abuelo y sus primos se ponían a criticar a cualquiera en sus barbas sin que el pobre individuo se enterara de lo que hablaban. Hasta que un día, en el tranvía, comenzaron a burlarse de un cura que estaba sentado enfrente. Cuando el sacerdote se bajó en su parada se despidió de ellos saludándolos correctamente en el dialecto. Desde entonces dejaron de hacer ese tipo de bromas. Fue a la escuela un par de años y a los siete u ocho años de edad comenzó a trabajar y llegó a ser sastre, probablemente porque comenzara como aprendiz en alguna sastrería. Lo cierto es que parece que lo hizo bien y llegó a tener una clientela distinguida que, a principios de siglo, se marchaba de viaje a Europa y desde allí le encargaba los trajes. Un día mi abuelo comentó que uno de sus clientes, que lucía una de esas calvas llenas de arrugas, tenía la cabeza como un melón escrito (esos que tienen rayitas en la cáscara). Cuando el cliente en cuestión llegó a la sastrería, mientras hablaba con mi abuelo, mi tío Ángel, sentado encima del mostrador y mirándole la calva al buen hombre no paraba de repetir: "Dice mi papá que usted tiene cabeza de melón…" Cuando mi abuela se dio cuenta de la situación me imagino que lo debe haber llevado hasta la cocina en la punta de la zapatilla, pero esa parte de la historia sólo me la imagino. (Nota de Osvaldo Mario. Los pantalones de hombre tenían una pierna, a la altura de la entrepierna, algo más amplia que la otra -por razones que el lector sabrá comprender- y el estándar decía que debía ser la izquierda. No todos se sujetaban al estándar, en cuyo caso debían avisar al sastre que cargaban a derecha. Pues hubo uno que no le avisó a mi abuelo de tamaña anomalía y luego se quejó. Mi abuelo contaba mucho después, todavía con enojo, que le contestó: "Si usted no me lo dice, cómo quiere que me dé cuenta; yo no le ando tocando esas partes a nadie".) Parece ser que esta clientela fue la que se empobreció con la Gran Guerra. Yaya recordaba haber visto en aquellos años a personas vestidas elegantemente revolviendo en los cubos de basura buscando algo para comer, y junto con ella se empobreció mi abuelo, que, en definitiva, nunca había dejado de ser pobre. Don Pedro, que era mi abuelo, se casó con Dª. Ángela Peluffo, hija de una criolla y un italiano de origen aristocrático. La historia es curiosa porque entronca con la colonización de la Patagonia. Este noble italiano, cuyo título ignoro (El Conde Naranjito, según Sonia), era hijo de "El Señor" de un pueblo en el que era amo y señor, hacía y deshacía, al más puro estilo medieval. Tanto es así que, según la más rancia tradición, él no sabía leer ni escribir porque podía pagar a quien lo hiciera por él. Saber esas cosas era propio de gente que necesitaba ganarse la vida y no era su caso. Él sabía de cacerías y esas ocupaciones propias de gente de su rango. Lo cierto es que un buen día se embarcó para América y fue a parar a la Argentina. Tuvo la mala suerte de que allí no lo conocía nadie, los títulos nobiliarios estaban abolidos desde 1813 y no tenía ningún oficio provechoso, por lo que debe haber pasado más hambre que piojo de peluca. Entre otros nobles oficios desempeñó el de vendedor de naranjas por las calles, empujando un carrito (de ahí el título que le confirió Sonia). Hasta que un día se encontró con una familia pobre de su pueblo que había emigrado unos años antes. Estos lo reconocieron y lo casaron con una de sus hijas, encantados de emparentarse con la familia del amo. Esta situación era conveniente para ambos: unos porque se aseguraban trato de favor en caso de regresar a su pueblo, y el otro porque así comía caliente todos los días. La "dicha" duró pocos años, los suficientes para que mi bisabuela tuviera unos cuantos partos, entre ellos el de mi abuela, quien tuvo que ayudar pronto a mantener a la familia cosiendo bolsas de papas. Un buen día el "conde" llegó a su casa y le dijo a su mujer: "Prepárame las maletas que me voy a la Patagonia". En aquella época el gobierno chileno reclamaba la Patagonia como territorio propio, igual que el argentino, y como prueba de que ese territorio estaba habitado por "connacionales", los gobiernos pagaban a los indios para que en sus territorios izaran la bandera nacional. Los indios eran indios pero no tontos, de modo que tenían las dos banderas y cuando venía alguna comisión a ver si cumplían y a traerles las provisiones, o lo que hubieran acordado como pago por su "nacionalismo", ellos izaban la bandera correspondiente. Que arriaban y cambiaban por la otra cuando éstos se habían marchado y venían aquellos. Ante tanta deslealtad el gobierno argentino decidió poblar la Patagonia con inmigrantes, que por entonces llegaban en abundancia y habían superado las necesidades de la capital. Para ello se hicieron unos concienzudos estudios y se contrataron barcos que llevarían esa gente a sus diferentes destinos en los que fundarían nuevas ciudades y garantizarían así la soberanía nacional, al margen de los indios "traidores". Como suele ocurrir con la burocracia, en teoría todo era perfecto. La realidad fue que esos barcos cobraban por viaje realizado, de modo que si en lugar de tardar dos meses, entre ida y vuelta, tardaban uno, ganaban el doble. Algunos colonos llegaron a sus destinos, otros tuvieron menos suerte al caer en manos de capitanes ambiciosos y faltos de escrúpulos, y fueron abandonados en cualquier lugar de la costa desértica, a mitad de camino de su destino oficial, donde sobrevivieron como pudieron o se murieron de hambre y de sed. Así nacieron poblaciones como Comodoro Rivadavia, donde buscando agua encontraron petróleo (1907), lo que cambió el destino de esa población minúscula y condenada a su desaparición. Es de imaginar el desamparo, la angustia, la frustración que debieron sentir aquellos emigrantes polacos, gallegos, alemanes, italianos, que llegaban buscando las riquezas de la tierra prometida y se encontraban abandonados en pleno desierto, sin saber si era mejor ir hacia el norte o el sur, en una Babel desesperada y desesperanzada. En uno de esos barcos se embarcó el señor conde y… ¡Nunca más se supo! Mi bisabuela quiso saber algo y fue a hablar con el capitán. Éste dijo que el hombre se había vuelto loco en alta mar y se había arrojado al agua, pero nunca quiso firmar un certificado de defunción. Probablemente porque había abandonado su cargamento en cualquier punto de la costa y cabía la posibilidad de que alguno de ellos se salvara y regresara o se pusiera en contacto con sus familiares. Sea como fuere, lo cierto es que mi bisabuela se quedó sin marido... y sin ser viuda. Cuando Yaya (mi padre) comenzó a ir al colegio, la situación económica no era precisamente floreciente. Desde 1860 (o algo así) era obligatorio el uso de guardapolvos blancos para los escolares de manera que ocultaran sus ropas particulares y no se establecieran diferencias entre los alumnos por su vestimenta. La idea no era mala, pero yo recuerdo que siempre había guardapolvos de "boutique" y de batalla. Algo así le pasaría a Yaya porque como no tenían dinero ni para los de batalla, sus padres pedían las bolsas blancas de harina en los negocios y con esa tela le hacían los guardapolvos. Lo malo es que siempre quedaban rastros de las letras, por mucho que los lavaran, y allá iba mi padre luciendo en sus espaldas la marca desleída de la fábrica de harina, estableciendo la diferencia entre sus guardapolvos y los de los otros chicos.
Arbereshe: italo albaneses en Italia y Argentina
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