Especial para “LA HISTORIA PARALELA”
“Non nobis, Domine, non nobis, Domine, non nobis, sed nomine tuo da gloriam”. (No es nuestra, Señor. No es nuestra si no tuya toda la gloria). Consigna de combate de los caballeros templarios.
Antecedentes históricos explicativos
San Bernardo Marie de Clairvaux santificó el sacrificio de los Cruzados de la Orden de los Templarios, monjes soldados que partieron hacia Tierra Santa, recuperaron los Sagrados Lugares para la Iglesia Católica, defendieron las travesías de los peregrinos y fueron por casi dos siglos ejemplo de las virtudes aristotélicas y la devoción a la Santísima Trinidad, no sometiéndose jamás a los arbitrios de un soberano terrenal, sólo a Dios, bajo la tutela de su obediencia excluyente a la autoridad del Santo Padre.
La Edad Media realizó una curiosa combinación entre la diversidad y la unidad. Esta diversidad fue el nacimiento de las incipientes naciones, mientras que la unidad procedía sólo del Cristianismo místico, que se impuso en todas partes. La Santa Religión reconocía la distinción entre clérigos y laicos, de manera que señaló el nacimiento de una sociedad laica. Por todo esto se puede decir que la Edad Media significó el período en que apareció ~y se edificó~ la Europa tradicional y la Civilización occidental. Un adelanto de lo que sería la “globalización”, pero exclusivamente religiosa. Los ducados, marquesados, condados y otros feudos estaban defendidos por castillos cuyos Soldados eran también religiosos, y normalmente estaban asignados por Roma. Y todavía hoy, desde España hasta Polonia, desde Inglaterra hasta Rodas, están esparcidos en el continente los impertérritos y bien erigidos castillos de los cruzados, a cuyo cuidado estaba asignada la defensa regional centralizada por el Cristianismo, frente a las amenazas de las invasiones sarracenas.[
Pero desaparecida la dignidad de la devoción como forma de gobierno, se consolidaron los limes. Nacieron los reinos absolutistas simplemente hereditarios, donde aquel señorío feudal devenía, ahora ya no de la gloria del combate, sino del poder de la acumulación de riquezas.
Consecuentemente, el descrédito de la Edad Media fue especie de constante durante la Edad Moderna, en la que «el Humanismo», «el Renacimiento», «el Racionalismo», y «la Ilustración» se afirmaron como reacciones contra ella, o más bien contra lo que entendían que significaba, o contra los rasgos de su propio presente que intentan descalificar como pervivencias medievales. Era, en cierto modo, el nacimiento del materialismo dialéctico y de las tiranías dinásticas.
Si el Obispo-Soldado Hugo de Payns había partido a Oriente desde la Europa beata, dos siglos más tarde el último Comandante de la Orden de los Templarios, Jacques de Molay, regresó a una Europa diferente, el continente de las monarquías absolutistas. Durante las campañas en la guerra por Jerusalén, los frailes de la Militia Christi habían sido una necesidad. Pero doscientos años más tarde, perdido el interés por el teocentrismo, los militares de estas características eran una amenaza para los enemigos de la Fe.
Por ejemplo, en una bula dirigida a Felipe, el rey de Francia, (“Ausculta Fili”), suscripta el 6 de diciembre de 1302), el Papa Bonifacio VIII hizo un recuento de los agravios inferidos por Francia a la sede romana y de los ataques a la inmunidad eclesiástica. Pero iba todavía más allá: denunciaba abusos de Felipe IV en el gobierno de Francia: la escandalosa pobreza, la opresión de los súbditos, la miseria y alteraciones en la moneda, excomulgándolo finalmente por echar a los Obispos designados por El Vaticano para su territorio.
Para mantener su soberanía personal Felipe IV, llamado “el Hermoso” encabezó la conjura en su Reino para aniquilar al ejército Católico y sustituirlo por piqueteros a sueldo. Felipe era un inescrupuloso personaje, obnubilado por el poder y las riquezas materiales, que incluso hizo envenenar a su propio hermano Luis, para ser coronado, y expolió al pueblo francés mediante sus sociedades bajo patronatos no católicos, así como nobles ambiciosos de nuevas tierras y opulencia. Así nacieron las organizaciones secretas de “albañiles” ~maestres de grado e iniciados~ llamados franco-masones (francmasons o francmasonería).
No es el propósito de este trabajo desarrollar el meticuloso ardid de Felipe para terminar con el poderoso ejército Cristiano ~tan reverenciado por sus virtudes inmanentes y aquel pasado de gloria indiscutida~ que era la única y temida barrera para consumar su inmoralidad. Pero lo cierto es que el Rey de Francia, intrigó para obtener el nombramiento de Sumo Pontífice a favor de un subordinado suyo, Bertrand de Got, que al ser ungido Papa se autodenominó Clemente V; y trasladó la Sede Pontificia de Roma a Avignon, donde se inició el famoso cisma eclesiástico porque Felipe IVº pretendió dominar ~de este modo~ a la hasta entonces poderosa Iglesia Católica que se obstaculizaba sus ambiciones.
Lo cierto es que a partir de 1304 ~y hasta 1314~ hizo capturar, encarcelar y torturar a todos los viejos y condecorados veteranos del Ejército templario, acusándolos de crímenes absurdos y sacrilegios irracionales. Quienes no terminaron en las mazmorras, fallecieron durante los tormentos para confesar sus crímenes contra el “humanismo”, y los se “relapsaron” (vale decir rectificaron sus confesiones obtenidas en el potro de la tortura), fueron entregados a la Inquisición del fantoche de Avignon, y despachados de inmediato a la “justicia secular”, que rápidamente dispuso sean todos quemados en la hoguera por supuestas “herejías”.
Tan sólo unos pocos traidores conservaron su vida a cambio del perjurio, y fueron distribuidos, definitivamente desarmados, entre otras órdenes eclesiásticas afuera del país. Pero, inexplicablemente, unos pocos, pérfidos e impíos, quedaron al servicio del monarca a efectos de señalar a sus propios Cófrades, Priores, Abades y Prelados.
Los laicos ~que conservaron la denominación de “Templarios”~ (Caballeros del Templo de Jerusalén”) se asociaron a sus enemigos y devinieron en una orden masónica homónima, que desvirtuó para la historia la gloria de sus batallas, los votos de pobreza, castidad y servicio que habían caracterizados a los monjes militares caídos en desgracia. Y, como es sabido, Felipe tuvo que acudir a un ejército de mercenarios extranjeros, ~así como de villanos armados de picas~ para salvaguardar los bienes de los cuales se incautó, así como su propia vida… Pero no por mucho tiempo, según se verá.
El anciano Prelado Jacques de Molay, desgastado por tras más de diez años de prisión y tormentos, era un saco de huesos en carne viva cuando subió al patíbulo para recibir el suplicio del fuego. Asegurado de espaldas al poste de la pira, sólo pidió se le ate a la inversa para morir rezando, lo que también le negó un magistrado hebreo: el juez de ejecución de sentencia que supervisaba la inmolación. El viejo Cruzado, ~mientras las llamas lo envolvían~ expresó, según Geoffroy de París, cronista de la época: “Dios está al corriente de quién se equivoca y quién ha pecado; y la desgracia se abatirá pronto sobre aquellos que nos han condenado sin razón. Dios vengará nuestra muerte. Señor, sabed que, en verdad, todos aquellos que ahora ~desagradecidos~ nos calumnian y nos humillan, por la barbaridad cometida contra nosotros ~sus Soldados más fieles~ van a sufrir nuestro martirio por toda la eternidad.”
Cuentan las crónicas que la profecía se cumplió y, en definitiva, ninguno de los conjurados ~a pesar de creerse indestructibles para disfrutar de las riquezas decomisadas o “la grandeza” del poder~ sobrevivió más de un año a tamaña injusticia.
El pueblo de Francia se hundió en más de cuatrocientos años de persecuciones internas, guerras y zozobra, que luego desembocaron en la “revolución francesa” de 1789, cuando el despotismo de los reyes absolutistas fue suplantada por la tiranía de los autócratas del sectarismo, ahora denominados “democráticos”. Éstos ~en nombre de la igualdad, libertad y fraternidad~ abjuraron definitivamente de Dios y eternizaron las tropelías del “comité de salud pública”, que redimía a los opositores por la venalidad del soborno, los subsidios o la guillotina.
La perversión democrática argentina
El eje del programa de gobierno de la dinastía Kirchner ha sido también, ~a semejanza del relato de las bajezas de Felipe IVº de Francia~ la captura, el confinamiento, el martirio y la condena patibularia de todos los milites dei: nuestros viejos veteranos ~guerreros de las Fuerzas Armadas~ en el inextricable convencimiento que los Ejércitos de la Patria son una amenaza contra su régimen, basado en el absolutismo más desenfadado, bajo la cubierta del consabido gobierno por “mandato popular” o “democrático”.
De modo análogo, Néstor Kirchner comenzó su reinado expulsando obispos y obteniendo, por etapas sucesivas, la complacencia tanto de jerarquías eclesiásticas como de “militares arrepentidos”, para luego encarcelar tanto a sacerdotes, como a juristas católicos, y ~por supuesto~ a Soldados que antaño se atrevieron a doblegar en batalla a las fuerzas del anticristo.
Los Jueces de la Nación rápidamente fueron suplantados, desde la perpetuidad de su digno magisterio, y los actuales ya no son exponentes de la moral ni representan a los principios cristianos, por lo que tampoco aplican el Derecho Natural. Y en la perversa inteligencia sistemática de desconocer la Ley, no hay ninguna barrera entre sus antojadizas sentencias y la hoguera para nuestros Soldados de Dios.
Personalmente dificulto que Cristina Fernández de Kirchner ~sucesora alterna del autócrata paranoide que usurpa el poder~ se haya interesado alguna vez por la saga de “Felipe el Hermoso”, aquel engendro diabólico, que ~paradójicamente~ era nieto del Rey Luis IXº, el San Luis de los altares.
Honradamente tampoco creo que haya leído más que frivolidades en su vida mojigata, en la que dificultosamente sólo hubiera llegado a ser ~en su delirio monárquico~ reina de la trucha o de la merluza patagónica.
En efecto, casada con un despiadado y amorfo personaje, un émulo del Ricardo IIIº shakespiriano que soberanamente usurpa el poder ~a pesar de la alternatividad matrimonial asegurada por falta de oposición~ la presidenta es parte de una cultura farandulesca. Prioriza la vida fácil por encima del compromiso, y no le queda demasiado tiempo para la piedad para con los pobres, desgraciados y afligidos, para ayudarlos o consolarlos, en lugar de reclutarlos. Ni ~obviamente~ tampoco de dar gracias a Dios por todos sus beneficios, para hacerse digna de recibir otros mayores. Ni de obrar con toda rectitud y justicia para asegurar la paz en el país donde nació. Prefiere seguir declamando incoherencias vergonzosas en su papel de dispendiosa monarca “trucha”, rodeada de lujos, sirvientes y lacayos que solventan su inmoderación.
“De cara al bicentenario” como gusta proclamar la presidenta en cada acto protocolar que encabeza, la Argentina muestra a las claras cómo a su clase dirigente le sigue inspirando temor el que piensa distinto, el que se opone, el que se manifiesta por lo que considera justo, aunque difícilmente “lo justo” coincida con “lo legal”, invariablemente aprobado prepotentemente por la mayorías automática supérstite hasta 10 de diciembre del 2009.
Y como en todo reino, los bufones, los pajes y los monjes negros se disputan la moneda de oro que rueda dadivosa por la alfombra y no se avergüenzan de representar escenas denigrantes. Por ejemplo, Carlos Kunkel ~con su espantosa repulsividad~ insultando en la Cámara de Diputados a un copartidario con proyecto propio; o José María Díaz Bancalari ~de carcajada fácil~ festejando cualquier pavada de la estólida tilinga o del disforme consorte ~con su risa forzada y aplauso de foca hipnotizada.
Nos distanciaron de los avanzados sistemas políticos de las potencias europeas que ~habiendo superado hace cuarenta años la crisis de los años ´70~ cuentan con los mejores estándares de vida… Y la Argentina actual atraviesa el período más crítico y retrógrado desde el punto de vista institucional. La causa anida más cerca del miedo de los monarcas a perder su cetro, que en la supuesta rebeldía de los súbditos.
Este es el país de los fondos reservados y regalías, los fideicomisos públicos en las Islas Caimán, la obra pública para canalizar la corrupción y la coparticipación dosificada según cuán condescendiente sean los gobernadores para con las arbitrariedades del trono. El país de la borocotización, del ostracismo y silenciamiento, de la confiscación de los pequeños productores ~por métodos sofisticados~ a fin de llevarlos a los cordones de pobreza e incautarse de sus tierras para establecer feudos comerciales monopólicos donde los monarcas serán socios.
Con los caminos cerrados, tanto a vecinos como a peregrinos, por los salteadores impunes ~usualmente drogados~ a quienes amparan las leyes argentinas (¡¡¡!!!), ésta es la comarca de las licitaciones opacas; de las subvenciones a los bellacos, premios y castigos para legisladores ~propios, venales o sobornados~ de acuerdo a cuán bien o mal ejecuten su rústico y excelso instrumento democrático: el voto complaciente.
Doscientos años después del fragoroso debate de 1810 donde se discutía por la forma de gobierno a adoptar ~y de cara a la conmemoración del bicentenario de la Patria~ estamos situados en un escenario incierto, poblado de nuevas figuras que encarnan viejos personajes: los que aceptan el desafío de romper vínculos con la corona y los que, asustados por la diversidad de ideas, se inclinan hacia el amparo del dictador ~que no perdió ni un ápice su capacidad de daño, a pesar de su derrota plebiscitaria. Si el crítico u opositor es civil se lo acorrala, se lo ridiculiza y se lo humilla, como hacen Néstor y Cristina con la prensa o con quienes no pueden atemorizar ni comprar.
Pero la gente se olvida que ~como en la época de “Felipe el Hermoso”~ aquí hay hogueras a todo lo largo y ancho del país. Existen aquí el cepo y las celdas de castigo. También grilletes y destierro para los supuestos enemigos de su “humanismo”: el chivo expiatorio militar, cual es su miedo principal.
Seiscientos cautivos y sesenta muertos ya se acumulan en la estadística del capricho ~perverso y escandaloso~ de esta realeza apócrifa. Su principal plataforma política son “los derechos humanos”. Y se ufana de ese humanismo hipócrita en cada discurso futbolero a la tribuna embotada por los narcóticos ~que han liberado al consumo masivo~ satisfecha del régimen que la oprime y la confisca, gracias a la televisación gratuita de los espectáculos de circo.
Un supuesto poder que debe necesariamente neutralizar insuflándoles terror a los ejércitos residuales, cuyos secretarios generales ~más que traidores~ son palafreneros complacientes. En definitiva: renegados y delatores de sus Superiores de la Orden, a quienes entregan a los profanos jueces “rozansky” para que, supervisen su combustión en el patíbulo del escarmiento.
“Non nobis, Domine, non nobis, Domine, non nobis, sed nomine tuo da gloriam”. (No es nuestra, Señor. No es nuestra si no tuya toda la gloria). Consigna de combate de los caballeros templarios.
Antecedentes históricos explicativos
San Bernardo Marie de Clairvaux santificó el sacrificio de los Cruzados de la Orden de los Templarios, monjes soldados que partieron hacia Tierra Santa, recuperaron los Sagrados Lugares para la Iglesia Católica, defendieron las travesías de los peregrinos y fueron por casi dos siglos ejemplo de las virtudes aristotélicas y la devoción a la Santísima Trinidad, no sometiéndose jamás a los arbitrios de un soberano terrenal, sólo a Dios, bajo la tutela de su obediencia excluyente a la autoridad del Santo Padre.
La Edad Media realizó una curiosa combinación entre la diversidad y la unidad. Esta diversidad fue el nacimiento de las incipientes naciones, mientras que la unidad procedía sólo del Cristianismo místico, que se impuso en todas partes. La Santa Religión reconocía la distinción entre clérigos y laicos, de manera que señaló el nacimiento de una sociedad laica. Por todo esto se puede decir que la Edad Media significó el período en que apareció ~y se edificó~ la Europa tradicional y la Civilización occidental. Un adelanto de lo que sería la “globalización”, pero exclusivamente religiosa. Los ducados, marquesados, condados y otros feudos estaban defendidos por castillos cuyos Soldados eran también religiosos, y normalmente estaban asignados por Roma. Y todavía hoy, desde España hasta Polonia, desde Inglaterra hasta Rodas, están esparcidos en el continente los impertérritos y bien erigidos castillos de los cruzados, a cuyo cuidado estaba asignada la defensa regional centralizada por el Cristianismo, frente a las amenazas de las invasiones sarracenas.[
Pero desaparecida la dignidad de la devoción como forma de gobierno, se consolidaron los limes. Nacieron los reinos absolutistas simplemente hereditarios, donde aquel señorío feudal devenía, ahora ya no de la gloria del combate, sino del poder de la acumulación de riquezas.
Consecuentemente, el descrédito de la Edad Media fue especie de constante durante la Edad Moderna, en la que «el Humanismo», «el Renacimiento», «el Racionalismo», y «la Ilustración» se afirmaron como reacciones contra ella, o más bien contra lo que entendían que significaba, o contra los rasgos de su propio presente que intentan descalificar como pervivencias medievales. Era, en cierto modo, el nacimiento del materialismo dialéctico y de las tiranías dinásticas.
Si el Obispo-Soldado Hugo de Payns había partido a Oriente desde la Europa beata, dos siglos más tarde el último Comandante de la Orden de los Templarios, Jacques de Molay, regresó a una Europa diferente, el continente de las monarquías absolutistas. Durante las campañas en la guerra por Jerusalén, los frailes de la Militia Christi habían sido una necesidad. Pero doscientos años más tarde, perdido el interés por el teocentrismo, los militares de estas características eran una amenaza para los enemigos de la Fe.
Por ejemplo, en una bula dirigida a Felipe, el rey de Francia, (“Ausculta Fili”), suscripta el 6 de diciembre de 1302), el Papa Bonifacio VIII hizo un recuento de los agravios inferidos por Francia a la sede romana y de los ataques a la inmunidad eclesiástica. Pero iba todavía más allá: denunciaba abusos de Felipe IV en el gobierno de Francia: la escandalosa pobreza, la opresión de los súbditos, la miseria y alteraciones en la moneda, excomulgándolo finalmente por echar a los Obispos designados por El Vaticano para su territorio.
Para mantener su soberanía personal Felipe IV, llamado “el Hermoso” encabezó la conjura en su Reino para aniquilar al ejército Católico y sustituirlo por piqueteros a sueldo. Felipe era un inescrupuloso personaje, obnubilado por el poder y las riquezas materiales, que incluso hizo envenenar a su propio hermano Luis, para ser coronado, y expolió al pueblo francés mediante sus sociedades bajo patronatos no católicos, así como nobles ambiciosos de nuevas tierras y opulencia. Así nacieron las organizaciones secretas de “albañiles” ~maestres de grado e iniciados~ llamados franco-masones (francmasons o francmasonería).
No es el propósito de este trabajo desarrollar el meticuloso ardid de Felipe para terminar con el poderoso ejército Cristiano ~tan reverenciado por sus virtudes inmanentes y aquel pasado de gloria indiscutida~ que era la única y temida barrera para consumar su inmoralidad. Pero lo cierto es que el Rey de Francia, intrigó para obtener el nombramiento de Sumo Pontífice a favor de un subordinado suyo, Bertrand de Got, que al ser ungido Papa se autodenominó Clemente V; y trasladó la Sede Pontificia de Roma a Avignon, donde se inició el famoso cisma eclesiástico porque Felipe IVº pretendió dominar ~de este modo~ a la hasta entonces poderosa Iglesia Católica que se obstaculizaba sus ambiciones.
Lo cierto es que a partir de 1304 ~y hasta 1314~ hizo capturar, encarcelar y torturar a todos los viejos y condecorados veteranos del Ejército templario, acusándolos de crímenes absurdos y sacrilegios irracionales. Quienes no terminaron en las mazmorras, fallecieron durante los tormentos para confesar sus crímenes contra el “humanismo”, y los se “relapsaron” (vale decir rectificaron sus confesiones obtenidas en el potro de la tortura), fueron entregados a la Inquisición del fantoche de Avignon, y despachados de inmediato a la “justicia secular”, que rápidamente dispuso sean todos quemados en la hoguera por supuestas “herejías”.
Tan sólo unos pocos traidores conservaron su vida a cambio del perjurio, y fueron distribuidos, definitivamente desarmados, entre otras órdenes eclesiásticas afuera del país. Pero, inexplicablemente, unos pocos, pérfidos e impíos, quedaron al servicio del monarca a efectos de señalar a sus propios Cófrades, Priores, Abades y Prelados.
Los laicos ~que conservaron la denominación de “Templarios”~ (Caballeros del Templo de Jerusalén”) se asociaron a sus enemigos y devinieron en una orden masónica homónima, que desvirtuó para la historia la gloria de sus batallas, los votos de pobreza, castidad y servicio que habían caracterizados a los monjes militares caídos en desgracia. Y, como es sabido, Felipe tuvo que acudir a un ejército de mercenarios extranjeros, ~así como de villanos armados de picas~ para salvaguardar los bienes de los cuales se incautó, así como su propia vida… Pero no por mucho tiempo, según se verá.
El anciano Prelado Jacques de Molay, desgastado por tras más de diez años de prisión y tormentos, era un saco de huesos en carne viva cuando subió al patíbulo para recibir el suplicio del fuego. Asegurado de espaldas al poste de la pira, sólo pidió se le ate a la inversa para morir rezando, lo que también le negó un magistrado hebreo: el juez de ejecución de sentencia que supervisaba la inmolación. El viejo Cruzado, ~mientras las llamas lo envolvían~ expresó, según Geoffroy de París, cronista de la época: “Dios está al corriente de quién se equivoca y quién ha pecado; y la desgracia se abatirá pronto sobre aquellos que nos han condenado sin razón. Dios vengará nuestra muerte. Señor, sabed que, en verdad, todos aquellos que ahora ~desagradecidos~ nos calumnian y nos humillan, por la barbaridad cometida contra nosotros ~sus Soldados más fieles~ van a sufrir nuestro martirio por toda la eternidad.”
Cuentan las crónicas que la profecía se cumplió y, en definitiva, ninguno de los conjurados ~a pesar de creerse indestructibles para disfrutar de las riquezas decomisadas o “la grandeza” del poder~ sobrevivió más de un año a tamaña injusticia.
El pueblo de Francia se hundió en más de cuatrocientos años de persecuciones internas, guerras y zozobra, que luego desembocaron en la “revolución francesa” de 1789, cuando el despotismo de los reyes absolutistas fue suplantada por la tiranía de los autócratas del sectarismo, ahora denominados “democráticos”. Éstos ~en nombre de la igualdad, libertad y fraternidad~ abjuraron definitivamente de Dios y eternizaron las tropelías del “comité de salud pública”, que redimía a los opositores por la venalidad del soborno, los subsidios o la guillotina.
La perversión democrática argentina
El eje del programa de gobierno de la dinastía Kirchner ha sido también, ~a semejanza del relato de las bajezas de Felipe IVº de Francia~ la captura, el confinamiento, el martirio y la condena patibularia de todos los milites dei: nuestros viejos veteranos ~guerreros de las Fuerzas Armadas~ en el inextricable convencimiento que los Ejércitos de la Patria son una amenaza contra su régimen, basado en el absolutismo más desenfadado, bajo la cubierta del consabido gobierno por “mandato popular” o “democrático”.
De modo análogo, Néstor Kirchner comenzó su reinado expulsando obispos y obteniendo, por etapas sucesivas, la complacencia tanto de jerarquías eclesiásticas como de “militares arrepentidos”, para luego encarcelar tanto a sacerdotes, como a juristas católicos, y ~por supuesto~ a Soldados que antaño se atrevieron a doblegar en batalla a las fuerzas del anticristo.
Los Jueces de la Nación rápidamente fueron suplantados, desde la perpetuidad de su digno magisterio, y los actuales ya no son exponentes de la moral ni representan a los principios cristianos, por lo que tampoco aplican el Derecho Natural. Y en la perversa inteligencia sistemática de desconocer la Ley, no hay ninguna barrera entre sus antojadizas sentencias y la hoguera para nuestros Soldados de Dios.
Personalmente dificulto que Cristina Fernández de Kirchner ~sucesora alterna del autócrata paranoide que usurpa el poder~ se haya interesado alguna vez por la saga de “Felipe el Hermoso”, aquel engendro diabólico, que ~paradójicamente~ era nieto del Rey Luis IXº, el San Luis de los altares.
Honradamente tampoco creo que haya leído más que frivolidades en su vida mojigata, en la que dificultosamente sólo hubiera llegado a ser ~en su delirio monárquico~ reina de la trucha o de la merluza patagónica.
En efecto, casada con un despiadado y amorfo personaje, un émulo del Ricardo IIIº shakespiriano que soberanamente usurpa el poder ~a pesar de la alternatividad matrimonial asegurada por falta de oposición~ la presidenta es parte de una cultura farandulesca. Prioriza la vida fácil por encima del compromiso, y no le queda demasiado tiempo para la piedad para con los pobres, desgraciados y afligidos, para ayudarlos o consolarlos, en lugar de reclutarlos. Ni ~obviamente~ tampoco de dar gracias a Dios por todos sus beneficios, para hacerse digna de recibir otros mayores. Ni de obrar con toda rectitud y justicia para asegurar la paz en el país donde nació. Prefiere seguir declamando incoherencias vergonzosas en su papel de dispendiosa monarca “trucha”, rodeada de lujos, sirvientes y lacayos que solventan su inmoderación.
“De cara al bicentenario” como gusta proclamar la presidenta en cada acto protocolar que encabeza, la Argentina muestra a las claras cómo a su clase dirigente le sigue inspirando temor el que piensa distinto, el que se opone, el que se manifiesta por lo que considera justo, aunque difícilmente “lo justo” coincida con “lo legal”, invariablemente aprobado prepotentemente por la mayorías automática supérstite hasta 10 de diciembre del 2009.
Y como en todo reino, los bufones, los pajes y los monjes negros se disputan la moneda de oro que rueda dadivosa por la alfombra y no se avergüenzan de representar escenas denigrantes. Por ejemplo, Carlos Kunkel ~con su espantosa repulsividad~ insultando en la Cámara de Diputados a un copartidario con proyecto propio; o José María Díaz Bancalari ~de carcajada fácil~ festejando cualquier pavada de la estólida tilinga o del disforme consorte ~con su risa forzada y aplauso de foca hipnotizada.
Nos distanciaron de los avanzados sistemas políticos de las potencias europeas que ~habiendo superado hace cuarenta años la crisis de los años ´70~ cuentan con los mejores estándares de vida… Y la Argentina actual atraviesa el período más crítico y retrógrado desde el punto de vista institucional. La causa anida más cerca del miedo de los monarcas a perder su cetro, que en la supuesta rebeldía de los súbditos.
Este es el país de los fondos reservados y regalías, los fideicomisos públicos en las Islas Caimán, la obra pública para canalizar la corrupción y la coparticipación dosificada según cuán condescendiente sean los gobernadores para con las arbitrariedades del trono. El país de la borocotización, del ostracismo y silenciamiento, de la confiscación de los pequeños productores ~por métodos sofisticados~ a fin de llevarlos a los cordones de pobreza e incautarse de sus tierras para establecer feudos comerciales monopólicos donde los monarcas serán socios.
Con los caminos cerrados, tanto a vecinos como a peregrinos, por los salteadores impunes ~usualmente drogados~ a quienes amparan las leyes argentinas (¡¡¡!!!), ésta es la comarca de las licitaciones opacas; de las subvenciones a los bellacos, premios y castigos para legisladores ~propios, venales o sobornados~ de acuerdo a cuán bien o mal ejecuten su rústico y excelso instrumento democrático: el voto complaciente.
Doscientos años después del fragoroso debate de 1810 donde se discutía por la forma de gobierno a adoptar ~y de cara a la conmemoración del bicentenario de la Patria~ estamos situados en un escenario incierto, poblado de nuevas figuras que encarnan viejos personajes: los que aceptan el desafío de romper vínculos con la corona y los que, asustados por la diversidad de ideas, se inclinan hacia el amparo del dictador ~que no perdió ni un ápice su capacidad de daño, a pesar de su derrota plebiscitaria. Si el crítico u opositor es civil se lo acorrala, se lo ridiculiza y se lo humilla, como hacen Néstor y Cristina con la prensa o con quienes no pueden atemorizar ni comprar.
Pero la gente se olvida que ~como en la época de “Felipe el Hermoso”~ aquí hay hogueras a todo lo largo y ancho del país. Existen aquí el cepo y las celdas de castigo. También grilletes y destierro para los supuestos enemigos de su “humanismo”: el chivo expiatorio militar, cual es su miedo principal.
Seiscientos cautivos y sesenta muertos ya se acumulan en la estadística del capricho ~perverso y escandaloso~ de esta realeza apócrifa. Su principal plataforma política son “los derechos humanos”. Y se ufana de ese humanismo hipócrita en cada discurso futbolero a la tribuna embotada por los narcóticos ~que han liberado al consumo masivo~ satisfecha del régimen que la oprime y la confisca, gracias a la televisación gratuita de los espectáculos de circo.
Un supuesto poder que debe necesariamente neutralizar insuflándoles terror a los ejércitos residuales, cuyos secretarios generales ~más que traidores~ son palafreneros complacientes. En definitiva: renegados y delatores de sus Superiores de la Orden, a quienes entregan a los profanos jueces “rozansky” para que, supervisen su combustión en el patíbulo del escarmiento.