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Nacionalismo Argentino para Dummies. Argentinos a las Cosas

Info11/30/2010
Nacionalismo Argentino para Dummies. Argentinos a las Cosas

Juan José Hernández Arregui nació en Pergamino en 1913 y falleció en Buenos Aires en 1974. Se afilió joven a la UCR yrigoyenista y escribió en sus órganos periodísticos Debate, Doctrina Radical y La libertad. En 1947 se produjo su primer acercamiento al peronismo de la mano de Arturo Jauretche, quien lo llevó a colaborar en el gobierno bonaerense como director de Publicaciones y Prensa del Ministerio de Hacienda provincial. También ejerció la docencia universitaria.

Escribió Imperialismo y cultura (1957), La formación de la Conciencia Nacional (1960), ¿Qué es el ser nacional? (1963), Nacionalismo y liberación (1969) y Peronismo y socialismo (1972). El sentido de toda esta producción literaria no fue la de investigar en forma erudita y aséptica, sino colaborar en el combate patriótico al servicio de la liberación nacional. Intelectual íntegro, apasionado y frontal, consciente que la dignidad de la inteligencia nacional «debe afirmarse en el amor a la patria y en la fortaleza para soportar silencios, calumnias y hasta cárcel».

La misma crítica que al liberalismo le cabe al marxismo «argentino», el cual ha sido «una de las formas de esa alienación cultural del coloniaje», un «sutil veneno» con que la dominación imperialista foránea «ha narcotizado la conciencia nacional de los pueblos jóvenes e inermes». Pero el intelectual que escribía por amor al país sabía ver más allá de los errores y carencias de esta corriente ideológica y política, por cuanto su experiencia política como intelectual no le impedía reconocer que «no hay que tenerle miedo a las ideas de izquierda», pues «lo esencial es que sirvan a la causa de la liberación nacional», es decir, «lo que interesa es el país, no los prejuicios ideológicos de las sectas».

politica


¿Qué es el ser nacional? (1963)
Capítulo 1 [fragmentos]

En los últimos tiempos se oye hablar en la Argentina del “ser nacional”. Ahora bien, cuando un concepto es manejado por corrientes ideológicas contrapuestas, el mismo es una metáfora o uno de esos recursos abusivos del lenguaje, que más que una descripción rigurosa del objeto mentado, tiende a expresar un sentimiento confuso de la realidad. Y en efecto, cuando oímos hablar de “ser nacional” nos asalta la sospecha que tal concepto aloja un núcleo irracional, no desintegrado en sus partes constituidas.

Es necesario, pues, analizar metodológicamente, el concepto de “ser nacional” para establecer si contiene elementos concretos, si se ajusta a alguna realidad o es una ficción mental. La exigencia de un examen del concepto es determinada por el hecho de que términos genéricos como éste, proponen en forma deliberada o no la creencia en una especie de ente metafísico flotando más allá del individuo y la sociedad.

Espiritualismo dudoso que consiente toda clase de desviaciones reaccionarias, o en el menor de los casos, de escamoteos pseudo-filosóficos. Es preciso, entonces, desnudar al “ser nacional” de sus pretendidas connotaciones ontológicas, de su brumosidad irracionalista. El concepto “ser nacional” es, en primer término, un concepto general y sintético, compuesto por una pluralidad de subconceptos subordinados y relacionados entre sí. En consecuencia, debemos averiguar si tal concepto abstracto tiene un correlato objetivo, a fin de resolverlo en sus componentes verdaderos. En definitiva, el concepto “ser nacional” debe ser sometido a lo que en sociología se llama análisis factorial, consistente en la descomposición de sus factores reales -geográficos, tecnológicos, histórico- culturales, etcétera-, cuya totalidad material agota el contenido formal del concepto. De lo contrario, hablar del “ser nacional” sin decir en qué consiste, aparte de los equívocos apuntados, es pura esterilidad del pensamiento.

“Ser nacional”, patria, comunidad nacional

Antes de proceder al análisis factorial es ventajoso acercarnos al tema, sustituyendo la idea de “ser nacional” por otra más limitada y comprensiva. Al obrar así, intuimos que la palabra “patria” al menos desde el punto de vista emocional- expresa aproximadamente lo mismo.

El “ser nacional”, en esta primera reducción de la esfera todavía mal delimitada del concepto es la patria. Pero también el concepto “patria” es muy genérico. Todos sabemos lo que queremos decir cuando hablamos de la patria. Mas la dificultad empieza cuando queremos racionalizar el sentimiento patriótico. La patria es un concepto poliédrico, no es primario. Es una categoría histórica. El primer reclamo, por lo tanto, al atentar la aprehensión del “ser nacional”, al romper su corteza formal para apresar su nódulo vital, es sumergirnos en el mundo histórico, en cuyo seno, al fundirse el concepto puro con la realidad, el “ser nacional” empieza a desplegarse ante nosotros, no como un trompo literario, sino como actividad social viviente y desgarrada. La patria, junto con otras notas específicas, es una categoría histórico- temporal experimentada como la “posesión en común de una herencia de recuerdos”. Ahora bien, sólo el hombre es capaz de recuerdos. De modo que la patria, de un lado, es un hecho psicológico vivido como experiencia individual, y el del otro, un hecho social, en tanto conciencia colectiva de un destino. Pero como dijera Napoleón: “El destino es la política”.

Ya entrevemos, con esta inicial corrección de la mira, que el “ser nacional” en tanto patria, hace referencia a una comunidad de hombres. El “ser nacional” es al mismo tiempo un pueblo cultural o comunidad nacional de cultura. Pero explorando el concepto de “comunidad nacional”, menos rico, más cercano a nuestras actividades prácticas, comprobamos que el mismo engloba múltiples y contrapuestos elementos constituidos, no demarcables de primera intención. Por lo tanto, debemos taladrar la textura de esos elementos formativos del “ser nacional”, de la patria, de la comunidad nacional.

El concepto de comunidad nacional tiende a desplegarse en el más comprensivo de “nación”. La nación, realidad jurídica circunscripta en el espacio y en el tiempo, con una estructura política propia, no es un ente fuera de la experiencia histórica. La nación es dato definible, pues sin territorio no hay nación, e institucional, pues sin normas sociales aceptadas por el grupo no hay vida social, y un hecho histórico, con su génesis y desarrollo, pues expresa el origen y permanencia en el tiempo del grupo institucionalizado, de la continuidad de las generaciones cuyos frutos se mantienen lozanos en el recuerdo de los vivos sobre el reposo y legado de los muertos, en primer término, por la lengua, “existencia y sangre del espíritu”, y además, por la aprobación supraindividual de parecidos valores, pasados y presentes, con los cuales la comunidad nacional se reconoce a sí misma como unidad de cultura.

En estas sucesivas reducciones del concepto, vemos que el “ser nacional” es el proceso de la interacción humana, surgido de un suelo y de un devenir histórico, con sus creaciones espirituales propias - lingüísticas, técnicas, jurídicas, religiosas, artísticas-, o sea, el “ser nacional” viene a decir cultura nacional.

“Ser nacional y cultura”

Empero, el concepto de cultura es de una extrema complejidad. El “ser nacional” se expresa como cultura nacional. ¿Pero qué es la Cultura? En su definición más escueta -luego se ahonda en la cuestión- es el conjunto de bienes materiales y espirituales producidos por un grupo humano, y que da forma a la coexistencia y coetaneidad de una comunidad de una comunidad nacional, más o menos homogénea en su caracterización psíquica frente a otras comunidades. Mas la comunidad de cultura de un pueblo, asentado en una determinada área geográfica, si bien muestra en su taxonomía, rasgos externos que individualizan a ese pueblo como distinto a otros, no es uniforme en su internidad. Dentro de toda comunidad nacional, se comprueban divisiones económicas, vallas culturales, puntos de osificación que aíslan a las clases sociales, tanto como ramificaciones convergentes que las acercan o separan al compás de las luchas internas y las presiones externas. En suma, la comunidad nacional de cultura, es una multiplicidad de tensiones congéneres y antagonistas, cual los músculos del animal, que se expresan, según las clases sociales, como concepciones divergentes de la cuestión nacional [...].

El “ser nacional” y la cuestión colonial

El problema no está agotado. Ninguna nación es autónoma. La técnica ha achicado el planeta, comprimido la geografía y copulado los contactos económicos y culturales de los pueblos. Esta transformación formidable del mundo y de la vida no es apacible. En la era del imperialismo, inaugurada durante el siglo XIX, y a cuyo tramonto y cercano incendio asistimos, hay naciones poderosas y naciones débiles, metrópolis y colonias. O como dijera Manuel Ugarte, “unos pueblos viven en mayúscula y otros mueren en minúscula”. De acuerdo a la categoría a que se pertenezca, el “ser nacional”, la patria, la comunidad nacional, la cultura nacional, a través de las clases sociales en tensión, tiende a refractarse de modo distinto en un país dominante que en un país dominado. Así el rasgo contradictorio principal del “ser nacional”, en los países uncidos a la órbita de las grandes potencias mundiales, es en determinadas clases, como proyección mental del imperialismo sobre las colonias, el sojuzgamiento acatado del “ser nacional” a la voluntad extranjera, y en otras clases, una disposición contraria de no entrega del destino nacional, de la patria, de la heredad cultural, a los poderes extraños. El “ser nacional” es entonces alterado, que es una forma de negarlo, por las clases superiores infartadas en el universo abstracto de las formas económicas y culturales del imperialismo, y al revés, el “ser nacional” es afirmado por aquellas que sufren su yugo. Y si el “ser nacional”, ahora despojado de sus velos abstractos, es afirmación y no negación, simultáneamente es conciencia antiimperialista, voluntad de construir una nación.

La voluntad de ser nacionales, por esa unidad mencionada del mundo actual, no es patrimonio de colectividad incomunicada. La división del globo en países colonizadores y colonizados, hace que la cuestión colonial sea una en su generalidad, aunque diversa en sus singularidades nacionales. La lucha anticolonialista -dicho de otro modo- es mundial en relación con el sentido último de la Historia Universal, aunque en lo inmediato siempre se presente como lucha nacional. Más si la explotación de los países coloniales, debido a la internacionalización de la economía carece de circunferencia, la cuestión nacional es, al mismo tiempo, parte indivisa de la situación mundial, y en el caso de la América Ibérica, por parentesco geográfico, de lengua y de problemas, es conciencia histórica hispanoamericana, vale decir, la cuestión de la liberalización nacional es impartible de la liberación de la América latina, la gran nación inacabada por el empuje anglosajón durante el siglo XIX. En este plano de la consideración histórica del asunto, el “ser nacional”, desmondado de su cáscara ideal, no es otra cosa que el enfrentamiento de la América Latina con Inglaterra y Estados Unidos, la conciencia revolucionaria de las masas frente a la cuestión nacional e iberoamericana.

Definición del “ser nacional”

A través de las sucesivas reducciones operadas en el concepto, vemos que el “ser nacional” no es una categoría reseca del espíritu. Es un hecho político vivo empernado por múltiples factores naturales, históricos y psíquicos, a la conciencia histórica de un pueblo. Si entendemos por definición, la pregunta y la respuesta sobre el ser de un objetivo, y si este objeto nos es trascendente, sino un compuesto de factores reales, el “ser nacional” se convierte en algo inteligente, o sea, en una comunidad establecida en un ámbito geográfico y económico, jurídicamente organizada en nación, unida por una misma lengua, un pasado común, instituciones históricas, creencias y tradiciones también comunes conservadas en la memoria del pueblo, y amuralladas, tales representaciones colectivas, en sus clases ni ligadas al imperialismo, en un actitud de defensa ante embates internos y externos, que en tanto disposición revolucionaria de las masa oprimidas se manifiesta como conciencia antiimperialista, como voluntad nacional del destino.

El “ser nacional” se ha disipado para dar lugar a un agregado de factores cuyas relaciones hay que investigar partiendo de la realidad. De la realidad que no envuelve. Y como mandato del presente. Tales factores -la vida histórica es infrangible- se muestran en reciprocidad de entrecruzamientos y perspectivas históricos - culturales, y sólo por razones expositivas pueden separarse.

Si el “ser nacional” -y sólo en este sentido es ilícito utilizar el término- es el conjunto de los factores reales enunciados, es obligatorio buscar sus orígenes en la historia. Hay, pues, que retroceder a España, y al hecho de la conquista, calar en las culturas indígenas y en el período hispánico, vadear lo más cercano de la caída del Imperio Español en América con el ascenso del dominio anglosajón, de allí pasar a la época actual descifrando la influencia del imperialismo con su tendencia a la desintegración de lo autóctono y, finalmente, como resultado de este retorno a los orígenes, que el único método que explica el estado actual de una realidad histórica, denunciar enérgicamente la versión antinacional adulterada sobre estos pueblos, sancionada a través del sistema educativo por las oligarquías dominantes.

Todo esto exige una revisión de la historia. Revocar la imagen aceptada sin crítica sobre España y sobre la América Hispánica, es romper con falsos nacionalismos que han marcado nuestra servidumbre material y cultural a lo largo de los siglos XIX y XX. Unicamente es legítimo -como trataremos de probarlo- hablar de un nacionalismo iberoamericano, apto para restituirnos nuestro pasado, y a través de la conciencia histórica del presente, abrirnos a un porvenir la grandeza.

Una de las ideas centrales de este libro, que indaga en la existencia de la nacionalidad, es la América latina. Otra de las ideas vertebrales, la abolición del concepto sobre España, difundido por la oligarquía argentina, cuyos intereses de clase la trocaron en un apéndice del Imperio Británico. Se reivindica aquí a las poblaciones nativas, infamadas por esa misma oligarquía. Tal empresa, que ya tiene valiosos antecedentes en la Argentina, significa para muchos una inversión escandalosa de la historia, cuando en rigor no es más que el desarbolamiento de las idolatrías que aún actúan como narcóticos culturales sobre los argentinos bajo el peso muerto de las tradiciones históricas del patriciado. Para reconocernos hispanoamericanos, es perentorio conocer la historia de la América Hispánica, deformada mediante técnicas de penetración y dominio que el imperialismo utilizó durante el siglo XIX para guardarnos desunidos. L exigencia de ahondar en la realidad de la América Hispánica, responde al imperativo de contemplarnos como partes de una comunidad mayor de cultura. Y en tal orden, el estudio de la historia iberoamericana, es la substancia de nuestra formación como argentinos [...].


Los orígenes del “ser nacional”

En este rastreo del “ser nacional” en el otrora, una de las falsificaciones que es necesario poner en descubierto, es el concepto de la oligarquía sobre España. El nacimiento de la nacionalidad no puede segregarse del período hispánico. La historiografía del liberalismo conservador ha procedido a la inversa. El país empieza en 1810. Desligar a estos pueblos de su largo pasado, ha sido una de las graves desfiguraciones históricas de la oligarquía mitrista que se aquilató en el poder en 1853. Esta clase es española por sus orígenes. Ya hasta en su estilo de vida. Su posición frente a España, exige por tanto una explicación. El menosprecio hacia España arranca de los siglos XVII y XVIII como parte de la política nacional de Inglaterra. Es un desprestigio de origen extranjero que se inicia con la traducción al inglés, muy difundida en la Europa de entonces, del libro de Bartolomé de las Casas Lágrimas de los indios: relación verídica e histórica de las crueles matanzas y asesinatos cometidos en veinte millones de gentes inocentes por los españoles. El título lo dice todo. Un libelo. Con relación a esta publicación, J. C. J. Metford, recuerda que, en la dedicatoria se invoca a Cronwell para “conducir sus ejércitos a la batalla contra la sanguinaria y papista nación de los españoles”. La “leyenda negra” fue difundida por los ingleses como arbitrio político, en una época en que los Habsburgos mandaban sobre Europa y amenazaban a Inglaterra, entonces una potencia de segundo orden. Tales diatribas compartían un estado patriótico generalizado. Y fue registrado por poetas como Tennyson: “Los reinos de España, reino de los diablos, y los perros de la Inquisición”.

A la inversa, Lope de Vega, llamará a Isabel de Inglaterra “sanguinaria Jezebel”. Las contiendas religiosas del siglo XVII entre España católica y la Inglaterra disidente, enmascaraban la liza por el poder mundial, hasta entonces empuñado por España. La creciente expansión inglesa se atavió de puritanismo, del mismo modo que la decadencia española de fanatismo católico. En realidad, lo que estaba en juego era el próximo desplazamiento del poder naval. Todo esto se entiende por sí mismo. Más difícil es comprender -tan mezquina es la causa- que las oligarquías criollas después de la emancipación, en lugar de conservar sus orígenes, denigrasen sistemáticamente a España a partir de la segunda mitad del siglo XIX, para romper de este modo, no con España que ya no era un peligro, sino con ellas mismas desde el punto de vista del linaje nacional.

Esta infidencia de la oligarquía para su raza y estirpe histórica ha tenido efectos duraderos en la cultura argentina. España dejó de ser parte rectora de un glorioso pasado europeo para descender a menoscabo espiritual, todavía perdurable en muchos argentinos que recibieron sobre España la idea extranjera que de sí misma se formó la oligarquía de la tierra - a pesar de su genealogía española- al ligar sus exportaciones al mercado británico. En tal sentido, este sentimiento antiespañol, es la remota proyección en el tiempo, de aquella inicial rivalidad entre España e Inglaterra. Y la denegación de España, de parte de la oligarquía, en su nuez, no es más que el residuo cultural mortecino de su servidumbre material al Imperio Británico.

Los pueblos, en cambio, se mantuvieron hispánicos, filiados al pasado, a la cultura anterior. Lo cual prueba el poder de esa cultura española que la oligarquía repudió para vivir en delante de prestado.

España y Europa

De las naciones de Europa, ninguna como España escaló tan arriba las cumbres del esplendor universal. Pero se generalizó un siglo -el XIX- que encorva el destino de España, a toda su historia europea. Al mismo tiempo, pero con signo inverso, al posterior poderío inglés, a través de una de las mudas más hipócritas y ambiguas del racismo, se lo hipostasió en superioridad civilizadora de los anglosajones. Asistimos hoy a la declinación de ese poder, sin duda sobresaliente de Inglaterra, pero nunca tan grandioso como el que congregó España. La inferioridad de lo español se convirtió en un lugar común de nuestra educación. Y coincide con la penetración mercantil inglesa en la América Hispánica. A raíz de la emancipación, en efecto, junto con las mercaderías británicas, comerciantes y cronistas, con frecuencia agentes secretos, escriben sus memorias e impresiones de viajes sobre la América Española [...].

Hoy mismo, asumir la defensa de España, es en la Argentina, motivo de resquemores ideológicos. España es el pueblo más perfilado de Europa. Un enigma para los europeos. Frente a España sólo cabe la calumnia o la admiración. No hay alternativas. Entre todos los pueblos de Europa, es culturalmente el más perfilado, en la medida quizá, que no es enteramente europeo.

[...] La inquisición misma no puede desprenderse de esta duplicidad del pensamiento español, místico sí, pero oscilante entre la fe teologal y la herejía racional. En Unamuno puede comprobarse este dualismo que inunda como un torrente oscuro y luminoso a un tiempo el arte español. Este punzón critico atento en la fe, chispea en lo picaresco español. No es casual que Cervantes, Lope de Vega, Calderón, Tirso de Molina, que profesaron en órdenes religiosas, fuesen al unísono realistas de la vida, maestros de una literatura sensual y nítida. Las guerras religiosas contra los árabes fueron morteros tanto del poder de la Iglesia y el patriotismo del pueblo, como estímulos contrarios a esta dirección, siempre larvados en el alma española, más cerca de la tolerancia que del dogmatismo, y que se expresó en la nunca desmentida humanidad del español, en comparación con otros pueblos de Europa, a pesar de su posición absolutista y papista en materia católica. Este desdoblamiento hace difícil comprender a España. El espíritu de la contrarreforma, a través del sistema pedagógico y militar de Ignacio de Loyola, refluyó en toda Europa. La misma Inquisición, institución típicamente española, debe interpretarse en su faz psicológica, como el candado de esa inseguridad del hombre español, intermedio entre la fe y el ateísmo, temeroso de sí, y, sobre todo, de la propia conciencia heterodoxa. Nada más problemático que a un pueblo que a sí mismo se pone cerrojos y los acepta como santos. En las hogueras, el español abrazaba su trágica conciencia irreligiosa, su íntimo demonio. A nadie como el español le conviene esta observación de Novalis: “Es extraño que aún no haya sido descubierta la vinculación interna que existe entre la voluptuosidad, la religión y la crueldad, y que los hombres no hayan comprendido que entre estas emociones existe un estrecho parentesco y una comunidad de tendencias”. No hay dudas que la inquisición quemaba herejes. Del mismo modo que en la última guerra civil los españoles incendiaban monjas. A las dos Españas les gusta el fuego. Y las cosas van por turno.

A España se la ridiculiza como un leprosario de mendigos, pícaros fanfarrones y nobles de capa caída, o se la sublima con los arreboles estivales de un romanticismo bochornoso. En ambos casos, el contorno de España es siempre español. Lo definido de la cultura española es lo indefinido de su composición étnica y de su amalgamiento con civilizaciones que en España perdieron lo que les era ínsito. España es el único país autóctono de Europa, con excepción, quizá, de Rusia, también una cultura mesturada y, al mismo tiempo, profundamente nacional. Todo lo español es con respecto a Europa español. Y en parte, por la misma causa, lo hispanoamericano, no es Europa, sino la América Hispánica. [...].

España y América

España es un componente real de Hispanoamérica. Parecería un contrasentido hablar del “ser nacional” argentino y, al mismo tiempo, filiarlo a la América Latina, que no es una nación, sino un racimo de regiones supuestamente soberanas e, incluso, enconadas por celos nacionales mutuos. Pero si esas fronteras fuesen ficticias y esos celos aguijoneados por focos excéntricos del poder mundial, adversos a nuestro destino común, entonces la aparente contradicción cedería a la necesidad de revisar nuestras creencias adquiridas y, por tanto, el sistema educativo que nos ha inyectado, desde la infancia, el prejuicio de que las naciones latinoamericanas son autónomas entre sí.

Y en efecto, la verdad es otra. La disposición glomerular de la América latina, sus países en mosaico, no responde a causas geográficas, históricas o raciales fatales. La fracturación de la América Latina es una edificación artificial de la Europa del siglo XIX, en lo esencial, no deseada en el momento de la emancipación, por los pueblos hispanoamericanos. Y aquí cabe una aclaración preliminar. Cuando en este trabajo se habla de la América Latina, nos referimos -sin agotar la distinción- a su realidad económica y política presentes. En cambio, cuando designamos la historia y la cultura de estos pueblos, preferimos hablar de América Hispánica o Ibero América. La denominación de América Latina, a más de culturalmente imprecisa y cercana, se extendió al término de la centuria pasada, apoyada por escritores encandilados por Francia, se aclimató finalmente en este siglo XX, bajo el ascendiente de personajes como Clemenceau o Poincaré, y es en alguna medida el resabio con cosméticos modernos de aquella inquina hacia España que viene de la política continental europea de los siglos anteriores, no sólo de parte de Inglaterra, sino de Francia, interesada por igual en el reparto de los restos del antiguo Imperio Español en América.

Se contrarió así el sentimiento hispanoamericano de estos pueblos que, salvo en los grupos inmigratorios postreros, permanecieron extraños a una “latinidad” irreal. La latinidad no existe. Como no existe Occidente. Lo mismo puede decirse del concepto de hispanidad, en el que se entreveran como sombras chinescas de las ideologías del presente, fantasías religiosas e imperiales con hedor a sepulcro. En esta última cuestión cabe decir que el fracaso de la idea sustentada por autores españoles y americanos sobre el anudamiento económico y cultural de América y España, a fin de resucitar la antigua conexión histórica, no ha ido más allá de una infusión de nostalgia monacal y utopismo reaccionario que aún desvaría con la restauración de un Imperio Católico Hispánico. España nada puede aportar, por su condición de potencia secundaria - y ya lo era con relación a la América Española en los preámbulos de la emancipación-, a la liberación de Latinoamérica. Tal liberación no es una cuestión de espíritu, sino de máxima concentración económica y militar en una zona del planeta a la cual España no pertenece. La misma apatía de España es la prueba de su impotencia nacional para dar forma a ese ideal, pues también las naciones se proponen sólo aquellos fines que pueden alcanzar. Y la política real impone límites a los sueños. La leyenda contra España, erigida por los anglosajones, debe ser desarmada por los hispanoamericanos, más que por los españoles, y tal criterio revisionista ha de acicatearse en nuestra realidad, puesto que el punto de vista nacional de España no es ya el nuestro [...]. Este apetito de comprendernos, revisando los fundamentos de nuestra historia, de nuestra psicología y de trazar sobre las ruinas del imperio deshecho las líneas de una federación, es la sensación que inquieta al espíritu. Esta sensación es el honrado y humano afán de ver el trozo del mundo sobre el que podemos influir con ojos de juez, que ven con justicia, y con ojos de águila que ven con magnífica grandeza [...].

Generaciones enteras de hispanoamericanos - no los pueblos - han adherido al mito de la supremacía anglosajona. El pionero fue Sarmiento. Tanto como el dominio económico, este fraude espiritual ha sido la obra maestra de las naciones imperiales. Pero América Hispánica está presente. Y la experimentamos “nuestra”. Sentimos que enclaustra una realidad pasada, presente y actual, no consumada en la esfera de la política mundial, pero siempre rediviva en la conciencia ancestral de Iberoamérica. Tal hecho emocional es el germen de una nacionalidad en potencia que rebalsa las fronteras sin causa, y cuya horizontalidad geográfica tiende por ley histórica a la verticalidad de un sentido. Este nacionalismo hispanoamericano ha sido contravenido por nacionalismos locales, que reproducen, parcializados, los intereses agrarios de las oligarquías nativas hostiles a la unidad continental. Pero Iberoamérica reúne las condiciones de una nación integral. Y el falaz nacionalismo de las repúblicas sin existencia propia, auspiciado desde afuera, será sustituido por la conciencia de la nación Iberoamericana.

http://www.agendadereflexion.com.ar/2008/01/15/415-el-ser-argentino


extranjeros


Nacionalismo no es sinónimo de Xenofobia ni Racismo


Nacionalismo no es sinónimo de xenofobia. Ese es un error demasiado común entre quienes se han dejado educar por la escuela del liberalismo.

El liberalismo ha impuesto la moda que el nacionalismo es malo. Osea que los intereses de un pueblo sean difusos e indefendibles para manipularlos mejor.

Nacionalismo es defender los intereses propios de la nación, ya que no vamos a pretender que nuestros intereses los defiendan los extranjeros.

Esa hipótesis es como dije antes producto de la educación liberal.

Nacionalismo no significa odiar a nadie, simplemente defender los intereses de la nación, frente a otros intereses foráneos.

Y ya que hablas de patriotas, el patriota es aquel que se reconoce en su identidad nacional, se reconoce como parte integrante del pueblo de la nación, y sabe distinguir cuales son los intereses propios, y cuales los intereses extraños que los medios intentan hacer pasar por propios para confundir y volver la identidad nacional como una idea difusa e impracticable.

Nuestro pueblo, conforma nuestra nación, y dentro del pueblo existen infinidad de tendencias e intereses propios de cada sector. Pero esos intereses particulares y sectarios dentro del pueblo y apesar de ellos no deben impedir que el pueblo en su conjunto y la nación como unidad tengan en si mismos enraizados un interés supremo que defender.

José Hernandez en el Martín Fierro lo dijo claramente: "si entre hermanos se pelean, los devoran los de afuera", en base a la hipótesis de Hernadez el Nacionalismo es tener en claro que los de "afuera" nos quieren devorar, y por lo tanto hay que ser inteligentes para defender nuestros intereses propios, nuestros intereses como nación en unidad.

Caridad es un término que puede prestarse a la confusión fuera de contexto y dentro de una linea de dialogo también.

Muchos confunden la palabra "Caridad" con el concepto cristiano de la misma. La misma palabra puede contener muchos significados que puede distraerla de su enfoque.

En mi reflexión asocio la palabra "Caridad" con la definición "Actitud solidaria con el sufrimiento ajeno". Y para darle mayor fuerza aún en una definición mas apropiada en "Dar de lo que no me sobra, que me obliga a privarme de ciertas cosas, a quién lo necesita más que yo".

Libros que recomiendo Leer Sobre Nacionalismo Argentino

J. J. Hernandez Arregui - La Formación de la Conciencia Nacional
J. J. Hernandez Arregui - Nacionalismo y Liberación
J. J. Hernandez Arregui - Que Es el Ser Nacional
Arturo Jauretche - Manual de Zonceras Argentinas
Arturo Jauretche - El Medio Pelo Argentino
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