InicioInfoSimón Radowitzky un mito Anarquista
Este es un post dedicado a Simón Radowitzky. La información la saque de un numero de la revista Sudestada, dedicado a Simón.
Hace poco se cumplieron 55 años de su muerte y prometí en un post que le dedicaron subir el numero de esta revista, es muy completo y esta buenisimo, espero que les guste y aporten información, opinen y saquen sus conclusiones...



RADOWITZKY un mito anarquista


Simón Radowitzky un mito Anarquista



Fue el vindicador anarquista de la sangre obrera derramada por Ramón Falcón durante la Semana Roja. Pasó dos décadas preso en el infierno del Penal de Ushuaia, la Siberia argentina. Uruguay, España y México fueron sus destinos en los años de libertad de un luchador que jamás renunció a sus ideas. Opinan Alejandro Marti, Carlos Penelas y Roberto Fernández.



por Walter Marini y Hugo Montero


1. No hay caso. A la nostalgia no hay con qué darle.
Eso que intenta olvidar desde el primer día, desde el primer amanecer que presenció con los ojos húmedos en el puerto de Veracruz. Pero no hay caso. Cada mañana desde su llegada a México extraña el sabor despabilante de un mate caliente. Cuando camina rumbo a la fábrica. Cuando escucha las discuciones de los compañeros. Cuando vuelve a casa. Cuando la noche aparece y con ella los dolores en las piernas, la tos con sangre, los calambres en el cuerpo gastado. Contra la nostalgia no hay receta, lo sabe Raúl Gómez Saavedra. Ni siquiera ese nombre, esa identidad prestada de apuro para conseguir la nacionalidad mexicana, alcanza para dejar atrás el rigor de la memoria. No. Raúl Gómez Saavedra pierde cada mañana el duelo contra sus recuerdos. Y allí, en la soledad de su pieza pequeña, cuelve a saberse Simón Radowitzky. No el joven aquel, protagonista del atentado mas notorio del siglo en un lejano país llamado Argentina. No el soñador intransigente uqe nunca aprendió que escapar de allí era imposible, que nunca supo contener la furia de la esperanza cuando le quemaba las entrañas. No el hombre que imaginó mil veces su vida fuera de aquellos muros lúgubres. No. Ahora es un viejo cansado, quejado por mil dolencias, que negocia con su artritis para trabajar como puede en una fabrica de juguetes, que regresa cada tarde a su piecita, una construcción improvisada en la terraza de una casa ajena.
Quince años en México y ni un solo día pudo derrotar a la nostalgia. Ese amanecer rojizo, la ventana abierta, la melodía del mar dándose la cabeza contra los acantilados, el murmullo de los compañeros, el olor a tinta de la prensa libertaria en el mimeógrafo, todo conspira contra Raúl Gómez Saavedra. Todo despierta del letargo a Simón Radowitzky, al silencioso camarada, al viejo respetado y escuchado por los jóvenes, al vindicador de la sangre obrera, al brazo justiciero del pueblo contra el tirano Falcón, al mártir de Ushuaia, al miliciano que se enfrenta contra el fascismo fusil en mano, al derrotado republicano que escapa del franquismo y se exilia en el México hospitalario a curar heridas incurables.
Radowitzky cierra los ojos, imagina un mate espumoso entre sus manos trémulas, y deja que los recuerdos hagan, otra vez, su trabajo.


2. Para cuando la ausencia del reo en su celda fue advertida por un guardia de la penitenciaria a las 9.22 de la mañana, el recluso nº 155 ya respiraba sus primeras horas de libertad. Poco antes de las 7, varios celadores podían jurar haberlo visto salir de su pabellón y formarse junto al resto de los 62 prisioneros derivados al sector Talleres, frente al Centro de Observaciones. Al menos un oficial del servicio garantizó su presencia cuando se pasó lista antes de trasladar a un grupo a la zona del aserradero, donde rompieron filas. Nadie pudo advertir cómo el preso nº 155 se escabullía en una pausa rumbo al baño, donde al parecer cambió sus ropas de presidiario(camisa y pantalón a rayas azules y amarillas horizontales) por el uniforme de un guardia que nadie sabía cómo había conseguido. Algún atento uniformado dedicado a la pesquisa pudo conjeturar que el reo había esperado allí el tiempo necesario para tomar coraje y salir en busca de la libertad. Nadie podía terminar de creerlo: el indomable penal de Ushuaia había sido vulnerado por un solo hombre. El infierno del cual todas las autoridades argentinas se jactaban de haber diseñado a prueba de fugas era vencido por la audacia de un convicto tuberculoso y mal alimentado.
¿No habían leido las autoridades del invicto penal fueguino las escasamente camufladas advertencias vertidas en un artículo del diario La Protesta de mayo de 1918, cuando señalaban con prosa exquisita: "Amigo generoso, Simón, amigo del alma, vives sin esperanza, en la noche lóbrega de tu martirio circundado por fieras que te acosan, sin un rayo de sol que te acaricie, pero con el corazón de tus amigos, de los que te comprenden y te aman; allí estás consagrado por el culto celoso del recuerdo; estas constante en el pansamiento de salvarte"? ¿Se habrían burlado, con la prepotencia de quienes confían más en la fama inexpugnable de esa edificación en el fin del mundo que en otras construcciones de entrañable fortaleza, del párrafo final del mensaje libertario que advertía: “Por ello, ya que tu no llegas a implorar el olvido para tu hecho, no faltará quien lo haga por ti, lo humanamente posible debe hacerse para liberarte y no fallará quien encare esa tarea. Vayan a ti estas líneas compendiados los afectos de los seres que te aman; de los que comienzan a preparar el magno acontecimiento de volverte a la vida arrancándote de la ferocidad de los criminales carceleros, que tanto te han hecho sufrir”?
Ellos, los chacales, los esbirros de uniforme, pagarían por su torpeza. El 7 de noviembre de 1918, su prepotencia sería derrotada por el ingenio y la audacia de un joven llamado Simón Radowitzky.
La fuga de Ushuaia comenzó como se inician todos los proyectos imposibles: con un plan delirante que precisaba de paciencia, intrepidez y muchísima suerte para llevarse a cabo y del que, aun contando con todos esos elementos a su favor, nadie podía garantizar su exitosa resolución. Y los detalles de ese plan se ocultaban en las entrañas, vaya paradoja, de una Santa Biblia que los camaradas de Simón le habían enviado desde Buenos Aires como obsequio para el recluso más famoso del anarquismo argentino. Disimulado entre las tediosas páginas del libro sagrado, Simón advirtió la trama épica de una fuga que cobraba el perfil de aventura digna de ser ejecutada para escapar de aquel cementerio infecto con lo peor del género humano. El plan contaba con dos columnas, sin las cuales todo podía desmoronarse: el financiamiento de su amiga Salvadora Medina Onrubia y la puesta e n práctica en las manos de otro anarquista que se había propuesto como voluntario para organizar el operativo:
Apolinario Barrera, el mismo que en 1913 había terminado preso por firmar fogosos artículos de defensa del vindicador ácrata que atentó contra el coronel Falcón en 1909. Ahora, Barrera debía diseñar la estrategia para arrancar del calabozo a ese joven que había vengado la sangre obrera vertida en las calles de Buenos Aires por la represión policial durante la Semana Roja. Por eso viajó hasta la localidad austral de Punta Arenas, donde arribó el 20 de septiembre de 1918 con una identidad falsa, 3.000 pesos moneda nacional en el bolsillo y sin más equipaje que un mapa de Ushuaia, una linterna eléctrica, una bolsa con estampillas, y una pistola Webley y Scot con su caja de municiones calibre 32. Semejante arsenal debía alcanzar para llevar a cabo la fuga del siglo.
De visita por el puerto y ayudado por los camaradas de la Federación Obrera local, Barrera le explicó a José Vilicich, dueño de una pequeña embarcación bautizada Sokolo, su intención de alquilarle el cutre de bandera chilena con su mínima tripulación (un marinero y su capitán) para realizar un viaje por los canales fueguinos con la extravagante idea de conocer los paisajes de la zona. A Vilicich no lo convencieron los argumentos del navegante, pero sí un manojo de billetes que el misterioso sujeto le ofrecía: 1.000 pesos al contado y la promesa de pagar otra cifra similar al término de la expedición. Firmado el convenio y con Barrera a bordo, el Sokolo partió de Punta Arenas el 31 de octubre por la tarde, capitaneado por Pascualín Ríspoli, un napolitano que fanfarroneaba con su apodo singular: “El último pirata del Canal de Beagle”. Claro que ni Pascualín ni su marinero estaban al tanto del verdadero objetivo de su tripulante, al menos hasta que tuvieron a la vista a la isla de Navarino, oportunidad en la que Barrera les anticipó, enigmático, que pretendía “ir a buscar a un hombre y recogerlo”, sin que esa maniobra le representara a nadie responsabilidad alguna. Finalmente, después de navegar por aguas argentinas, Pascualín ordenó arrojar el ancla en las cercanías de la Bahía de Lapataia. “¿Y ahora qué?”, habrá preguntado el capitán, sospechando ya las sombras del peligro de un proyecto clandestino. “Ahora hay que esperar”, habrá respondido Barrera, con su mejor cara de nada.
Era la noche del 5 de noviembre y no muy lejos de allí, un presidiario inquieto daba vueltas en su catre, sin poder dormir. La trama principal del plan de fuga comenzaba a desarrollarse e importunaba el sueño del recluso nº 155 con el virus de la esperanza.

3. Espera. Simón Radowitzky espera encerrado en el baño, vestido con el tan odiado uniforme de carcelero que había reconstruido con paciencia oriental, a partir de retazos arrojados al taller mecánico para ser utilizados como estopa para la limpieza. Espera la oportunidad para ejecutar la parte más riesgosa del plan. Espera como sólo él aprendió durante tantos años, tragando saliva, congelando los músculos, mimetizando su sombra con los colores agrios de la humedad en las paredes del presidio. Cuando el momento llega, sale de su escondite y camina rumbo al taller de Hojalatería. Con la naturalidad de quien se está jugando el pellejo, sube a una montaña de leña cortada, se abraza a una ventana y salta hacia el otro lado. Como por entonces el presidio no tiene muro perimetral, la dificultad mayor para el fugado pasa a ser entonces evitar despertar la atención del cordón de centinelas que vigila en la periferia. Bien camuflado con su disfraz de guardia, supera al trote todos los controles de los uniformados que, aunque extrañados por el deambular de esa figura que insiste en ocultar su rostro debajo de la capa, no puede ser otro que uno de ellos, de caminata por los alrededor del penal y con apurado paso rumbo al muelle.
Allá va al trote, delgado casi sin sombra, el joven Radowitzky, rumbo a la libertad. La garganta seca, la agitación dibujada en una sonrisa tensa, los resoplos de sus pulmones castigados respirando la maravilla del aire puro, el frío en las manos violáceas, las huellas en la nieve y un sendero que se abre a su paso. Pero el recluso nº 155 no quiere pensar, todavía. Una larga caminata lo separa aún del encuentro providencial y allí todo dependerá de la pericia de sus camaradas, de que hayan respetado al pie de la letra el plan y que ningún imprevisto derrumbe la delicada arquitectura de una ilusión, de un proyecto imposible. Ahí está el puente, ahí está el cementerio… ¿pero dónde, dónde están los compañeros?
Barrera espera al fugado oculto detrás de un árbol. Le sale al paso con un revólver en la mano. Los dos, ahora frente a frente, temen que todo haya fracasado, que el otro no sea quien deba ser sino la trampa fatal del destino. Pero no.
-Apolinario –dice uno-.
-Simón –responde el otro-.

Una sonrisa corona el encuentro y los dos caminan resueltos rumbo a la playa, donde los espera el Sokolo, que zarpa de inmediato. Eran poco más de las 9 cuando Radowitzky se quita el uniforme de carcelero y lo arroja por la borda. Eran las 9 y 22 cuando un celador advierte la ausencia del recluso nº 155 durante un rutinario control y denuncia la irregularidad a sus superiores. Las autoridades del penal no demoran en confirmar lo imposible: Simón Radowitzky se ha fugado.

La pequeña embarcación que mantiene a flote el sueño de Radowitzky deja atrás el Canal de Beagle, toma por el canal Ballenero y luego atraviesa el de Cockburn, hasta que al cuarto día de navegación surca las aguas del Estrecho de Magallanes. Los tripulantes discuten los pasos a seguir ahora que todo parece al alcance de la mano. El capitán Pascualín, cauteloso, sugiere la idea de ocultar a Radowitzky en un refugio cercano a la costa, con víveres suficientes y la promesa de un rescate próximo, cuando hayan pasado los primeros días de búsqueda policial. Simón y Apolinario descartan la propuesta del capitán y siguen adelante con su plan original: navegar hasta territorio chileno, desembarcar en las proximidades de Agua Fresca y seguir desde allí a pie hasta Punta Arenas, donde no sería tan complicado confundir al fugado entre la heterogénea población. Cuatro días debate Radowitzky con sus propias dudas. Cuatro días de respirar aire nuevo, de cruzar sonrisas con su compañero de delirio, de dormirse con el balanceo de la embarcación en manos del capricho de ese mar interminable, que al amanecer ofrece un espectáculo negado durante casi una década para el anarquista fugado. Hasta que vislumbra en el paisaje azul el vapor de un barco de la armada chilena. Es la escampavía de guerra Yañez, que les sale al cruce, alertada por las autoridades argentinas del escape de un peligroso delincuente, y otra vez la tensión muerde sus músculos y diluye las ensoñaciones. No hay tiempo que perder. Radowitzky propone una salida temeraria: arrimar el Sokolo lo máximo posible hasta la costa para saltar las gélidas aguas que bañan la península de Brunswick. Nada Radowitzky, mueve sus brazos y espía cada tanto el fulgor del faro San Isidro como única referencia de una costa que parece no llegar nunca. Nada Radowitzky y no mira hacia atrás, no quiere saber que el Sokolo acaba de ser abordado por marineros de la policía chilena, que interrogan a sus tripulantes. En cubierta, nadie dice una palabra del fugado. Tampoco los uniformados se percatan de aquella mínima sombra que mancha con la voluntad del esfuerzo la tranquilidad de un mar helado. Escapa Radowitzky, lo sabe Apolinario que, una vez detenido, otea el horizonte con disimulo, procurando no llamar la atención, mientras busca con sus ojos la mancha de un nadador que huye.
El convicto gana la playa, y se interna en el bosque en plena noche. Está empapado y el frío lo desgarra. Camina rumbo a Punta Arenas porque allí lo esperan en una casa. Pero Punta Arenas está lejos esa noche interminable. El frío lo hace tropezar y caer sobre el ripio varias veces. Caprichoso, no quiere darse por vencido. Ya lo buscan los chacales, casi lo tienen. ¿Es que no sabe que no tiene escapatoria, que le esperan doce años más de prisión, y al menos dos de reclusión solitaria, sin ver la luz del sol, alimentado a media ración de comida por su afrenta imperdonable? ¿Es que ese demonio anarquista no conoce la palabra “imposible”? ¿Por qué no asume que ha fracasado su plan, y se tiende a la vera del camino a esperar a los chacales que ya se acercan? ¿Por qué se aferra, con su rostro de espectro y sus piernas entumecidas, a la esperanza de llegar al final de la noche? ¿Por qué desea tanto que amanezca Simón Radowitzky?


4. Había llegado al puerto de Veracruz en junio de 1939, huyendo de la victoria del fascismo en España y sin más referencias que la dirección de un local anarquista, donde lo esperaban otros como él. Desde su arribo, se preocupó por ayudar a los refugiados, intentando intervenir ante la justicia cotidiana que observaba en el trato desigual que recibían los camaradas en su nuevo destino americano. En México también se reproducían esas controversias entre comunistas y anarquistas que habían terminado por erosionar la autoridad de la República durante la Guerra Civil. Claro está que eran los ácratas quienes se llevaban la peor parte: ellos padecían el desprecio de esos burócratas de formularios por triplicado, de esos rebeldes de escritorio que se escudaban detrás de los membretes del stanilismo para imponer órdenes a todos los recién llegados. Pero ahí estaba el viejo Simón, dispuesto a dar una mano, a escuchar las quejas de los camaradas, a mitigar los rencores de una guerra que no acabaría nunca en los corazones libertarios.
Tenía ganas de trabajar en el campo, de visitar a su familia en Estados Unidos y de volver a encontrarse con su anciana madre, de pisar descalzo la arena de cada playa mexicana, de no perderse las ardientes discusiones en los ateneos anarquistas, de conocer una hermosa compañera para siempre. Los proyectos empujan la carcasa oxidada de aquel luchador que no sabe darse por vencido, que amanece con los primeros rayos de sol y se asoma por la ventana para no perderse un espectáculo que le fue prohibido durante dos décadas. En sus manos gastadas, un trozo de madera cobra la forma de corcel indomable. “El mejor oficio que puede tener un ser humano”, escribió Osvaldo Bayer sobre su trabajo en una fábrica de juguetes. El destino solía jugarle pasadas de este tipo: él, que no tuvo infancia en el crudo invierno de Ucrania, que conoció el sable de los cosacos contra su piel cuando era más que un pibe laburante, que era un joven audaz y decidido cuando trotó al costado del coche de Ramón Falcón con la justicia entre sus manos tibias; termina sus días como artesano de sonrisas infantiles.
Es febrero de 1956 y es, también, el lento epílogo para una historia apasionante. Ahí, en un rincón de la fábrica, un viejo, un caballito de madera, los compañeros, la libertad.


5. Se levanta temprano, un rato antes de las 6 de la mañana. Es domingo, por eso sus tres compañeros de pieza –también rusos, también obreros, también anarquistas- ni se mosquean cuando Simón se despereza y busca su ropa en la penumbra. Saco azul marino, pantalón negro, sombrero chambergo también negro, corbata verde. Se viste sin apuro en el baño, frente al espejo que utiliza cada tanto para emprolijar los contornos de su fino bigote rojizo. Agarra un paquete del baúl y, a tientas, sale de la pieza. No hay ruidos en el patio del conventillo de la calle Andes 394. Los laburantes descansan después de una semana agitada, y Simón respeta ese mínima tregua para los explotados de siempre. Para ser 14 de noviembre, está fresca la mañana. Se toma el tranvía 17 hasta Callao y Quintana. Abraza el paquete Forrado con papel madera mientras camina por Quintana hasta las proximidades del cementerio de la Recoleta. Allí, se detiene y espera. Hace frío. Simón espera.
Era marzo de 1908 cuando el carguero que lo salvó del desquite de los cosacos atacó frente al puerto de Buenos Aires. Simón, casi un niño, pisaba tierra extraña, con una historia breve para contar. Sus años en Ucrania habían sido marcados por su oficio como aprendiz de herrero y después, como jornalero en una metalúrgica. En las calles de Ekaterinoslav hojeó por primera vez un periódico anarquista: se lo había arrebatado a un compañero de trabajo.
Apenas sabía leer, pero encontró algo cautivante en aquella prensa fogosa que arrojaba maldiciones contra el zar y todos sus descendientes, que procuraba despertar del letargo de la opresión al pueblo sometido, que llamaba a salir a las calles con el puño en alto para terminar con la barbarie de la tiranía de una vez por todas. Y Simón, claro, salió a la calle. En una manifestación para exigir la reducción de la jornada laboral, conoció en la carne la ferocidad de una carga cosaca. Un esbirro, al galope, lo castigó con su sable y lo confinó durante casi seis meses a un reposo obligado. Desde entonces, la cicatriz del chacal cruza su pecho. Repuesto, conoció los calabozos y también la pasión de ajustar a letras de molde los sueños libertarios.
Con la misma voluntad con la que se encaramó como segundo secretario del soviet en su fábrica, giraba la manivela del mimeógrafo hasta que el brazo se le dormía. Liberia parecía el destino inexorable para el silencioso muchacho ácrata que volanteaba consignas en los talleres y contagiaba con su entusiasmo revolucionario. Entonces debió huir de los esbirros, que andaban tras sus pasos. Sin opciones, tomó el dinero generoso que su familia alcanzó a juntar y se subió al primer barco rumbo a cualquier parte. Y cualquier parte, lo supo a bordo del carguero, se llamaba Argentina.
En tierra americana trabajó como obrero mecánico en los talleres del Ferrocarril Central Argentino, en Campana. Después viajó a una floreciente Buenos Aires de principios de siglo, donde consiguió empleo como medio oficial mecánico en el taller de León Gorinsky. Le pagaban 2,48 pesos por día. Disconforme, buscó nuevos aires. Recorrió las obras en construcción en la ciudad en busca de alguna chance, hasta que lo tomaron en los talleres Zamboni del centro porteño. Por las tardes, era un visitante asiduo de una biblioteca anarquista en Lavalle al 1800. Al parecer, se devoró Los Miserales de Victor Hugo en pocos días, y después siguió con Máximo Gorki. Mientras tanto, escuchaba con atención las opiniones de Pablo Karaschini, ruso y anarquista, que trabajaba en una empresa de limpieza, camarada que hablaba de urgencias, de no esperar más, del futuro venturoso que aguardaba por el ideario ácrata en ese lejano rincón del mundo.
Pero ahora no es tiempo de charlas ni de lecturas para Simón Radowitzky. Aunque hay que decir que la atenta lectura de La Protesta le permitió darse maña y construir, en el taller y con sus herramientas, el rústico artefacto que oculta entre sus brazos. Si funcionará o no, es un interrogante que sólo podrá dilucidar en el momento oportuno. Sabe Simón que es tiempo de actuar. En mayo de 1909 de limitó a su rol de espectador y testigo de la represión de los cosacos argentinos contra los obreros movilizados en la Plaza Lorea. La sangre de sus compañeros tiñó de rojo los charcos de la ciudad. La policía al mando de un tirano avanzó con una impunidad que conoce no conoce fronteras ni cautelas. Ahora es tiempo de justicia. Ahora, Simón Radowitzky acecha al tirano.
El coronel Ramón Lorenzo Falcón es hombre de modos refinados y pocas palabras. Primer cadete del Colegio Militar, veterano de la Campaña del Desierto, diputado nacional y jefe de una Policía que se encargó de militarizar hasta volverla terrible, el Coronel imposta un semblante señorial que no condice demasiado con su afición por derramar la sangre obrera. Y si es rusa y anarquista, mucho mejor. Luce serio esta mañana el Coronel encargado del trabajo sucio del presidente Figueroa Alcorta. Acaba de asistir al entierro del camarada Antonio Balivé, director de la Penitenciaría Naciona, en Recoleta y no tiene tiempo que perder. Por eso mira su reloj, impaciente, y se sube a su coche Milord en compañía de su secretario, el joven Alberto Lartigau. El cochero conocer de las premuras del Coronel, y azota a los caballos para que atraviesen Quintana en pocos minutos. Ahora dobla por Callao. El Coronel bufa por el tiempo perdido y acomoda su corbata.
Es ahora, dice Simón, y se larga al trote por la vereda y baja a la calle. Corre hasta que logra ponerse a la par del carruaje del jefe de policía. Prepara la bomba. La arroja con fuerza por la ventanilla abierta, contra las piernas del Coronel Falcón. Y se detiene. Una explosión.
anarquista


La venganza ha sido ejecutada.
Los esbirros lo rodean. Lo golpean. Lo suben a un coche y se lo llevan. Arden de odio los chacales. Un obrero, un ruso, un anarquista casi niño, un demonio.
Pero Radowitzky no habla, no dice ni una palabra. Jamás mencionará el nombre de los compañeros que lo ayudaron a preparar el atentado. Se limitará, cada tanto, a vociferar una consigna: “¡Viva la anarquía!”.
¿Quién es este joven ruso que con un explosivo artesanal atentó contra el alfil del sistema? ¿A cuántos parias como él protege con su silencio incorruptible? ¿Qué es lo que quieren estos hombres, qué pretenden? ¿Ensuciar con sus rojos panfletos el destino magnánimo de nuestra patria burguesa y agroexportadora? ¿Por qué no terminan con ellos, de una vez por todas, y aplastan sus utopías de mate y tortas fritas, sus voces rebeldes que rebotan en los sucios conventillos? ¿De qué mísero taller mecánico salió este energúmeno llamado Simón Radowitzky? Los chacales no logran comprender. La prensa explica lo inexplicable, pero nada termina de definir del todo aquello que persigue esta horda de obreros vindicadores.
Los burgueses, de noche, no pueden dormir. Algunos, en la comodidad de sus lujosas habitaciones, lejos del rumor de las máquinas de sus fábricas atentadas de mano de obra barata, cerca del sueño de sus pequeños hijos con destino de ganaderos, de industriales, de explotadores, no logran la paz necesaria para conciliar el sueño. Tienen pesadillas. Algo han escuchado que los inquieta. ¿Han escuchado a ese ruso anarquista proferir la amenaza maldita? ¿Han escuchado a ese paria escupirles en la cara esa frase? Sí, es Radowitzky quien estropea sus sueños delicados con una sentencia inquietante: “Yo tengo una bomba para cada uno de ustedes”.
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Entrevista con el investigador Alejandro Marti

"LA VIDA DE RADOWITZKY TIENE MUCHAS SORPRESAS"



Durante muchos años, el periodista Alejandro Marti convivió con una obsesión llamada Simón Radowitzky. Y sintió que no podía ser cierto que uno de los personajes más atrayentes de la ideología ácrata no contara detrás con una investigación que reconstruyera integramente su vida, su lucha, su muerte, más allá de algunos intentos parciales en el pasado. Por eso, el autor, da detalles del trabajo que editará próximamente bajo el sello platense La Campana: La biografia de Simón Radowitzky

-¿Por qué eligioó investigar a un personaje tan singular?
-Porque creo que la vida de Radowitzky no empezó ni terminó con el atentado a Ramón Falcñon y su secretario Juan Lartigau. Él llegó desde Ucrania, prácticamente no manejaba el idioma, su fecha de nacimiento es casi incomparable, su tremenda estadía en el penal de Ushuaia, su actividad en Uruguay, en España durante la Guerra Civil Española, sus últimos años en México y su extraña muerte; todas estas cosas me llevaron a investigar sobre Simón Radowitzky.

-El coronel Ramón Falcón también es un personaje importante para comprender esta historia...
-Falcón hubiese pasado por la historia como un triste coronel si no hubiese existido Radowitzky. Pero hay una serie de datos que lo hacen trascendente. Es el primer cadete que entró al Colegio Militar, y es uno de los pocos que tuvo cargo de coronel en el Ejército y de capitán en la Armada. Hizo buena parte de la carrera militar en la Marina, ya que a los 22 años deja el Ejército y lo toman como jefe de los aspirantes de la Escuela Naval Militar, que en esa época hacían los cursos en lo que hoy es la corbeta Uruguay. Viaja al Sur a raíz de un incidente que hubo con Chile y al volver, participa de la campaña del desierto como integrante de la Marina. También se sublevó contra el gobierno de Nicolás Avellaneda cuando se produce la discusión por la capitalización de Buenos Aires, después de que Carlos Tejedor pierde las elecciones frente a Roca. Se une a las fuerzas nacionales y caen derrotadas, allí le dan la baja. Está tres años fuera de las Fuerzas Armadas. Pero Tejedor, antes de dimitir, lo nombra comisario en la provincia; por esa época, ese cargo se lo daban a los civiles sin ningún tipo de formación. Él crea la escuela de cadetes de policía, y las críticas por ese tiempo decían que estaba militarizando a una fuerza civil. Hasta participó de una logia secreta para mejorar la calidad de vida de los integrantes de las Fuerzas.

-Al momento de atentar contra Falcón ¿qué relación tenía Radowitzky con la ideología anarquista?
-En realidad, no era una persona conocida en los círculos anarquistas y obreros. Frecuentaba una biblioteca, pero no tenía vínculos directos. Algunos sectores anarquistas cuentan por testimonios de personas que lo conocieron que era más anarquista por intuición que por fundamento. En ese momento, su ideología no estaba totalmente definida. Anteriormente había estado preso en Rusia, pero por protestar. Si tomamos como cierto que él tenía sólo 14 años en ese momento, ¿qué ideología definida podía tener un chico a esa edad? Su primera acción fue ir con sus compañeros de fábrica a un mitin en una plaza, y le pegan un balazo en el pecho. Era un obrero que iba a exigir las 8 horas de trabajo, y lo reprime la policía zarista. Y la primera vez que cae preso es por repartir panfletos socialistas. Cuando sale trabaja en una fábrica, y dicen que lo habían elegido delegado pero no hay certeza alguna de eso; era un chico, y con la agitación política que había en ese momento...

-¿Preparó en la soledad el atentado del 14 de noviembre de 1909?
-Hay muchas contradicciones en el hecho, y no hay ninguna seguridad en que lo haya realizado solo, a pesar de que él siempre lo sostuvo, y la justicia lo admitió. Es muy difícil que una persona que llega a Buenos Aires aproximadamente en marzo de 1908 -esto no se pudo comprobar porque no hay documentos que acrediten su arribo, a pesar de que existen las cartas consulares pero no son consultables poruqe supuestamente atentan contra la intimidad de las personas-, con un año de estadía y que apenas hablaba el idioma, se haya movida y consumado el hecho como lo hizo Simón.

-¿Qué pista siguió la policía?
-Creo que se equivocaron ya que buscaron por el lado ruso y no por el lado español. Una semana antes, un grupo de tradicionalistas españoles había decidido celebrar un oficio religioso en memoria de Carlos María de Borbón, fallecido en julio de ese año. Eligieron la capilla de Nuestra Señora del Carmen ubicada en Rodríguez Peña 842. Allí intento ingresar el anarquista ruso Pablo Karaschini para dejar una bomba en la nave principal del templo. El objetivo era vengarse por las ejecuciones en Barcelona. Sin embargo, fue descubierto y detenido. La policía siguió esa pista y, por la proximidad de los hechos, pensó que tenían relación. Pero, Eduardo Castor Vázquez, nieto de Eduardo María Vázquez Aguirre, libertario de acción directa, le contó a Carlos Penelas en el libro Los Gallegos anarquistas en la Argentina, que su abuelo, junto con otro anarquista español, Andrés Vázquez Paredes, y el propio Simón Radowitzky habían participado de la organización del atentado contra Falcón; y que la preparación de la bomba había quedadoa cargo de los dos primeros, ya que eran expertos. Después, durante una reunión, realizaron un sorteo para determinar quién ejecutaría el atentado, misión que recayó en Simón, y los demás cumplieron tareas de apoyo.
En el curso de la investigación pude dialogar con Eduardo Castor Vázquez, quién ratificó todo lo publicado en la obra de Penelas y aportó dos fotografías, una de las cuales los muestra a su abuelo y a Radowitzky durante una reunión familiar en Montevideo. demás, Eloy Udabe, comisario de la 15, jurisdicción donde se produjo el atentado y quien hace el informe, dice que había un cómplice. También hubo un testigo que afirma que estaba acompañado, pero nadie se preocupó por esos datos, ni de dónde había sacado el arsenal que llevaba encima, ni cómo consiguió los materiales para la bomba. En la indagatoria que le hacen luego del atentado, reconoce todas las armas que había llevado, pero no le preguntaron dónde las consiguió, cómo, cuándo.

-¿El tema de la edad fue un misterio?
-Hay distintos documentos a lo largo de su vida que van dando distintas fechas de nacimiento. Esa confución de fechas, que si 1889 ó 1891 fue hecha adrede para dejar en la nebulosa su situación, fue parte de la estrategia; en ese tiempo se era menor hasta los 22. No hay que olvidar que el fallo dependía de la edad de Radowitzky, era la pena de muerte o la pena por tiempo indeterminado con reclusión solitaria durante veinte días en los aniversarios del delito.

-Cuando va a Ushuaia se convierte en un referente para los presos
-Él ya muestra condiciones de líder estando en la Penitenciaría Nacional, la que estaba en las Heras, y esto es lo que hace que el director interino del penal -Rafael Súnico- dictara el traslado. Además, ya estaban los antecedentes de la fuga de 13 presos entre los que se encontraban dos anarquistas -Francisco Solano Regis y Salvador Planas Virella- que estaban junto a él purgando penas por los atentados fallidos contra los ex presidentes Figueroa Alcorta y Manuel Quintana, pero Radowitzky no participa de esa fuga. Hay tres versiones, la primera dice que desconfió por creer que era una trampa para aplicarle la "ley de fuga", la otra dice que antes del acontecimiento lo llevaron a cumplir tareas a otro lugar del penal, y la última es que según un examen médico él tenía una hernia inguinal, con la cual era muy difícil que se pudiera escapar con semejante problema.

Simón Radowitzky

-¿Por qué los anarquistas se unían detrás del reclamo por Radowitzky, pero después los dividía un Severino Di Giovanni?
-Porque ahí había una posición ideológica contra la violencia. Había grupos que entendían que charlando no se llegaba a nada. Había que pasar a la acción directa y conseguir los objetivos de esta manera. Había otros que creían que era contraproducente. El caso de Radowitzky lo explica muy bien Abad de Santillán, que era un tipo absolutamente enfrentado con los primeros, que dice que en realidad lo de Radowitzky fue una "defensa violenta contra la agresión policial".

-En 1930 se produce el indulto presidencial por parte de Hipólito Yrigoyen. ¿Cómo toman los anarquistas en ese momento un indulto por parte de la justicia burguesa?
-Eso no está muy claro. Creo que más allá del discurso, ellos lo querían libre como sea. Si leés las notas dicen que fue por la lucha del pueblo y un montón de cosas más, ellos lo van a relatar así. Lo que sí es cierto es que la campaña por su libertad fue infernal, la cantidad de folletos, panfletos, publicaciones... Si revisás los ejemplares de La Antorcha, La Protesta, es increible; ellos jamás se olvidaron de su compañero, le enviaban cartas, mucha gente lo iba a ver, entre ellos Matilde Carreras, una anarquista argentina que vivía en Uruguay y viajaba a Ushuaia haciéndose pasar por su concubina y oficiaba de correo con sus compañeros de Buenos Aires.

-¿Cuál fue el motivo de Yrigoyen para conmutarle la pena? ¿Por qué le aplican la figura de destierro para que se haga efectiva?
-A Radowitzky lo libera el decreto presidencial, ya que Yrigoyen en su primera presidencia se lo había prometido a algunos gremios anarquistas. Además cargaba con las represiones de la Semana Trágica y las huelgas rurales en la Patagonia. Agustín Souchy Bauer, que fue uno de sus amigos en México y que en 1956 -junto a otros compañeros- editó Una vida por un ideal, afirma que Salvadora Onrubia, compañera de Natalio Botana, obtuvo una audiencia con Yrigoyen e hizo la petición por él. Pero cuando se produce el decreto, la prensa burguesa y la oposición salieron al cruce con un argumento irrefutable, ya que esa figura legal había sido eliminada de la legislación argentinas nueve años atrás por el mismo presidente. Arreciaron las críticas por inconstitucionalidad y falta de fundamentos, pero desde el gobierno guardaron silencio y se mantuvo la decisión.

¿Cómo fue la relación personal entre Salvadora y Simón?
-Fue muy especial. Ella tenía una fijación con él, más allá de que ella era una militante anarquista. A pesar de todo eso, solamente tuvieron una relación epistolar. Ya que se vieron una sola vez, en Montevideo, ante un viaje de ella y su familia a Europa.

-Radowitzky pasa un tiempo en Uruguay pero prácticamente lo obligan a irse...
-Ahí hay dos problemas. La policía lo seguía muy de cerca, lo tenía acorralado. El propósito era presionarlo para que se vaya, con toda clase de chicanas; él se sentaba en un bar y el coche policial estaba en la puerta. A fines de 1934 le quisieron aplicar una ley sobre extranjeros indeseables, lo quisieron detener para obligarlo a irse y se negó porque siguió los consejos de sus compañeros y el abogado socialista Emilio Frugoni, quienes le dijeron que si se iba dejaría un pésimo precedente que pondría en peligro a otros refugiados políticos. Entonces lo confinaron a la Isla de Flores, frente al barrio de Carrasco, donde permanecían infinidad de opositores. Al poco tiempo, se produce la Guerra Civil Española. Toma la decisión de irse en el peor momento, cuando anarquistas y comunistas ya rompían lanzas; es en el 37 cuando se producen los hechos en Barcelona.

-¿Quiénes lo reciben en España?
-Él es alojado en la Casa CNT-FAI. Desde el primer momento que pisó suelo español, quería ir a pelear al frente. Pero no sabía que había un pacto secreto para que a él no le pasara nada. Era un mito viviente, había que resguardarlo, no había que mandarlo al frente. Pero él insiste que quería pasar a la acción y preguntó si ellos creían que no servía para tener un fusil en sus manos, y Gregorio Jover –quien era el responsable de la ex Columna Ascaso-, después de una discusión tensa, lo convence diciéndole que necesitaba un hombre de confianza para hacer de enlace entre las brigadas. De todas formas, desconfió de eso y se fue con una unidad de la columna nada más ni nada menos que a la batalla de Teruel, que fue de las más cruentas, donde se peleó casa por casa, miles de muertos, y ahí estuvo Radowitzky, con su tuberculosis a cuestas. Entonces lo sacan del frente en contra de su voluntad porque había llegado medio muerto. Luego lo envían a la oficina de Propaganda Exterior de la CNT-FAI, le inventan un cargo para que esté ocupado hasta la caída de Barcelona donde Mariano Rodríguez Vázquez –conocido como Marianet- le dice que tenía que llevarse los archivos de la CNT. Radowitzky los llevo a Francia –hoy, ese archivo está en Holanda , en el instituto internacional de Historia-. Él, junto a Martin Gudell, que era su superior, lo lleva hasta la frontera. Vuelve, se queda unos días más, y pasa la frontera, y va a parar al campo de concentración de Saint Cyprien sobre las costas del mar mediterráneo, donde el hambre y el frío eran constantes, donde había un kilo de pan para repartir entre 25 compañeros. Radowitzky solamente llevaba un poncho que le había regalado un médico uruguayo, Virgilio Bottero. Logra escapar, ayudado por otros compañeros, él era una figura muy conocida. Lo llevan a Montpellier, luego a París, para pasar a Bélgica y después a México con identidad cubana.

-¿De su vida en México qué se sabe?
-Estuve en contacto con agrupaciones mexicanas y no tienen mucho registro, sí que fue muy amigo de Ricardo Mestre Ventura, anarquista español, que luego fue fundador de la Biblioteca Social Reconstruir ubicada en la capital azteca. En el sitio de Instituto de Historia Social de Amsterdan hay un apartado que tiene que ver con imágenes de Radowitzky, allí está la foto de la tumba, cubierta con una lápida blanca tallada rústicamente, con césped alrededor y un arbusto detás.
Las muertes que se le adjudican son varias: una que murió en su casa de un ataque cardíaco, otra que fue en un hospital pidiéndole a una enfermera por sus compañeros, dos muertes románticas, y una tercera que aparece ahora a través de la versión que da en la actualidad la publicación La Protesta con fuentes verídicas, que indicarían que murió en un extraño atentado, atropellado por un auto, del que aparentemente hubo un testigo, pero la policía no le presta atención. El caso lo habrían declarado como muerte por paro cardíaco en la vía pública, y los amigos, que según esta última versión estaban alejados por distintas razones, para no poner públicamente su distanciamiento, inventan que murió de esta manera.

-Toda una vida signada por el misterio la de Radowitzky...
-Sí, a tal punto que el director del Museo Marítimo -que antes era el penal de Ushuaia-, Carlos Pedro Vairo, que aportó buenos datos para el libro, un día me escribe diciendo que había una persona preguntando por Radowitzky, un señor de alrededor de 80 años. Lo llamo, y este anciano me cuenta que su padre había sido médico de la prisión, era suizo y hablaba ruso, y durante mucho tiempo se relacionó con Simón y a raíz de esto había sido castigado, lo mandaron a ejercer su profesión a Mendoza. Y el hijo quedó obsesionado con Radowitzky y en su locura mandó a un amigo a México a visitar la tumba, y me cuenta que cuando fue al cementerio municipal, un viejo cuidador le comentó que ya la habían levantado hacía tiempo y se acordaba del episodio porque cuando estaban a punto de tirar todo apareció un sobrino -nieto de Radowitzky, retiró los huesos y dijo que los llevaba a Rusia. El director también me dijo que habitualmente reciben cartas, poemas, frases de aliento dirigidas a Simón, pero hace un tieempo llegó algo que los dejó desconcertados: se trataba de dos multas por infracciones de tránsito labradas en la ciudad de Barcelona y a nombre de él. Parecería que la vida de Radowitzky todavía tiene muchas sorpresas por darnos.
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Simón nació en un tugurio
de un pueblo, de un continente,
como nace una simiente,
por ley natural.

Sin patria como el progreso, como es el arte y la ciencia,
el amor y la conciencia,
sin patria como el ideal.

Falcón nacio en un palacio,
sonriendole la fortuna,
meciéndose en blanca cuna,
de pequeño Napoleón.

Este reconoció patrias
divisiones de la tierra,
fue profesor de la guerra,
coronel de la Nación.

Falcón como buen soldado
con arcaicos oropeles,
propagaba en los cuarteles
a la Patria Nacional.

Así requería patriotas
debajo de su manto
fueran a su voz de mando
una avalancha mortal.

Simón como hombre de ideas
con conceptos libertarios
divulgó en los proletarios
el amor y la igualdad.

Una universal familia
de cultos trabajadores,
sin esclavos ni señores,
sin leyes ni propiedad.



Payada popular dedicada a Simón Radowitzky que podía escucharse en actos y asambleas obreras.



anarquismo en argentina


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*Hey por favor pasense por acá, es una serie de post sobre info de los Qom que se encuentran acampando en Av de Mayo y Av 9 de julio: http://www.taringa.net/posts/noticias/9754560/Qom-Tobas-Mapuches-son-atacados-y-hay-parapolicias-Formosa.html
Muchas gracias!
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