A sus ocho años, Britney Campbell es fan de Lady Gaga, le pirra maquillarse y ya tiene muy claro qué moda le gusta. Hasta aquí, quizás algo precoz, pero muy normal. Nada distinto a cualquier niña de su edad. Pero hay otro detalle que asusta. A sus ocho años, a Britney Campbell le encanta que le inyecten bótox. Y ya sueña con un aumento de pecho y una operación de nariz. Eso es menos habitual. Pero lo que verdaderamente aterra es que sea su propia madre, Kerry, una esteticista de Birmingham, la que como mucho cada tres meses sube a su pequeña a una camilla, prepara la jeringuilla con toxina botulínica y perfora una y otra vez el angelical rostro de su hija en aras de un maquiavélico culto al cuerpo.

Así funciona el botox