DON JOSÉ FRANCISCO DE SAN MARTÍN Y MATORRAS
“San Martín ha sido grande y hoy es grande su memoria,
pero no basta su gloria pa’ cubrir un hijo ruin.
No es lo mismo San Martín que los que escriben su historia.”
Castelani (La muerte del Martín Fierro)


Nuestro Libertador es hijo de españoles en América, es un americano. Su padre era soldado español distinguido. Los reyes españoles mandaban a sus colonias, en general, gente que les merecía confianza en todos los aspectos. La confianza se obtiene como consecuencia del prestigio, del obrar bien, de ganarse un espacio bien ganado.
Entre esta gente está Don Juan de San Martín, un hombre enamorado de su condición de soldado, que es nombrado Teniente Gobernador de Misiones, zona conflictiva y difícil. (un cargo similar al del Libertador en Cuyo). En esa jurisdicción nace el General Don José Francisco de San Martín, quinto hijo de la familia San Martín y Matorras.
No hay un camino más directo para llegar a Dios que el que nos pone una madre. Su madre, Doña Gregoria Matorras le otorgó una educación integral. El escudo de la Familia Matorras dice: “la vida debe vivirse de tal suerte, que viva quede en la muerte” . ¿Cómo se puede vivir más allá de la muerte? ¿Cómo se puede sobrepasar a la muerte? Hay que vivir con trascendencia, con valores, no hay otra forma. Aparece aquí un sentido cristiano y religioso de la vida, lleno de valores que están aún vigentes. San Martín ha sido educado en esos valores.
Desde la cuna fue criado por una mamá cristiana, se incorporó a un ejército cuya formación es marcadamente cristiana, individual y colectiva. Nunca dejó de vivir con la impronta de la fe cristiana, que le llevó a optar con libertad la apoyatura de estos criterios éticos. El cristianismo le trajo dignidad al hombre en todas sus facetas. Hay un antes y un después del cristianismo en la Historia Universal. En esta realidad de fe vivió el Libertador.
¿Porqué dejó España? ¿Fue un traidor? No, de ninguna manera. Salió de España por la puerta grande. Para el soldado español que era San Martín, la Patria había muerto; había dejado de ser un soldado de una nación libre, su monarca era súbdito de otro rey, extraño, ajeno. Y siguiendo el camino de la libertad volvió en dirección a su segunda Patria, el lugar de su nacimiento. Allí trató de ser hombre libre y por eso se animó a contagiar ese amor por la libertad a los demás.
Fue educado como un hombre libre por sus padres, completó su educación todos los días, incorporándola en su andar como una modalidad de vida, en todas las circunstancias que le tocaron.
San Martín viene a América a buscar la libertad que había perdido en España. Y no solo la busca para sí, sino para todos los que son capaces de seguirlo y los que serían en el futuro... y aquí estamos nosotros. Con este objetivo logra concretar su empresa liberando a Argentina, Chile y Perú, a fuerza de amar la libertad en él. Sin lugar a dudas, el Libertador tuvo una gran libertad interior, por eso pudo hacer lo que hizo.
Fue un hombre de honor, que vivió cada día como consecuencia de esa voluntad manifiesta del hombre libre que se sujeta a valores de trascendencia, a valores que lo superan y lo marcan en toda su conducta, en todo su accionar.
Fue un hombre con unidad de vida: en consecuencia de cómo pensaba, creía y así vivía. Unidad de vida basada en valores éticos que sustenta la religión católica fundamentalmente. No hay paso del Libertador que no tenga que ver con una conducta digna, con una conducta comprometida a los valores más allá de lo formal. Tuvo el actuar continuo de un hombre convencido de sus creencias. Como consecuencia de eso actúa, y actúa de forma contundente.
Fue un hombre puesto en manos de la Santísima Virgen. La jura de la bandera se hace con todos los honores, se saca la imagen de Nuestra Señora del Carmen de Cuyo, que estaba en el convento de San Francisco y se traslada a la Iglesia Matriz. Allí se la proclama “Patrona y Generala del Ejército de Los Andes” y el General San Martín le entrega, a la vista de todos, su bastón de mando . Luego se jura la bandera que estaba esperando en una bandeja de plata.




Lo mismo que hace en su vida privada lo repite en su vida pública. La Virgen está en todos sus proyectos: el nombre de su hija es en homenaje a la Virgen de la Merced; a lo largo de su campaña la patrona es La Señora del Carmen: la entroniza en Chile como patrona, le rinde honores y, finalizada la batalla, le hace levantar una basílica en los llanos de Maipo. La lleva como protectora al Alto Perú y allí también la entroniza.


Hay una marcada deferencia del General San Martín, de reconocimiento y de cariño a la presencia de la Virgen. Negar esto es faltar a la verdad histórica. San Martín fue por decisión propia cristiano y mariano .
Pero la herramienta más importante en el ejercicio de esto, hacia él y hacia los demás, es el ejemplo personal. Esa es la absoluta, incuestionable y fantástica herramienta, la más genial de todos los tiempos. No hay herramienta pedagógica mayor que esta. Vale para hacer lo que nos toque ser en la vida.
Admirarlo a San Martín únicamente por su genio militar sería quedarnos cortísimos, porque no se trata solamente de un soldado exitoso, ni siquiera de un genial estratega y de un gran táctico, como de hecho lo fue. Es mucho más que eso: nuestro libertador fue un hombre dinámico, comprometido con su tiempo y con nosotros, entregado a los más grandes ideales que supo acariciar y contagiar a sus hombres. Un hombre lleno de virtudes, virtudes que imponen una lucha diaria y continua por mantenerlas y contagiarlas a los que lo rodeaban.
Esta lucha es la que ponderamos en San Martín y sus hombres. Esta es la invitación: luchar por la meta que se tenga, en la situación que nos toque, buscando siempre la excelencia, en beneficio de un proyecto de Nación que nos involucra a todos, pero también a los que fueron y a los que vendrán.
Existe hoy una peligrosa similitud con los tiempos del Libertador. Necesitamos un San Martín vivo, para ponerlo en vida hoy, en nuestro proceder, en cada una de nuestras actividades, en una pelea que comienza hoy, aquí y ahora.
Verónica Smuckler - José Antonioni


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“San Martín ha sido grande y hoy es grande su memoria,
pero no basta su gloria pa’ cubrir un hijo ruin.
No es lo mismo San Martín que los que escriben su historia.”
Castelani (La muerte del Martín Fierro)


Nuestro Libertador es hijo de españoles en América, es un americano. Su padre era soldado español distinguido. Los reyes españoles mandaban a sus colonias, en general, gente que les merecía confianza en todos los aspectos. La confianza se obtiene como consecuencia del prestigio, del obrar bien, de ganarse un espacio bien ganado.
Entre esta gente está Don Juan de San Martín, un hombre enamorado de su condición de soldado, que es nombrado Teniente Gobernador de Misiones, zona conflictiva y difícil. (un cargo similar al del Libertador en Cuyo). En esa jurisdicción nace el General Don José Francisco de San Martín, quinto hijo de la familia San Martín y Matorras.
No hay un camino más directo para llegar a Dios que el que nos pone una madre. Su madre, Doña Gregoria Matorras le otorgó una educación integral. El escudo de la Familia Matorras dice: “la vida debe vivirse de tal suerte, que viva quede en la muerte” . ¿Cómo se puede vivir más allá de la muerte? ¿Cómo se puede sobrepasar a la muerte? Hay que vivir con trascendencia, con valores, no hay otra forma. Aparece aquí un sentido cristiano y religioso de la vida, lleno de valores que están aún vigentes. San Martín ha sido educado en esos valores.
Desde la cuna fue criado por una mamá cristiana, se incorporó a un ejército cuya formación es marcadamente cristiana, individual y colectiva. Nunca dejó de vivir con la impronta de la fe cristiana, que le llevó a optar con libertad la apoyatura de estos criterios éticos. El cristianismo le trajo dignidad al hombre en todas sus facetas. Hay un antes y un después del cristianismo en la Historia Universal. En esta realidad de fe vivió el Libertador.
¿Porqué dejó España? ¿Fue un traidor? No, de ninguna manera. Salió de España por la puerta grande. Para el soldado español que era San Martín, la Patria había muerto; había dejado de ser un soldado de una nación libre, su monarca era súbdito de otro rey, extraño, ajeno. Y siguiendo el camino de la libertad volvió en dirección a su segunda Patria, el lugar de su nacimiento. Allí trató de ser hombre libre y por eso se animó a contagiar ese amor por la libertad a los demás.
Fue educado como un hombre libre por sus padres, completó su educación todos los días, incorporándola en su andar como una modalidad de vida, en todas las circunstancias que le tocaron.
San Martín viene a América a buscar la libertad que había perdido en España. Y no solo la busca para sí, sino para todos los que son capaces de seguirlo y los que serían en el futuro... y aquí estamos nosotros. Con este objetivo logra concretar su empresa liberando a Argentina, Chile y Perú, a fuerza de amar la libertad en él. Sin lugar a dudas, el Libertador tuvo una gran libertad interior, por eso pudo hacer lo que hizo.
Fue un hombre de honor, que vivió cada día como consecuencia de esa voluntad manifiesta del hombre libre que se sujeta a valores de trascendencia, a valores que lo superan y lo marcan en toda su conducta, en todo su accionar.
Fue un hombre con unidad de vida: en consecuencia de cómo pensaba, creía y así vivía. Unidad de vida basada en valores éticos que sustenta la religión católica fundamentalmente. No hay paso del Libertador que no tenga que ver con una conducta digna, con una conducta comprometida a los valores más allá de lo formal. Tuvo el actuar continuo de un hombre convencido de sus creencias. Como consecuencia de eso actúa, y actúa de forma contundente.
Fue un hombre puesto en manos de la Santísima Virgen. La jura de la bandera se hace con todos los honores, se saca la imagen de Nuestra Señora del Carmen de Cuyo, que estaba en el convento de San Francisco y se traslada a la Iglesia Matriz. Allí se la proclama “Patrona y Generala del Ejército de Los Andes” y el General San Martín le entrega, a la vista de todos, su bastón de mando . Luego se jura la bandera que estaba esperando en una bandeja de plata.




Lo mismo que hace en su vida privada lo repite en su vida pública. La Virgen está en todos sus proyectos: el nombre de su hija es en homenaje a la Virgen de la Merced; a lo largo de su campaña la patrona es La Señora del Carmen: la entroniza en Chile como patrona, le rinde honores y, finalizada la batalla, le hace levantar una basílica en los llanos de Maipo. La lleva como protectora al Alto Perú y allí también la entroniza.


Hay una marcada deferencia del General San Martín, de reconocimiento y de cariño a la presencia de la Virgen. Negar esto es faltar a la verdad histórica. San Martín fue por decisión propia cristiano y mariano .
Pero la herramienta más importante en el ejercicio de esto, hacia él y hacia los demás, es el ejemplo personal. Esa es la absoluta, incuestionable y fantástica herramienta, la más genial de todos los tiempos. No hay herramienta pedagógica mayor que esta. Vale para hacer lo que nos toque ser en la vida.
Admirarlo a San Martín únicamente por su genio militar sería quedarnos cortísimos, porque no se trata solamente de un soldado exitoso, ni siquiera de un genial estratega y de un gran táctico, como de hecho lo fue. Es mucho más que eso: nuestro libertador fue un hombre dinámico, comprometido con su tiempo y con nosotros, entregado a los más grandes ideales que supo acariciar y contagiar a sus hombres. Un hombre lleno de virtudes, virtudes que imponen una lucha diaria y continua por mantenerlas y contagiarlas a los que lo rodeaban.
Esta lucha es la que ponderamos en San Martín y sus hombres. Esta es la invitación: luchar por la meta que se tenga, en la situación que nos toque, buscando siempre la excelencia, en beneficio de un proyecto de Nación que nos involucra a todos, pero también a los que fueron y a los que vendrán.
Existe hoy una peligrosa similitud con los tiempos del Libertador. Necesitamos un San Martín vivo, para ponerlo en vida hoy, en nuestro proceder, en cada una de nuestras actividades, en una pelea que comienza hoy, aquí y ahora.
Verónica Smuckler - José Antonioni


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