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la izquierda argentina: nuevamente el fracaso

Info12/13/2009
La izquierda argentina:
nuevamente el fracaso


Ángel Rodríguez Kauth

Iniciativa Socialista, verano 2003. Ángel R. Kauth es profesor de psicología política en la Universidad Nacional de San Luis, Argentina


Las izquierdas en la Argentina son una suerte de paradojas que se suceden en la vida partidaria de cada organización. Recuérdese que desde cualquier teoría política se señala que las organizaciones políticas se estructuran con el propósito de alcanzar el Poder para ejecutar sus propuestas ideológicas en la gobernabilidad, realizando esto en un tiempo prudencial acorde a cómo se perciba la realidad en la que se encuentran.
En Argentina esto no se produce con los partidos que dicen representar a la izquierda. Al referir a ésta, ha de tenerse en cuenta mínimamente que ella es entendida como una concepción política humanista y progresista; que lucha por los individuos y los sectores sociales más desprotegidos y que pretende romper con el statu quo imperante retrógrado, conservador, populista; a la par que es anticapitalista y antiimperialista. A lo que añade laicismo y anticlericalismo.
Si bien en la actualidad postmoderna globalizadora se corrieron los puntos de referencia de lo que tradicionalmente se conoció como "izquierda" y "derecha" en política, no es menos cierto que en las representaciones sociales de contenidos políticos e ideológicos, ambas se consideran como antinómicas entre sí, ya que mantienen sus rivalidades cuyos orígenes se remontan a la época de la instalación de la Convención Constituyente de la Revolución Francesa.
Más allá de tal corrimiento, en Argentina se mostró con algunas estructuras "socialistas", como la del Partido que condujo hasta su muerte Alfredo Bravo. Pero, también coexisten diferentes fracciones de la izquierda que se atomizaron en partículas sin mayor relevancia política en el espectro ideológico nacional. Tal el caso del Partido Comunista que se metamorfoseó con el nombre -paradójico- de Izquierda Unida; del Partido Obrero -trotskista-; de algunas formaciones menores que se adjudican el mote de socialistas con algún aditamento que las adjetiva y de Autodeterminación y Libertad, conducido por Luis Zamora, quizás el único político de izquierda creíble en amplios sectores electorales.
La izquierda argentina trae una larga y fructífera historia desde finales del S. XIX, aunque no por ello sin fragmentaciones: el socialismo propiamente dicho, el anarquismo y el comunismo. Los dos primeros hegemonizaron la adhesión por la izquierda a fines decimonónicos y, luego de la década de los 20 se les sumó el último, que había hecho su aparición al escenario político internacional tras la Revolución bolchevique.
El socialismo logró una notable representación parlamentaria, no tanto por lo numérica sino por la calidad de sus representantes; mientras que el anarquismo jugó sus cartas al ámbito gremial, cosa que hizo más tarde el comunismo, aunque sin descuidar al Parlamento. Es decir, la Argentina trae sobre sus espaldas una tradición de fuerte apego de sectores obreros e intelectuales por la izquierda. Tradición e influencia que comenzó a perder con el peronismo que, o eliminaba a los dirigentes de izquierda de manera violenta, o los cooptaba aprovechando la vocación "oportunista" de muchos de esos dirigentes que se decían de izquierda pero que estaban prestos a servir a cualquiera con tal de alcanzar un poderío formal. Fue el peronismo el que asestó un golpe mortal a la izquierda argentina con las maniobras mencionadas, aunque siempre con la complicidad de dirigentes zurdos venales y de militantes que prefirieron abandonar las banderas de la lucha revolucionaria por la de "pan y circo".
Desde el alejamiento del Poder del peronismo -en 1955- la izquierda se debatió en discusiones inútiles y estériles acerca del papel que jugó en el período 1946-1955, que la llevaron a fracturas de los cuales se mantuvo incólume el comunismo, aunque con la desaparición del anarquismo en la vida gremial y política y, en la actualidad, la izquierda se encuentra en un marasmo crónico que la mantiene en sala de terapia intensiva, con pronóstico "reservado" acerca de su evolución, ya que la arrastra a una crisis terminal, como ocurre con todo objeto animado o ideológico.
Pese a ello, recientemente -desde los trágicos episodios de diciembre de 2001, que costaron la vida a decenas de militantes populares- la izquierda tuvo una oportunidad histórica inigualable de recuperar su protagonismo. El mismo se le sirvió cuando en esos momentos se produjo un vacío de poder político con la expulsión del Presidente De la Rúa a causa de una movilización popular -que sólo tiene antecedentes semejantes en el 17 de octubre de 1945- y que a su vez se vio motivada por la falta de representatividad dentro de la población de los dos partidos que durante más de medio siglo hegemonizaron el quehacer político nacional, es decir, el peronismo y el radicalismo. En aquel momento el clamor popular mayoritario se expresaba al compás de las cacerolas con un ensordecedor: "¡Que se vayan todos!". La ciudadanía se sintió en muchos años soberana y con el ejercicio de asambleas horizontales proponía no abandonar esa consigna y la forma en que reemplazarían a los que debían irse.
Pues bien, la izquierda se encargó de desactivar las asambleas populares que exigían figuras nuevas en la política y la disolución del Parlamento y de la Suprema Corte de Justicia.
El episodio merece una consideración especial. En las asambleas tenían prohibido acceder quienes representaban a los tradicionales partidos que dañaron al país en los últimos años. Sin embargo los dirigentes zurdos eran bien recibidos ya que se los percibía como una alternativa válida en tanto apoyaban esas movilizaciones populares. Pese a ello, las profundas diferencias dogmáticas que separan a las organizaciones de izquierda produjeron un efecto de cansancio y hasta hartazgo entre los asambleístas que observaron cómo eran usados con fines espurios que transcendían a los que los habían convocado.
Utilizando la práctica stalinista de dilatar los debates con temas que desviaban el foco atencional de quienes se convocaron para una tarea específica, lograron acabar las discusiones a altas horas de la noche, en que la gente ya se había cansado de escuchar debates acerca de quién estaba más a la izquierda del otro y, finalmente, quedaban sólo aquellos que les interesaba la lucha de consignas partidistas. Todo lo cual llevó a que las asambleas fueran perdiendo asistencia y se desmovilizaran en poco tiempo.
Asimismo, los candidatos que presentaba la izquierda para las elecciones eran fieles representantes de la vieja clase política despreciada por el pueblo. Reapareció la decrépita -no es un eufemismo, lo estaba- figura de Bravo por la socialdemocracia; la de P. Walsh por Izquierda Unida, que es el nuevo nombre adoptado por el tradicional Partido Comunista y J. Altamira por el trostkismo. Quizás, el más talentoso dirigente respecto a tener ideas de cómo superar el estado de crisis terminal fue Luis Zamora, que no se presentó a elecciones cuando en las encuestas de mediados de 2002 se perfilaba como una de las figuras más creíbles y honestas.
Ninguno de ellos superó el 2% de los votos y sumados no llegaron al 5%. La derrota, producto de desavenencias entre quienes debieran atacar a los enemigos ideológicos pero que se preocuparon más en la campaña electoral por agredirse entre sí fue elocuente y no deja lugar a dudas acerca de que pareciera que en Argentina -como en otras partes- "para un zurdo no hay algo peor que otro zurdo".
Resultado de esta parafernalia de mezquindades: la izquierda volvió a perder una oportunidad histórica, política y social que se le brindó en bandeja para recuperarse del alicaído protagonismo político que tiene en el país. ¿Cuánto ha de pasar para que se le vuelva a ofrecer otra posibilidad cierta de recuperación? No lo sé, pero seguramente han de pasar nuevamente muchos años para ello. Por el momento sus banderas de lucha han sido tomadas -parcialmente- por lo que se conoce como el "estilo K" y que las levantó el Presidente Kirchner tanto en el orden interno como internacional.
Los errores estratégicos se pagan caro, pero no es cuestión de derramar lágrimas sobre la leche derramada, simplemente se trata de reemplazar a la caduca y egoísta dirigencia de la izquierda por gente que no sean discípulos de ellos, sino que estén convencidos de que la izquierda es una alternativa válida siempre que sepa enfocar al enemigo y no perder el tiempo en peleas intestinas.

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