Articulo del periodista Hernán Zin en su blog Viaje a la Guerra
Violencia, drogas y armas en las prisiones de Argentina
“Lo primero que tenés que hacer cuando llegás a un pabellón de población es conseguirte un arma, porque sabés que te van a venir a buscar y te vas a tener que defender”, explica "Carlitos" al tiempo en que se arremanga la camiseta para mostrar la sucesión de cortes que le cruzan los brazos. “Te fabricás el arma con lo que sea: la esquina de una mesa de plástico, una percha. Todo en la cárcel sirve para pelear”.
Carlitos es originario de la localidad bonaerense de Quilmes. Tiene 25 años, está casado y lleva cuatro años tras las rejas. Espera salir en el 2011. Fue detenido por la policía bonaerense después de robar una fábrica metalúrgica. “El dato nos lo tiró el sereno. Nos dijo que en la caja había 200 mil dólares. Nos la jugamos, porque a dos cuadras había una comisaría. Tuve en las manos mucha guita, pero nos paró un patrullero cuando huíamos y se pudrió todo”, explica.
Narra las peleas que ha protagonizado en prisión con evidente orgullo, poniéndose de pie, moviendo los brazos en el aire (al igual que Maradona, tiene tatuados en ellos los nombres de sus dos hijas). “Cuando llegué a Olmos saltó uno con una faca y nos agarramos. Al final el tipo me dijo que tenía aguante, que podía quedarme”. Del arribo a otros centros penitenciarios no salió tan bien parado. “En Junín, que es el más jodido de todos, me hicieron este agujero en la cabeza. Cuando mi mujer me vino a ver yo casi no podía caminar”.
De los presos que pueblan las angostas habitaciones y el pasillo del pabellón seis de la sección de máxima seguridad del la unidad penitenciaria número 24 de Florencia Varela, Carlitos es sin dudas uno de los más elocuentes. A tal punto llega su verborrea y la violencia de los incidentes que narra, que si no fuera porque le han dejado tantas cicatrices en el cuerpo, resultarían difíciles de creer.
“Alguna vez me pasó que me robaran todo al llegar a un pabellón de población, así que cuando conseguí una faca tuve que salir yo a robar para tener algo de ropa y unas zapatillas”, asegura para matizar a continuación que le han "sacado todo" excepto el poncho rojo con el que pelea y que ahora cubre las dos angostas ventanas de su habitación. "El poncho es el orgullo del preso", sostiene.
La locuacidad de Carlitos no alegra demasiado al funcionario de prisiones que me acompaña en la visita. En especial cuando el preso de Quilmes saca una de las armas y nos la enseña para que la retratemos. Un arma a la que llama “tumbera”, como todo lo que tiene que ver con la cárcel: “la tumba”. Si es larga, tiene una cuchilla en la punta y un palo a modo de mando, se trata de un “arpón”. Si es corta, entonces se trata de una “faca”.
En las prisiones de Argentina (2)
Las estadísticas disponibles parecen respaldar como ciertos los episodios de violencia cotidiana que nos narraba Carlitos: las luchas con facas y arpones, los robos, el acoso a los recién llegado, las violaciones. Según un informe de 2008 elaborado por el Comité de la Tortura de la Comisión de la Memoria de la provincia de Buenos Aires: un preso murió cada tres días en cárceles bonaerenses.
De los 112 presos fallecidos, el 41% resultó ser muertes traumáticas como consecuencia de peleas o heridas de arma blanca, suicidios por ahorcamiento, electrocución, asesinatos y otros. El 57% fueron casos no traumáticos, evitables y que tuvieron origen en enfermedades que podrían haberse curado.
Los hechos violentos, sólo en las cárceles de esta provincia – que a día de hoy cuenta con 24 mil internos -, sumaron 585 al mes. Los más comunes fueron las riñas entre internos, autolesión, agresión al personal e intento de suicidio.
“Si hay violencia en la sociedad, estando en la cárcel los presos se vuelven más violentos y duros”, me explica Eduardo García, Prefecto de la Unidad Penal número 24 de Florencio Varela, que aclara que en otras secciones de menor seguridad de la prisión los internos llevan una vida más tranquila (algo que también pude ver durante la estadía en el penal).
Una investigación de la Procuración General de la Nación publicada por la Agencia de Noticias de la CTA, reveló que en 2007 el 37 % de los varones detenidos habían sido agredidos físicamente. Un 58 por ciento sufrió golpes con palos, puños, patadas, empujones. El sistema penitenciario argentino tiene 63 mil internos.
Secuestros "virtuales" y "pajaritos" en las cárceles de Argentina (3)
Otros tres presos con los que converso en la sección de máxima seguridad de la unidad penitenciaria número 24 de Florencio Varela, sostienen que son ciertos los episodios de violencia cotidiana descritos por Carlitos. Se llaman Diego, Dionisio y Carlos. Tienen, respectivamente, 24, 25 y 30 años.
Charlamos en el comedor del pabellón número seis, que está dedicado a los presos evangelistas, por lo que es un poco más tranquilo que otras estancias (desde el vecino pabellón número cinco llegan gritos, insultos, golpes. Se trata de un recinto “de población”. El pabellón que está en el otro flanco está dedicado al confinamiento solitario: "los buzones", es el nombre que usan los reos para referirse a él. También existen pabellones para homosexuales).
Los tres hombres están en prisión por una modalidad de delito que ha perdido vigencia en la Argentina y que tuvo su momento culminante hace cuatro o cinco años, con casos como el del joven Alex Blumberg: el secuestro exprés.
“A mí me agarraron en San Isidro siete meses después del hecho, cuando pensé que ya todo estaba tranquilo”, explica Diego, que tiene un enorme tatuaje de letras góticas en el abdomen. “Estoy en la cárcel desde el 2006”.
Tal vez se deba a la presencia en prisión de tantos antiguos miembros de bandas dedicadas al secuestro que en los últimos años haya surgido una modalidad llamada "secuestro virtual". Consiste en llamar al domicilio de alguien para decirle que una persona a la que conoce ha sido privada de su libertad y pedirle un rescate, con la esperanza de que quien recibe el mensaje no pueda comunicarse con la supuesta víctima y actúe movida por el miedo y la angustia, sin avisar a las autoridades. Los montos solicitados suelen ser bajos. Al tratarse de una pantomima, la legislación argentina la juzga como una estafa y no como un secuestro.
Esta práctica, que se articula no pocas veces desde las cárceles, ha llevado a que las tarjetas telefónicas tengan una alto costo entre los presos - las cambien por drogas o las vendan por dinero - y que las autoridades realicen controles exhaustivos en busca de teléfonos móviles.
Las familias
Diego, Dionisio y Carlos han conformado por propia iniciativa lo que en la jerga carcelaria se denomina un “rancho” o “familia”.
“Tu rancho es todo en la cárcel”, explica Carlos, que tiene tatuados hasta los dedos. “Si te tenés que pelear, que defender, para eso tenés a tu gente. Cuando te viene a visitar tu familia de afuera le presentás también a tu rancho”.
Fue en una de estos encuentros que Diego concibió a su segundo hijo, que ahora tiene dos años. “Se llaman visitas higiénicas. Te dan tres horas para que pases en una habitación con tu concubina”, afirma.
Una de las razones por las que pueden surgir peleas entre rejas es porque un preso observe a la pareja o a alguna de pariente mujer de otro interno durante las visitas, que tienen lugar los fines de semana. “Es un código de la cárcel. No se puede mirar a la mina del otro. El que lo rompe tiene que pagar”, sostiene Dionisio.
Otra razón de las peleas suele ser el robo. "La gente roba un DVD, unas zapatillas, para comprar droga. La droga se consigue en cualquier parte. La droga que quieras", explica Carlos. "También tenemos alcohol, que le decimos pajarito. Lo hacemos con fruta, agua y azúcar".
Los tatuajes
De los tres, el que primero saldrá es Carlos. El secuestro exprés por el que cayó preso tuvo lugar en Lanús. Lo atraparon en el acto, cuando intentaba detener a un empresario local.
Los irregulares tatuajes que tiene en los dedos se los han hecho en la cárcel con un pequeño motor y una aguja. Se ofrece a mostrarme una de las máquinas, pero el funcionario de prisiones que me acompaña lo impide (ya bastante ha tenido con la exhibición que Carlitos me hizo de sus armas).
Entonces se levanta la camiseta y me muestra el más impactante de sus tatuajes tumberos: el símbolo conocido como “El comisario muerto”. “Espero que cuando salga a la calle este país me dé una oportunidad”, dice Carlos tocándose los dedos marcados de tinta.
fuente
Violencia, drogas y armas en las prisiones de Argentina
“Lo primero que tenés que hacer cuando llegás a un pabellón de población es conseguirte un arma, porque sabés que te van a venir a buscar y te vas a tener que defender”, explica "Carlitos" al tiempo en que se arremanga la camiseta para mostrar la sucesión de cortes que le cruzan los brazos. “Te fabricás el arma con lo que sea: la esquina de una mesa de plástico, una percha. Todo en la cárcel sirve para pelear”.
Carlitos es originario de la localidad bonaerense de Quilmes. Tiene 25 años, está casado y lleva cuatro años tras las rejas. Espera salir en el 2011. Fue detenido por la policía bonaerense después de robar una fábrica metalúrgica. “El dato nos lo tiró el sereno. Nos dijo que en la caja había 200 mil dólares. Nos la jugamos, porque a dos cuadras había una comisaría. Tuve en las manos mucha guita, pero nos paró un patrullero cuando huíamos y se pudrió todo”, explica.
Narra las peleas que ha protagonizado en prisión con evidente orgullo, poniéndose de pie, moviendo los brazos en el aire (al igual que Maradona, tiene tatuados en ellos los nombres de sus dos hijas). “Cuando llegué a Olmos saltó uno con una faca y nos agarramos. Al final el tipo me dijo que tenía aguante, que podía quedarme”. Del arribo a otros centros penitenciarios no salió tan bien parado. “En Junín, que es el más jodido de todos, me hicieron este agujero en la cabeza. Cuando mi mujer me vino a ver yo casi no podía caminar”.
De los presos que pueblan las angostas habitaciones y el pasillo del pabellón seis de la sección de máxima seguridad del la unidad penitenciaria número 24 de Florencia Varela, Carlitos es sin dudas uno de los más elocuentes. A tal punto llega su verborrea y la violencia de los incidentes que narra, que si no fuera porque le han dejado tantas cicatrices en el cuerpo, resultarían difíciles de creer.
“Alguna vez me pasó que me robaran todo al llegar a un pabellón de población, así que cuando conseguí una faca tuve que salir yo a robar para tener algo de ropa y unas zapatillas”, asegura para matizar a continuación que le han "sacado todo" excepto el poncho rojo con el que pelea y que ahora cubre las dos angostas ventanas de su habitación. "El poncho es el orgullo del preso", sostiene.
La locuacidad de Carlitos no alegra demasiado al funcionario de prisiones que me acompaña en la visita. En especial cuando el preso de Quilmes saca una de las armas y nos la enseña para que la retratemos. Un arma a la que llama “tumbera”, como todo lo que tiene que ver con la cárcel: “la tumba”. Si es larga, tiene una cuchilla en la punta y un palo a modo de mando, se trata de un “arpón”. Si es corta, entonces se trata de una “faca”.
En las prisiones de Argentina (2)
Las estadísticas disponibles parecen respaldar como ciertos los episodios de violencia cotidiana que nos narraba Carlitos: las luchas con facas y arpones, los robos, el acoso a los recién llegado, las violaciones. Según un informe de 2008 elaborado por el Comité de la Tortura de la Comisión de la Memoria de la provincia de Buenos Aires: un preso murió cada tres días en cárceles bonaerenses.
De los 112 presos fallecidos, el 41% resultó ser muertes traumáticas como consecuencia de peleas o heridas de arma blanca, suicidios por ahorcamiento, electrocución, asesinatos y otros. El 57% fueron casos no traumáticos, evitables y que tuvieron origen en enfermedades que podrían haberse curado.
Los hechos violentos, sólo en las cárceles de esta provincia – que a día de hoy cuenta con 24 mil internos -, sumaron 585 al mes. Los más comunes fueron las riñas entre internos, autolesión, agresión al personal e intento de suicidio.
“Si hay violencia en la sociedad, estando en la cárcel los presos se vuelven más violentos y duros”, me explica Eduardo García, Prefecto de la Unidad Penal número 24 de Florencio Varela, que aclara que en otras secciones de menor seguridad de la prisión los internos llevan una vida más tranquila (algo que también pude ver durante la estadía en el penal).
Una investigación de la Procuración General de la Nación publicada por la Agencia de Noticias de la CTA, reveló que en 2007 el 37 % de los varones detenidos habían sido agredidos físicamente. Un 58 por ciento sufrió golpes con palos, puños, patadas, empujones. El sistema penitenciario argentino tiene 63 mil internos.
Secuestros "virtuales" y "pajaritos" en las cárceles de Argentina (3)
Otros tres presos con los que converso en la sección de máxima seguridad de la unidad penitenciaria número 24 de Florencio Varela, sostienen que son ciertos los episodios de violencia cotidiana descritos por Carlitos. Se llaman Diego, Dionisio y Carlos. Tienen, respectivamente, 24, 25 y 30 años.
Charlamos en el comedor del pabellón número seis, que está dedicado a los presos evangelistas, por lo que es un poco más tranquilo que otras estancias (desde el vecino pabellón número cinco llegan gritos, insultos, golpes. Se trata de un recinto “de población”. El pabellón que está en el otro flanco está dedicado al confinamiento solitario: "los buzones", es el nombre que usan los reos para referirse a él. También existen pabellones para homosexuales).
Los tres hombres están en prisión por una modalidad de delito que ha perdido vigencia en la Argentina y que tuvo su momento culminante hace cuatro o cinco años, con casos como el del joven Alex Blumberg: el secuestro exprés.
“A mí me agarraron en San Isidro siete meses después del hecho, cuando pensé que ya todo estaba tranquilo”, explica Diego, que tiene un enorme tatuaje de letras góticas en el abdomen. “Estoy en la cárcel desde el 2006”.
Tal vez se deba a la presencia en prisión de tantos antiguos miembros de bandas dedicadas al secuestro que en los últimos años haya surgido una modalidad llamada "secuestro virtual". Consiste en llamar al domicilio de alguien para decirle que una persona a la que conoce ha sido privada de su libertad y pedirle un rescate, con la esperanza de que quien recibe el mensaje no pueda comunicarse con la supuesta víctima y actúe movida por el miedo y la angustia, sin avisar a las autoridades. Los montos solicitados suelen ser bajos. Al tratarse de una pantomima, la legislación argentina la juzga como una estafa y no como un secuestro.
Esta práctica, que se articula no pocas veces desde las cárceles, ha llevado a que las tarjetas telefónicas tengan una alto costo entre los presos - las cambien por drogas o las vendan por dinero - y que las autoridades realicen controles exhaustivos en busca de teléfonos móviles.
Las familias
Diego, Dionisio y Carlos han conformado por propia iniciativa lo que en la jerga carcelaria se denomina un “rancho” o “familia”.
“Tu rancho es todo en la cárcel”, explica Carlos, que tiene tatuados hasta los dedos. “Si te tenés que pelear, que defender, para eso tenés a tu gente. Cuando te viene a visitar tu familia de afuera le presentás también a tu rancho”.
Fue en una de estos encuentros que Diego concibió a su segundo hijo, que ahora tiene dos años. “Se llaman visitas higiénicas. Te dan tres horas para que pases en una habitación con tu concubina”, afirma.
Una de las razones por las que pueden surgir peleas entre rejas es porque un preso observe a la pareja o a alguna de pariente mujer de otro interno durante las visitas, que tienen lugar los fines de semana. “Es un código de la cárcel. No se puede mirar a la mina del otro. El que lo rompe tiene que pagar”, sostiene Dionisio.
Otra razón de las peleas suele ser el robo. "La gente roba un DVD, unas zapatillas, para comprar droga. La droga se consigue en cualquier parte. La droga que quieras", explica Carlos. "También tenemos alcohol, que le decimos pajarito. Lo hacemos con fruta, agua y azúcar".
Los tatuajes
De los tres, el que primero saldrá es Carlos. El secuestro exprés por el que cayó preso tuvo lugar en Lanús. Lo atraparon en el acto, cuando intentaba detener a un empresario local.
Los irregulares tatuajes que tiene en los dedos se los han hecho en la cárcel con un pequeño motor y una aguja. Se ofrece a mostrarme una de las máquinas, pero el funcionario de prisiones que me acompaña lo impide (ya bastante ha tenido con la exhibición que Carlitos me hizo de sus armas).
Entonces se levanta la camiseta y me muestra el más impactante de sus tatuajes tumberos: el símbolo conocido como “El comisario muerto”. “Espero que cuando salga a la calle este país me dé una oportunidad”, dice Carlos tocándose los dedos marcados de tinta.
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